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Ana María Cuesta León: la mujer que acogió corazones quebrados

18 de junio de 2025 - 2:18 am
Lectora de Kafka. Cuidadora de orquídeas. Mamá de un perro llamado Tango. La directora del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación murió a los 39 años. Su legado: una ética del cuidado colectivo que sostuvo incluso cuando le dolía respirar.
Ana María Cuesta. Foto cortesía del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación
Ana María Cuesta. Foto cortesía del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación

Ana María Cuesta León: la mujer que acogió corazones quebrados

18 de junio de 2025
Lectora de Kafka. Cuidadora de orquídeas. Mamá de un perro llamado Tango. La directora del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación murió a los 39 años. Su legado: una ética del cuidado colectivo que sostuvo incluso cuando le dolía respirar.

«Si consigo impedir que un corazón se rompa, no habré vivido en vano».

Emily Dickinson

 

Mucho antes de ser una figura clave en la defensa de la memoria en Bogotá, de abrir su oficina para que las madres pudieran llorar a sus muertos, de ganarse la confianza de miembros de la Fuerza Pública para que dijeran lo que nunca habían dicho, mucho antes de desmayarse en medio de aglomeraciones, de sentir furia por los límites que le imponían la hipertensión pulmonar y el lupus, de dormir largo para recuperar el cuerpo y volver a la calle a pintar murales que recordarán a las víctimas de crímenes de Estado, Ana María Cuesta León —directora del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, quien murió el pasado 11 de junio, a los treinta y nueve años— escuchó, en casa de su abuela materna, María Eliza Urrego de León, las primeras historias que forjaron su espíritu combativo. 

La casa quedaba en la Supermanzana 7, un conjunto familiar en el barrio Ciudad Kennedy de Bogotá, con parques donde Ana María jugaba sin miedo. No era un hogar pobre, pero tampoco sobraba nada. Allí la cuidaba una nana, Rosita, y su abuela, maestra de escuela en pueblos de Cundinamarca, que hablaba de godos y liberales como quien busca entender su linaje. No alzaba la voz, no imponía doctrina: contaba. En esa casa nadie tenía más que otro. El mismo plato de comida, el mismo regalo para los niños. Solo cambiaba el color. 

Creció rodeada de libros por influencia de su madre, Ana León Urrego, profesora de primaria. Y aprendió de su padre, Renan Cuesta, que defender los derechos humanos podía alimentar el espíritu. Era una niña histriónica. Tenía una facilidad particular para imitar a sus tías, dirigir obras de teatro familiares y ponerle voz —junto con su prima Lina León— a una emisora casera, pulsando los botones de una grabadora vieja. Años más tarde, ambas se tatuaron un casete para honrar su infancia: Lina en el brazo, Ana María en la pierna. Nada de eso parecía político. Pero allí germinó la primera semilla. 

En esa casa de la Supermanzana 7 aprendió a compartir sin ponerse en el centro, a guiar sin imponerse, a hacer que todas las personas que la rodeaban se sintieran parte de algo más grande. Su liderazgo no proviene de un momento fundacional, sino de una coreografía doméstica que se le quedó grabada en el cuerpo. En la adolescencia, cuando parte de su familia giró hacia el cristianismo, esa ética silenciosa encontró voz: aprendió a hablar en público, a cuidar con las palabras, a acompañar la desolación juvenil con estudios bíblicos. En la adultez, se apartó de la religión, pero no de su sentido primigenio. Su hermana Carolina lo explicó así durante su velorio: «Ana sí entendió cuál era el amor que promulga el cristianismo. No se trata de estar en una iglesia o de dar un diezmo, sino de entregar el corazón a los demás». 

En 2003 Ana María entró a estudiar sociología en la Universidad Santo Tomás. Allí se le abrió la concepción del país. Lo que había sido intuición —el deber de cuidar, la incomodidad frente a la injusticia— tomó forma en preguntas duras: ¿cómo se lucha contra el olvido? ¿Quién decide qué memorias deben ser recordadas? Entonces conoció a los compañeros que formarían con ella el Colectivo Dexpierte en 2010, una iniciativa de intervención gráfica que apareció en las calles cuando en Colombia todavía no se hablaba de la Ley de Víctimas ni de los informes de la Comisión de la Verdad, dice Mauricio Pineda, miembro del colectivo desde el principio. 

