ETAPA 3 | Televisión

Un mar sin horizonte

7 de septiembre de 2025 - 5:20 pm
El mar puede ser deseo, hastío, recuerdo. Y en Medellín —donde horizonte significa expansión y, en consecuencia, plata— puede ser un simulacro: un mar inmediato, aséptico, sin mitos. Un mar diseñado para el consumo, controlado.
Horizontes, 1913 de Francisco Antonio Cano (intervenido con una escena de mar).
Horizontes, 1913 de Francisco Antonio Cano (intervenido con una escena de mar).

Un mar sin horizonte

7 de septiembre de 2025
El mar puede ser deseo, hastío, recuerdo. Y en Medellín —donde horizonte significa expansión y, en consecuencia, plata— puede ser un simulacro: un mar inmediato, aséptico, sin mitos. Un mar diseñado para el consumo, controlado.

Hay dos textos sobre el mar que me gustan por motivos diferentes. El primero es un poema: «Balada del mar no visto», de León de Greiff. El segundo, un ensayo: «El mar», de Margarita García Robayo.

El poema de León habla sobre el mar no conocido, sobre el mar imaginado, sobre el mar recorrido por los ancestros y contado de generación en generación, como las aventuras de héroes mitológicos.

Mis ojos
–vigías horadantes, fantásticas luciérnagas;
mis ojos avizores entre la noche; dueños
de la estrellada comba;
de los astrales mundos;
mis ojos errabundos
familiares del hórrido vértigo del abismo;
mis ojos acerados de vikingo oteantes;
mis ojos vagabundos
no han visto el mar…

El ensayo de Margarita, en cambio, habla sobre el mar visto hasta el hartazgo: el paisaje de la infancia, omnipresente, que se carga a cuestas la vida entera allá donde uno se mude luego.

Hubo un tiempo, el primero de todos, en que el mar era un territorio próximo, familiar y rutinario. Sacarse la ropa y los zapatos, caminar dos, tres metros y zambullirse. (…) Después vino el hastío, semana tras semana: otra vez el mar. Qué raro que un charco de agua infinita provoque pasmos de poesía. Al próximo poeta que proponga un verso sobre el mar, córtenle los dedos de un tajo y que lo escriba con sangre.

El mar de León es un mar melancólico, conectado al deseo; a la frustración de ese deseo, mejor. Y el mar de Margarita, inseparable de la historia familiar, es un mar opresivo, que aburre, primero, de tan repetido, y luego duele.

El horizonte es común a los dos mares, sin embargo.

El horizonte imaginado, en uno. El horizonte desgastado, en otro. Un mar sin horizonte no tiene ningún sentido. Un mar sin horizonte no es un mar. El horizonte es el pliegue de una misma cosa. Que es mar y cielo. O llanura y cielo. O fin del camino y cielo. Y ese pligue es triste o feliz o terrorífico o abrumador. Reconforta o repele. Cansa o estimula. Es salvación y precipicio.

***

Medellín es una ciudad sin horizonte.

Ahí, donde uno se pare, hay siempre un edificio que obstruye la mirada. Y si la mirada logra escapar por los intersticios, por los espacios que dejan los bloques de hormigón, más allá, donde debería encontrar el horizonte, emerge, insalvable, una montaña.

Horizontes, la pintura de Francisco Antonio Cano, tiene entonces para mí un sentido involuntariamente irónico. Un campesino, acompañado de su esposa, señala algo que no puede ser contenido por el cuadro: el horizonte. Los horizontes. En plural. A falta de un horizonte, varios. Muchos. Infinitos. Tantos como puedan ser conquistados por el hacha y la gesta colonizadora antioqueña. Horizontes por la fuerza. Bosques arrasados por la mano del hombre. Como si fuera posible. Pero lo es. Así lo pintó Cano, al menos. Y Cano recogió en ese cuadro un espíritu colectivo. Por eso el cuadro es tan famoso. Tan apreciado en estas tierras.

En la lengua paisa, en el español muy particular de Medellín, horizonte significa expansión. Ir más allá. Horizonte es una acción: aventarse a lo desconocido a riesgo incluso de la vida, pero bajo la premisa de progresar. Ser mejores. Es decir, hacer plata. ¿Para qué? Para hacer más plata, por supuesto, que luego, invertida con inteligencia, pueda convertirse en más plata todavía, y así hasta tener una montaña de plata o dos o tres… Una tontería.

***

Hace unas semanas el alcalde de Medellín hizo un anuncio:

«Medellín», dijo, «por fin tendrá mar».

Y explicó la obra gigantesca que empezaría pronto, y terminaría no me acuerdo cuándo, cuyo objetivo era modernizar obras viejas que necesitan atención y agregar otras nuevas también indispensables para los habitantes de la ciudad. Como un mar artificial.

«Es lo único que nos falta», dijo.

El mar.

Un complejo de piscinas con olas y arena traída imagino que de las playas de Urabá o de una fábrica de playas en algún lugar cercano a Medellín.

Crecer sin horizonte afecta la mirada.

La limita.

Y si uno no aprende a mirar para adentro, a encontrar el horizonte personal, como León de Greiff, corre el riesgo de convertirse en alcalde de Medellín.

***

Mi mar, el mar que solo me pertenece a mí y a nadie más, está un poco a mitad de camino del mar de León de Greiff y el mar de Margarita García.

Crecí en Chigorodó, un pueblo del Urabá antioqueño, a una hora de la playa. Era fácil ir al mar, pero no lo conocí sino hasta que tuve más o menos quince años. Algunos amigos de Medellín y Bogotá conocieron el mar, incluso el mar de Urabá, mucho antes que yo. Tienen fotos de recién nacidos junto al mar, en los brazos de sus madres insoladas y felices. Mis amigos dicen:

«Desde entonces voy al mar a encontrarme conmigo mismo».

