ETAPA 3 | Televisión

Maura de Caldas: la cocina del Pacífico como patrimonio vivo

16 de agosto de 2025 - 1:51 pm
Una de las grandes embajadoras del Pacífico colombiano y alma del Festival Petronio Álvarez falleció a sus 87 años el pasado 5 de julio de 2025. La historia cultural de Colombia queda impregnada de sus saberes y sabores.
Maura de Caldas. Foto de Revista La Barra.
Maura de Caldas. Foto de Revista La Barra.

Maura de Caldas: la cocina del Pacífico como patrimonio vivo

16 de agosto de 2025
Una de las grandes embajadoras del Pacífico colombiano y alma del Festival Petronio Álvarez falleció a sus 87 años el pasado 5 de julio de 2025. La historia cultural de Colombia queda impregnada de sus saberes y sabores.

Para Maura de Caldas (Guapi, Cauca, 1938 – Cali, Valle del Cauca, 2025) estar en la cocina era como conquistar a alguien. «Usted no va a conquistar enojado. Conquista con una sonrisa. No se puede cocinar bravo porque la comida le va a saber feo. Uno tiene que estar dispuesto», decía. Su hija Patricia Caldas y su nieto y mánager Iván Arrieta Caldas coinciden en que su secreto era no guardar ninguno: su alegría, amor y paciencia hacían que la comida supiera bien.

Lo demás lo hacían sus hierbas de azotea. La cocina de Maura siempre estaba perfumada con cilantro, orégano, achiote, albahaca  y más. «Ella sin eso no vivía. Era para hacer sus tarros de refrito», recuerdan su hija y su nieto. «Los metía en el congelador o en la nevera. Era lo que más ocupaba espacio, pero ella decía, “sin esto, no soy yo”».

El sabor de su famoso arroz endiablado, su cazuela de mariscos, sus chuculas —bolas de maduro rellenas de tres clases de queso rebozadas en coco—, su quebrado de jaiba, su caldo levantamuertos, su toyo ahumado y otros platos aún viven en los recuerdos de sus seres queridos, de los comensales de su restaurante en Cali y en la historia viva de la gastronomía del Pacífico. «Era el sabor como de una mamá que había cocinado para sus hijos», recuerda su amiga, la cocinera tradicional Elsis  Valencia.

A su nieto, Maura le dijo un día: «Mijo, venga, aprenda a cocinar porque no todo el tiempo tiene que una mujer estar metida en la cocina. Yo no le voy a ayudar para toda la vida. El día que yo me muera, entonces se va a quedar sin comer», recuerda él. Se dedica a la danza, pero cada vez que prepara las chuculas, el repingacho , varias bebidas tradicionales o el famoso arroz endiablado, revive el sabor y la memoria de su abuela. «Aquí en casa, ella misma decía: “El que tiene mis sazones es mi nieto, pero a él no le gusta la cocina”», dice Iván.

Mientras sus comensales se deleitaban con todo tipo de sabores, para Maura solo había un plato en su mente: los cangrejos cuando estaban en temporada. «Mi abuela era un amor de mujer, pero si usted no se la quería ganar de enemiga, no se metiera con ella cuando estuviera comiendo cangrejo. Ella nos decía, “mientras yo esté comiendo mi cangrejo, hábleme, pero no me vaya a meter la mano al plato porque salimos de enemigos”». Lo compraba en la galería de Santa Elena, en Cali. «Tía Maura, ya llegó el cangrejo», la llamaban para avisarle. Arrieta recuerda: «Allá le decían tía. Ya la conocían después de tantos años de mercar allá. Entonces me llamaba y me decía, “mijo, ya llegó el cangrejo, hágame el favor y me trae dos canastas”».

La rutina de Maura de Caldas empezaba siempre temprano. Según su nieto, tenía un despertador interno que sonaba, sin falta, a las seis o siete de la mañana, aunque se hubiera acostado a las tres o cuatro de la madrugada. El café era sagrado. Un tapao de pescado solía ser un ritual innegociable en su desayuno: «Sin eso no vivía», decía.

Después salía a hacer vueltas del médico o a reuniones del Festival Petronio Álvarez. «Mi mamá fue una mujer enamorada de todas las costumbres del Pacífico, especialmente de la gastronomía y del folclor, porque ella durante muchos años fue maestra de escuela de primaria de danzas y también durante muchos años fue la directora de la agrupación musical que tenemos nosotros en este momento, que se llama Los Bogas del Pacífico», explica Patricia, su hija.

