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Epstein, Chomsky y la cofradía de los excepcionales 

18 de febrero de 2026 - 1:33 pm
Jeffrey Epstein fue un agresor sexual infantil y también un curador de encuentros excepcionales. Sentó en la misma mesa a figuras artísticas e intelectuales que rara vez coincidían, como Woody Allen y Noam Chomsky. La abundante correspondencia entre el magnate financiero y el lingüista muestra cómo el poder corteja, ofrece pertenencia y convierte esos encuentros en experiencias de reconocimiento que neutralizan el juicio. ¿Qué estamos dispuestos a callar con tal de no quedar fuera de la mesa?  
Noam Chomsky, su esposa Valeria y Jeffrey Epstein. Foto del
Noam Chomsky, su esposa Valeria y Jeffrey Epstein. Foto del Departamento de Justicia de Estados Unidos.

Epstein, Chomsky y la cofradía de los excepcionales 

18 de febrero de 2026
Jeffrey Epstein fue un agresor sexual infantil y también un curador de encuentros excepcionales. Sentó en la misma mesa a figuras artísticas e intelectuales que rara vez coincidían, como Woody Allen y Noam Chomsky. La abundante correspondencia entre el magnate financiero y el lingüista muestra cómo el poder corteja, ofrece pertenencia y convierte esos encuentros en experiencias de reconocimiento que neutralizan el juicio. ¿Qué estamos dispuestos a callar con tal de no quedar fuera de la mesa?  

La seducción de lo excepcional  

En agosto de 2015, Jeffrey Epstein le escribió a Noam Chomsky para ofrecerle su apartamento en Manhattan cuando quisiera. Poco después, mientras conversaban sobre el proceso de paz entre israelíes y palestinos de 1993, Epstein cogió el teléfono, llamó a un diplomático noruego que había participado en los Acuerdos de Oslo y puso al lingüista a hablar directamente con él. También organizó un encuentro con Ehud Barak, exprimer ministro israelí cuya trayectoria Chomsky había estudiado durante años sin imaginar que algún día lo tendría enfrente.

Años más tarde, el intelectual que desnudó con rigor la política exterior colonialista de Estados Unidos evocaría con admiración la eficacia de Epstein para producir esos encuentros: «Jeffrey ha sido capaz de organizar repetidamente, a veces sobre la marcha, reuniones muy productivas con figuras destacadas de la ciencia y las matemáticas, así como de la política mundial, personas cuya labor yo conocía, aunque nunca hubiera esperado conocerlas personalmente».

La seducción empezó así: con la destreza de Epstein para acortar distancias y sentar en la misma mesa a quienes hasta entonces solo se conocían a través de libros, películas o debates públicos. Al reunir a personalidades de mundos distintos alrededor de una cena, cada invitado encontraba en los otros la confirmación de su propia excepcionalidad. En la sociología del prestigio —de Pierre Bourdieu a los estudios contemporáneos sobre élites culturales— el capital simbólico no se acumula únicamente por méritos individuales, sino mediante consagraciones recíprocas, y los comedores en el apartamento de Manhattan y en el rancho de Nuevo México funcionaban precisamente como espacios donde cineastas, científicos, políticos e intelectuales intercambiaban ideas y legitimaban su pertenencia a una comunidad de elegidos. Allí, mientras jóvenes mujeres servían la mesa, se conformó una fraternidad de hombres difícil de abandonar.

Cuando se ventiló su vínculo con Epstein, Chomsky dijo que buscaba comprender el ethos de la clase dominante. El lingüista quería merodear, desde adentro, las tinieblas del capitalismo salvaje, un tema que atraviesa su copiosa obra política. Epstein fue su enlace, el portador de llaves maestras que abrieron múltiples cerraduras del poder. Para Chomsky, no hubo límites en su indagación intelectual.

Pero la seducción no se agotó en las cenas. La correspondencia muestra una progresión afectiva: junto a los encuentros con personalidades y al apartamento siempre disponible aparecieron los pastramis enviados por correo, las bromas privadas sobre la edad y los intercambios sobre asuntos financieros apremiantes. En un mensaje, Chomsky y su esposa, Valeria, llegaron a referirse a Epstein como uno de sus mejores amigos. La superposición del reconocimiento y la familiaridad —mediada por comida, consejos y presencia constante— formó un nudo afectivo difícil de desatar.

Lo excepcional fascina y la familiaridad forja vínculos.

Ilustración Chomsky.
Epstein empezó cortejando intelectuales, científicos y líderes políticos por medio de cenas privadas. El financista ganó capital cultural y asesorías para lavar su imagen. Ilustración de María José Castillo.

