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Mi desgracia es tener una casa de piedra 

17 de agosto de 2025 - 12:00 pm
En Gaza, los niños y jóvenes ya no estudian: buscan comida para la supervivencia de sus familias. Una escritora palestina de diecinueve años narra el crecimiento forzado de su generación y cómo la poesía la ayudó a construir una habitación propia.

Mi desgracia es tener una casa de piedra 

17 de agosto de 2025
En Gaza, los niños y jóvenes ya no estudian: buscan comida para la supervivencia de sus familias. Una escritora palestina de diecinueve años narra el crecimiento forzado de su generación y cómo la poesía la ayudó a construir una habitación propia.

Traducción de William Martínez 

 

Solía imaginarme terminando la secundaria, asistiendo a la universidad e incluso estudiando en el extranjero. Soñaba con aulas, libros, risas y un propósito. Pero en Gaza los sueños se interrumpen antes de que puedan tomar forma. Aquí los jóvenes no llegamos a la adultez, nos empujan hacia ella.

Desde que comenzó la guerra, el 7 de octubre de 2023, todas las instituciones educativas y gubernamentales permanecen cerradas. Los niños no han ido a la escuela desde ese día. Sus mentes, antes llenas de curiosidad y alegría, ahora están agobiadas por el miedo, el hambre y el silencio. 

En las conversaciones cotidianas siempre se habla de la guerra y el anhelo de huir. Debido a la repetición, ha crecido en los niños y en los jóvenes una especie de rendición y silencio. Solo queremos abstraernos. Solo queremos callar. Así que nuestro silencio significa que hemos perdido la esperanza.  

La experiencia de los niños en la guerra es abrupta. Pasaron sin transición de la infancia a la etapa de las responsabilidades, porque la realidad hoy es la hambruna. Todo gira en torno a la comida. Los niños comenzaron a sentirse responsables de encontrarla.  

A pesar de que algunas instituciones educativas intentan preservar la educación en Gaza, sus esfuerzos simplemente son insuficientes. La guerra no perdona ni pizarras, ni libros, ni mochilas. Durante más de dos años, no he podido completar mi último año de secundaria (Tawjihi), lo que significa que no puedo matricularme en la universidad. Ni siquiera puedo viajar fuera de Gaza sin mi certificado.

En lugar de prepararme para los exámenes, aprendí a amasar pan, lavar la ropa a mano en la arena y cocinar al fuego. Aprendí estos oficios para intentar ayudar a mi madre que carga con un dolor de espalda. Este es un punto de inflexión en mi vida. A los diecinueve años tuve que descubrirme a mí misma y asumir responsabilidades. He aprendido a ser paciente, algo que antes no tenía. 

Incluso antes de esta guerra, avanzar en la educación era casi imposible. Había pocos libros y centros privados. No había electricidad. La razón era el deterioro económico de Gaza, que provocaba cortes de luz de hasta doce horas al día. Así que intenté aprender por mi cuenta. Comencé a escribir mi poesía leyendo muchos libros, como Las cuarenta reglas del amor de Elif Shafak y otros libros de Mahmoud Darwish y Nizar Qabbani.  

Aprendí inglés leyendo los libros de Dan Brown. Luego empecé a traducir poemas en prosa, mientras asistía a clases de literatura y leía textos académicos. La gran oportunidad llegó con los libros del poeta musulmán Jalaluddin Rumi y la novelista egipcia Radwa Ashour. Pero no ocurrió lo mismo con muchos otros jóvenes, sin acceso a internet y sin la energía suficiente en el cuerpo para concentrarse. Los niños, por su lado, se aferran a juegos con herramientas rudimentarias, o simplemente se sientan con otros en las tiendas de campaña para contarles sobre sus amigos que ya no están.  

 «Este es un regalo para ella», me dijo hoy mi hermana Zaina de diez años. Sostenía un papel rojo con el nombre de su amiga garabateado: Kenzi. Ella no sobrevivió. Se suponía que deberían estar jugando en el patio de la escuela, aprendiendo las tablas de multiplicar, compartiendo bocadillos con su mejor amiga. En cambio, dibujó una despedida color sangre y la llamó un regalo.

Los niños despiertan por la mañana. En lugar de ir a la escuela, hacen fila para llenar un tanque de agua más pesado que sus cuerpos y buscan la manera de transportarlo a las tiendas de campaña. Buscan leña para encender una fogata y juegan. Algunos piden ayuda y protección porque tienen miedo del sonido de los bombardeos. Aquí no hay diferencia entre un niño y un adulto. Ambos despiertan a la supervivencia. Ambos presencian las consecuencias de los bombardeos. Ambos sienten hambre en los huesos. 

Miles de niños en el norte de Gaza han muerto por desnutrición. Casi la mitad de las víctimas de esta guerra son niños. Las enfermedades se propagan más rápido que la ayuda humanitaria. Estadísticas recientes muestran que más del 45% de los menores han contraído hepatitis y más del 75% han sido desplazados o han perdido a un ser querido. ¿Dónde están los derechos de los niños cuando veo a uno de diez años vendiendo comida enlatada en la calle para ayudar a su familia a encontrar un refugio que no sea de plástico y postes? 