En esta agrupación musical pasaron figuras fundamentales de la cultura del litoral del Pacífico, entre ellos, el maestro Gualajo –maestro de la marimba tradicional– y el maestro Alirio Suárez Díaz. Los Bogas hace parte del legado de Maura para Cali. «Mucha gente no sabe que mi abuela no solo difundió la cocina del Pacífico, también impulsó el arte y la danza. El grupo Bogas fue el primer colectivo de danzas en viajar por fuera de Cali, por fuera de Colombia. Estuvieron en Panamá, en Italia, en Estados Unidos, en España. En ese tiempo todo se hacía por pasión; los mismos bailarines sacaban el dinero de su bolsillo», explica Arrieta.

Maura también fue pionera en la consolidación del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, donde empezó su labor en la cocina junto a otras maestras, como Raquel Riascos. Con el tiempo, comprendió que la cocina, la música, las bebidas tradicionales y el arte podían fusionarse y formar un ecosistema cultural en el que todos esos saberes se potenciaban.

La Alcaldía de Calí y diferentes medios declararon tras su muerte que la presencia de Maura de Caldas en el Petronio fue siempre motivo de celebración y aprendizaje. Con su sabiduría y carisma, ayudó a consolidar el concepto de Cocina Tradicional como manifestación viva de la cultura, posicionando a las Cocinas Vivas como un espacio de encuentro, transmisión oral, orgullo identitario y visibilización de las matronas del territorio. Por eso, en 2025 su imagen hace parte del afiche oficial de este festival emblemático.

Maestra de danza y música

Maura Hermencia Orejuela de Caldas fue una de las principales embajadoras culturales del Pacífico colombiano. «Ella se fue por el lado de la cocina, aunque también fue una excelente artista musical; fue cantadora y bailarina de danzas folclóricas del Pacífico colombiano», recuerda su nieto.

Quienes la conocieron la recuerdan como una líder, cantadora, bailarina, una mujer jocosa, alegre y empática. «Maura era de muchos cantos, cuentos y anécdotas. Otra Maura no va a haber en mucho tiempo, porque era un ser que unía muchas cosas», dice su amiga, la cocinera tradicional Elsi Valencia. «Su grandeza la reflejaba en el baile, la música y en su forma de relatar historias, esas manifestaciones propias de una maestra», agrega Martha Jaramillo, también cocinera y amiga.

Siempre usaba túnicas y turbantes, una marca personal que nació casi por accidente. Según le contó a su nieto, empezó a llevar turbante después de que un hermano suyo sufrió un accidente y tuvo que salir corriendo al hospital. En medio de la emergencia, se amarró una tela para cubrirse el cabello mojado. «Bueno, ¿y vos qué fue lo que te pusiste en la cabeza?», le decían al verla. Desde entonces, notó que esos colores llamaban la atención, así que empezó a comprar telas y a confeccionar sus propios modelos y vestuarios, un oficio que había aprendido en el colegio en Guapi. «Ella me decía que la tildaban de loca, que creían que era bruja y que la gente la miraba raro», recuerda Arrieta.

Maura creció entre dos herencias culturales poderosas, la indígena, de su abuela, y la afro, de su abuelo, lo que marcó su manera de entender y habitar el mundo. Les enseñó a sus hijos los juegos, las rondas y las tradiciones de la costa pacífica de sus ancestros. Sin embargo, la relación de Maura con su abuela Chencha fue agridulce. Ella era una persona dura, recuerda Patricia. Cuando Maura era niña, mientras cocinaba junto a su abuela, se distrajo y dejó que el pescado se quemara. Como castigo, su abuela  le sirvió la comida chamuscada y le dijo que debía comérselo entero, tal como había quedado. Fue una lección definitiva: entendió que en la cocina no se puede andar con distracciones; el respeto por los alimentos y el cuidado en cada preparación eran principios innegociables.

«Le enseñó a mi mamá que la letra con sangre entra», agrega Patricia. «Pero a pesar de eso, la bisabuela vivió muy agradecida porque Maura fue de las pocas nietas que se preocuparon y se interesaron por lo que ella sabía».

Maura de Caldas. Foto de Confidencial Colombia.
Maura de Caldas. Foto de Confidencial Colombia.

