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Marginalia

16 de julio de 2026 - 9:23 pm
© ÁNGELA PATRICIA DURÁN

Marginalia

16 de julio de 2026

Barba-Jacob y el dinero

Era un poeta estrictamente personal y subjetivo. Escribió poco y, en lugar de buscar la notoriedad, la rehusaba. En cambio, como periodista, era de una fecundidad increíble. Para poder ganar un buen sueldo, se presentaba en las redacciones y ofrecía escribir: un editorial, una crónica o reportaje, un artículo de crítica, un comentario. ¡Todo a la vez y diariamente! Se sentaba a la mesa y los escribía uno tras otro en muy poco tiempo. Naturalmente que este esfuerzo no podía durar mucho, y antes de unos cuantos meses renunciaba a su puesto y huía. Tal sucedió en el caso de Churubusco, periódico de combate que fundó en tiempos de Huerta y que redactaba desde la primera hasta la última página con diversos seudónimos. Desapareció sin despedirse siquiera de los tipógrafos.

—Nada le da a uno la impresión de un descanso —decía— como hacer un

viaje. Cuando yo exclamo «me voy», me parece que con eso quedan arreglados todos mis problemas.

¡Infeliz! Podía escapar momentáneamente a la miseria, al trabajo, al aburrimiento, pero no podía escapar de sí mismo, y esto constituía su tragedia cotidiana. Era un ser indefenso frente al problema económico. Pero se salvaba a ratos, por su inmensa capacidad de trabajo y por su talento. Al regresar de su viaje a Nueva York, en 1918, fue a ver al autor de este artículo y le dijo:

—He conseguido un buen trabajo, pero estoy sin un solo centavo. Quiero que usted me haga un servicio….

Yo creí que se trataba de dinero, pero él me atajo rápidamente y agregó:

—No necesito que me preste nada, sino únicamente que escriba lo que le voy a dictar.

Tomé un papel de sobre la mesa y entonces él me dictó: «Señor Ricardo Arenales (todavía no había cambiado su nombre): he venido a buscarle para entregarle los quinientos pesos y no lo encontré».

—¿Qué quiere decir esto? —pregunté.

Y él:

—Resulta que estoy desde hace quince días en una casa de huéspedes. La señora comenzó a ponerme mala cara desde anteayer y hoy cerró la puerta con candado para que yo no entrase. Haga usted el favor de ir a buscarme. Al preguntar por mí, saldrá la patrona y le contestará de muy mal humor. Entonces usted le dejará un papel con lo que le acabo de dictar. Eso es todo.

Efectivamente, pregunté por él, la señora me dijo:

—No está, ni creo que vuelva. Pero aquí tengo sus cosas encerradas y no las entregaré hasta que no me pague lo que me debe.

Hice entonces lo que él me dijo y horas más tarde el cuarto de Porfirio Barba Jacob estaba abierto. Aun se veía un florero con flores sobre la mesa.

Pero no he de escribir aquí la biografía de Barba Jacob, que merece un libro. Era el Oscar Wilde hispanoamericano, y, como tal, tenía su humour, que constituía una de sus múltiples facetas. Relataré únicamente unas cuantas anécdotas de las muchas que podrían contarse sobre su vida.

En cierta ocasión le criticaba yo su despilfarro. Decíale:

—Usted, amigo Barba Jacob, sufre porque quiere. Gana buenos sueldos y es solo, sin obligaciones. No tiene hijos…

Levantó los ojos, con aquella malignidad infantil que le era muy suya:

—Ajá, ¿y mis vicios?

Alguien lo acusaba, alguna vez, de que nunca había tratado de economizar y que lo gastaba todo; pero Barba Jacob respondió inmediatamente:

—¿Y cuándo he ganado yo diez mil dólares diarios?

Una vez me lo encontré muy triste y pensativo, parado en una esquina. Era la época del marxismo rabioso y los líderes ofrecían acabar con el capital antes de pocos meses. Barba Jacob, con melancolía, se volvió hacia mí y me dijo: 

—¿Qué le parece, amigo! Se va a acabar el capital… ¡y nosotros nunca lo hemos conocido! 

*En «Anécdotas de Barba Jacob», de Porfirio Hernández, publicado en El Universal, de Ciudad de México, 17 de enero de 1942.

