ETAPA 3 | Televisión

¿Dónde está la poesía de Un poeta?

5 de septiembre de 2025 - 12:34 pm
Un poeta ve la nueva película de Simón Mesa y cuestiona su discurrir narrativo tanto como su humor de gags, risas fáciles y su aparente incorrección política. Bajo el disfraz de irreverencia, dice este poeta, hay, sobre todo, clichés reaccionarios.
Fotograma de Un poeta (2025), de Simón Mesa Soto.
Fotograma de Un poeta (2025), de Simón Mesa Soto.

¿Dónde está la poesía de Un poeta?

5 de septiembre de 2025
Un poeta ve la nueva película de Simón Mesa y cuestiona su discurrir narrativo tanto como su humor de gags, risas fáciles y su aparente incorrección política. Bajo el disfraz de irreverencia, dice este poeta, hay, sobre todo, clichés reaccionarios.

Cuando siento como poeta
me pellizca un sentimiento
y el alma no me arde.
Los poetas
qué piñata
ombligos se creen del mundo
con gorrito de vino trasnochado.
En este país de brazos enardecidos y alma encabritada
son «héroes» de una angustia de hostería
y el de la chaqueta se considera la estrella
y el de corbata el número uno
Ignorando que cada poeta si lo es
solo aporta un pedazo de su alma al gran
poema de la humanidad.
Los poetas
qué piñata
como un electrodoméstico mendigan una vitrina.
Los poetas
qué piñata
estatuas de sal que a nadie paralizan.      

—Helí Ramírez

En este poema —de Golosina de sal, editado por la editorial de la Universidad de Antioquia en 1988— Helí Ramírez se burla de los afanes patéticos de visibilidad de sus colegas, de su supuesta sensibilidad que a nadie paraliza. Burlarse de los poetas no es nada nuevo, más bien es un lugar más o menos común. Cientos de memes de internet, novelas que se mofan de los soñadores con sus maleticas colmadas de hipérbaton y endecasílabos, y muchas tradiciones literarias usan esta figura para desguazarla.

Los poetas nos reímos de nosotros mismos y de nuestros enemigos poetas. La risa, pues, es un factor constitutivo para los poetas: remitámonos a Raúl Gómez Jattin, a Edgar Allan Poe y su filosofía de la composición, a María Mercedes Carranza con sus autorretratos sórdidos, a Luis Felipe Fabre, a Bulgákov, a Mariano Blatt, a Nicanor Parra, a Blanca Varela, al José Asunción Silva en De sobremesa. O para irnos más lejos: a los variopintos versos escatológicos y jocosos del siglo de Oro Español. Hay un sinnúmero de formatos que representan a los poetas como anacrónicos, más bien torpes, e incapaces de acceder a la vida real y productiva bajo la máquina aceitada de la sociedad del capitalismo posfordista.

Quedé con una sensación de extrañeza al terminar de ver la película Un poeta, de Simón Mesa. Hubo pasajes en los que sentí lo mismo que siento cuando veo algunos ejemplares del stand up comedy colombiano; como dicen los poetas de la generación Z, me dio cringe. Por el desarrollo de sus personajes. Por la mirada que tiene de la poesía y, en consecuencia, de los poetas. Y por su intento de burla, que apenas alcanza la densidad de una caricatura conservadora e infantil.

Pero, como diría un poeta bogotano: primero las rosas, después las espinas.

El diseño de vestuario se ajusta a lo que los cuerpos piden y los espacios y las locaciones demuestran la sensibilidad del director por los lugares y sus formas, al igual que en su obra anterior: Leidi (2014), Amparo (2021). También acierta la burla que Un poeta hace del festival de poesía financiado por europeos ingenuos, así como la representación sardónica de la mirada blanca, identitaria, del arte actual: es clave ser mujer, negro, indígena, tercermundista para obtener financiación. Además, el casting es un verdadero lujo y las actuaciones de Ubeimar Ríos, que interpreta a Óscar, el Poeta; Rebeca Andrade como Yurlady, la poeta adolescente; y la madre y la abuela de ambos, junto con otros personajes secundarios, funcionan muy bien, sobre todo en los momentos de sutileza, cuando la película parece estar desprevenida: construyen una atmósfera íntima con sus gestos mínimos y potentes.

Ahora vienen las espinas: ¿por qué creo que fracasa una película sobre el fracaso?

Fotograma de Un poeta (2025), de Simón Mesa Soto.
Fotograma de Un poeta (2025), de Simón Mesa Soto.