De Guapi a Cali: el camino de una pionera

A diferencia de su abuela Chencha,  la madre de Maura fue una mujer de carácter dulce, que educó a sus trece hijos con cariño y con el arte como lenguaje cotidiano. «De mi bisabuela aprendió la cocina, el buen sabor, todo eso; pero de mi abuela aprendió a cantar. Cuando nosotros estábamos en la escuela, nos enseñaba muchos cantos que había aprendido de su mamá», recuerda Patricia.

Siempre tuvo un espíritu indómito. Aunque soñaba con ser monja y desde muy joven hizo parte del coro de la iglesia, no se le daba bien obedecer. «En la cocina era la única parte donde estaba tranquila. Pero cuando le querían imponer cosas, no. La echaron del convento porque mi mamá, Dios mío bendito, es que era terrible ya de pequeñita», recuerda Patricia.  Lo que más recordaba Maura de esos años era a dos monjas que la querían mucho: le enseñaron, la regañaron y la cuidaron, y allí, entre cantos y disciplina, también aprendió.

Se graduó de la Escuela Normal y comenzó a trabajar como maestra en pueblos cercanos a Guapi, muchos de ellos con difícil acceso. Más tarde fue nombrada en Buenaventura, donde conoció a su esposo y se trasladó a Medellín para acompañarlo mientras terminaba sus estudios. Tiempo después, una oportunidad laboral como docente la llevó a Cali, donde finalmente echaría raíces.

De niña, Patricia recuerda a su madre siempre enamorada de la cocina. Estudiaban en la misma escuela donde Maura trabajaba como maestra. Muchas veces, al final de la jornada, Maura recogía lo que sobraba de la colada, la avena y el pan o la harina que les daban del gobierno, y lo llevaba a casa. «Con ese pan nos hacía tortas. Nunca se me olvida el sabor, porque era una cosa especial», recuerda Patricia.

Con el tiempo, Maura decidió abrir su propio restaurante: Secretos del Mar, en la Avenida Roosevelt, de Cali. Fue una pionera. «Mi mamá fue la primera mujer negra que vino a Cali a difundir la comida del Pacífico», cuenta su hija. En ese entonces había pocos restaurantes de mar, y muchos cocineros no sabían realmente cómo tratar los ingredientes ni preservar los sabores tradicionales. Maura, en cambio, dominaba esos secretos. Invitó a su hermana Leonor Orejuela a cocinar con ella, y juntas levantaron un lugar que pronto se volvió referente para quienes querían probar la auténtica sazón del Pacífico.

Maura de Caldas. Foto del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes .
Maura de Caldas. Foto del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes .

Cocinar en una ciudad racista

De todos sus platos, el más emblemático era el arroz endiablado. No fue un plato planeado, sino un accidente que terminó en obra maestra. Según cuenta Elsi Valencia, todo empezó un día en Cali, cuando Maura intentó corregir un arroz al que por error le habían echado pimentón en polvo en lugar de azafrán. El arroz quedó rojo, y a Maura se le ocurrió bautizarlo «endiablado».

La fama del restaurante crecía cada vez más. En los años ochenta, cuando Patricia y sus hermanos aún eran jóvenes, el exfutbolista Willington Ortiz, amigo de su padre, llevó a almorzar al técnico del Deportivo Cali. El entrenador quedó tan encantado con la comida de Maura que al poco tiempo regresó con todo el equipo. «Llegaron infinidad de jugadores. El restaurante había que cerrarlo porque la gente se enloquecía, les pedían autógrafos, los perseguían, querían estar con ellos, tomarse fotos. Mi mamá se sentía sumamente feliz», recuerda Patricia.

Por su restaurante también pasaban alcaldes y gobernadores. El alcalde de Tuluá, por ejemplo, solía llamarla directamente: «Maura, voy para tu restaurante», y llegaba acompañado de todo su esquema de seguridad. Cuando eso pasaba, había que cerrar el restaurante para atenderlos a puerta cerrada.

A Maura le gustaba decir, entre risas, pero con orgullo: «Si mi comida no solo le gusta a mi familia, sino también a la gente de afuera, a quienes saben de buen comer, a los que tienen un paladar exigente, entonces debe ser que lo estoy haciendo bien».

