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Sobre velos y faldas: Persépolis y la falsa libertad de Occidente

11 de julio de 2025 - 12:01 am
Tras la tensión nuclear que resultó de los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, volver a la obra de Marjane Satrapi ofrece una mirada íntima para pensar la relación de las mujeres con el orden masculino de la guerra.
Persépolis
Persépolis (2007), dirigida por Vincent Paronnaud y basada en la novela gráfica de Marjane Satrapi.

Sobre velos y faldas: Persépolis y la falsa libertad de Occidente

11 de julio de 2025
Tras la tensión nuclear que resultó de los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, volver a la obra de Marjane Satrapi ofrece una mirada íntima para pensar la relación de las mujeres con el orden masculino de la guerra.

Vi Persépolis por primera vez hacia 2010, cuando tenía quince años. Entonces me gustó esta adaptación al cine de la novela gráfica homónima de la dibujante iraní Marjane Satrapi. Pero se puso de moda y, como le pasa a la también adolescente protagonista, encontré razones para que dejara de gustarme lo que a todo el mundo le había gustado.

Quise ir a contracorriente.

Persépolis
Persépolis

Mi principal crítica, probablemente influenciada por la reproducción hasta el hastío del famoso fotograma en el que la protagonista lleva escondida una camiseta que dice Punk is not ded («El punk no ha muerto»), era que se nos mostrara el punk (y a Occidente en general) como la verdadera revolución, como el lugar de la libertad. ¿Cómo podía una niña iraní —y, de paso, una niña colombiana— sentirse liberada por un movimiento principalmente británico cuyo nombre no tiene traducción al español ni al farsi?

Hace poco volví a ver Persépolis, con el mismo escepticismo de cuando era adolescente. Y cambié de opinión.

Persépolis cuenta la historia de Marjane, una niña que crece en una familia de tradición liberal que incentiva en ella el pensamiento crítico y político. La infancia de Marjane transcurre durante el régimen del Sha, pro occidental y modernizador, así como represivo y desigual. La vida de Marjane y de todo Irán cambia en 1979 con la caída del Sha, que sus padres celebran con entusiasmo sin saber que la Revolución Islámica impondrá un régimen igualmente autoritario que gobierna Irán hasta hoy.

La Revolución de 1979, entonces, instauró un régimen islamista que se opone con firmeza a la influencia de Occidente. Las mujeres, pues, debieron empezar a usar velo y a seguir las normas de conducta dictadas por el Ayatolá, nuevo líder supremo de Irán. Para garantizarlo, apareció en las calles la Guardia Revolucionaria, que vigila y castiga el comportamiento de los ciudadanos. Quien vea la película reconocerá a la «policía de la moral», de la que volvimos a saber hace relativamente poco, cuando en 2022 sus agentes asesinaron a Mahsa Amini, una joven de veintidós años, por no cumplir con las restricciones de vestuario, lo que desató un estallido de protestas en Irán impulsado principalmente por las mujeres.

Ante este panorama, nuestra protagonista se convierte rápidamente en una adolescente contestataria: adquiere mercancía de contrabando como discos y cosméticos, alza la mano en el colegio para cuestionar las enseñanzas de sus profesoras. Sus padres, asustados por lo que pueda pasarle, la mandan a Viena. Si bien es cierto que, de cara al régimen del Ayatolá, Marjane se siente seducida y nostálgica por la influencia de Occidente —por la minifalda, por la cresta de un punko, por Michael Jackson y Iron Maiden—, de ninguna manera Persépolis nos muestra a Europa como el lugar de la libertad para esta chica iraní. Sin velo y con delineador en los ojos, Marjane sabe que este no es su mundo. Se siente no solo desarraigada sino incomprendida incluso por quienes muestran fascinación y admiración por lo que ha sufrido. Se da cuenta, además, de que en Europa las mujeres tampoco están totalmente liberadas.

Marjane se vuelve una chica melancólica. Y esta melancolía, justamente, es la que ahora a esta espectadora adulta le parece lo más valioso de la película. La tristeza de Marjane en Viena marca el punto de inflexión hacia su adultez: borra la dicotomía entre Occidente y Oriente. Cuando ha salido de casa, la protagonista puede ver que ese afuera puede ser igualmente violento y hostil. En Europa también le pueden romper el corazón. Creo que esta desilusión hace de Persépolis una obra universal con la que cualquier mujer puede relacionarse.

