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«¡Que se corten esos árboles enormes!»

17 de diciembre de 2024 - 9:34 pm
Hubo un tiempo en que lo salvaje era sinónimo de atraso. Un glacial, una duna, el monte, si no estaban intervenidos por el hombre, eran considerados lugares de deshecho. La autora nos indica que así se convertían en territorios en disputa: tierra de nadie, disponible para la explotación.
Sin título(Sabana #35), de Iván Herrera. Impresión fotográfica instantánea. De la serie Sabana, 2021. «Los amaneceres fríos y neblinosos revelan, en instantes perfectos, escenas donde la luz y la bruma generan una atmósfera mística, y donde los pocos rastros de actividad humana reflejan un ritmo de vida en armonía con el paisaje. Así, la sabana [de Bogotá] se muestra como un espacio cambiante y profundo, donde la naturaleza y la ciudad coexisten y se disputan un territorio que, aunque vasto y silencioso, parece condenado a transformarse».
Sin título (Sabana #35), de Iván Herrera. Impresión fotográfica instantánea. De la serie Sabana, 2021. «Los amaneceres fríos y neblinosos revelan, en instantes perfectos, escenas donde la luz y la bruma generan una atmósfera mística, y donde los pocos rastros de actividad humana reflejan un ritmo de vida en armonía con el paisaje. Así, la sabana [de Bogotá] se muestra como un espacio cambiante y profundo, donde la naturaleza y la ciudad coexisten y se disputan un territorio que, aunque vasto y silencioso, parece condenado a transformarse».

«¡Que se corten esos árboles enormes!»

17 de diciembre de 2024
Hubo un tiempo en que lo salvaje era sinónimo de atraso. Un glacial, una duna, el monte, si no estaban intervenidos por el hombre, eran considerados lugares de deshecho. La autora nos indica que así se convertían en territorios en disputa: tierra de nadie, disponible para la explotación.

Con estas famosas palabras exhortaba hace dos siglos el «Sabio» Caldas la explotación de las riquezas de las regiones selváticas del país. Señalaba que al aprovechar los «aromas, bálsamos, maderas preciosas, palmeras, yerbas medicinales, flores desconocidas, aves vistosas, bandadas de zainos, familias numerosas de monos, anfibios diferentes, insectos útiles, reptiles venenosos» se lograría resolver el otro problema que presentaban las extensiones boscosas a ojos del naturalista: el de la «enfermedad de la tierra». El aire de las selvas, cargado de humedad, «se carga también de las exhalaciones de las plantas vivas y de las que se corrompen a sus pies», produciendo enfermedades e incomodidades a quienes allí viven: “fiebres intermitentes, las pútridas y las exaltaciones de la más vergonzosa de las enfermedades. De aquí la prodigiosa propagación de insectos, y de tantos males que afligen a los desgraciados que habitan estos países”. Así, Caldas recomienda que «se corten estos árboles enormes, que se despejen estos lugares sombríos, para que los rayos del sol acaben con la humedad excesiva y entonces, como por encanto [] las fiebres, los insectos y los males huyen de estos lugares, y un país inhabitable se convierte en uno sereno, sano y feliz». La elusiva felicidad del país se lograría cumpliendo el destino glorioso con el que la naturaleza lo ha dotado al «sacar todo el partido posible de los bienes con los que el Creador enriqueció nuestro país, cultivarlos, mejorarlos con el trabajo […][para] salir de la apatía vergonzosa de las naciones salvajes y ponernos al nivel de los pueblos civilizados, agricultores, industriosos y felices».

Tristemente, la exhortación de Caldas ha resultado ser profética, como lo demuestra la fuerza que ha tenido, a escala planetaria, la colonización de las especies y los ecosistemas de acuerdo con la ideología de la «mejora», con el objetivo de «sacar todo el partido posible». Estepropósito parte implícitamente de concebir la tierra y sus recursos como capital, y de suponer que su manejo solo es productivo si permite obtener el ximo posible de rentabilidad, por lo que la producción se debe orientar preferiblemente a los mercados suprarregionales y preferiblemente globales. Para ello, se requiere inversión e innovación que permitan racionalizar los (mono) cultivos y la cría de unas pocas especies rentables (vacas, cerdos, pollos, salmones). Y, finalmente, se supone que esto solo puede hacerlo posible la propiedad privada.

A pesar de los impactos de esta poderosa ideología, uno de los rasgos impactantes de nuestro planeta sigue siendo su diversidad. Incluso cuando se observan con detenimiento paisajes aparentemente homogéneos como los desiertos o las sabanas, se aprecia fácilmente que en realidad están constituidos por mosaicos de distintas asociaciones de seres vivientes que presentan una multiplicidad de especies, de paisajes y de formas de vida humana. Sin embargo, concebimos las regiones que consideramos «salvajes» de manera negativa, a partir del hecho de no haber sido apropiadas enteramente para el mercado capitalista moderno y su orden, el no haber sido articuladas del todo a sus formas de extracción de recursos y a los flujos de sus redes comerciales.