El reconocimiento no la blindó del racismo cotidiano. «Muchas veces le cerraban la puerta en la cara cuando iba a alquilar un apartamento aquí en Cali», recuerda su nieto. «Yo no le alquilo mi casa a una negra», le decían sin reparo. También había quienes la tildaban de excéntrica o de loca, por sus turbantes coloridos y sus collares grandes. Ella seguía adelante, cocinando y viviendo a su manera.

Iván recuerda que Maura le decía que eran cosas que iba superando. «Mijo, usted por el racismo no se puede dejar opacar. Porque la gente utiliza el racismo para opacarnos a nosotros los negros y nos tratan de brutos, pero para saber que lo más inteligente del planeta Tierra somos nosotros los negros», recuerda.

Elsi Valencia recuerda su amistad con Maura como una de las más valiosas de su vida. «Siempre fue una relación como de mamá a hija, porque teníamos ese lazo de mujeres de territorio. No era de sangre, pero así nos sentimos en el Pacífico: familia».

Juntas compartieron los desafíos de ser cocineras tradicionales en una sociedad atravesada por el racismo y el clasismo. Dice Elsi: «Uno de los retos es que la gente cree que no tenemos conocimiento, que solo somos cocineras. Y más si eres negra. Es un tema histórico: oficios como la cocina, la modistería o la tejeduría siempre se han visto como algo menor, pero son saberes que sostienen la memoria desde las manos. Hemos tenido que luchar por que se reconozca ese valor, y en eso hemos avanzado con el tiempo, gracias al trabajo de muchas mujeres y de algunas instituciones».

Uno de los momentos que más marcó a Elsi fue escuchar a Maura responderle al presidente Santos en una entrevista de radio. «Él dijo que la cocina era folclor y a ella eso le dolió. Le dijo: “No, presidente, la cocina no es folclor, la cocina es cultura”. Para mí, ese momento fue muy importante porque resume quién era Maura: una mujer que rompió estigmas y se actualizó siempre. Ella decía: “Si yo no me actualizo, ¿cómo voy a seguir en este mundo?”». «Ella no se rendía, no en el sentido de que “ay, que me rechazaron acá”, ella no le ponía cuidado a eso. Porque cuando la gente la rechazaba y probaba la comida de ella, quedaban enamorados», recuerda Patricia.

Maura de Caldas fue una de las figuras más reconocidas y queridas de la gastronomía tradicional del Pacífico colombiano. En 2018 se convirtió en la primera colombiana en recibir el Premio Marie‑Antoine Carême de la Federación Latinoamericana de Gastronomía, y ese mismo año fue galardonada con el Premio La Barra Elite Professional en la categoría Toda una vida de trabajo. En 2017 obtuvo la Orden al Mérito Vallecaucano, y en 2019, el Premio Vida y Obra de la Gobernación del Valle en la categoría de Patrimonio Cultural. También fue homenajeada en el Congreso Gastronómico de Popayán, donde su imagen representó la décima versión del evento y recibió el premio Vida y Obra Álvaro Garzón. En 2025, recibió un reconocimiento especial en la Vigilia de Saberes y Sabores del Pacífico «Mi Santa Cocina», organizada por la asociación ASTPAC.

Estos galardones celebran su legado en la cocina, pero también su aporte a la cultura, la música y la transmisión de saberes ancestrales. Sin embargo, para Maura los premios no eran lo esencial. «Yo lo que quiero es que la gente conozca el Pacífico», decía. «El aprendizaje que tuve de ella fue la magia de mostrar y honrar a su Pacífico con orgullo, abriendo un camino para otros y otras, aunque no le reconocieran su esfuerzo, ⁠Maura mostró al Pacífico, porque fue una contadora de historias que unían toda la magia que existe en el Pacífico. Pasaba de hablar de una bebida, para hablar de un personaje, pasando por un canto, luego un baile y te envolvía con una magia enamoradora», señala su amiga Martha Jaramillo.

«Maura fue la que la que abrió las puertas para que muchas que llegábamos del Pacífico y decidiéramos seguir en este camino, ya había una trocha abierta para seguirla ampliando y construyendo», explica Elsis Valencia. Y agrega: «Creo que pasará mucho, mucho tiempo para que haya otra Maura Caldas, en todo ese esplendor entre esta rigurosidad en su saber, en ese talento, en la gracia, en la alegría, en la en la forma de contar y de contarse la vida cotidiana de la gente del Pacífico a través de un alimento, a través de una copla, a través de la música y de la palabra. Pasará mucho tiempo».

