Pintura de Gregorio Cuartas.
Desde los días, ya lejanos, de Lo santo de Rudolf Otto y de Lo sagrado y lo profano de Mircea Eliade, el mundo occidental —y tal vez algunos otros— han huido sistemáticamente de la hermenéutica de lo sagrado. El misterium tremendum, lo ganz andere (lo «totalmente otro»), el axis mundi y todo lo que sobreabunda de sentido, lo que envuelve la existencia humana con un halo profundo y reverberante, servían para fundamentar el surgimiento mismo de las religiones, con sus epifanías, sus lazos y sus misterios. El orbe y sus fieles vibraban todo el tiempo al comprobar la presencia suprema de lo divino. ¡Los iniciados eran profetas, y hacían temblar el mundo!
La repetición del acto cosmogónico, el renacer de las fuerzas del cosmos y su hierofanía, su reanudación mistérica en cada rito; eso solía ser lo sagrado. Una cita con lo tremendo, lo indecible, lo inefable. Una unio mystica, y una comunión con la presencia sublime y decisiva de lo Absoluto. ¡La plena Substancia! Hubo un largo tiempo en el que tales expresiones causaban viva conmoción. No era necesario entenderlas, pero sí oírlas de vez en cuando, y conmoverse con ellas.
Parece que tal brillo originario ha cedido al rudo desencantamiento del mundo, del que hablara en los setenta Marshall Berman, cayendo todo en una perpetua desintegración. Esos valores últimos y más sublimes de los que hablara Weber «se han retirado de la vida pública». Sumidos en los desagües, parecen todavía encharcar con su vaho la experiencia humana contemporánea. El mundo secular descansa, adormecido, de los muchos siglos de infinitos temor e incertidumbre.
Charles Taylor denuncia la implacable y fría secularización como algo negativo en cualquier sentido: empobrecimiento, renuncia o pérdida, y acaso como caída en la edad de la nada, para usar la expresión de Peter Watson. En sus libros nos advierte del peligro y del daño que conllevan. Se ha hecho invisible lo que arroba, lo que sobrecoge, lo que colma con su halo indeleble el microcosmos en el que nos movemos. Ese insólito producto eterno de infinita repetición, ese mundo que se renueva y que es, a la vez, siempre el mismo yace, desolado, en el abandono. Y es la primera vez en la larga historia humana que tal cosa sucede. Para los policías del agnosticismo, hoy parecería domado el gran espíritu que habitaba antaño en el santo, en el místico, en el poderoso abad, en el patriarca o en el papa. Domado sí, pero no muerto. Un aliento como ese suele ocultarse cuando es provocado, como lo hacen las más temibles fieras. Pero, si es molestado con denuedo, reacciona, y contraataca.
Lo sagrado ha sido desviado de su vieja ruta central en la definición de la vida humana. Su presencia antaño abrumadora e inabarcable deja impertérrita a la gran mayoría de los seres que hoy lo eluden o acaso solo rozan, inconscientemente, su fulgor. Lo sagrado se ha vuelto palabrería y excusa, cuando antes era experiencia pura y dura, y en gran medida, experiencia límite. Hoy, en pequeñas dosis, la sacralidad fría del mundo apenas conmueve, apenas emociona. Quizás tan solo en sueños terribles nos conecta con la muerte, con el vacío, con el horror.
La antigua sacralidad es, para muchos ilustrados analistas —verdaderos sacerdotes seculares—, signo de atraso, de ruda superstición, de engaño. Para ellos, solo es real lo que se sobrepone al halo sagrado, a lo santo, a lo que se solía imponer por el ímpetu de su arrebato. Hoy tal cosa les suena a locura, frenesí, exceso y fanatismo. Con un tono burlón, no exento de cinismo, censuran al creyente como ignorante e ingenuo, produciendo una suerte de reductio ad absurdum de toda creencia, una especie de fundamentalismo laico.
Importa solo lo que cabe distinguir e individualizar. Lo que detiene la angustia propia de lo viviente, como lo expresara Kierkegaard en varios de sus ensayos. Lo que se racionaliza. Ese mundo disecado, frío y seco sería el único mundo real, el único verdadero, el auténtico correlato de la ciencia. O al menos, eso es lo que defienden los filósofos de la Ilustración en ciernes, desde Spinoza, en sus alegatos contra la febril superstición. Voltaire y Rousseau se jugaron por ello, y Kant los secundaba discretamente. A pesar de sus inmensos logros, esa vertiente filosófica no pudo demoler la fuerza de la religión, sino que tan solo fomenta la división entre creyentes ingenuos y pensadores seculares.
Incluso sus muchos sucesores en el «negocio» del desencantamiento, como lo fuera hasta hace poco el muy militante Christopher Hitchens, apostaban por hacer despertar al hombre de su sueño de sacra locura, para habitar solo, en un aséptico recinto de lucidez descarnada que asombraría por igual a san Agustín, Santo Tomás o Meister Eckhart. ¡Qué desnudez y qué pobreza, dirían ellos, en las desnudas almas de los humanos de hoy!
La experiencia religiosa del tiempo y del espacio —antaño tan preciada— se ha desacralizado también, convertida en mera terapia de autoayuda, y los ritos de paso están tan trivializados que pasan por el mundo sin pena ni gloria, incluso en países aún muy religiosos. Pareciera que la masa ha disuelto el hálito particular o especial de cada ritual, y de cada liturgia. Y en efecto, lo sagrado no ha resistido el peso de las masas, que lo «contaminan» o lo «ensucian» con su experiencia reductiva, y su democratización de lo divino.
