En marzo de 2026, una noticia sorprendió al mundo del arte colombiano. No se trataba de un artista famoso ni de una gran institución cultural de Bogotá, sino de lugar a dudas: este espacio artístico de Cali, dedicado a la formación, la investigación y las residencias, había sido invitado a participar en la Bienal de Venecia de 2026, uno de los eventos de arte contemporáneo más importantes del mundo.
La invitación a lugar a dudas de la Bienal, que empezó el 9 de mayo y va hasta el 22 de noviembre de 2026, reconoce más de dos décadas de trabajo alrededor de una idea poco habitual: entender el arte no solo como producción de obras, sino también como la creación de espacios donde artistas, estudiantes e investigadores puedan encontrarse, aprender y construir proyectos en común. lugar a dudas llegó a Venecia con Formas de Lucha, una videoinstalación inspirada en prácticas como el boxeo, la capoeira y la esgrima con machete que explora una pregunta que tiene una vigencia particular en esta Bienal: cómo convivir con la diferencia sin intentar eliminarla.
Desde antes de la inauguración de la Bienal, la participación de Rusia e Israel desató manifestaciones, cartas abiertas y profundas divisiones entre artistas, curadores, directores de museos y trabajadores culturales de distintos países. En el centro del debate estaba la pregunta por la responsabilidad de las instituciones culturales cuando los conflictos geopolíticos llegan hasta sus espacios.
Pietrangelo Buttafuoco, presidente de la Bienal, defendió la permanencia de las delegaciones oficiales de Rusia e Israel para preservar un espacio de intercambio internacional y evitar que la cultura se convirtiera en una extensión de las sanciones políticas. El jurado internacional, en cambio, anunció que no otorgaría los Leones de Oro a delegaciones cuyos líderes enfrentan órdenes de captura por crímenes de lesa humanidad; luego, renunció colectivamente ante la falta de autonomía para tomar esa decisión. Las protestas y las acciones de solidaridad con Palestina marcaron la inauguración.
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En Cali, la noticia de que lugar a dudas iba para la Bienal de Venecia fue recibida con entusiasmo. Para quienes han pasado por esa casa, convertida en un lugar de reunión para varias generaciones de artistas, fue la confirmación de que un proyecto construido lentamente, a partir de relaciones, intercambios y procesos compartidos, podía llegar a uno de los escenarios más visibles del arte contemporáneo.
En Bogotá, hubo reacciones contradictorias. Abundaron las felicitaciones de agentes culturales, pero, en privado, en conversaciones posteriores a inauguraciones y eventos del medio artístico, apareció una pregunta que reveló el viejo centralismo cultural colombiano: ¿por qué ellos?
Los artistas colombianos Doris Salcedo (1993), Óscar Muñoz (2003 y 2007), Delcy Morelos (2022) e Iván Argote (2024) llegaron a la Bienal tras desarrollar carreras con exposiciones, residencias, colaboraciones y vínculos sostenidos con museos, curadores y espacios de distintos países. Fue Muñoz, precisamente, quien fundó lugar a dudas en 2006.
Durante los años setenta, Cali se consolidó como uno de los principales laboratorios culturales de Colombia, donde dialogaban el cine, la literatura, la fotografía, el diseño gráfico y las artes plásticas. Fue la época de Caliwood, el movimiento cinematográfico impulsado por Luis Ospina y Carlos Mayolo, cuyas películas transformaron el cine colombiano, al cuestionar, por ejemplo, las formas tradicionales de representar la pobreza como espectáculo en Agarrando pueblo (1978), que acuñó el concepto de “pornomiseria”. En 1977, Andrés Caicedo publicó la novela ¡Que viva la música!, que retrató el desencanto juvenil, la vida nocturna y la cultura musical de una ciudad donde la salsa y el rock marcaban el ritmo de una nueva generación.
Entre 1971 y 1986, el Museo La Tertulia de Cali organizó cinco ediciones de la Bienal Americana de Artes Gráficas, que reunieron a artistas de todo el continente y consolidaron a Cali como uno de los principales centros del arte latinoamericano. En esos mismos años, la ciudad vio surgir espacios independientes como Ciudad Solar, donde en 1971 Óscar Muñoz presentó Dibujos morbosos, su primera exposición individual. Ciudad Solar se convirtió en un lugar de reunión para figuras como Andrés Caicedo, Luis Ospina y Carlos Mayolo, además de numerosos artistas e intelectuales que dieron forma a la intensa vida cultural caleña.
En las décadas siguientes, el cierre de espacios culturales, la precariedad económica y la falta de apoyo institucional redujeron los lugares dedicados a la creación y la discusión artística. En 1998, Helena Producciones impulsó el Festival de Performance de Cali, que volvió a conectar la ciudad con artistas y debates internacionales y demostró que, incluso en un contexto adverso, la escena artística caleña seguía encontrando formas de reinventarse.
Junto con Ciudad Solar, la mayoría de espacios que habían acompañado la formación de Óscar Muñoz ya había desaparecido cuando él comenzó a consolidarse en el arte latinoamericano, con una obra que, mediante la fotografía y el dibujo, exploraba fragilidad de la memoria y el carácter efímero de la imagen. En 2004, tras ganar el Premio del Salón Nacional de Artistas con su videoinstalación Re/trato, la proyección de un autorretrato sobre una superficie de agua en un lavamanos cuya imagen se desvanece a medida que el agua se escurre, Muñoz invirtió parte del dinero del premio en la compra de una casa en el barrio Granada, en el norte de Cali. Junto a su pareja Sally Mizrachi, comenzó a construir un lugar para encontrarse alrededor del arte, como en los que había participado en su juventud, como los que la ciudad había ido perdiendo.

