I
Existe un lugar en el llamado Barrio Abajo donde es carnaval todo el año.
A ese barrio de casas elevadas y coloridas se llega bajando y bajando por una de las vías principales que bordea el Altasangre Club. A medida que se desciende, el aire cambia. Se vuelve más pesado, cargado de humedad y de un perfume a frito, ron y sudor. Los muros de las casas parecen inclinarse, como si, vigilantes, secretearan sobre los intrusos, aquellos extraños que se atreven a descender. Las calles en la Costa son puras subidas y bajadas. Barrio Abajo queda, entonces, en lo más hundido, en un valle de cemento y sombras. Una vez allí, solo es dejarse llevar por la música, que siempre está alta y tronando con su ritmo de tambores y trompetas.
El lugar que buscan queda a la entrada de Barrio Abajo. Una puertecita angosta marca el acceso al pasillo subterráneo. Desde ahí, el trayecto es mágico y maldito: al inicio, se enreda y aprieta a niveles claustrofóbicos, convirtiéndose, para más de uno, en un espacio creado por el maligno para exprimir, depurar y cuestionar los límites del deseo. Pocos conquistan la lucha, se aferran al ansia y llegan al remate. Los recibe la música a todo timbal y un patio de tamaño improbable si se conocen las reglas de la arquitectura. Las luces blancas, a modo de soles, mantienen el espíritu y el día vigente, incluso a altas horas de la madrugada, cuando el cielo no es azul ni estrellado, sino negro profundo.
Se dice que allí es a donde llegan las almas que se cuelan, enmascaradas, entre las calles de la Costa durante la temporada de carnaval. Bailan y gozan en ese lugar en el que la noche nunca termina, aunque con las luces parezca de día. Y se quedan así siempre.
Solo durante el lapso entre el Martes de Carnaval y el Miércoles de Ceniza, la música se detiene por un segundo. Los mortales no sienten el cambio, pero las almas que habitan El Pegue de los Mundos sí. Un nuevo ciclo empieza, una nueva fiesta eterna.
A ese lugar se le conoce como Éxtasis.
Y para allá va Henrietta, que arrastra a una Julieta temblorosa y enmascarada. La mixta camina firme, aunque por dentro un frío le repte por los huesos, aunque el oído lo tenga quemado de tanta vaina que no dejan de susurrarle las malas lenguas.
Había una vez un hombre, le dicen. Un hombre que llegó a la tierra antes que nadie. La muerte no lo tocaba porque era duro y fuerte, y estaba hecho de una mezcla de tierra, de sangre y de eso mismo de lo que están hechos los dioses: el barro con que alguna fuerza aburrida y primigenia hizo al mundo. El hombre llegó a este pueblo con las alas desplegadas, una de ellas rota. Tenía sangre en la boca. Era uno apenas, uno de tantos que, a punta de rebeldía y juegos, iniciaron su condena eterna. Llegó con sus tres sabuesos negrísimos sueltos de correa, y se enamoró del salitre y del mar quieto de la Costa. El hombre hizo casas en todas partes, y allí empezaron a vivir las primeras personas. Desplazados, aparecidos, grupos humanos que llegaban sin saber, que vagaron durante años por la tierra y el agua y navegaron hacia el horizonte. Vio comunidades nacer y morir. Vio surgir y caer ídolos. No intervino nunca. Su ley fue la de jamás volver a tomar parte ni en contra ni a favor de los asuntos de El Pegue. Eso pasó antes de que llegaran los del mundo viejo con sus reflejos y su polvo. Aquí la gente se comía a su prójimo, y era un honor ser comido. Había gente que solo nacía para ser drenada a modo de ritual. Eran cuidados, alimentados y sanados como ángeles. Vivían y morían como reyes.
Henrietta y Julieta avanzan. La bajada parece no terminar nunca, los adoquines serpentean bajo sus pies. Henrietta sostiene la mano morada de Julieta con más fuerza. Ella se deja guiar, amansada por la sangre de su hermano que aún saborea en la boca.
El primer hombre, fundador de oscuridad, vivió y caminó bajo el sol, sobre el mar, sobre las nubes grises. Caminó sobre el cemento de la Costa y lo volvió valle y laberinto. Aisló su infierno pequeño para aquellos que se mantienen al margen de la vida.
El hombre está en Éxtasis, siempre en Éxtasis.
