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Viaje a las entrañas de Bogotá y Medellín

3 de junio de 2026 - 2:30 pm
Con traje de fontanero, respirador con filtros y cámara en mano, el artista Mauricio Carmona Rivera se internó en los subsuelos de Bogotá y Medellín para conocer sus vestigios arquitectónicos. Katabasis, la exposición que inaugurará este 4 de junio en la Galería Santa Fe, muestra cómo aquello que solemos asociar con descomposición y desecho puede adquirir una extraña apariencia sacra.
Katabasis
Sótanos de la Avenida Jiménez, en Bogotá. Foto de Andrés Carmona Rivera.

Viaje a las entrañas de Bogotá y Medellín

3 de junio de 2026
Con traje de fontanero, respirador con filtros y cámara en mano, el artista Mauricio Carmona Rivera se internó en los subsuelos de Bogotá y Medellín para conocer sus vestigios arquitectónicos. Katabasis, la exposición que inaugurará este 4 de junio en la Galería Santa Fe, muestra cómo aquello que solemos asociar con descomposición y desecho puede adquirir una extraña apariencia sacra.

«A mis ojos volvió el deleite
apenas salí del aire muerto». 

Dante Alighieri, Comedia. Purgatorio, canto I. 

En un muro manchado por la humedad y alumbrado por una luz ámbar hay una composición de simetría casi perfecta: dos superficies inclinadas descienden en diagonal hacia el centro y, en los extremos, unos plásticos negros cuelgan como cortinas fúnebres. Todo conduce la mirada hacia una figura vertical que evoca la fachada de una capilla medieval sepultada bajo el ladrillo y el concreto. En los sótanos de la Avenida Jiménez, a cuatro metros bajo tierra en el centro de Bogotá, hay imágenes como esta: restos de arquitectura subterránea que, vistos por Mauricio Carmona Rivera (Medellín, 1982), adquieren un aspecto de cripta.  

 La palabra Katabasis proviene del griego antiguo y significa descenso. También es el título de la videoinstalación —o de la arqueología urbana audiovisual, como la llama el artista—que abrirá este 4 de junio en la Galería Santa Fe, en Bogotá. Carmona Rivera llevará a la superficie símbolos y texturas del mundo de abajo: eso que solemos imaginar como podredumbre, suciedad, abandono, desecho, pero que también guarda un misterio.  

 Carmona Rivera no llegó al subsuelo por una ocurrencia conceptual. Este artista plástico, historiador y realizador audiovisual, ganador del Premio Luis Caballero en 2024 por una videoinstalación que mostró las dinámicas de diferentes estaciones del Metro de Medellín, ha construido su obra alrededor de las capas ruinosas de la vida urbana y de los llamados patrimonios incómodos: construcciones que las ciudades eliminan para imponer nuevos relatos oficiales, como ocurrió con la demolición del Edificio Mónaco en Medellín, donde vivió Pablo Escobar con su familia. Antes del 27 de marzo de este año, cuando empezó en Bogotá el rodaje de Katabasis, llevaba años investigando sobre la importancia de la memoria enterrada. 

Katabasis 2
Interceptor Tunjuelo-Canoas, concebido para el saneamiento del Río Bogotá. Foto de Andrés Carmona Rivera.

La transformación urbana de su propia ciudad encendió su curiosidad. En conversaciones con Luis Fernando González Escobar, curador de Katabasis, entendió que Medellín renueva su fachada urbana cada treinta años. Al estudiar ese ciclo de demoler, reconstruir y mostrar una nueva cara, tuvo una intuición: mientras arriba casi todo cambia, abajo casi todo permanece. En el subsuelo siguen los tubos, los arcos, las bóvedas, los túneles, los colectores, los puentes, los pozos, los disipadores de agua: vestigios estructurales y arquitectónicos de siglos atrás. Donde otros solo vieron dispositivos hidráulicos, obras valiosas para la ingeniería civil colombiana, Carmona Rivera reconoció una experiencia estética sobre los vestigios de lo subterráneo.  