En Gaza, las comodidades y los momentos de soledad son escasos porque no hay espacio en las tiendas de campaña, y la escapatoria al dolor varía de persona a persona. A algunos les gusta escuchar a Fairuz (cantante libanesa), mientras que otros expresan su aburrimiento dibujando o incluso gritando. En mi caso, la poesía y la prosa fueron mi refugio espiritual. Escribir es siempre encarnar el dolor, transfiriéndolo del cuerpo humano a la tinta de la pluma.  

A pesar de este dolor, de la lenta inanición de la mente y el alma, seguimos creando esperanza cada día, enseñando a los niños en tiendas de campaña e intentando estudiar a pesar de la falta de recursos. Encendemos el fuego para calentarnos del frío y nos reunimos con el anhelo de que esta muerte termine algún día.

Seguimos esperando que el mundo se preocupe. 

¿Lo harás tú?

La autora de este artículo, Marah Mohamed Al-Khattab, nos envió esta foto.
La autora de este artículo, Marah Mohamed Al-Khattab, nos envió esta foto.

A continuación, puedes leer algunos de mis poemas: 

Cuando muera
construiré una casa en el cielo.
Mi desgracia es tener una casa de piedra.
Quiero una casa de rosas,
con un alma pura,
donde los niños del barrio no teman visitarme.

En el cielo,
los niños no mueren,
no temen vivir en casas de piedra.
En el cielo,
jugarán a los dados
y no se rendirán.

Soñaba con eso
hasta que destruyeron la casa de mi prima.
Lloré con ella.
Compartimos la ropa.

En el cielo
veré a mi hermana lejana,
y podré regalarle mi sonrisa, desde lejos,
y abrazar a los niños con cuerpo entero.

En el cielo
seré lo que quiera.

 

*** 

 

Me embriagaría
cultivaría el vino del amor en mis mechones rojos
bailaría en el borde de la noche
declararía mi erección al vino del amor
al espíritu de la eternidad
me esparciría entre la nada y el todo
y entre los arroyos y las grietas arrojo mi alma
y mi cuerpo lo he olvidado en el tiempo.
Imagino que yo
no me pertenezco
no soy de aquí ni de allá
soy quien viaja en busca de su alma entre los poemas
colmada del vino del amor
termino enamorada
una viajera sin tierra por donde vagar.
Quiero estar en las manos de quien amo.
y en el crepúsculo del cielo al atardecer que no contemplé por la necedad de mis días.
Sé mi hogar.
para que me tiñan los espectros de la muerte.
Quiero estar en las manos de quien amo.
retiro el velo de mi cuerpo para quedar desnuda.
y tengo oleadas de ansiedad y misterio.
Intercambiamos el vino del amor
y somos regadas
como si supiera lo que quiero
vivo por ello
hasta ofrecerle mi cabeza.
En cuanto a ti
menciona lo que quieras
Sólo la devoción, ese vértigo de la entrega,
desconcierta al ser humano
lo carga con pensamientos dobles
Sólo la devoción
es mi deseo en este mundo.

 

***

 

Mi desarraigo no dura
Este fragmento de Fayrouz
En una hora tardía de una noche torpe
y unos ojos llorosos que le narran a una hermana el dolor en la memoria
Lejana de mí misma
y en un camino lleno de baches sin ningún aprendiz
Mis lágrimas caen en mi pecho
por mi cordura, hasta que la pierdes
y me hieres con la flecha del amor
para agitar mi silencio
mi garganta
Vuelvo a escuchar a Fayrouz
Vuelvo a escuchar a Fayrouz
Así, mi lejanía de ti
Tú, que absorbes mi fe
y me arrojas muerta en tus manos
No te conozco
Y no supe quién eres
Eres flor de crisantemo
Y una luna de muchos rostros
Tú, que me lloras en la noche
Y me reprendes hasta que te elijo
No sé cómo lo dices. ¿No lo sabes?
Voy por el camino de la muerte, caminando
Entre tumbas de vivos, me muevo
buscando tus manos
y las encuentro sin alma
Al ritmo de Fayrouz, mis pensamientos oscuros se armonizan
escritos sin tinta
sin equilibrio
Cuando te recuerdo
todo desaparece con su contraste
No hay luz ni luna,
ni fe ni descreimiento.
Quiero un desarraigo real, con una distancia miserable,
para que mi desconexión perdure
y me ahogue
en los mares del deseo,
hasta disolverme
en su memoria.

Niños palestinos leen a la luz de una vela durante un corte de luz en el campamento Jabalia en Gaza, el 27 de junio de 2017. Foto de Ali Jadallah (Anadolu Agency).
Niños palestinos leen a la luz de una vela durante un corte de luz en el campamento Jabalia en Gaza, el 27 de junio de 2017. Foto de Ali Jadallah (Anadolu Agency).

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