En los días en que empezaba a encontrar su voz política —con esténciles y carteles que llevaban al espacio público la memoria del conflicto armado colombiano—, recibió el primer diagnóstico médico. El 30 de enero de 2006 supo que tenía hipertensión pulmonar (más tarde entendería que estaba asociado a un lupus eritematoso sistémico, una enfermedad autoinmune que lleva al cuerpo a atacar sus propios órganos y tejidos). Tenía diecinueve años. Le dijeron que apenas viviría dos más. Vinieron la caída del cabello, la fatiga acumulada, la frustración. Evitó, sin embargo, victimizarse. Renunció a recibir la lástima de las buenas conciencias. Solo unos cuantos supieron lo que realmente padecía. No quería ser recordada por eso.   

Empezó a vivir como si el tiempo fuera prestado, con la gratitud metida en la garganta y una voluntad de gasto energético apabullante. Su enfermedad no la volvió introspectiva. La volvió porosa. Daba lo que a ella le faltaba. Se ganó una beca para estudiar una maestría en Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Allí adoptó a Tango, el perro salchicha que, deteriorado físicamente como ella, la acompañó hasta el final.

Ana María enviaba audios de WhatsApp con fragmentos literarios —a veces citaba a Kafka, otras no mencionaba el autor—, como si quisiera interrumpir la rutina inyectando belleza existencial. Practicaba la empatía activa: no solo era capaz de sintonizarse con el dolor ajeno, sino que sentía una necesidad visceral por intervenirlo, por cargarlo, por ayudarlo a sanar. Esa disonancia compleja —un sistema nervioso vulnerable y, al mismo tiempo, hiperdisponible a los otros— la impulsaba. Más que eso: la definió. Como algunos personajes de las novelas de Natalia Ginzburg o Carson McCullers, su potencia estaba en no intentar dominar nada, en entregarse íntegra a lo que dolía a su alrededor.  

Antes de dirigir el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, se movió con arrojo en diferentes instituciones del Estado. En la Agencia Nacional de Tierras trabajó con comunidades indígenas y afrodescendientes en procesos de titulación colectiva. Luego, como docente investigadora en la Corporación Unificada Nacional, lideró un semillero de innovación pedagógica para la construcción de paz. Y en la Unidad para la Atención y Reparación Integral de las Víctimas estuvo a cargo de algunas conmemoraciones y fue el enlace nacional con las direcciones territoriales de Putumayo y Cauca, dos escenarios claves para entender las guerras recicladas en Colombia. En sus investigaciones puede palparse su visión interdisciplinaria: conjugó sociología, pedagogía popular, arte urbano y género para abordar la paz. 

En el Centro de Memoria tuvo dos temporadas. La primera en 2016, implementando estrategias culturales y artísticas para la memoria histórica, y luego en 2019,  como parte del equipo de Apropiación Territorial. Anduvo por barrios populares, conoció procesos comunitarios y acompañó a líderes y lideresas sociales en la elaboración de sus propias narrativas para encontrar redención después de los hechos victimizantes. 

El 2 de noviembre de 2023, luego de la renuncia de José Antequera Guzmán, asumió la dirección del centro que conocía plenamente. Su misión no fue dejar una huella autoral, sino consolidar y expandir una línea política, una ética para relacionarse con los afectados por el conflicto. Como recuerda Andrea Mora, su amiga y mano derecha en la entidad, ella trabajaba con una certeza: «La memoria nos habla más del presente que del pasado. No es solo recuerdo: es acción, es movimiento. Es lo que la gente hace en su vida cotidiana con eso que le pasó».

Esa noción se plasmó en el concepto de memorias vivas, una propuesta que busca iluminar lo que las personas hacen con su dolor. No se trata de musealizar el trauma, sino de acompañar la forma en que comunidades enteras resignifican su experiencia: sembrando árboles, bordando retazos de tela unidos con alfileres, organizando caminatas, construyendo puentes entre madres de desaparecidos y familiares de militares. «La violencia se recicla. Toma otras formas. En Bogotá ocupa un lugar en los niños, en las mujeres, en los barrios. Y ahí es donde ella puso la energía».