 Katabasis explora diferentes arquitecturas ligadas al agua. El artista describe el recorrido de la exposición como una espiral: empieza en Bogotá, en un puente abandonado de arcos ojivales cerca de la superficie del Río San Francisco; baja hacia el subsuelo del Bronx Distrito Creativo; continúa en el Desarenadero de Medellín, una antigua estructura hidráulica construida a finales del siglo XIX para decantar el agua antes de conducirla a las fuentes públicas de la ciudad; sigue en el Interceptor Tunjuelo-Canoas, una obra terminada recientemente para el saneamiento del Río Bogotá; y culmina en la alcantarilla máxima de la quebrada Roosevelt. Esa ruta reúne las topografías olvidadas de las ciudades que dejamos por fuera de nuestra imaginación.  

Cada inmersión en el subsuelo exigió una operación logística: permisos de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá y de la Secretaría de Medio Ambiente de Medellín, pronósticos del clima, protocolos de seguridad y un equipo de hasta diez personas moviéndose alrededor de una misma entrada. Carmona Rivera se ponía un traje de fontanero, se ajustaba una máscara con filtros para protegerse de los gases, revisaba el nivel del caudal y bajaba. Mientras filmaba, lidiaba con el miedo a resbalarse, a ser sorprendido por una creciente, a ver caer a su hermano, Andrés Carmona Rivera, documentalista, camarógrafo y cómplice de andanzas. 

 En los sótanos de la Avenida Jiménez, Carmona Rivera descendió unos cuatro metros, pero en lugares como el Interceptor Tunjuelo-Canoas bajó hasta ochenta. Allí se sintió prácticamente en otra dimensión. Sustituyó la contemplación pura y el cuidado de los encuadres por el pulso azaroso del momento. Su desafío fue mirar con sensibilidad un lugar que lo obligaba a estar alerta.  

Katabasis 3
Interceptor Tunjuelo-Canoas. Foto de Hugo Herrera.

«Lo más interesante es la coexistencia de estos agujeros negros con los atractivos turísticos. A menos de cien metros del punto donde descendimos, había una fila de turistas para subir a Monserrate. Arriba está la ciudad postal y abajo, un corredor infinito, sin final a la vista», dijo Carmona Rivera a Gaceta en medio del montaje de la exposición.  

Le pregunté qué energía circulaba allá abajo y cómo lo había impactado la experiencia de descender. Intentó ordenar y dar sentido a algo que todavía no termina de asimilar. Durante una hora hablamos de las tradiciones que heredamos del cristianismo, de la noción de inframundo de la cultura griega y de cómo el subsuelo puede ser el negativo de lo que vemos en la superficie. Luego su tono cambió: una pieza había acabado de encajar. «Hay algo de sagrado en ese lugar», me dijo. 

Esa fue su epifanía. En los dispositivos técnicos y en la arquitectura del subsuelo, Carmona Rivera encontró una inesperada correspondencia con las formas religiosas: un disipador de agua podía adquirir el aspecto de un altar; una bóveda o un túnel podían recordar un recinto litúrgico; un canal construido para conducir el agua podía cargar el silencio y el recogimiento de un templo subterráneo. 

Katabasis fue, al final, un viaje arduo con eco espiritual. Partió del imaginario ciudadano de lo sucio, lo fétido y lo residual, y terminó recreando imágenes del inframundo, de lo que podría ser el mundo de los muertos y de las estructuras que soportan nuestras ciudades. En nuestra conversación, Carmona Rivera llegó a otra palabra para describir su experiencia: escatología. Le interesó emplearla porque une dos mundos que solemos separar: los desechos y las postrimerías de la existencia, los excrementos y la vida después de la muerte. «Es como si se me hubiera revelado una verdad oculta en este viaje. Pero no sé qué verdad se me reveló. El caso es que uno ya no vuelve a ver la ciudad de la misma forma en la superficie».  

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