Dos últimos mensajes quedaron grabados en la memoria de sus seres queridos. A su amiga Elsi le dejó un encargo sencillo pero contundente: «Espero que tu memoria se mantenga viva para que no me olvides».

A sus hijos, en cambio, les dejó una enseñanza menos común pero profundamente coherente con su espíritu libre. «Nos enseñó el amor, nos enseñó el respeto. Nos enseñó muchas cosas, menos la obediencia. Siempre decía: “Yo no quiero que ustedes sean obedientes. Quiero que hagan lo que quieran y que sean felices”», recuerda su hija Patricia.

Dos semanas antes de morir, en pleno deterioro de su salud, Maura aún insistía en cocinar para su familia. El día del cumpleaños de Patricia, cuando ella se disponía a salir a celebrar con amigos, Maura la detuvo, se levantó de la cama y le dijo que quería prepararle algo especial. «Me hizo una cazuela de mariscos. Todavía tengo ese sabor en la boca, el sabor de ella», cuenta Patricia.

Embajadora de la cocina tradicional y portadora de recetas ancestrales, Maura dedicó su vida a preservar y transmitir los saberes culinarios y culturales de su territorio. Su memoria no se pierde: queda en cada plato, en cada canto y en cada historia que hoy siguen compartiendo quienes la conocieron.

CONTENIDO RELACIONADO

Array

14 de diciembre de 2025
En en el marco del Encuentro por las Memorias, la Dignidad y la Esperanza, organizado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes en el marco de la conmemoración del Día Internacional de los Derechos Humanos, el editor web de Gaceta Santiago Cembrano conversa con Manuel Levin, confundador y director de contenidos de Canal Red y miembro del programa La Base, sobre la memoria, el periodismo y los medios como campos de disputa, la batalla cultural por la hegemonía y los lenguajes de masas del siglo XXI. Imagen de portada por Jesús Abad Colorado.

Array

14 de diciembre de 2025
La idea de sacar a las películas del mundo del cine, y devolverlas a los espectadores, guía una selección de hechos significativos del cine en Colombia durante este año. ¿Y si, frente a los expertos que estandarizan las películas y el gusto, disponemos los ojos para la anomalía?

Array

13 de diciembre de 2025
Octavia Montaño es la primera vichera con registro INVIMA. También hace parte de un linaje de mujeres que han cuidado la vida con caña y hierbas, y que hoy reivindican la memoria y la resistencia para superar el fetiche afrodisíaco que cubre al viche.

Array

12 de diciembre de 2025
Con la muerte de Jorge Martínez, alma del grupo de punk rock Ilegales, parece apagarse una ética creativa: la del artista que elige el dolor de la exigencia sobre el confort de la mediocridad y del brillo fácil. Su vida recuerda que la obra que perdura exige un costo que pocos están dispuestos a asumir. «Mejor es morir por atrevido que por cobarde», solía decir.

Array

11 de diciembre de 2025
A mediados del siglo XX, cuando el fotoperiodismo colombiano era un territorio casi exclusivo de hombres, una mujer nariñense recorría montañas, plazas y salones oficiales con una cámara al hombro y la convicción de la fotografía como oficio total.

Array

10 de diciembre de 2025
Un viaje sonoro a través de las canciones insignes de las diferentes expresiones de la cumbia colombiana, narrado por Don Alirio.

Array

10 de diciembre de 2025
El 47 Salón Nacional de Artistas se convirtió en escenario de una vieja batalla entre Lamistas y élites del Cauca. Ante la estatua caída de León Valencia hay una pregunta que revive: ¿quién decide qué merece ser monumento y qué debe ser arte?

Array

9 de diciembre de 2025
La figura del consumidor de drogas, moldeada por discursos médicos, políticos y mediáticos, ha pasado de ser un cuerpo enfermo a un enemigo social. El estigma, sostenido por el miedo y la moral, ha convertido el consumo en un tipo de exclusión y en una forma silenciosa de violencia.

Array

7 de diciembre de 2025
Luego de que el director de El Espectador Fidel Cano se disculpara por las notas con información falsa fabricada por IA que había publicado un practicante, Pedro Adrián Zuluaga conversa con el editor web de Gaceta Santiago Cembrano sobre la ausencia de editores en el periodismo colombiano, los protocolos frente a la IA en universidades y medios, y dónde está el optimismo en esta situación.