Ana María y su equipo de trabajo —a cada uno le puso un apodo cariñoso— insistieron en ampliar el campo de visión de la memoria. Abrieron espacios para la Fuerza Pública, para secuestrados adinerados, voces disonantes que no siempre son escuchadas en este ámbito en disputa. Pero su legado no solo está en los proyectos que dejó andando, sino en las redes de confianza que tejió. 

Para Ana Páez, integrante del colectivo Madres de Falsos Positivos de Colombia (MAFAPO), Ana María era más que una funcionaria del Distrito. «Yo siempre le decía: “Hola, hija” y ella respondía: “Hola, mamita. ¿Un tintico? ¿Qué les provoca? ¿Qué les traigo?”. Era una mujer de abrazos, besos y chanzas. No se imponía: apoyaba lo que nosotras quisiéramos hacer». En su oficina guardó las botas intervenidas artísticamente de las madres de Soacha —su símbolo de resistencia— cuando no hubo otro lugar para almacenarlas. Compraba sus libros conmemorativos y celebraba sus estados de WhatsApp. Les ayudaba para que recuperaran los cuerpos de sus hijos. Su política de la ternura enfrentó el horror con las manos abiertas. 

Su alta deficiencia respiratoria pudo haberse contenido. Desde abril de este año, la EPS Famisanar dejó de entregarle el Ambrisentan y, desde diciembre de 2024, el Selexipag, medicamentos de  altísimo costo y escasa disponibilidad; el tratamiento que requería costaba veinticinco millones de pesos mensuales, dice su amiga Andrea Mora. Su madre y su tío abogado, Miguel Cuesta, le ayudaron a poner tutelas y una queja en la Superintendencia de Salud. Lo último que le dijo a sus compañeras de trabajo antes de hospitalizarse el lunes 9 de junio fue: «Chicas, hasta hoy tengo pastillas. No sé qué voy a hacer». 

Ingresó a la Fundación Cardioinfantil buscando aire. Sentía el corazón en el estómago y los pulmones como piedras. Pasó dos días sentada en una silla Rimax esperando las pastillas vitales. Esperando que el sistema —ese que había intentado humanizar desde adentro con todas sus reservas— no la dejara morir. No llegó la camilla, tampoco le dieron una habitación: el hospital adujo que estaba en alerta naranja por pico respiratorio. En la madrugada del miércoles 11 de junio, Ana María Cuesta León murió. 

Una semana antes de morir, el 5 de junio, celebró su cumpleaños número treinta y nueve en el Centro de Memoria. Antes de partir la torta, con la voz temblorosa ante el cariño de su equipo, dijo: «Hace poco me preguntaron que cómo me sentía con treinta y nueve años. Parce, ¡yo podría irme mañana tan tranquila! Porque hemos hecho muchas cosas. Los que me conocen saben que jamás hablo en nombre propio. Hablo en plural porque crecí en un colectivo y crecí con ustedes. Esto es de todos y de todas. Gracias por celebrar la vida conmigo. Para mí, la vida es…algo que me encanta. Amo vivir. Hemos tenido la muerte tan cerquita, y a pesar de que sepamos de que ella ganará en algún momento, tenemos el chance de jugar hasta el último minuto. Jugar para ganar. ¡Salud!». Quienes la amaron querían que durara más. Ella quería que su tiempo terrenal sirviera para algo trascendente.

El día de su velación, las madres de Soacha y militares lloraban el mismo duelo. Una multitud de jóvenes rebeldes también estuvieron allí, al igual que la periodista Jineth Bedoya y un hombre que vendía bolsas de basura.  Este hombre contó que Ana María le había comprado bolsas varias veces, y que incluso un día le pidió a los empleados del Centro de Memoria que hicieran lo mismo. Lo ayudaba, además, con un tratamiento odontológico. 

El sábado 14 de junio, bajo un cielo encapotado, el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación se convirtió en su altar. Las fotografías de ella cubrieron la fachada. Las orquídeas formaron un círculo de duelo. Las cantadoras del Pacífico entonaron alabaos que tensaron el aire y elevaron su presencia. Se sembró un árbol en su memoria. Estallaron fuegos pirotécnicos. Ana María Cuesta León no estaba ahí para dirigir. Pero todos sabían qué hacer para reivindicar la vida. La cuidaron. Había dejado una pedagogía inculcada: la de sostener a otros en el instante exacto del colapso.  

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