ETAPA 3 | Televisión

Una historia supuestamente verdadera

12 de junio de 2026 - 12:45 am
Jeff Weiss fue reportero de tabloides mientras Britney Spears se desplomaba. Entre luces de neón, su novela Waiting for Britney Spears se adentra en el corazón roto del sueño americano y reflexiona sobre la verdad y la fama en el siglo XXI.
Fotograma del video de «Baby One More Time» de Britney Spears.
Fotograma del video de «Baby One More Time» de Britney Spears.

Una historia supuestamente verdadera

12 de junio de 2026
Jeff Weiss fue reportero de tabloides mientras Britney Spears se desplomaba. Entre luces de neón, su novela Waiting for Britney Spears se adentra en el corazón roto del sueño americano y reflexiona sobre la verdad y la fama en el siglo XXI.

Britney Spears ya era la cara del sueño americano —y la crisis del periodismo que se extiende hasta hoy ya empezaba a definirse— cuando Jeff Weiss (Los Ángeles, 1981), recién graduado de la universidad, por fin encontró trabajo como reportero para una revista de celebridades. Era 2003. Durante los siguientes cinco años, Weiss recorrió fiestas, alfombras rojas y el lado más sórdido de la noche angelina a la espera de Britney. Mientras lo analógico le abría paso a lo digital y Estados Unidos se agrietaba, él observó atentamente la caída de la cantante que se inmortalizó en el panteón del pop con éxitos como Baby One More Time. El acoso de los paparazzi amplificó toda esta tragedia. Weiss tomó atentas notas desde la primera fila de aquel espectáculo aberrante: algún día escribiría sobre todo esto.

En junio de este año, Weiss publicó su primera novela: Waiting for Britney Spears (MCD Books), una pesadilla de neón que retrata el declive de un país reflejado en el de su ídolo dorado. El narrador es un reportero deslumbrado por Britney —«Sentí como si acabara de ver nacer un cometa», dice cuando la ve por primera vez—, y, a la vez, atormentado por la degradación moral que impulsan los tabloides. Así que, durante cinco años, a falta de un trabajo con menos contradicciones éticas, la busca en todos lados: en la mansión Playboy, en una discoteca de Las Vegas distorsionada por una pastilla de éxtasis, en sus bodas, en el nuevo bar de moda. La busca y la espera. Con la misma combinación de análisis profundo y lenguaje pirotécnico que lo elevó como uno de los grandes periodistas del hiphop de este siglo, Weiss se hunde en el torbellino de la fama, en un aparato de vigilancia cultural cada vez más efectivo, para plantear una pregunta: ¿qué le pasó a la última gran estrella del pop?

«El sueño reluciente fue destruido primero por intención, luego por diseño. Ella se resistió al confinamiento dorado y le prendió fuego a la fantasía de plástico, pero había espías y cámaras en cada esquina. Y todos estaban listos para sacar tajada», escribe Weiss en las últimas páginas. Y aun así, no hay una respuesta definitiva. El subtítulo de Waiting for Britney Spears es A true story, allegedly: desde la portada, el libro ya duda de los términos con los que los medios crean verdad y la separan de la ficción, al mismo tiempo que se cubren ante la incertidumbre. Para Weiss, se trata, precisamente, de que no podemos saber todo lo que pasó; en más de una ocasión, ha descrito su libro como «un manifiesto sobre la imposibilidad de conocer la verdad exacta de cualquier cosa, especialmente de aquello que se refracta y distorsiona a través del lente de los medios electrónicos».