Se llamó lugar a dudas: arte y vacilaciones. El subtítulo resumía la filosofía del proyecto: asumir la duda no como una debilidad, sino como el punto de partida de la creación artística; investigar, ensayar y equivocarse como parte del mismo proceso que busca y encuentra respuestas.
A comienzos de los dos mil, los espacios alternativos y galerías comenzaban a adquirir un papel cada vez más importante y surgían nuevas formas de producción cultural que ya no dependían exclusivamente de museos y grandes instituciones. lugar a dudas hizo parte de esa transformación. Desde el inicio apostó por algo más amplio que una galería. Uno de sus primeros pasos fue abrir al público la biblioteca personal de Muñoz, que con el tiempo se convertiría en el Centro de Documentación (CEDOC), uno de los pilares del proyecto.
lugar a dudas fue creciendo a través de residencias, talleres, publicaciones, cineclubes, exposiciones y programas de formación. Durante sus primeros años brindó oportunidades a artistas emergentes mediante convocatorias, apoyos a la producción y proyectos como La Vitrina y CALCO. Con el tiempo, la formación y la investigación adquirieron un papel cada vez más importante. La biblioteca se amplió, llegaron residentes de distintos países y la casa comenzó a convertirse en un punto de encuentro para artistas, estudiantes e investigadores de toda América Latina.
En medio de la incertidumbre de la pandemia del Covid-19, Óscar Muñoz llegó a considerar que el ciclo de lugar a dudas había terminado. Sally, su pareja, lo convenció de continuar. Así empezó el relevo generacional de lugar a dudas, de la mano con un replanteamiento de su papel en la ciudad. Aunque Muñoz continúa apoyándolo económicamente y acompaña algunos procesos como consejero artístico, desde 2020 dio un paso al costado. El proyecto continúa hoy bajo la dirección de Sally Mizrachi y un equipo integrado por Éricka Flórez, María del Mar Nuñez, Sahara Rosero, Angi Marcela Muñoz y Gabriel Vásquez.
Con este cambio, las exposiciones en lugar a dudas dejaron de ser un fin en sí mismo para convertirse en herramientas de aprendizaje, investigación y colaboración. Esa nueva etapa se refleja en la Microescuela o en el Semillero de Curaduría, programas dedicados a formar curadores, escritores y gestores culturales, con la idea de que fortalecer una escena artística también implica formar a quienes la investigan, la escriben y la hacen posible desde distintos oficios.
Vista en perspectiva, la trayectoria de lugar a dudas es también la historia de una ciudad que intentó reconstruir parte de su vida cultural. Lo que comenzó como una respuesta a la desaparición de espacios independientes terminó convirtiéndose en un proyecto que destaca en el arte contemporáneo latinoamericano. Por eso, su llegada a la Bienal de Venecia puede entenderse como el reconocimiento de más de veinte años de trabajo y, al mismo tiempo, como la continuación de una historia que comenzó mucho antes de que lugar a dudas existiera.
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Fundada en 1895, la Bienal de Arte de Venecia es uno de los eventos más antiguos del mundo del arte contemporáneo. Funciona a través de dos grandes estructuras. Por un lado están los pabellones nacionales, organizados por cada país. Pero lugar a dudas no está ahí, sino en la Exposición Internacional, concebida por una curaduría invitada que propone una lectura particular del presente a través del arte.
La curadora camerunesa-suiza Koyo Kouoh, reconocida por ampliar la presencia de artistas de África y el Sur Global en los principales circuitos internacionales, alcanzó a concebir la Exposición Internacional In Minor Keys (En tonos menores) antes de su muerte en 2025. Su equipo mantuvo las líneas curatoriales que ella había definido, con énfasis en los procesos de largo aliento y las infraestructuras culturales que hacen posible la práctica artística.
En una exposición históricamente dominada por grandes instalaciones y esculturas monumentales, la propuesta inicial de lugar a dudas para la Bienal de Venecia consistía en un programa público de talleres, prácticas performáticas y espacios de encuentro, una forma de trabajo coherente con la historia del proyecto. Luego, en cambio, propusieron otra manera de entender la práctica artística.
Formas de lucha parte de tres prácticas corporales: el boxeo, la capoeira y la esgrima con machete. A través de imágenes, textos y registros de estas disciplinas, la videoinstalación plantea una pregunta sencilla: ¿cómo enfrentar el conflicto sin destruir al otro?
Aunque parten de la confrontación, estas prácticas comparten una regla fundamental: el combate solo existe porque existe un oponente. Lejos de buscar su eliminación, exigen atención, respeto y la capacidad de responder a quien se tiene enfrente dentro de un conjunto de reglas compartidas. A partir de esa lógica, la obra propone pensar el conflicto no solo como una forma de violencia, sino también como una relación. El desacuerdo no desaparece, pero tampoco conduce necesariamente a la anulación del contrario. En lugar de ofrecer respuestas, la videoinstalación deja esa pregunta abierta al espectador.
Al mismo tiempo que preparaba su participación en Venecia, lugar a dudas desarrolló en Cali un programa de talleres, prácticas corporales y conversaciones inspirado en estas disciplinas. La obra presentada en la Bienal fue, así, la prolongación de un trabajo que el espacio ha desarrollado durante años, dentro y fuera de sus instalaciones.
La idea central de Formas de lucha también atraviesa la historia de lugar a dudas. Durante más de dos décadas, el espacio ha reunido a artistas, estudiantes, investigadores y públicos con perspectivas distintas. Más que buscar acuerdos, ha promovido el intercambio entre personas que piensan y trabajan de maneras diferentes. Esa fue la idea que salió de Cali y llegó a la Bienal de Venecia 2026.