La caída de Un poeta

Desde el inicio, Un poeta nos propone un tono humorístico para narrar el descenso (¿o ascenso?) hacia el irremediable fracaso de Óscar, un tipejo que no quiere hacer nada más con su vida que emborracharse y dedicarse a la poesía, en ese orden. Vive con su mamá y no tiene plata ni siquiera para ir a tomarse sus tragos, aunque siempre consigue emborracharse. El licor es la clave de la oscuridad del personaje: ahí está su nudo, su signo y su debilidad. En la borrachera encuentra su momento de sublimación cuando, entonado, discurre lenguaraz sobre literatura: José Asunción Silva es su pastor y con él nada le faltará.

El licor y el sinsentido moldearán al personaje y empujarán a la trama para que avance. Ante los puntos ciegos de las escenas, unos cuantos tragos para que se lubrique la historia, santo remedio.

Cuando, por fin, alcanza la sobriedad, el Poeta encuentra una especie de destino ayudando a una adolescente de quince años que tiene talento para la poesía. El film abre un camino luminoso en el que Óscar se deja ver más allá de las cortinas del licor. Complejiza sus actos y su relación con los estudiantes del colegio en el que empieza a trabajar gracias a una palanca de su hermana. Se rompe el cascaron cliché del poeta borracho, bukowskiano, y Óscar se suelta de otro modo, mucho más sutil en su proceder. Aun así, para que siga la película, el director encuentra la manera de volver a emborracharlo, en medio del festival de poesía al que acompaña a la joven poeta. La borrachera es, pues, lo que hace avanzar las escenas hacia sus nudos, aun si esa «pausa de lucidez» podría demorarse más para mostrar esa faceta del protagonista, menos infantil y más cargada de textura poética.

El tono humorístico de la película choca con lo que la naturaleza del relato y la atmósfera van tejiendo. Las zonas de apertura al humor y espontaneidad poética son borroneadas por chistes superfluos que se notan planeados de antemano en el guion, y como cuerpos extraños se insertan en su desarrollo, a veces sin contexto suficiente, sin el tiempo suficiente. (El humor es un asunto temporal; la película por momentos lo logra entender, pero rápidamente lo olvida). Las escenas se dirigen de manera canalizada, a la fuerza, hacia el gag (como le dicen los gringos al tiro fácil, al chistecito inesperado), incluso al rolling gag (el chistecito que se repite). Crean escenas humorísticas a partir de la repetición, y abandonan su construcción narrativa más abierta y menos aristotélica: inicio-nudo-desenlace.

En Un poeta, los gags se activan como botones que el director quiere oprimir cuando las cosas se ponen o serias o poéticas: son diques que contienen e impiden el humor más perspicaz que habita en el subtexto de sus propios materiales narrativos, más sutiles, menos legibles. Si bien hay humor afilado, este casi siempre se queda en un segundo plano; el humor primario es el que prepondera, como si cada ciertos minutos el metraje debiera incluir un chiste, tal vez uno aparentemente incorrecto que incluya a una comunidad minoritaria en términos de poder, pero con un ritmo bien diseñado en Excel. Y ya se sabe lo que pasa con los chistes muy planeados.

Aquí debo hacer una aclaración: soy partidario de reírse de todo. Cuando digo todo, incluyo a las minorías, a los grupos oprimidos, a quienes han llevado del bulto toda la vida: las mujeres, los negros, los indígenas, sean poetas o no. (Discúlpenme: hay chistes de Omaira, la niña que murió trágicamente en Armero, que me parecen muy finos). La gente oprimida que menciono también se burla de sus desgracias, así arman una estrategia escópica para verse en el reflejo deformado de la risa, igual que en el teatro griego; esta risa tiene elegancia, tristeza y poder. Con el chiste, igual que con la metáfora, se dicen las cosas que no se pueden decir de manera directa: es una estrategia que reta al poder, y sobre todo la episteme que sostiene al poder en la cima de la hegemonía, donde se siente a sus anchas.

En el caso de Un poeta, estos chistes sobre las minorías me resultan fáciles. Su gracia reside en su aparente incomodidad e incorrección política actual, pero pregunto: ¿acaso el sujeto colombiano de todas las clases sociales no se ha reído toda la vida de las mujeres, de los indios, de los negros, de los pobres? Lo que se ofrece con este humor alcanza a ser una caricatura digna de un anti-Sábados felices con estrógenos. Veamos: un indígena poeta pelea con una poetisa por quién es más desdichado y oprimido. En medio de la borrachera se trenzan en una discusión: «a vos no te han tocado el culo», «a vos no te han sacado de tu tierra». El chiste está en que alguno de los dos tiene que ganar el reinado del abuso. Un chiste: entra un indio sin tierra a un bar, entra una mujer manoseada a un bar, y se ponen a competir por quién está más llevado del putas.