Weiss publicó un reportaje en el Washington Post sobre la Generación Beat en 2017. Recuerda que cuando entrevistó a la poeta Diane Di Prima, su esposo le dijo que no le preguntara por su libro Memorias de una beatnik: ella solo lo había firmado luego de que su editor le pagara el doble, y así como había partes verdaderas, otras eran ficción. Esa fue la base que le permitió a Weiss encontrar un rumbo para su proyecto de libro, que aguardaba en las esquinas de su mente desde que trabajaba como reportero para tabloides como Star. Bajo la influencia gonzo de Hunter S. Thompson, los instintos de Eve Babitz —cronista por excelencia de la vida social de Los Ángeles en la década de 1970—, la perspectiva de Nick Carraway como narrador de las hazañas y desgracias de Gatsby en la novela de F. Scott Fitzgerald y el filtro posmoderno del detective Doc Sportello en Vicio propio, del enigmático Thomas Pynchon —obra que Paul Thomas Anderson llevó al cine: Joaquin Phoenix interpretó a Sportello—, Weiss construyó su propio dispositivo narrativo, que le permitió ir más allá de las categorías de ficción y no ficción. A true story, allegedly.

Waiting for Britney Spears abre distintos frentes para reflexionar sobre la verdad y su valor social. Por un lado, la editora del protagonista defiende la ética de los tabloides —por mordaces e invasivos que puedan ser, no reportan abortos ni muestran fotos de menores— y, sobre todo, defiende la verdad que cuentan: «La única alternativa sería un sinfín de artículos aduladores o mentiras aprobadas por los artistas». Por otro lado, Britney lanza su propio reality para contrarrestar los abusos de los paparazzi y la presión de las expectativas, con la esperanza de que el público prefiera su verdad auténtica sobre los relatos fabricados y exagerados de los tabloides; el resultado es desastroso. «Detestaba la imagen idealizada que se había visto obligada a habitar desde los dieciséis años, pero se equivocó respecto a cómo sería percibida sin filtros», escribe Weiss, y así traza una proyección de la autorrepresentación en redes sociales dos décadas más tarde.

Uno puede leer Waiting for Britney Spears como una pieza aguda de crítica musical, las memorias de un periodista que buscaba integrarse a un mercado laboral cada vez más precarizado, la transición entre el final del siglo XX tangible y el inicio del XXI electrónico, un registro de las tendencias más altisonantes de la moda dosmilera o las bases de la cultura digital cuyas consecuencias vivimos hoy. El libro acaba en 2008, cuando Britney Spears quedó bajo la tutela de su papá —que así puede protegerla y controlarla— y el protagonista abandona, por fin, su trabajo, para apostar por un futuro distinto. Fue el mismo año en el que el iPhone llegó al mercado y, con él, la posibilidad de que todos tuviéramos una cámara en el bolsillo.

En 1998, Liam Gallagher —vocalista de Oasis— fue arrestado en Londres luego de romperle la cámara y darle un puño a un intrépido paparazzo llamado Mel Bouzad. Durante los cinco años que Weiss cubrió la farándula de Los Ángeles, Bouzad fue su mentor, compañero y conductor y fuente de dolores de cabeza; ya era uno de los paparazzi más exitosos de toda la ciudad. En el libro, Bouzad se llama Oliver: «Nos hemos devorado a nosotros mismos», lamenta cuando TMZ ya ha devaluado todo el sistema de tabloides. «Somos como ratas en un puto barril, y yo no quiero ser de los últimos que siguen peleando por sobrevivir. Al final, solo serán don nadies tomando fotos de celebridades en la calle, o las estrellas montando escenas falsas para subirlas ellas mismas. Van a eliminar al intermediario». Ya estábamos de camino a que todos fuéramos al mismo tiempo paparazzi, celebridades y audiencia en el nuevo tabloide sin intermediario: Instagram.

Sobre la verdad, la honestidad, los tabloides y Donald Trump, hablé con Jeff Weiss.

Waiting For Britney Spears (2025), Jeff Weiss. Mcd Books.

¿Cómo te acercaste a la noción de verdad durante la escritura del libro?