No obstante su enorme diversidad climática, paisajística y social, los paisajes salvajes, sedescriben de forma asombrosamente similar, reiterando invariablemente los mismos tropos. En los relatos de viajeros y exploradores, de naturalistas y cartógrafos, resulta sorprendente ver queestos lugares, sean las dunas del Sahara, los glaciares de la Patagonia, las lagunas esteparias de Mongolia o los bosques cruzados de lianas en el trópico, aparecen descritos casi siempre de la misma forma: como «desiertos», en el sentido de inhumanos, pues se ven como si estuvieran deshabitados o (en la gran mayoría de los casos) habitados por seres inferiores, oscuros y abiertamente salvajes cuyo poblamiento puede ser fácilmente desechado. Así, parecen como vacíos no solo en los mapas demográficos, sino en los de la industria y el comercio y, sobre todo, en los de los Estados nacionales. Sin embargo, están llenos de contenidos que siguen vigentes en el sentido común: vastas extensiones, apartadas y lejanas, agrestes, e incluso a veces como tierras malditas. Se ven, principalmente, como minas de riqueza, y en esa medida, como un desafío y una aventura promisoria y rentable.

Si se mira el África tropical, por ejemplo, a partir del río y las selvas del Congo, vemos que esta cuenca, al igual que la del Amazonas, se describe como un territorio desconocido y lleno de peligros que contiene vastas riquezas. Se ve como una reserva aún desconocida que debe ser «abierta» para dar paso a la luz del comercio y de la civilización. Evidentemente, quienes han sentido que tienen la misión de penetrar esas regiones, consideradas como tierras vírgenes y disponibles para ser tomadas, aparecen en la historia como héroes, aventureros, naturalistas y exploradores. En África se destaca la figura legendaria de Livingstone, cuyo viaje pionero por el río Congo abre una era de explotación vertiginosa, semejante a la que inauguran los conquistadores en América o el capitán Cook en el Pacífico, que culmina, más que en el «descubrimiento» de las fuentes de los grandes ríos, de las cordilleras perdidas o de miles de «nuevas especies», en la apropiación y explotación de tierras, minas y mano de obra.

Esta visión, que ignora la historia y la geografía social, destaca el punto de vista exotizante e interesado del aventurero o del naturalista y, sobre todo, del inversionista, es decir,aquellos Hombres (con mayúscula y en masculino: «blancos», letrados, urbanos) en busca de la fama y la fortuna: algún Dorado o una encantada Ciudad de los Césares, que en últimas describen en términos de inventarios de recursos presentes y potenciales al futuro. Ello explica que estas áreas aparezcan como «vírgenes» ¾en el sentido en que allí prima la naturaleza y no la cultura¾ por lo que hasta hoy se las sigue viendo como los confines del mundo. Pero siempre como quimeras de oro: de oro azul, de oro blanco, de oro negro… Aunque casi siempre manchado de sangre, pues sobra decir que la única opción para los lugares salvajes es el «libre comercio» entendido como vía libre para la inversión externa, que, como la letra, solo con sangre entra. Así lo han mostrado historias como la del marfil en el Congo de Leopoldo de Bélgica o la del caucho en el Amazonas.

Por ello, estos paisajes se entienden ante todo como fronteras. No solo en sentido social y ecológico, sino y sobre todo, en el sentido en que constituyen los últimos frentes para la expansión de la economía moderna, del capitalismo en sus diversas variaciones. Durante el siglo xx, pasaron de ser grandes espacios vacíos en los mapas (y en las rutas comerciales)que representaban continentes enteros (como Australia o la Antártida)— para terminar como esquinas recónditas en las topografías nacionales. De esta forma las vemos hoy por todo el planeta: desde el Yukón en Canadá, los backlands australianos, la región de Cachemira en India, el gran desierto del norte de México, la Patagonia en Chile y Argentina, el Darién en Colombia. Se trata, infaliblemente, de zonas en disputa entre países o entre grupos y poderes en un mismo país, en las que no se pone en duda que son los designios externos los que deben prevalecer, es decir, los designios de los grupos «ilustrados», alejados de la vida cotidiana de las selvas, los desiertos, las montañas o los glaciares del caso, quienes armados de estadísticas y escudados en la ciencia instrumental, suponen que traen consigo la luz de la razón.

Sobra decir que las incursiones al mundo salvaje van todas acompañadas de hombres provistos, bien sea de instrumentos de medición para cuantificar recursos potenciales, o de artefactos bélicos, para enfrentar aquello que seguramente van a encontrar: los peligros que representan a sus ojos los «nativos», muchas veces vistos como caníbales; los riesgos que se atribuyen allí a las fuerzas de la naturaleza, y las riquezas listas para el pillaje que les es necesario asegurar. Crean de esta forma una atmósfera amenazante y de desconfianza que fácilmente acaba con la cordura de quienes penetran estas tierras, que se expresa en fiebres y temores, y en las alucinaciones de la codicia devoradora, como lo expresa bien José Eustasio Rivera en La vorágine.