 

Un señor aburrido

Barba Jacob se adaptó fácilmente al ambiente bogotano. Con Ricardo Rendón y el Mono Uribe Piedrahíta bebía whisky o cerveza en el Café Rivière, contiguo a El Tiempo. Con Rafael Vásquez, poeta de sonetos esculturales, y Víctor Amaya González, su grande amigo, consumía cerveza barata en El Bodegón de San Diego o en las fondas de la Estación de La Sabana. Y con Helios [Efraín de la Cruz], el bardo Cañizales y otras gentes de menor cuantía literaria ingurgitaba chicha en cualquier cantina de barriada. Sin embargo, a veces se aburría y gritaba:

—Mierdolandia, capital Bogotá…

*En El hombre y su máscara, de Lino Gil Jaramillo.

 

Más se perdió en la guerra

Más se perdió en la guerra, mucho más. Se perdió un perno y todos los bulones y la billetera y una mano, se perdió la vergüenza, el territorio, el pelo, la alegría, se perdió el control, los depósitos en acciones y en divisas, las ilusiones, se perdió la cabeza, la foto de casamiento de tía Nilda, el recuerdo del primer viaje a París, la receta del dulce de quinotos, las valijas, se perdió la dignidad, el muñeco de los ojos lindos, la dentadura y la cordura, se perdieron las elecciones y la elegancia y casi todos los cuadros de pintores ignotos y también los de pintores conocidos, se perdieron ciudades, se perdió el juicio, se perdió un puente y varios alfileres, se perdió lo mejor, se perdió el tiempo, las tijeras, el miedo, el cepillo de mango de nácar, la inteligencia, el tapón mucoso, y tanto se perdió, pero tanto, que juraron no hacer la guerra nunca más y juraron en falso y no cumplieron.

*En La guerra, de Ana María Shua.

 

Elogios

Qué divertido es Borges. En una entrevista hablando sobre la poesía española, Garcilaso y la estructura de la frase latina, cuenta esto: «Cuando estuve en Colombia, un señor que era poeta para elogiarme me dijo: “Qué bien se lo ve, señor Borges, redondo y colorado como un queso”. Terrible pasión por la metáfora, ¿no? Y una influencia de la métrica de Garcilaso: “Corrientes aguas puras cristalinas”. “Redondo y colorado como un queso”».

*Rodrigo Blanco Calderón en @atajoslargos, su cuenta de X.

 

¡Que vuelva!

Luis Vidales estuvo preso en varias ocasiones. En 1931, la Junta de Control de Bucaramanga lo multó por negarse a publicar en el periódico que dirigía la lista oficial de precios del mercado. Como se rehusó a pagar los 180 pesos de la sanción, el gobernador ordenó encarcelarlo: un día de prisión por cada peso adeudado.

Su detención más grave, sin embargo, ocurrió en abril de 1979. Ese mes, el Ejército irrumpió en su apartamento del barrio La Soledad, en Bogotá, y lo condujo a las caballerizas de Usaquén. Una vez recuperó la libertad gracias a la presión de la opinión pública, recordó el episodio con el humor que lo caracterizaba:

«Fue una experiencia maravillosa, porque siempre que me han metido a la cárcel monto mi escuela de marxismo y comienzo por dictarle mi catecismo a los propios oficiales y soldados. Cuando el teniente me trajo de regreso a mi casa, lo invité a un whisky. Estábamos encantados conversando. Los soldados me decían:

—Qué lástima que no podamos decirle: “¡Que vuelva!”»

*en «Conversación con Luis Vidales», de José Luis Díaz-Granados, revista Gato Encerrado, abril-mayo, 1990.

 

Prosapia y abolengo de la ruana

Algún lector lo pondrá en duda, pero la ruana tiene categoría histórica en la independencia y, además, sitio en la literatura universal. En un libro muy famoso, pero poco leído, el estrafalario profesor Diógenes Teufelsdröckh la pone como el ejemplo más radical de sencillez en la historia del vestido humano, el grado cero de la indumentaria. 

«La vestimenta más sencilla», observa Teufelsdröckh, «que he encontrado mencionada en la Historia es la utilizada como uniforme por la caballería de Bolívar en las recientes guerras de Colombia. Se provee una frazada cuadrada de unos tres metros y medio de lado: en el centro se le practica un corte de unos cuarenta y cinco centímetros de largo; a través de él, el soldado, desnudo como Dios lo trajo al mundo, introduce la cabeza y el cuello, y así cabalga protegido de toda inclemencia del tiempo y, en la batalla, de no pocos golpes (pues la enrolla sobre el brazo izquierdo). De ese modo queda no solo vestido, sino pertrechado y drapeado».

—En Sartor Resartus, de Thomas Carlyle.

 

Madera fina

—Cuidado, se quema —le dijo un senador a Esmeralda Arboleda.

Sin perder el aplomo, ella le respondió:

—¿Y como por qué? Las esmeraldas nunca se queman.

—Pero los bosques sí.

*Tradición oral colombiana

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