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Barranquilla: divas y monstruos

30 de agosto de 2025 - 12:54 pm
Estatuas de Shakira y Sofía Vergara se alzan en el malecón como íconos de una ciudad que le da la espalda a sus museos, teatros y procesos culturales y artísticos. ¿Cuál es la Barranquilla representada en estos homenajes y qué se queda por fuera?
Estatua de Sofía Vergara en el malecón de Barranquilla. 2025.
Estatua de Sofía Vergara en el malecón de Barranquilla. 2025.

Barranquilla: divas y monstruos

30 de agosto de 2025
Estatuas de Shakira y Sofía Vergara se alzan en el malecón como íconos de una ciudad que le da la espalda a sus museos, teatros y procesos culturales y artísticos. ¿Cuál es la Barranquilla representada en estos homenajes y qué se queda por fuera?

Barranquilla es una vistosa maqueta de ciudad que en invierno se desborda de arroyos purulentos y en verano es un caldero de bruja que achicharra todo lo que roza. A cargo está Alejando el Pequeño, heredero de una inmensa fortuna amasada a punta de trabajo duro. De vez en cuando, a este carismático dirigente se le da por hacer modificaciones en su anhelada ciudad de ensueño.

«Pongamos algunos edificios por aquí, algunos supermercados por acá, demolamos algunas casas viejas que afean el paisaje, cortemos estos arbolitos que estorban. Dejemos este teatro cerrado por el momento, doña Amira de la Rosa puede esperar un tiempito más. Salvemos ese edificio de Bellas Artes para que  digan que soy un hombre culto. Un faro frente al mar con el nombre de los inmigrantes tallados en oro, una aleta de tiburón a la salida de la ciudad, que sepan todos que somos una casta depredadora. ¿Qué te parece, Yino?», exclama Alejo a su artista de bolsillo, el nuevo Miguel Ángel de la escultura del Caribe colombiano o, más bien, una torpe Madame Tussaud a monstruosa escala.

Alguna vez escribí para el periódico Página 12 de Buenos Aires que Barranquilla era una pequeña ciudad al norte de Colombia, un florido laboratorio infernal que ha producido «monstruos impolutos» (unspoiled monsters, como los llamó Truman Capote) de la talla de Shakira o Sofía Vergara, y que también ha parido adefesios de todo tipo.

El artista Yino Márquez, que cuenta con el respaldo de Alejandro el Pequeño para poblar la ciudad de obras escultóricas, pertenece a este último grupo. Supe de él hace mucho tiempo por una serie de monicongos de carnaval en color cemento que fueron colocados en sendos pedestales a lo largo de la vía Circunvalar, estatuas que parecían haber sido elaboradas con la saliva y el sudor del escultor oficial de la administración de Alejandro. A los pocos meses, el sol y las brisas redujeron a polvillo las benditas esculturas.

Poco a poco, en la ciudad maqueta comenzó la invasión de monigotes. Descubrí con asombro que una de las esculturas más  populares del centro barranquillero, titulada  como «Los Enamorados» (1999) —el barranquillero perrateador no tardó en rebautizarla con el justo nombre de «Las manitos») era de su autoría. Entonces Yino era un completo desconocido, pero ya tenía la habilidad lagartiana de codearse con figurines de la política local, como el barullero exalcalde Bernardo Hoyos. Ubicada en el famoso parque de Los Locutores, (zona de bares, burundangueros y puteaderos) «Las manitos», más que una oda al amor heterosexual, parecía un monumento en honor al sometimiento y al maltrato  femenino. La escultura consistía en una enorme mano de hombre, con venas a punto de estallar, que sostenía una frágil mano de mujer, ambas selladas con un sendo tornillo y una gran tuerca de metal. «Sin escape», debió llamarse ese parapeto.