Y un chandé conocido suena desde la lejanía:
Yo te amé con gran delirio,
de pasión desenfrenada.
Te reías del martirio
de mi pobre corazón.
Henrietta siente cómo el aire se espesa, cómo el eco de esa melodía la envuelve. No es solo la música: es el recuerdo, el roce de un tiempo que se superpone al presente. Esa fue la última canción que su abuela escuchó antes de morir, y ahora resuena aquí, como una señal, como un presagio.
Te pedí que vinieras a mi lado
Sin embargo, tantas veces te rogué
Que por haberme de tu burla ya curado…
Julieta tiembla en su agarre. Henrietta aprieta más fuerte. La música las arrastra y les indica la ruta. Las malas lenguas las acompañan hasta la puerta angosta, plena entrada del Éxtasis. Ahí se detienen, porque no pueden entrar. Las dejan seguir solas, enredarse en el laberinto de ingreso. Que el deseo las guíe, le susurran a Henrietta María, si el ansia las lleva de la mano no tendrán problemas.
El trayecto es sencillo. Solo se debe seguir la voz que repite:
Te olvidé
Te olvidé
Te olvidé
II
Henrietta y la joven Vanterroso se asoman al bullicio del Éxtasis.
Las recibe el golpe de un timbal brillante que les abre paso al piano, las congas y la clave. La melodía vuela libre, cabalga salvaje en el aire, mientras se entrecruza con una carcajada maníaca —de hombre que lo ha visto todo—, hasta que se le une la trompeta en una, dos, tres vueltas de música y perdición.
Y así podría quedarse el Éxtasis, en ese ritmo que marca la línea y da voz de alarma, que avisa que está por cruzarse a un terreno sacrílego, tierra de nadie; pero no es suficiente, porque falta la voz que va a poner los pensamientos y miedos de Henrietta en palabras.
Apenas la mixta y la purasangre ponen un pie en ese lugar sacado a la fuerza de la tierra, aparece la voz —solo la voz, sin cuerpo visible— y canta:
Espíritu burlón,
uh-oh-oh,
tú no puedes conmigo
Y las trompetas responden, llorando en su eterno estruendo, y a Henrietta le parece que es como si replicaran riéndose: ¿Cómo que no?
Los cuerpos se restriegan al ritmo lento del son. Se convierten en organismos de cuatro brazos y piernas, de cabezas unidas por la frente, a medida que ese ritmo da paso a más discurso de la voz fantasma:
No me quieres dejar tranquilito vivir
Ay, tú me quieres matar
Que tú me quieres hacer sufrir
Mucha sangre recorre el suelo y las mesas. Humanos bailan, seductores, con heridas en el cuello; mixtas de pieles llenas de escarcha se contonean frente a purasangre embelesados. Pero también ocurre lo inverso: los purasangre son explotados, desplumados por humanos con colmillos de mentira. La sangre fina se derrama en el suelo de piedra. Henrietta distingue la respiración pesada de Julieta, sus pupilas dilatadas a través del antifaz, la mano apretada, de nudillos blancos, controlando el hambre.
—No me gusta este lugar, Henrietta. Huele mucho. ¡Y me andan mirando! Van a avisarle a mi abuela que andamos en este antro.
—Shhh, niña. ¡Cállate y controla el hambre, que la baba se te escurre!
Julieta se acomoda el antifaz en vano. Sus ojos de bestia brillan, asustan y excitan a los presentes.
—Hablo con el hombre este y nos vamos —le dice Henrietta.
—¿Quién es el tipo?
—El dueño.
Henrietta conduce a Julieta entre los cuerpos sudorosos por la rumba a medida que un enjambre de voces fantasmas corea:
Diablo, que tú no puedes conmigo
No, no, no, no, no, no, no, no,
no puedes conmigo
Encontrar al hombre no es difícil porque todo Éxtasis gira en torno a él. Las mesas arman círculos perfectos que rodean la suya: una mesa más alta, más pulcra, protegida por tres sabuesos negros dormidos entre la bulla. Las personas, además, quizá sin saberlo, bailan a la misma distancia de su figura, siempre cerca, conectados a él, pero sin interrumpir su hechizo, su labor de seductor. Henrietta sigue los hilos del deseo: el suyo de desenredar ese asunto, y el de ese hombre antiguo, fijado en esa mujer tan parecida a María Enrica desde el instante mismo en que se adentró al Éxtasis.
