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Puertas abiertas

1 de abril de 2026 - 12:30 am
Roberto Roena durante una presentación en San Juan de Puerto Rico. Foto de Ralph Domínguez / Mediapunch.
Roberto Roena durante una presentación en San Juan de Puerto Rico. Foto de Ralph Domínguez / Mediapunch.

Puertas abiertas

1 de abril de 2026

Estás equivocao

A mediados de los años ochenta empezó a circular, en el mundo salsero, un rumor malicioso: que Roberto Roena ya no sonaba, que el Apollo Sound había perdido filo, que aquel maestro indomable de la percusión andaba sin chispa. Roena oyó todo eso con calma, como quien sabe que el silencio también tiene ritmo. Y cuando decidió responder, no convocó ruedas de prensa ni entrevistas: lo hizo con una canción. 

«Estás equivocado», incluida en su álbum Regreso de 1987, fue su manera de guiñar el ojo y decir: «Aquí estoy, caballero». En la letra se ironiza con elegancia sobre quienes daban por acabada la orquesta: si alguien creía que habían perdido el swing, pues «estaba equivocao». Papo Sánchez, el cantante, recordaba soneando que no habían desaparecido; simplemente estaban trabajando a su aire, afinando ideas, escogiendo músicos, organizando el regreso con la paciencia de quienes saben que lo bueno toma tiempo. La canción no solo reanimó al Apollo Sound: recordó que la salsa —como la cultura— vive de reinventarse sin dramas. 

En los últimos meses algunos insinuaron  —con el mismo tono oracular de quienes anuncian retiros ajenos— que la revista Gaceta había sido clausurada. Pero no: simplemente estábamos, como Roberto Roena y su orquesta, «preparando nuestro sabor». La prueba está en las manos de los lectores: una revista completamente remozada —con un nuevo enfoque, un nuevo diseño y una red ampliada de distribución— que, a partir de este número, cambia de periodicidad y se convierte en publicación bimestral. 

La salida se planeó para que coincidiera con el centenario de la bailarina, coreógrafa y maestra Delia Zapata Olivella (1926-2026). Por eso se trata de un número doble —febrero y marzo—, pensado como un homenaje colectivo que abre el año celebrando su legado, reafirma nuestro compromiso con la cultura y marca el inicio de una etapa más ágil, amplia y constante en la historia de Gaceta.

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La casa común 

No es el único cambio que advertirán los lectores. Como muchos saben, uno de los distintivos de las publicaciones que salen del Grupo de Trabajo Editorial del Ministerio de Cultura es el sello MiCASa. Bajo ese nombre se reúnen las voluntades de un proyecto que busca, ante todo, publicar libros que reflejen la amplitud de la actividad intelectual del país. En Gaceta, sin embargo, hemos querido que ese sello se convierta en la estrella que guía nuestra navegación y, al mismo tiempo, en la estructura misma de la revista. 

Esta publicación se concibe, literalmente, como una casa a la que se entra y en la que se recorren, con curiosidad, todos los espacios posibles: desde el zaguán que nos recibe con las primeras noticias hasta el patio interior donde se decanta la reflexión, sin renunciar a estancias que la modernidad parece haber olvidado. Reivindicamos —entre muchos otros lugares—el studiolo, aquella habitación renacentista donde se exhibían las pinturas y se cultivaba el asombro; recuperamos los antiguos solariums, que hoy vendrían a ser nuestras azoteas, esos puntos elevados donde la vista se pierde y el pensamiento se expande; y, ¿por qué no?, celebramos también esas lecturas sabrosas hechas en la intimidad de un cuarto de baño. 

Gaceta es, a la vez, una casa física y una casa imaginaria. Aspiramos a que nuestros lectores no solo se sientan acogidos en ella, sino que la revista misma encarne las muchas formas en que los colombianos hemos aprendido a guarecernos del mundo y a recibir al vecino. Queremos que en estas páginas resuenen las maderas de las viviendas de palafitos del Pacífico, el frescor de las malocas amazónicas, la solidez de las mansiones republicanas, el susurro del viento en los bohíos a orillas del Magdalena y la persistencia de las casas de bahareque que aún custodian los caminos andinos. 