El atajo eficaz

La cofradía de los excepcionales no se sostiene solo con cenas memorables. Para que la experiencia pueda repetirse, necesita eficacia: la garantía de que las cosas sucederán sin mayor fricción y de que los problemas, en las manos adecuadas, tienen solución. En los correos, esa garantía aparece cuando Chomsky recurre a Epstein en una disputa financiera por 187.000 dólares y le pide revisar la estrategia antes de que su abogada envíe un mensaje. En otro intercambio, Valeria Chomsky coordina con un asociado de Epstein el envío de un cheque por 20.000 dólares para impulsar el llamado «Chomsky Challenge» en lingüística. Más adelante, según su propio relato, Epstein intervino para ayudar a recuperar 270.000 dólares que significaron estabilidad económica al profesor.

Epstein intervino en los dilemas que desvelaban a Chomsky. Escuchó sus problemas económicos, asesoró decisiones legales, financió proyectos académicos. Si en el primer movimiento ofrecía pertenencia a una comunidad excepcional de pensadores, aquí ofrecía capacidad real de incidir en su vida. Cuando alguien resuelve impases con eficacia, deja de ser un anfitrión brillante y se convierte en una presencia necesaria.

El politólogo Rob Reich sostiene en Just Giving (2018) que la filantropía no es mera generosidad, sino poder privado ejercido sin rendición democrática: quien financia establece agendas y decide qué existe y qué no. Por su parte, la socióloga Linsey McGoey, en No Such Thing as a Free Gift (2015), recuerda que un regalo nunca es neutral: quien da no solo ayuda, también gana influencia sobre las decisiones de quien recibe. Epstein pasó de facilitar recursos a participar en decisiones estratégicas de Chomsky. En un campo académico atravesado por la escasez de financiamiento y el desgaste de las convocatorias, el dinero filantrópico funciona como un atajo: acorta tiempos, evita filtros y convierte proyectos inciertos en hechos.

La mesa seduce. La eficacia crea dependencia.

En la Biblioteca Epstein, publicada por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, aparecen 6.276 resultados con la palabra ‘Chomsky’. La larga correspondencia entre el financista y el lingüista fue el insumo principal de este ensayo. Ilustración de María José Castillo.

El juicio se repliega

En febrero de 2019, seis meses antes de la muerte de Epstein en el Metropolitan Correctional Center de Nueva York, el financista le escribió a Chomsky en busca de consejos para enfrentar las publicaciones de la prensa que detallaban las acusaciones de abuso sexual de menores. La respuesta del lingüista es extensa y resulta decisiva para entender su posición frente al caso.

Chomsky señala que ha observado «la horrible manera» en que la prensa lo está tratando y concluye que la mejor estrategia es ignorar «el ruido». Advierte que responder solo alimentaría a los «buitres» que esperan una rendija para desatar una «avalancha de ataques venenosos». Describe el clima social como una «histeria» en torno al abuso de mujeres, en plena efervescencia del movimiento #MeToo. No aborda los hechos específicos que motivaron el escrutinio. No pregunta por las conductas atribuidas. Reencuadra el problema: la prioridad deja de ser el daño a las víctimas y pasa a ser la gestión del escándalo.

En la teoría del encuadre —desarrollada por el sociólogo Erving Goffman y sistematizada en el campo de la comunicación por Robert Entman— el marco desde el cual se presenta un hecho condiciona su evaluación moral. Si el marco es «abuso y responsabilidad», la pregunta es qué ocurrió y quién responde. Si el marco es «linchamiento mediático», la pregunta es cómo resistir el ataque. En el correo, el énfasis se desplaza hacia este segundo marco. Lo importante no es lo ocurrido, es la reacción pública que desató lo ocurrido.

Este reordenamiento del problema llega después de la seducción y del atajo. Cuando el reconocimiento se ha vuelto experiencia y la eficacia ha resuelto dilemas, el vínculo deja de ser meramente social. En el caso de Chomsky, cortar con Epstein habría significado confrontar sus decisiones privadas y públicas, y alterar la historia de ese vínculo.

No siempre defendemos a la persona; a veces defendemos el lugar que ocupamos junto a ella. Defendemos la escena en la que fuimos valorados como seres excepcionales. El poder contemporáneo no necesita convencer ideológicamente: puede operar mediante reconocimiento, intervención y reencuadre.

La seducción dio reconocimiento. 

El atajo dio soluciones. 

El repliegue del juicio preservó el vínculo.

Y entonces la pregunta no es solo por qué Chomsky no cerró la puerta, sino qué costo tendría, para su propia historia, hacerlo.  

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