Alguien se les acerca, un mixto delgado, lleno de anillos y collares, con un ojo tatuado en el cuello, y les dice: —El patrón las quiere en su mesa.
Diablo, que tú no puedes conmigo
Ehhh, conmigo no puede na’
Henrietta endereza la espalda mientras acarrea, por un lado, la figura temerosa de Julieta y, por otro, las miradas envidiosas de todos esos cuerpos compenetrados en la danza.
—Tómense un trago rojo antes de cualquier negocio —las recibe el hombre.
Los sabuesos levantan la cabeza. Sus ojillos negros examinan a las extrañas mientras erizan los lomos. Después de un rato, sus miradas sabias se apartan de ellas y recorren la fiesta a su alrededor. Se reparten en distintos flancos protectores y vuelven a dormir.
—Yo no tomo —replica Julieta.
Las trompetas, chillonas, firmes, resuenan, como respondiéndole a la niña: ¿Cómo que no?
—Esto sí te va a gustar —se burla el hombre.
La copa que le traen a la joven Vanterroso rebosa de sangre roja, original y recién extraída.
—Supuse que ibas a apreciar algo diferente a esa Sanguina que te embute tu familia. Eso sí, lo que se inventaron es una verdadera sangría: una sustancia a la que le drenan lo importante, la materia prima; para dejarla aguada, aburrida, sin gracia. ¡Y la gente se la zampa con gusto!
Henrietta guarda silencio de tumba mientras Julieta apura toda la copa, y luego una segunda, tercera y hasta cuarta ronda de esa sangre prohibida. Le ve los ojos llenarse de neblina, la lengua teñirse de morado ante las puertas del placer, los colmillos lisos y replegados. Permanece muda cuando la joven Vanterroso echa la cabeza hacia atrás y mira al cielo negro, en su propio éxtasis.
—Acá todo el mundo consigue lo que quiere —le susurra el hombre, y la mixta sale del estupor que le causa ese apetito de Julieta para, acto seguido, desfilar sus ojos por el cuerpo de su acompañante. El hombre tiene los brazos descubiertos, firmes y llenos de cadenas de plata: se deslizan por la curva de sus bíceps hasta las muñecas aferradas con manillas de metal. Aparte de la parafernalia en los brazos, está vestido de blanco de pies a cabeza: sombrero, zapatos planos, chaleco de cuero magro. En el borde del cuello se vislumbra la esquina oscura de un tatuaje. Un ojo.
El hombre sonríe y Henrietta adivina un par de hoyuelos debajo de la barba rala.
—Es un ojito que aleja la envidia, Henrietta. Una protección de malas energías.
Diablo, yo sé que me andas buscando
y quieres verme caer
—Bueno, como dijo la canción: yo sé que me andas buscando. ¿Pa’ qué soy bueno?
—Esa canción lleva sonando una hora.
—A la gente le gusta, Henrietta, nieta de Enriqueta. Viva imagen de María Enrica —el hombre sonríe—. Ni cuenta se dan de lo que están bailando. Ahora mismo andan en otra parte, entregándose al goce y al placer muy lejos de acá. ¿Eso es lo que buscan ustedes? ¿Saciar el apetito?
El hombre pone el ojo en Julieta.
—El apetito de esta es una bestialidad. Ya ninguno nace con esa hambre. Aquí me vendría bien una así, para que destruya a los que no me hagan caso.
—Las malas lenguas me mandaron. Me dijeron que usted puede ayudarme a hablar con mi abuela.
Yo no caigo, Lucifer
—Las malas lenguas te habrán dicho dónde estoy, pero no cómo tratarme. Si no me tuteas no tenemos nada que hablar.
—¿Qué quieres a cambio?
Yo no caigo, Lucifer
—Lo que todos: amor, poder… —El hombre mira de arriba abajo—. Una mixta fuerte que baile conmigo.
—Prefiero que hagamos un trato.
Diablo, que tú no puedes conmigo
Un solo de piano llena el Éxtasis y el aire cambia: los cuerpos se separan de ese entrecruce de miembros para dar paso a piques salvajes.
—Ya me cansé de tanto trato, Henrietta. Ya tengo muchos andando. ¿Qué podrías ofrecerme tú que yo no tenga? ¿Qué secreto ronda que yo no sepa… que las malas lenguas no me hayan dicho?