Por eso, en este número, el lector encontrará artículos que son, en sí mismos, visitas guiadas: regresamos a la hacienda del Cauca donde, hace cuarenta años, Carlos Mayolo dio vida fílmica a la Mansión de Araucaíma de Álvaro Mutis; entramos en la vieja casona republicana de Delia Zapata Olivella —antes en el barrio Egipto, hoy trasladada a La Candelaria—, y recorremos la casa familiar de María Cano, donde se fraguaron sueños de justicia. 

En última instancia, Gaceta aspira a ser esa casa común: un refugio abierto donde los  colombianos de todos los puntos de la geografía, de todas las raíces y de todos los saberes se sientan, por fin, acogidos, reconocidos y representados. 

Pasen adelante. Esta es su casa. 

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Portada del primer número de la revista Ideal.
Portada del primer número de la revista Ideal.

Un saludo para la revista Ideal

En noviembre del año pasado ocurrió un hecho importante en Ciudad de México: nació Ideal, una nueva revista fundada por Gonzalo García Barcha —uno de los hijos de Gabriel García Márquez— y dirigida editorialmente por el también colombiano Felipe Restrepo Pombo, exdirector de Gatopardo y autor de varios libros.

La historia detrás del nombre es conocida entre quienes siguen de cerca la literatura. A comienzos de este siglo, el escritor más reconocido de estas tierras quiso crear un periódico llamado Ideal: un medio que no solo respetara los lineamientos éticos del buen periodismo, sino que funcionara como una suerte de caja de regalos para quienes aman el oficio. Ese deseo, aunque transformado de manera comprensible, se concretó ahora en forma de revista. Y en forma de revista impresa, detalle nada menor en tiempos dominados por plataformas, aplicaciones y algoritmos. Ideal —dice su primer editorial— busca «ofrecer un respiro lejos de la pantalla». El dictum, sin embargo, no aplica del todo para quienes vivimos fuera de México, pues también existe una edición digital que puede consultarse y descargarse en la página de la revista.

Como Gaceta, Ideal es una publicación tuttifrutti: ofrece entrevistas con el director de orquesta Gustavo Dudamel y con el escritor Javier Cercas, un especial de cuentos de ciencia ficción, un ensayo fotográfico, una sección de poesía y un espacio —maravillosa apuesta— dedicado a la crítica literaria, musical y cinematográfica.

Sobresale, además, la sección destinada a la traducción: en este número se vierte al español un fragmento de la novela La reina ojos de luna, del escritor francés Wilfried N’Sondé. Ojalá ese espacio perdure, porque permite iluminar el trabajo —casi siempre invisible— de esos nobles traidores que son los traductores.

La revista, por lo demás, es una fiesta para los ojos: está atravesada por formas y colores gracias a las numerosas fotografías y pinturas que contiene. Especialmente seductora es la cubierta, obra del artista mexicano Omar Rodríguez-Graham.

Hasta aquí, todo invita al entusiasmo. Pero la verdadera razón para celebrarla viene de otro lugar: estas revistas —por quijotescas que parezcan, por costosas que resulten, por improbables que suenen en un mercado dominado por la inmediatez— son las que sostienen la continuidad de la cultura. Sin ellas, la conversación pública se empobrece, la imaginación se estrecha y la memoria colectiva pierde matices. Cada nueva revista impresa que nace no es un capricho contra la corriente: es una afirmación de que todavía creemos en el rigor, en la belleza y en la lentitud fecunda de la lectura. Por eso saludamos a Ideal: porque su aparición demuestra que, incluso hoy, la cultura sigue encontrando formas de persistir. 

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Carlos José Reyes (tercero de izquierda a derecha) con su grupo de teatro infantil. Foto cortesía de la Biblioteca Nacional de Colombia.
Carlos José Reyes (tercero de izquierda a derecha) con su grupo de teatro infantil. Foto cortesía de la Biblioteca Nacional de Colombia.