La adolescente que fui y que vio esta película por primera vez se concebía como parte de ese Occidente, pues acá en Colombia sí se podía escuchar a Michael Jackson y a Iron Maiden. Me parecía que, como nadie me había obligado nunca a cubrirme con un velo, mi situación era la opuesta de Marjane. No me daba cuenta de que esa música, que a mí me parecía contestataria, no estaba escrita en mi lengua materna. Y sin embargo sentía el mismo malestar. En mi colegio nunca le midieron el tiro del pantalón a ninguno de mis compañeros varones, pero a nosotras nos obligaban a usar falda, cuyo largo medían con una regla. Debía estar a una cantidad determinada de centímetros por encima de la rodilla, no más arriba, no más abajo. Y entonces yo, como la protagonista, alzaba la mano en clase para pedir que me dejaran asistir al colegio con pantalón. Tal vez de ahí mi crítica temprana: ¿por qué Occidente es en la película el lugar de la libertad si acá en Occidente me toca a mí ponerme, obligatoriamente, una falda? A ellas les toca cubrirse y a mí mostrarme: parecen situaciones opuestas, pero en realidad eran parecidas.

 

Ni Colombia era Occidente ni Occidente era el lugar de la libertad. Aunque yo de adolescente no había sido capaz de verlo, Satrapi lo hace evidente en su obra. A diferencia de muchas películas que retratan el conflicto en el Medio Oriente (la mayoría hechas en Occidente), Persépolis no pinta el exilio como la salida a la libertad; el final es amargo, puesto que la protagonista debe abandonar el espacio doméstico, el seno materno, donde sí fue alguna vez libre, en favor de su seguridad y bienestar. Esa desilusión me hizo pensar en los desplazamientos internos de mi país —ocasionados por un conflicto que, como casi todos, violenta especialmente a las mujeres—, ese otro exilio del campo a la ciudad que promete menos violencia pero que recibe a quienes han sido desplazadas con la misma hostilidad.

Desde el 13 de junio de este año, Israel lanzó una serie de ataques contra las bases nucleares de Irán. Volví a ver Persépolis el 21 de junio, el día en que Donald Trump, imitando a Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel, ordenó el bombardeo a las instalaciones nucleares de Irán, ataque con el que oficializó el involucramiento de Estados Unidos en el conflicto de Israel con Irán por las reservas de uranio. Estos ataques han sido justificados por Estados Unidos e Israel bajo la explicación de que, según la inteligencia israelí, Irán ha incumplido el acuerdo de no fabricar una bomba nuclear, ese invento de varones; se hacen bajo la creencia de que solo la amenaza de un arma letal garantizará la paz. Es decir, quien tenga el arma más destructiva es quien podrá garantizar la paz mundial. Bajo esa misma lógica, Estados Unidos e Israel le han dado estas semanas a Irán razones para, ahora sí, fabricar una bomba: tiene que defenderse ante una posible amenaza. Y entonces los otros deben garantizar su seguridad y fabricar una ellos también. Y así sucesivamente, hasta el infinito.

Aunque un cambio de régimen en Irán sería deseable, su historia reciente —y para estudiarla está precisamente la obra de Satrapi— demuestra que la caída de un autoritarismo no garantiza la libertad y la democracia. Mucho menos si esa caída es impuesta por ese Occidente falsamente libre y democrático. Tristemente, como ya pasó en 1979, hoy no parece haber un panorama favorable para las mujeres iraníes.

¿Qué relación tienen —tenemos—, entonces, las mujeres con la guerra, que es, casi siempre, del orden de lo tradicionalmente masculino? Después de su temporada melancólica en Viena, la joven Marjane decide volver a Irán. Allí, aunque enfrenta las dificultades de volverse a acoplar al régimen, puede tener conversaciones con su abuela mientras cocinan o riegan las plantas del jardín. Después de desilusionarse de la promesa occidental, Marjane vuelca la mirada al interior: regresa a casa, conversa con su abuela, se recuesta en su regazo. El otro cómic por el que se le conoce a Marjane Satrapi, Bordados, hace lo mismo que la protagonista de Persépolis: favorece una mirada íntima del espacio doméstico en el que, desprovistas del velo y fuera de la mirada de los varones, las mujeres pueden tener conversaciones libres.

No quiero que se me malentienda, bajo ninguna circunstancia quiero que parezca que insinúo que el lugar de las mujeres en este escenario es el espacio doméstico literal, la casa. Para contradecirlo están las mujeres que salieron a la calle y marcharon por la vida de Mahsa Amini en 2022 —y cuyos relatos, por cierto, reunió Satrapi en otro cómic, Mujer, Vida, Libertad—, y pusieron a temblar, aunque fuera por unos días, el régimen del Ayatolá. Así que por si acaso: el lugar de las mujeres debe ser el lugar público, la calle, que debería ser de todos y todas.

Me refiero a una mirada nueva que Persépolis abrió en mí: una que va hacia el interior y que estudia no las relaciones geopolíticas sino las relaciones humanas, familiares, de amistad. Esta mirada íntima y doméstica —que no domesticada— puede ser la que de verdad haga oposición a la creencia masculina del enemigo externo y de la amenaza que viene de afuera. Tal vez sea esta la que pueda verdaderamente resistir la bomba atómica. Ojalá los varones nos imitaran al menos en esto, a ver si así pudiéramos, como quien fuera a la verdadera Persépolis, admirar las ruinas de un imperio.

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