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A los 67

27 de abril de 2026 - 12:06 am
La vejez empieza cuando los demás deciden hablarte más despacio, cuando pierdes autoridad sobre tu propia vida. ¿Acaso hay rastros de violencia en la amabilidad con la que hijos, cuidadores y personas bienintencionadas convierten a los viejos en infantes con canas?
Foto de Razi Pouri.
Foto de Razi Pouri.

A los 67

27 de abril de 2026
La vejez empieza cuando los demás deciden hablarte más despacio, cuando pierdes autoridad sobre tu propia vida. ¿Acaso hay rastros de violencia en la amabilidad con la que hijos, cuidadores y personas bienintencionadas convierten a los viejos en infantes con canas?

La vejez no nos molesta por lo que hace al cuerpo, sino por lo que hace al ego. «Viejos» son siempre los otros: los que caminan lento, los que repiten historias, los que estorban. Nosotros estamos en «plena vigencia». Un maquillaje semántico digno de embalsamador ilustrado. Pero el tiempo no debate: factura. Y la factura llega con intereses, letra pequeña y sin derecho a reclamo.

El cuerpo empieza a fallar con la discreción de un electrodoméstico caro: no se daña del todo, pero ya no responde como antes. La energía se administra como pensión mínima y la mirada ajena se inclina apenas. No es compasión, es ensayo general. El mundo nos va bajando el volumen sin avisar. De la cicla, sin montar.

La sociedad, siempre solícita, ofrece una vejez light: activa, sonriente, no conflictiva. Viejos funcionales, preferiblemente mudos. Ancianos de catálogo, con zapatillas limpias y opiniones breves. Y nosotros aceptamos el trato: negamos la edad creyendo que así evitamos el destino. Grave error. Negar la vejez es firmar el contrato de tutela anticipada.

A los 67, la vejez no se siente: se gestiona. Y ahí entran los hijos, esos querubines con Excel. Sin mala intención, pasan de hijos a padres, de afecto a supervisión, de cariño a protocolo. Empiezan con un «es por tu bien» y terminan decidiendo horarios, dietas, silencios. En el mejor de los casos, amigos; en el peor, administradores de tu ocaso. El tiempo, al parecer, revoca la adultez sin derecho a apelación.

Los cuidadores ejecutan la operación con precisión quirúrgica. Diminutivos, órdenes suaves, premios por obedecer. El viejo deja de ser persona y pasa a ser rutina. Ya no envejece: se le programa. El lenguaje es el arma blanca: «ya comió», «hay que bañarlo», «no entiende». El nombre propio se archiva antes que el cadáver.

La infantilización es la forma educada de la violencia. No grita, no golpea, no mancha. Sonríe. Trata al adulto como a un niño con arrugas, lo lleva de la mano cuando todavía sabe caminar y le habla despacio como si la vejez fuera una variante leve de la estupidez. El agente topo lo retrata sin anestesia: la peor soledad no es estar solo, sino estar bien atendido.

A esta edad, lo digo sin pudor: prefiero una enfermera fría a un hijo con vocación de tutor. Que me cuiden, sí. Que me asistan, claro. Pero que no me dulcifiquen la decadencia ni me conviertan en proyecto pedagógico. Las complicidades las manejo yo. Y si ya no puedo, al menos que no me traten como si hubiera regresado al kínder con canas. Porque hay algo más degradante que ser viejo: ser administrado como un niño tardío. Y contra eso —más que contra el tiempo, más que contra la muerte— conviene empezar a defenderse. Con lucidez. Con sarcasmo. Y, mientras se pueda, con mala leche bien escrita.

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