La película quiere ser a toda costa incorrecta, la diferencia con Sábados felices es que el programa de humor más viejo de la televisión colombiana no tiene la menor idea de que es problemático con sus chistes racistas, gordofóbicos. En cambio, la caída de Un poeta está en su ultra conciencia de su incorrección: ahora que «nadie» se puede reír de estas cosas, yo sí me voy a reír de todos. Se olvida que hasta hace menos de diez años los chistes sobre los cuerpos de las minorías eran la constitución política de la gracia colombiana.

Al Poeta le dicen que, borracho, les mostró el culo a un grupo de estudiantes de poesía durante una conversación sobre agujeros negros, por lo que es un misógino. Luego de ser acusado de acosar a la joven poeta, él intenta hablar con los estudiantes y, de repente, una chica brinca y hace voguing mientras dice: «bailo por las asesinadas, por las maltratadas»; así la película referencia un video de México que devino meme. Propone una extraña y desubicada catarsis alrededor de las mujeres violadas y asesinadas. El chiste funciona si se conoce la referencia digital, de lo contrario el baile de la feminista solo se vuelve otro gag; bastante salido de contexto en la textura en la que se teje la escena, por cierto. Reírse de la frase «Nos están matando» (aun cuando el meme mexicano lo dice textual) se recontextualiza en Colombia, pues es una clara referencia al Paro Nacional del 2019-2021. Entonces la película se está riendo indirectamente de la memoria de Dilan Cruz, de Lucas Villa, y más de ochenta muertes de los jóvenes que protestaron. Todo muy políticamente incorrecto, sí, todo muy cercano a lo que le da risa a la ultraderecha de este país.

Dos escenas más para revisar: el frágil Poeta carga el cuerpo borracho y voluminoso de la poeta adolescente, mientras el recepcionista del hotel se queda estático y mira la patética escena. Otra: ya en el barrio popular en el que vive la muchacha, después de esfuerzos grandísimos, el Poeta logra recostarla sobre su carro. Pero se descuida y ella rueda loma abajo, dando vueltas sobre su propio eje. Entran risas, otro gag al mejor estilo gringo, sin mucha gracia: humor físico, el dagogarciísmo en su esplendor. Ninguna de estas escenas ayuda a soportar nada de la trama, son gratuitas. Ambas imágenes se presentan como sacadas de una conversación de adolescentes resentidos de la derecha conservadora con sus ideas prefabricadas sobre cuerpos gordos, o la gente de los barrios, la Colombia de a pie, el swing de los negros: chistes sin peligro y frases de cajón. Poca astucia, poca malicia.

Quizá esta es otra de las claves. La película quiere mostrar, con ahínco, que se puede burlar de todo lo que la política de la identidad intenta blindar, volver intocable. Pero no sale bien librada porque se queda en la caricatura primaria. Claro que debemos burlarnos de nosotros, de nuestras desgracias y las ajenas: ejemplos sobran en el cine, en la literatura, en la música. En Un poeta, en estas escenas que señalo, el intento se desinfla. No se consolida con la sutileza de la risa que sí da, por ejemplo, la madre del Poeta, que con mínimas intervenciones, demuestra mucha más agudeza que todos estos chistes baratos —seguros de su «incorrección»— sobre el cuerpo, las tierras despojadas y las violaciones, metidos a martillazos en la trama.

Bajo el humor basado en gags de Un poeta, atisbo una extraña seriedad: el acartonamiento y la impostura de quien quiere ir contracorriente en un mundo en el que el arte obedece a un ethos preponderantemente de la izquierda blanca y primermundista. La película insiste en burlarse de lo que aparece como intocable por la política de la identidad: la violencia contra las mujeres, la obesidad, lo indígena, la pobreza. No puedes hablar de estos temas si no estás en un cuerpo oprimido, dicen los faros de la moral profiláctica. Y quizá a éstos la película sí logre irritar.

Claro que hay que burlarse de la exacerbación de lo identitario en todo el espectro artístico y lo social para combatir esa camisa de fuerza, pero los dardos de Un poeta son tan directos que carecen de la ambigüedad fundamental que necesita el humor. La rigidez y la seriedad aparecen cuando del autor busca, a toda costa, ser inconveniente, una y otra vez, sin matices, en vez de dejar que su relato respire con sus contradicciones y el humor fino que la historia misma contiene en su sedimento. Allí hay atisbos de gracia, inteligencia. Pero el director se decanta indefectiblemente por el gag.