Me inspiré en Rashomon, la película de Kurosawa. Por eso, cada escena del libro podría tener versiones distintas, cada una con sus sesgos: la de los paparazzi, la del reportero y la de la celebridad. Y luego está la escena refractada digitalmente en la pantalla o la sala de alguien más. De hecho, consideré si tenía sentido entrevistar a más personas que vivieron el fenómeno de Britney Spears en vivo y en directo, pero rápidamente entendí que, en un caso tan complejo, la «verdad» inevitablemente está contaminada, y el paso del tiempo no solo diluye la memoria, sino que la altera. Entonces lo fundí todo en un relato que no le debía lealtad a una idea imposible de la verdad absoluta, sino a una especie de verdad espiritual. Los hechos importan, claro. Pero la honestidad es lo fundamental, es lo más cerca que uno puede estar de la verdad hoy en día.

Entre Instagram, el régimen de influencers y la crisis de los medios, ¿cómo interpretas todo lo que pasó desde 2008?

Los tabloides fueron remplazados por Instagram. Antes, Us Weekly nos mostraba que las celebridades eran como nosotros, y así sus páginas podían ser también un marketplace para que las celebridades promocionaran productos pautados: maquillaje, ropa o suplementos dietéticos. Entonces el camino estaba listo para los influencers, hay una conexión directa. Y de los tabloides también viene la posibilidad de ser famoso por ser famoso, como Paris Hilton. De ahí vienen los influencers. La fama es el único commodity que persiste hoy en Estados Unidos.

Algunas de las personas más inteligentes que he conocido eran fact-checkers para el Us Weekly. A pesar de todo, los tabloides tenían estándares. A veces acertaban, a veces se equivocaban, pero casi siempre había al menos algo de verdad en sus artículos. Lo que sus historias no tenían eran varias dimensiones, matices. Y al final, todos estos medios impresos sucumbieron ante TMZ, que puede ser el medio más influyente de este siglo: transformó nuestra percepción de qué es una noticia, y retó la frontera ética de lo que se podía cubrir, y cómo.

Hoy estamos atrapados en este mundo de constructos tecnológicos que pusieron barrotes a nuestro alrededor. Antes había un montón de revistas y ahora hay muy pocas; había un montón de canales y ahora hay cuatro servicios de streaming. Vivimos en un mundo donde la información es infinita y, sin embargo, nunca había sido tan estrecha, constreñida e insulsa. Ya ni siquiera tenemos filtros humanos, ahora es el algoritmo diseñado para satisfacer nuestros instintos más básicos el que decide, el que recompensa nuestra atrofiada capacidad de atención. ¿No te parece raro? Resultó que la supercarretera de la información tenía un solo carril.

Tú propones a Britney como símbolo del sueño americano, y su caída como reflejo de una desilusión nacional de ese mismo sueño. ¿Qué nos dice su historia sobre la relación de Estados Unidos con sus celebridades?

Ya fuera por salud mental, la presión de la fama, los paparazzi o por su papá, podemos estar de acuerdo en que algo salió muy mal con Britney Spears, y terminó crucificada por nuestro deseo de entretenimiento. Era dulce, talentosa, bonita, del sur del país, que mostraba todo lo que era posible en Estados Unidos. Por eso sobrevive cierta idea nostálgica de su inocencia: como país, anhelamos volver a ese jardín del edén, antes de que todo se rompiera, aun si en el supuesto edén ya se veían las grietas. El libro retrata cómo aceptamos que todo era aceptable —incluyendo la destrucción de las celebridades— para saciar nuestra sed de sangre, nuestro júbilo gladiatorio. Y como país, como sociedad, no nos hemos recuperado.

Jeff Weiss (Los Ángeles, 1981) es el fundador y editor del blog Passion of the Weiss. Ha colaborado con medios como Pitchfork, GQ y The Washington Post. La revista Rolling Stone lo incluyó en su lista de los cincuenta personajes que que le darán forma al hip hop de los próximos cincuenta años. Waiting for Britney Spears (2025) es su primera novela. Foto de Krista Schlueter.
Jeff Weiss (Los Ángeles, 1981) es el fundador y editor del blog Passion of the Weiss. Ha colaborado con medios como Pitchfork, GQ y The Washington Post. La revista Rolling Stone lo incluyó en su lista de los cincuenta personajes que que le darán forma al hip hop de los próximos cincuenta años. Waiting for Britney Spears (2025) es su primera novela. Foto de Krista Schlueter.