Y así, de manera silvestre fueron apareciendo esculturas en diversos sectores de La Arenosa. En el parque Siete Bocas, Esther Forero, la «novia de Barranquilla», parece sostenerse de un caminador rumbo a un precipicio. Otro ejemplo es  la espectral máscara que vendieron como homenaje a Pacho Galán, el rey del merecumbé; ubicada en el boulevard del barrio Simón Bolívar, ya casi saliendo de la ciudad, el transeúnte diurno o nocturno se ve de frente con un trabajo que genera terror más que admiración. Esta la tengo en mi top tres de las peores obras de Yino.

El ascenso constante al poder de Alejandro el Pequeño le dio a Yino el título de «lavaperros» mayor del arte en Barranquilla. Tiene licencia hasta la fecha para obedecer cuanto capricho escultórico llegue a la cabeza encachuchada del burgomaestre. Yino ha escupido —perdón, esculpido— los bustos de doña Adelita de Char, ilustre dama barranquillera, madre de Alejandro el Pequeño; Julio Comesaña, exdirector técnico del equipo de fútbol de la familia de Alejo; y el de un goleador del mismo equipo, entre otros allegados a la estirpe charista

En la última década, el nombre de Yino ha resonado como caldereta vieja. Lo hemos visto mojando prensa y TV hasta en medios internacionales. La escultura que hizo (por encargo de Alejandro) del Joe Arroyo lo puso en boca de gente del común y algunas luminarias de las artes plásticas del terruño. Las opiniones fueron variadas: «no se parece», «está muy rodillón», «ese color caca reseca de la pintura lo desluce». Algunos escultores locales lanzaron dentelladas de perro bravo acusando a Yino de falderillo de los Char. Yino solo se limitaba a obedecer a su amo.

Está claro que Alejandro el Pequeño quiere ser el alcalde más grande de la historia en la costa Atlántica, ya que nunca será presidente. Por eso le pone a su maqueta edificios gigantes, el faro más grande, la ventana al mundo más alta, pero ni así logra sentirse satisfecho. Necesita de enanos mentales para embutirles su afán de grandeza.

Yino era el perfecto para sus cometidos. Y un día de resaca habitual, Alejandro el Pequeño le dijo: «hazme los dos maniquíes más grandes de los que se haya tenido noticias. Quiero que mi maqueta se vea más bonita». La primera muñeca fue instalada el 26 de diciembre de 2023, una mezcla de bronce y aluminio de varias toneladas en homenaje a Shakira, la hija ilustre de Barranquilla, la misma nena que treinta años atrás se paseaba por las redacciones de periódicos y cabinas de radio para ser atendida, y casi siempre dejada con los crespos hechos.

Estatua de Shakira en el malecón de Barranquilla.

El segundo maniquí aterrizó recientemente en el Malecón del rio. Con siete metros y medio de altura y cinco toneladas y media de peso, rinde tributo a  la actriz Sofía «la Toty» Vergara y su meteórica carrera en jolivud; con su vestido de gala ajustado y su mano en la cintura parece decir «Soy río, soy mar, soy Atlántico». El otro brazo se eleva al cielo: a falta de Oscares y Golden Globes, sostiene varias estrellas, igual de lejanas y esquivas a los galardones.

Si la escultura del Joe revolvió el avispero, la de Shakira, levantó un polvorín en cada rincón de la ciudad. De nuevo salió a flote el tema de las rodillas: al parecer Yino sentaba su sello personal, que hacer rodillas y pies no era lo suyo. «El escultor de rodillas» lo llaman con humor algunos colegas. Shakira, así su música sea tan defectuosa como su escultura, es eso que llaman «un símbolo» al que veremos en una valla, una publicidad de zapatos o crema dental, un directorio telefónico o un futuro billete de baja denominación. «Te queremos Shakira, te queremos».