Aclaro de nuevo: no hay temas vetados para el humor. Por el contrario, este es un momento propicio para que la risa nos libere de tantos cajones de identidad.  Quienes se toman en serio o son malos poetas, o son Raúl Zurita, que es un grandísimo poeta. La poesía, insisto, compañeres, oh
se burla
de la
poesía,
casi siempre.

Fotograma de Un poeta (2025), de Simón Mesa Soto.
Fotograma de Un poeta (2025), de Simón Mesa Soto.

Magnum Opus

La obra maestra del Poeta —que ya renunció a su escritura— es la joven poeta, que sí tiene talento para la poesía. Ella dibuja bien y escribe sus poemas desprevenidos. El Poeta los lee y se conmueve ante la posibilidad de que la muchacha se convierta en una gran poeta, de que salga adelante en su barrio difícil.

Hay tres escenas desafortunadas donde la risa se hace a un lado para mostrar la sensibilidad de los personajes y su relación con la poesía. La luz del sol se vuelve el tropo para este fin. En una escena, la joven, que espera sentada en la casa cultural donde se realizan los talleres de poesía, ve un haz de luz. Con su mano intenta acariciarla mientras mira los fotones reflejados en su palma. Se quiere, de manera directa, mostrar que la chica es sensible, observadora de su entorno. La escena se repite, exacta, cuando la película quiere generar un lazo íntimo con el espectador. Hacerlo dos veces, de la misma manera y como único recurso, demuestra poca profundidad para experimentar con esos momentos de dolorosa lucidez que sienten los poetas y, algunas veces, los paisas.

Al final de la película, el Poeta hace lo mismo: mira la luz que se refleja en su cuerpo y tiene un «momento poético». La escena demuestra que sí se puede, en medio de la parodia, fabricar un momento sublime. Sin embargo, ante la insistencia en el recurso de la luz, rolling gags,  éste decae y no logra su objetivo. La poesía, cabe decirlo, no está solo en el haz de luz, sino también en las uñas pintadas con brillitos, en los cuerpos bailando reggaetón, en la palabra cucha, en la fila de espera de un banco, o, como diría un estudiante de literatura: la poesía está en todas partes. ¿Y la poesía en Un Poeta? Spoiler alert: por ninguna parte.

Un poeta es una película sobre un poeta escrita por un prosista. Poco hay de entendimiento de la poesía como procedimiento estético y hay mucho de la poesía como fenómeno sociológico de relaciones de poder cultural. ¿Hay que decir que la poesía no se limita a lo que se encuentra en el poema?

En su conferencia «La ceguera del poema», el peruano Mario Montalbetti propone que leer una novela es como ir en un avión, con ventanas para ver el paisaje y con cierta comodidad: casi todo se ve. Por el contrario, expone Montalbetti, la experiencia de leer un poema es la de andar en un submarino: solo sus mecanismos internos nos permiten ubicarnos en medio de la oscuridad. El poema es profundamente ciego, críptico y no se interpreta con el lenguaje de la prosa. Por eso, quizá, la poesía es el género menos leído, y, paradójicamente, el más escrito. No necesita interpretación, ni significado, sino algo más complejo que está cercano a la magia negra, al misterio, a lo insignificante.

En las películas anteriores de Simón Mesa, la no-mirada, el desenfoque, la ausencia de elementos arman los relatos y cobran cierto vuelo poético en las imágenes y el montaje. En cambio, en Un poeta todo significa: la libreta de apuntes como detonante para el cierre, el festival de poesía para que el Poeta se emborrache y sea acusado de acoso. Las cartas que se escriben los personajes sobreexplican lo que queda por fuera. Todos los recursos trabajan para el chiste, la risa fácil y simplona. Nada se oculta, nada se deja velado, no hay capas ingeniosas, no hay ninguna contrariedad formal, narrativa ni estética. El director quiere frivolidad y cinismo y simpleza, pero solo logra candor.

Posdata

El Poeta trunca su sueño de sublimarse por interpuesta persona en la poeta adolescente. Cuando puede hacer un buen acto, fracasa por un falso rumor, es cancelado por los jóvenes poetas de la generación Z y despedido de su trabajo. No obstante, en el proceso cumple con su cometido, pues escribe un poema con un final feliz, en el que recupera, un poco, la relación con su hija. Fracasa otra vez, fracasa mejor.

Por último, entonces, como dicen los ensayistas y algunos poetas, quiero proponer una conclusión.