Aparece la voz fantasma gritando:
Échamele un poquito de azufre
brrrrrr
—Nada. Solo puedo confirmarte que doña Vanterroso está haciendo cosas prohibidas. Lo vi con mis ojos.
El hombre se carcajea.
—¿Quién no está haciendo cosas prohibidas hoy en día? —Y le toma la mano—: Hagamos lo siguiente, Henrietta María. Solo te pido una cosa y te daré lo que quieras…
Las luces del Éxtasis brillan como supernovas, encandilan, ciegan; la música queda atrás para Henrietta: sus oídos están oyendo lo fundamental del mundo, la música debajo de la tierra que envuelve aquella voz gruesa, de repente seria y tenebrosa, de ojos de fuego llenos de negrura.
—Cuando la hecatombe inicie —continúa el hombre—, cuando el hambre sea lo único vivo en las calles de la Costa, déjenme fuera de todo. El Éxtasis se queda quieto, libre de toda represalia. Cuando el mundo empiece a morder su final, a vislumbrar con ojos de muerto el inicio, cuando los dioses dormidos se levanten furiosos, nosotros seguiremos acá gozando. Mantén a tu niña monstruo lejos de mi barrio y de mi puerta angosta.
—¿Cuál hecatombe?
El hombre niega. Le suelta la mano. La música vuelve a su volumen inicial con la voz pregonando:
El tiempo será testigo
Diablo, de lo que quieres hacer
—Yo no soy quien te va a explicar todo eso. Es lo único que ofrezco.
—Acepto.
—Aceptaste muy rápido. Al fin y al cabo, nieta de Enriqueta.
—Llévame al lugar del que vienes. A El Pegue. ¿Sí puedes?
Diablo, yo tengo mis protecciones
—Estás en Barrio Abajo, mi reina. Puedo hacer lo que me plazca.
Henrietta se levanta y sacude a Julieta, que continúa con la mirada perdida.
—¡No! —le replica el hombre—. Vas a tener que venir solita y dejarla aquí.
—¡Ni se te ocurra! La estoy protegiendo.
El hombre le muestra todos los dientes, feroz.
—Tu idea de protección es irrisoria, Henrietta. Esta criatura, esta bestiecita, ha bebido mucha sangre y, además, lo quiera o no, está protegida por Mamá Codex, un ser hecho a las malas, pero que está obligado por el abismo a liberar a quien la llame. Sé que eso no es nada para ti todavía, pero ella, en su trance, lo entiende. La he dejado dócil para que ninguno de mis clientes corra peligro. Porque la única que puede causar daño real en este lugar es ella.
—¡La drogaste a propósito!
—Claro que la drogué. Es la nieta de doña Vanterroso: la primera de la estirpe asesina de purasangre. Yo, por viejo y por diablo, reconozco ese poder.
—Llévame donde Enriqueta pa’ irnos rápido.
—No entiendo cuál es el afán —objeta el hombre, ofreciéndole la mano a medida que la voz fantasma, entonando esta melodía larga, tan larga que parece ya lejana, repite:
Diablo, que tú no puedes conmigo
Diablo, que tú no puedes conmigo
Diablo, que tú no puedes conmigo
Diablo, que tú no puedes conmigo
Diablo, que tú no puedes conmigo
Diablo, que tú no puedes conmigo
Henrietta es invadida por un placer extraño, uno viejo, de otra vida, de cuando bailaba y no andaba pensando en su abuela muerta, en otros planos, en culebras cosidas ni en malas lenguas. Cierra los ojos y siente su cuerpo vibrar, no solo con el ritmo de las congas y la clave que marca el tiempo seguido por su carne, sino con la energía del hombre antiguo, purasangre milenario, de su piel caliente y del éxtasis que le propone al toque.
Cuando se deja llevar por la música y el baile, atraviesa por fin las puertas a ese otro plano. Se materializa ese camino secreto y transparente hacia El Pegue de los Mundos. Los cuerpos danzantes se le revelan ahora sin disfraces: muertos y vivos; espíritus, demonios y ángeles perdidos en el fuego de la rumba.
Lo último que recuerda Henrietta, antes de adentrarse en los rincones de este universo incierto, unido con costuras imperceptibles, fue verse a sí misma desde arriba, bailando con los ojos volteados, aferrada a los brazos del hombre.
Y se le ocurre que quizá este diablo sí puede con ella.