Y en todos los casos, la llegada de los «blancos» va a cambiar de manera radical la vida de esas regiones en virtud de que allí, precisamente por ser consideradas como «fronteras» y «tierras de nadie», se puede realizar el sueño de toda empresa capitalista: explotar y lucrarse de algo que no se ha tenido que producir, ni cuidar, ni implica tener en cuenta las secuelas de su extracción. Marfil en el Congo, quina y caucho en el Amazonas, maderas en la Patagonia, pieles en Alaska o plumas de garza en las sabanas del Orinoco. La lista de especies y ecosistemas, algunos hoy extintos y otros en peligro de extinción por la presión extractivista, es larga. Muchos de estos «recursos» en las regiones de frontera se suponen silvestres en sus paisajes aborígenes. Se han caracterizado incluso como «plantaciones naturales». No se reconoce que hacen parte de las complejas culturas indígenas ni que son el resultado de miles de años de selección cultural tanto de las especies mismas como de sus ecosistemas, pues fueron domesticados por los pueblos aborígenes como parte de sus paisajes históricos y de sus circuitos de intercambio.

En estas áreas se encuentran los «últimos bosques» y ecosistemas salvajes que, no gratuitamente, se traslapan con los últimos comunes: los últimos espacios no absorbidos por la propiedad privada. Aquí se han defendido tenazmente las formas históricas colectivas de tenencia de la tierra y de manejo común de los recursos. Sin embargo, cuando no se niega por completo su existencia, sus habitantes son subyugados por la fuerza y la violencia. Se ven estigmatizados por fronteras étnicas y raciales que se derivan de la vieja oposición entre civilización y barbarie, legitimadas en la idea de que la superioridad militar se entiende como Superioridad. Los desafortunados habitantes de estas tierras de nadie no solo pierden cualquier posibilidad de soberanía sobre su hábitat, sino todo el derecho a sus cosmologías y ecologías, sus formas de vida y de pensamiento, pues deben ser catequizados, convertidos, vestidos, organizados, en una palabra, civilizados para servir de mano obra a la nueva configuración económica de su mundo. En el mejor de los casos son desplazados a reservas y resguardos para abrir campo a las fabulosas empresas extractivas. En muchos otros son esclavizados o endeudados para ser sometidos a la disciplina de las nuevas formas de producción y, en otros, simplemente relegados a mendigar los despojos de lo que antes fueron sus tierras y sus medios de subsistencia. Las historias de desplazamiento, usurpación y exterminio asociadas a explotaciones y empresas comerciales como la del caucho o el marfil a comienzos del siglo xx, llegan invariables al siglo xxi con el banano, el oro, las «tierras raras» o las zonas para la conservación y el ecoturismo, entre otras. Aparecen en este siglo, ya no acotadas únicamente por proyectos misioneros, sino por los de múltiples agencias adalides del «capitalismo verde», que dan un aire benéfico a los procesos de «reingeniería» social y ecológica que implica la transformación de las «ultimas fronteras» en espacios «productivos y abiertos al comercio».

Tal vez por este motivo a estas «fronteras» de la economía moderna se les ha dado a lo largo de la historia estatus jurídicos especiales, diseñados con el fin de fomentar su progreso mediante la inversión de capitales privados. La historia parece aquí reciclarse en una serie defiguras semejantes, como la del Estado Independiente del Congo, o la de los Territorios Nacionales en las jóvenes repúblicas americanas. Hoy reaparecen en las muchas variaciones de las Zonas Económicas Especiales o Zonas de Desarrollo Especial, que se implementan a lo largo y ancho del llamado «tercer mundo». O, sin ir más lejos, en la idea del «tercer mundo» en sí misma. Sobra decir que tras estas denominaciones se esconde un conjunto de programas en los que históricamente se han aliado los Estados con los inversionistas más poderosos (bancos, grupos económicos, compañías de seguros), apoyándose en el músculo militar de las fuerzas públicas o de las milicias privadas, como única vía posible para el logro del Progreso o del Desarrollo.

No sobra recordar que, aunque en muchos casos estas empresas han estado acompañadas por el terror, se conciben como gestas verdaderamente heroicas, muchas veces necesarias para la defensa de las soberanías nacionales y, en todos los casos, como la punta de lanza de la civilización y el desarrollo. Como lo muestra la frase de Caldas, se ha tenido una visión positiva de este proceso, que ha sido puesto en escena como un paso no solo necesario sino benéfico, en la medida que se ha concebido (y en el sentido común se sigue concibiendo) como un proceso de avance en las etapas del progreso: el ascenso de lo salvaje a lo civilizado y la superación del atraso y el subdesarrollo, negando la posibilidad de nuevas alternativas de vida y de economía humanas al tiempo en que estamos poniendo en jaque, de manera irrefutable, el clima y la vida en el planeta.

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