En esta película termina con el tropo conservador por excelencia del cine y la literatura. Al final, luego de que se rompe su relación con la joven poeta —y sus intentos de ser una figura paterna— cada uno regresa a la clase social a la que pertenece y así el Poeta puede renovar la relación apolillada con su hija a partir de la hospitalización de su madre: se confirma el desplazamiento de la relación de la posible pérdida de la madre y, en consecuencia, la posible recuperación de la hija. (Inserte aquí la escena del abrazo final en la que quizá el espectador derrama una lagrimita holandesa, blanca, y sensiblera; después de unas buenas risas, hay que hacer un equilibro, como en todas las comedias, y llorar un poco, también). Estamos ante un relato que quiere prefigurar la familia — a toda costa unida y más o menos funcional— como redención, al modo del arquetipo de la comedias. Y aunque juega con esa estructura, y pretende parodiarla, no lo consigue.

El objetivo es, a la postre, hacernos reír de nosotros mismos. Que nos tomemos nuestras fallas tan en serio, que nos identifiquemos con ese fracaso universal que somos los humanos: todos somos de algún modo esa familia, todes somos ese poeta, todas estamos incluidas en esa historia. Identidad pura y cerrada: fortalecida y proyectada en la conclusión. Es decir, tenemos que tomarnos en serio eso de la familia, aun con nuestros lunares, yerros y desplantes y los de los otros, porque allí está la única salvación. No en la poesía, no en la comunidad, no en la soledad, no en la borrachera.

La poesía en Un poeta, en mi humilde opinión de poeta blancomestizo, de clase media baja, se queda corta en su vuelo, en su humor basado gags  y su falsa temeridad incorrecta, paralizada. Qué piñata.

CONTENIDO RELACIONADO

Array

18 de febrero de 2026
Jeffrey Epstein fue un agresor sexual infantil y también un curador de encuentros excepcionales. Sentó en la misma mesa a figuras artísticas e intelectuales que rara vez coincidían, como Woody Allen y Noam Chomsky. La abundante correspondencia entre el magnate financiero y el lingüista muestra cómo el poder corteja, ofrece pertenencia y convierte esos encuentros en experiencias de reconocimiento que neutralizan el juicio. ¿Qué estamos dispuestos a callar con tal de no quedar fuera de la mesa?  

Array

16 de febrero de 2026
Desde la década de 1980, el arte colombiano ha problematizado las influencias estéticas y económicas derivadas del narcotráfico. Santiago Rueda propone una lectura del país de los hipopótamos afrocolombianos, del reguetón, del lujo kitsch y de la microdosis psicodélica en la que examina las mutaciones de un imaginario donde lo ilícito y lo sagrado se confunden.

Array

12 de febrero de 2026
Incluso si la presentación de Bad Bunny en el Super Bowl, un escenario atravesado por la tensión entre arte y política, probablemente no tenga ninguna consecuencia política real, ¿qué hacemos con su redefinición de nuestro continente, la rabia que tanto reggaetón en español provocó en Trump y todo lo que queda por fuera de este relato americano?

Array

9 de febrero de 2026
En Nariño, los campesinos que un día sembraron coca hoy cultivan café y cacao mientras los Diálogos Regionales de Paz empiezan a transformar la economía y el alma del sur colombiano. Así se abren hacia un proyecto de futuro sin miedo ni violencia.

Array

6 de febrero de 2026
Una tía recuerda a su sobrino, que murió en una fiesta de música electrónica luego de consumir MDMA. Entre la culpa y el duelo, este testimonio insiste en la necesidad urgente de la legalización en Colombia como camino para salvar vidas.

Array

4 de febrero de 2026

Array

3 de febrero de 2026
Entre el 10 y el 13 de diciembre de 2025, Cali recibió al Encuentro por las memorias, la dignidad y la esperanza, organizado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes: un espacio de reconocimiento y escucha profunda entre pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes y entidades públicas.

Array

2 de febrero de 2026
En su Informe final, la Comisión de la Verdad recomendó superar el prohibicionismo y transitar hacia otras formas de comprender y convivir con las drogas. Esta crónica ofrece una mirada a los llamados clubes cannábicos y a quienes proponen otras formas de asociarse en torno al cultivo y el consumo de marihuana.

Array

30 de enero de 2026
Las batallas de freestyle han crecido en Bogotá durante las últimas dos décadas porque, más que una competencia, son una forma de enfrentar la hermosa y caótica cotidianidad de las ciudades. ¿De qué manera esta práctica se ha convertido en una red de apoyo valiosa para los jóvenes y ha dado un nuevo sentido al espacio público?