Cuando la vida se convierte en archivo

El teatro ocurre en el presente, pero no le pertenece del todo. Se escribe para ser representado una y otra vez, aunque cada puesta en escena lo transforme. Su escritura atrapa un tiempo: dos o tres horas de lectura en voz alta que nunca serán exactamente iguales. Entre el libreto y la función hay una distancia inevitable: lo que se conserva no es lo que se vio, sino la posibilidad de volver a verlo. Cuando la obra de un dramaturgo, como lo fue Carlos José Reyes (1941-2024), entra en un archivo, esa distancia se hace visible.

El archivo parece ofrecer lo contrario: estabilidad, clasificación, permanencia. Allí donde la escena depende del cuerpo y del instante, el documento se apoya en el papel. Sin embargo, esa aparente quietud es engañosa. Un archivo no es un depósito neutro, sino una forma de lectura. Selecciona, ordena, establece relaciones. Convierte una biblioteca personal en un conjunto consultable y, al hacerlo, vuelve discutible una trayectoria. Eso es lo que ofrece la colección de 8.301 ejemplares que ahora custodia la Biblioteca Nacional de Colombia, gracias a la donación realizada por los hijos de Reyes tras su fallecimiento.

Pensar este fondo como algo más que un homenaje es fundamental. Como advertía su hija Pilar en la presentación del Fondo, la tentación del archivo es convertirse en relicario: un espacio de conservación reverente donde la obra queda intacta y protegida. Pero un relicario inmoviliza. Lo que buscaron sus hijos con esta donación fue algo distinto, y no es casual que el destino haya sido la misma Biblioteca Nacional que Carlos José Reyes dirigió durante una década. Si en esos años entendió la institución como un espacio abierto al pensamiento y a la circulación de ideas, hoy su propio archivo se incorpora a esa lógica. No como objeto de veneración, sino como instrumento. No exige devoción sino curiosidad. En ese sentido, el archivo de Carlos José Reyes no clausura una vida intelectual bajo el gesto de la memoria, sino que la expone a nuevas lecturas, a preguntas que quizá aún no han sido formuladas, y a las que él mismo dejó abiertas en sus cuadernos y anotaciones de lectura, que acompañan la colección.

Convertir una vida intelectual en archivo público no significa encerrarla en el pasado, sino desplazarla hacia el porvenir. Aceptar que el pensamiento no termina en la última obra publicada ni en la última función representada, sino que continúa en manos de quienes lo reciben.

Mientras la Biblioteca Nacional avanza en el proceso de catalogación de este fondo, la colección de Reyes comienza a dialogar con otros archivos notables que resguarda la institución —como los de José Celestino Mutis o Germán Arciniegas— y se integra a una tradición de memoria intelectual puesta al servicio del país. Allí estará disponible para historiadores del teatro colombiano, investigadores de la televisión nacional, lectores de guiones, estudiantes y curiosos. No solo para reconstruir una trayectoria, sino para reactivar un modo de pensar el arte, la historia y la vida política y social de Colombia. La publicación que acompaña esta donación, titulada Carlos José Reyes: El mundo está en los libros, con recuerdos y testimonios de quienes lo conocieron, amplía esa conversación y la pone al alcance de cualquier lector. El archivo, así entendido, no conserva una obra para mirarla desde lejos: la entrega para que vuelva a ser leída, discutida y puesta en escena de otras maneras.  

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¿Para dónde van los libros?

Durante los últimos treinta años, la industria editorial colombiana ha cambiado de manera profunda. Parte de esa transformación se debe a la Ley 98 de 1993, más conocida como la «ley del libro», que impulsó la lectura y promovió un acceso más amplio y democrático a todo tipo de publicaciones. También han sido decisivas las iniciativas de las editoriales, las grandes cadenas, las librerías independientes, las nuevas rutas de publicación, los circuitos imprevistos y las lógicas comerciales emergentes: un entramado distinto que exige miradas frescas y preguntas nuevas sobre el porvenir del libro en la región.

Para dónde van los libros, el nuevo pódcast de la Biblioteca Nacional de Colombia, el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc) y la revista Gaceta, parte precisamente de estas transformaciones y de las inquietudes que han suscitado. La editora Margarita Valencia dirige esta primera temporada, acompañada por voces destacadas del mundo editorial de América Latina y España. Juntos examinan el presente y el futuro del libro: sus desafíos, sus mutaciones y las nuevas oportunidades que se abren en el sector.