No soy un crítico de arte o un conocedor furibundo del mismo. Me atrae mucho el arte plástico, me agradan cosas tan disímiles como las esculturas de Jacopo della Quercia o Jeff Koons, o los performances gore de Teresa Margolles. ¿Shak, te mereces una escultura? ¡Claro! Te mereces todo, hasta que el río Magdalena lleve tu nombre. Que le pongan tu nombre a todo: bibliotecas, calles, bares, museos, tampones, tapones de oído, hospitales, latas de mermelada. ¿ Y la «Toty», lo merece? ¡También! Homenajes pa’ todo el mundo, ‘ombe, nuestros impuestos pagan. Ambas son mujeres a las que les costó trabajo con$eguir lo que tienen. Y eso no sé discute.

Pero en este punto se abren tantos interrogantes: ¿es necesario este tipo de desmesuradas esculturas? ¿Cuál es el objetivo y el discurso que se lee desde las alturas de la farandulería? ¿No es ofensivo este tipo de despilfarros sucedan en una ciudad que tiene sus museos, teatros, y recintos culturales al borde del naufragio? Así como le dio la espalda al río durante décadas, hoy Barranquilla se la da a sus procesos culturales, mientras esta administración reduce al mínimo los estímulos destinados al arte y sus gestores y actores.

Traigo desde la tumba a Aníbal Tobón, artista, gestor cultural y exmiembro del contestatario grupo de artistas plásticos El Sindicato. Uno de sus múltiples proyectos culturales de ciudad fue bautizado como «Los monumentos hablan», un ejercicio de la memoria histórica en el que Tobón ponía cuerpo y voz a diferentes esculturas que en su mutismo eterno habitaban  la ciudad y de la que muchos poco o nada  sabían. Así, de forma desprevenida, el ciudadano del común se enteraba de algún hecho desconocido, de la vida de un historiador notable o una poeta romántica. Imagino a Aníbal con su estampa de Quijote sudoroso frente a estos dos inalcanzables divas. De seguro expresaría, en su tono bacano y cervecero: «Bueno, cuadro, la una posa, la otra baila. No creo que tengan algo que decir».

¿Debe tener el arte algo que decir? ¿A los habitantes de la ciudad maqueta les interesa saberlo?

La respuesta es cruel. Alguna vez la extraordinaria cantante norteamericana Tori Amos declaró, ante lo «complejo» de sus letras, que su propuesta estética era como las anchoas, que si, tal vez, fuese como las papas fritas le gustaría a todo el mundo. Y sí, el arte resulta a veces un gusto adquirido. Lo cruel es que a la gente, en especial a los barranquilleros, poco les importa la suerte que corra una facultad de artes, una fallada feria del libro, un museo, una galería. Alejandro el Pequeño le da a su pueblo lo que su pueblo ama: Carnaval, Junior y concreto ventia’o. La minoría amante del teatro, la literatura, la música clásica, la danza contemporánea, la pintura, el performance, que esperen, que eso no es necesario. Que mejor se emborrachen en La Estación (el estadero favorito de Alejo) a pasar la decepción a punta de salsa brava y cocaína.

Esa es Barranquilla y esa es su gente. No nos engañemos. Me tomé la molestia de visitar por primera vez las esculturas de las divas, como también fui hasta el Amira, ese dinosaurio blanco de lo que sería un súper museo de arte moderno del Caribe. Todos me hicieron alzar la mirada. Los descomunales maniquíes representan la soberbia de un hombre que a pesar de su inmensa fortuna carece de casi todo. Todos estos recintos que ahora son albergue de fantasmas, muertos y vivos, son también el resultado de la ignorancia de una clase dirigente que erige ídolos del tamaño de su propia estupidez.

¿Quién será el nuevo homenajeado de Alejandro el Pequeño en el Salón de la Fama ribereño? ¿Tal vez la mascota del Junior, Willy, el tiburón? ¿Béele, la nueva estrella del género urbano, que canta como si estuviera siempre ebrio? ¿La ex miss universo Paulina Vega? ¿A lo mejor sus íntimos amigos Aida Merlano y «el oso Yogui»? Amanecerá y sería mejor no verlo.

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