O:

«Estoy tan estresado que creo que necesito mar y playa».

O:

«¿No te están dando ganas como de mar?».

Y no.

Nunca lo he echado en falta.

Al mar.

Como lo tenía tan cerquita, no lo anhelaba. Me había acostumbrado a su presencia, por el calor, por la humedad, por las tempestades tropicales, pero no sentía que fuera necesario verlo. Como un familiar enfermo que no sale de su cuarto. Pero uno sabe que está ahí. Que respira. Que come. Que vive. Porque a veces tose. El mar estaba ahí. O yo estaba ahí para el mar. Porque quizá el familiar enfermo era yo.

Nunca me interesó el mar. Ir al mar, quiero decir. Bañarme en el mar. Conmoverme con el atardecer que cae sobre el mar. Jurarle al mar nuevos comienzos. Tener una fiesta junto al mar con mis amigos. Besar a alguien frente al mar. Que frente al mar me rompieran el corazón. O curarme el corazón roto en una temporada junto al mar. Bailar en una choza al pie del mar. Irme a descansar al mar. Meditar con el sonido de las olas. Encontrarme en el mar conmigo mismo. Encender una fogata en la playa y brindar por el futuro.

Sin embargo, era imposible ignorarlo.

Al mar.

Hace parte de mi historia.

De mi carne.

De mis huesos.

De mi sangre.

Por el mar llegaba el bocachico fresco del Atrato que a mi mamá le encantaba preparar. Del mar traían electrodomésticos baratos, de contrabando, que mi familia estrenaba con frecuencia. Por el mar se iba casi todo el plátano que mi abuela cosechaba en su finca en Currulao. Y ese mismo mar arrojó dos ahogados conocidos: un niño que vivía a la mitad de la cuadra —le decían Totico— y una niña a tres casas de la mía, Natalí. A Totico no lo lloré porque estaba tan pequeño, yo, que no entendía muy bien lo que había sucedido. Natalí era mi mejor amiga. Mi mamá me dijo, un lunes festivo, que Natalí se había ahogado en Necoclí. Y que la traían en camino. Y durante ese día y esa noche estuve más bien impresionado con la idea de que alguien que quería fuera capaz de morirse así no más. Tan fácil. Era ridículo. De manera que estuve como pasmado, incrédulo de la muerte, y me puse a hacer lo que hacía siempre, ver televisión, por ejemplo, o pelear con mi  hermano por cualquier cosa o hacer las tareas del colegio, y me sorprendí en algún momento riendo a carcajadas, no por la muerte de Natalí, sino por algo más que no recuerdo ahora. Por un chiste, a lo mejor. Y me reí tanto que mi mamá tuvo que asomarse por la puerta y decirme: «¿Usted es que no respeta, José Andrés?». Y sentí remordimiento por no respetar, como dijo mi mamá, y por no ser capaz de entristecerme como era debido. Pero al otro día, durante la misa del entierro, con el ataúd de Natalí exhibido frente al altar de la iglesia, empecé a llorar de pronto, sin anticiparlo, y me ahogaba de lo mucho que lloraba y creo que no paré de hacerlo por dos semanas, hasta en las noches, hasta en los sueños en los que Natalí venía a visitarme y a decirme que estuviera tranquilo, que no llorara más, que ella estaba bien. Natalí se había muerto. No volvería a verla. Ni a jugar con ella. No volvería a oír su voz. Ni a decirle que se fuera para su casa, porque me estaba fastidiando. Se la había llevado el mar. El mar era el lugar que se llevaba a las amigas. Un lugar terrible.

¿Y el horizonte?

Una angustia.

Un umbral que menos mal está muy lejos.

***

Nada parecido podría suceder en el mar de Medellín. Y quizás sea algo positivo. Es un mar seguro. Aséptico. Diseñado para el consumo. Un mar con poca probabilidad de llevarse a las amigas. Que satisface un deseo urgente. Un mar para decir quiero ir al mar y hacerlo de inmediato. Un hecho. No una elucubración de la nostalgia. Sin traumas familiares vinculados. Sin versos de poetas malos o poetas buenos. Un mar sin poetas. Sin contrabando. Sin bocachicos del Atrato. Sin Atrato. Sin desembocadura. Sin encuentro de dos aguas. Sin manglar.  Sin olores peculiares. Sin restos de selva varados en sus playas. Sin olas que vuelcan pangas en las tardes de marea embravecida. Sin aventuras. Y por lo tanto, sin aventureros. Sin naufragios. Sin tesoros sumergidos. Sin mitos. ¿Eso para qué? Un mar a un metro de distancia. A un viaje en metro, quiero decir. Pero, pensándolo bien, también lo otro: un mar cercano. A un paso. Una simulación de mar. Un mar que sirva de mar para muchos que no tengan mares personales. Un nuevo lugar común. Sin soles rojos que se esconden en la distancia. Ni lunas gigantescas espejadas. Sin ese exceso de manierismo. Al menos no ese manierismo. Una imitación de mar. Un mar controlado. Un mar perfectible. Con cifras de visita más exactas que sirvan en el futuro para hacer otros mares similares. En cada comuna. Un mar prototipo. Un plan piloto de mar. De política pública. Un mar para la paz. Un mar con escalera eléctrica y grafitis. Un mar con Metrocable y rutas integradas. Un mar con Wifi gratis. Un mar moderno. Del siglo XXI. Un mar resiliente. Un mar que permita decir: «En Medellín ya no matan tanta gente». O: «Medellín es más que Pablo Escobar». Con mantenimiento periódico. Con desagüe. Con cloro. Un mar sin aguamala. Sin orina en picaduras urticantes. Un mar sin horizonte.

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