En el primer episodio, Valencia conversa con la colombiana Pilar Reyes, la mexicana Consuelo Sáizar y el argentino Guillermo Schavelzon acerca del impacto de las leyes que regulan los precios fijos del libro. La directora asociada de LadoB, Juliana Barrero, es la invitada del segundo episodio, dedicado al consumo y el mercado editorial, así como a la relación del sector con las nuevas tecnologías y con la economía creativa de la que forma parte. En el tercer episodio, las libreras Loreta Urrutia, de Chile, y Cecilia Fanti, de Argentina, examinan la situación actual de las librerías latinoamericanas. Los tres episodios finales de la temporada se centran en los gremios del sector editorial, las encuestas de consumo cultural y hábitos de lectura, y la relación del Estado con esta cadena de producción y difusión del libro.

En Para dónde van los libros convergen perspectivas y protagonistas muy distintos: grandes grupos editoriales y librerías independientes, debates de política pública y discusiones culturales, cuestiones estructurales de larga duración y desafíos que apenas están emergiendo. El pódcast —ya disponible en el canal de Gaceta Sonora, junto con nuestras demás producciones— ofrece un panorama amplio y articulado del ecosistema del libro en español, un mapa vivo de las conversaciones que hoy están definiendo cómo leeremos —y qué leeremos— en los años por venir.

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vaca

Elogio de la demora

Varios de los artículos de esta edición de Gaceta —y de los que publicaremos en los próximos meses— superan con creces los estándares de longitud del periodismo contemporáneo. Es una decisión deliberada: queremos relacionarnos con la palabra impresa de un modo distinto. En un mundo definido por el scroll infinito y por la tiranía de la inmediatez, la expresión «leer sin prisa» se convierte no solo en un hábito literario, sino en una manera de recuperar cierta vida interior; casi, si se quiere, en una forma de oposición política y existencial. Vivimos bajo la lógica de la lectura utilitaria: devoramos artículos para mantenernos informados, leemos correos a la carrera para responderlos cuanto antes y hasta pedimos que se nos indique cuántos minutos tomará leer un texto. En ese ecosistema regido por la velocidad, el escrito se percibe como un obstáculo que conviene superar cuanto antes. Sin embargo, leer sin prisa equivale a reclamar el derecho al tiempo propio.

La lectura pausada es, en esencia, una conversación. Si leemos con apuro, acallamos la voz del autor y anulamos nuestra capacidad de réplica. En cambio, leer despacio permite que las palabras no solo pasen por la vista, sino que resuenen en la conciencia. Es en la pausa entre párrafos donde el lector aporta su propia biografía, completando los vacíos que el escritor deja de manera deliberada. Y no hace falta ponerse solemne para afirmarlo: ya lo advirtió, con su humor peculiar, Friedrich Nietzsche en el prólogo de La genealogía de la moral. Para leer de verdad —dice en esas páginas— hay que rumiar como una vaca, no comportarse como ese «hombre moderno» obsesionado con correr. Leer sin prisa, entonces, no es una virtud antigua: es un proceso digestivo que convierte la información en sabiduría y la frase en experiencia sensible. 

La prisa es enemiga natural de la estética. Quien se precipita ante un poema, un cuento, una crónica o un ensayo se asemeja a quien atraviesa un museo en bicicleta: percibe formas, pero rara vez el espesor de una pincelada o la entrecapa de una luz. La belleza de la prosa radica en su ritmo, en la cadencia de las comas y en el adjetivo que califica con atención. Leer sin prisa es permitir que la música del lenguaje se despliegue, darse incluso el lujo de releer una oración simplemente porque su arquitectura nos conmueve.

Leer sin prisa también es una forma de hospitalidad. Al detenernos, concedemos al «otro» —el autor, el personaje, la idea ajena— el espacio necesario para explicarse. En una sociedad aquejada por la atención fragmentada, la lectura lenta invita al matiz, a la complejidad, a la hondura. Es reconocer que hay mundos que no se recorren por velocidad, sino por permanencia. Después de todo, no leemos para llegar cuanto antes al final, sino para que las palabras, en su lento goteo, terminen por habitarnos. Gaceta aspira a ser fiel a esos principios. 

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