Las ideas de sucesión y de cambio, de progreso y de abandono, son enemigas de lo sagrado. El antiguo resorte de la sacralidad es ahistórico, surgido y crecido al impulso de la perpetua repetición de lo mismo. En la antigüedad, la palabra más poderosa y más difícil de asimilar era Eternidad. Hoy apenas se habla de ella. ¿En dónde ha quedado? El tiempo habita en pequeños lapsos, en rutinas muy bien asimiladas, y su inmensidad se ha evitado, de manera que ya no arroba como antes.
El daño está hecho, y es inmenso, casi abrumador, dejando las astillas del viejo orden religioso dispersas por todas partes. Hasta los teólogos hablan hoy un lenguaje nuevo, con el cual evitar «asustar» a los fieles. Se han escondido con habilidad en los refugios antiaéreos de los saberes de las ciencias sociales y de la multidireccionalidad de la historia.
Y, sin embargo, el mundo sigue teniendo miles de millones de creyentes. No los que no creen en nada, que en verdad son raros, sino los que, como lo presagiara Chesterton en su día, «creen en cualquier cosa». Las creencias, ahora revueltas y banalizadas, se han convertido en una batahola informe de proyectiles sin rumbo, casi todos mortales y casi todos superfluos. Pero mueven el mundo, y las vidas de los creyentes. Así, llenan los vacíos religiosos auténticos de los fieles creyentes.
Los escépticos siguen siendo minoría, y probablemente lo serán siempre. Pero, ¿entonces, ¿en qué creen? ¿Cómo cree en Dios el hombre de hoy, dentro y fuera de Occidente? ¿Las religiones «pesan» distinto que en el orbe antiguo o medieval? Más allá de las «refutaciones» ateas, nadie ha podido negar la importancia de las religiones, ni la universalidad de las creencias.
Tales preguntas son muy complicadas y comprometedoras, y suponen ingentes investigaciones filosóficas y teológicas, y no meras indagaciones de psicología social, de antropología cultural o de etnografía. Quizás no estamos buscando las respuestas, después de todo, o al menos no con la seriedad, el compromiso y las armas de antaño. Porque descifrar lo sagrado era entonces decisivo, comprometedor, imprescindible. Hoy no lo es, o apenas. En efecto, ser religioso en la actualidad es una anomalía para el sujeto promedio. La muerte, la angustia, la caducidad, la precaria condición humana, han dejado de punzar como espinas. Hoy son meros problemas de la existencia, dotados de un discurso resolutivo y tranquilizador.
La hipersecularización de la vida individual ha convertido el acto religioso de devoción en un juego privado —y acaso en un acto secreto o «innecesario»— que está hoy ligado a la debilidad, la desidia o la anormalidad. Toda la historia de la experiencia religiosa ha caído en el vacío del remedo. Hasta Cioran y Bataille se sentirían conmovidos por esta sobrecarga de indiferencia y de hastío. El hirviente sol de la deidad ha dado paso a una fresca sombra secular, a unos dioses inventados y protectores, llenos de dulzura, y hasta vinculados a la suerte de la Tierra y sus mutaciones. La infinitud vertiginosa del cosmos de Giordano Bruno ha descendido a un universo material, prosaico y casi mecánico, con el viento suave de la Ciencia tranquilizadora soplando de continuo. El mistérico sentido del mundo se ha hecho virar hacia lo conocido, lo fácil, lo predecible.
Pero no todo está perdido para siempre. Lo sagrado está cifrado, oculto, y más allá del gastado y envejecido Occidente, tiene aún muchos caminos por los cuales transitar. Sin duda, la sacralidad de las cosas y de las personas está dirigida a un bienestar cálido y cómodo, y de los temas terribles no se habla apenas, para que el miedo no reine, ni la desesperación. El mundo se deprime, pero no se extasía ya. ¿Qué podría sacarnos de pronto de este duermevela?
Solo algo como un presagio nefando al estilo de los de Joaquín de Fiore puede hacer reactivar las corrientes de lo sagrado en el mundo. Después de todo, hay un final para la Tierra y para la especie humana. De repente, miles de millones de fieles que pueden recibir un revés colectivo, un gran cataclismo, algo verdadero y conmovedor que ponga a la luz del día los dones dormidos de lo Sagrado. Una sobrecarga de divinidad que puede llegar en cualquier momento. Un final imprevisto para un universo desprevenido. O al menos, algunos signos profundos e inquietantes.
Hace veintiséis años escribí un libro sobre sensibles seres llamados por lo divino, santos y arrebatos místicos, llamado De parte de Dios, en el que partía del supuesto de que hoy la vena mística se había secado, o quizás, aletargado sin remedio. Dios ya no está en todas partes. Hay vacíos y hendiduras que destierran su Presencia del mundo, antaño totalmente sagrado. Su aliento se ha vuelto difícil de percibir, incluso para los nuevos creyentes. La experiencia que lo conducía ha mutado y sufrimos de anomia. De insensibilidad. Pero Él parece estar de vuelta. En cualquier caso, sigue allí, sutil, presente, pero silencioso. O habitando en los viejos recintos del politeísmo y del paganismo, como lo presintiera en su día Fernando Pessoa.
Tal vez no solo no ha muerto, sino que se ríe, conmovido, de nuestros vanos intentos. Solo aguarda «la abolición del tiempo por la imitación de los arquetipos y por la repetición de los gestos paradigmáticos», como lo señalara Eliade. Entonces, todo volverá a tener sentido.