Si la caída de Britney coincidió con el fin de la monocultura que hizo posible un fenómeno como el suyo —en el que una sola persona podía acaparar todas las portadas—, ¿qué implica ser una superestrella hoy? ¿Puede resurgir un fenómeno tan masivo?

Yo creo que la última celebridad de la monocultura fue Taylor Swift. Desde entonces, todo se ha atomizado. Mr. Beast probablemente es uno de los diez estadounidenses más famosos ahora mismo, pero si lo pones en una calle, el 80 % del país no lo reconocería y el 20 % se moriría de la emoción al verlo. ¿Sabes quién tiene la canción más popular de Estados Unidos ahora mismo [según Billboard]? Lo acabo de googlear. Es Alex Warren y la canción se llama Ordinary. Nunca había escuchado de él y nunca he escuchado la canción, y eso que dirijo un medio de periodismo musical. En la época de Britney, yo no tenía sus discos, pero me sabía todos sus sencillos. Y ese nivel de ubicuidad cultural es ajeno a este mundo, no existe. Ahora todos tenemos nuestra tribu y nos aislamos del resto. Addison Rae es la nueva estrella pop. Escuché su disco y me pareció muy bueno, pero en el top cien de Billboard solo hay una de sus canciones. Una persona promedio en Colombia seguro no la reconocería, pero en el 2000 sí habría reconocido a Britney, obviamente, pero quizás también a Christina Aguilera.

Por lo que muestra el libro, Donald Trump era una presencia constante en los tabloides de los años 2000. ¿Esa fama, esa espectacularidad ruidosa, tuvo algo que ver con su llegada a la Casa Blanca?

Donald Trump fue, sin duda, el primer presidente producto de los tabloides. Aparecía en esas páginas al lado de Britney o de Pamela Anderson, era una yuxtaposición muy interesante. Él se apoyó en los tabloides para hacerse famoso, y, como megalómano obsesionado con la publicidad, entendía cómo usarlos. También es el primer presidente influencer. Puede que sea el primer influencer y Paris Hilton la segunda: sus familias eran cercanas. Si a los tabloides les faltan matices y sutileza, Trump es el antónimo de los matices y la sutileza. Además, Trump fue una de las primeras estrellas de los reality shows —otro resultado de nuestra obsesión por la verdad— y así creó la noción de que era un gran hombre de negocios. Ya lo hacía desde El arte del trato, pero con El aprendiz se convirtió en una gran figura nacional. Creo que esa percepción de él como un genio de los negocios jugó un rol en su victoria en las elecciones.

Los géneros o etiquetas literarias también están obsesionadas con la verdad: ficción, autoficción, no ficción. Parece que te quisiste zafar de todo eso, ¿no? ¿La historia que querías contar no cabía en esos marcos?

En el libro hay influencias de la generación Beat y de Hunter S. Thompson, así como de Herman Melville y Henry Miller: hoy se diría que todos ellos escriben autoficción. Pero ¿cuánto de lo que escribió Truman Capote en A sangre fría es verdad? Tom Wolfe escribió Ponche de ácido lisérgico, un libro de no ficción, como si hubiera estado en ese bus, pero no. Y sé que David Foster Wallace se inventaba cosas para Harper’s. ¿Estaba mintiendo? No sé, seguramente quería construir otro tipo de verdad. Entonces, yo quise mezclar todos estos antecedentes para lograr una suerte de novela noir en Los Ángeles, en la que el periodista ocupa el lugar del detective. Y a esas influencias se sumó la naturaleza de los tabloides, que difuminaban el límite entre los hechos y la ficción.

Podemos hablar también de los realities, que se presentan como verdaderos y reales, pero sabemos que tienen un componente ficcional. Pasa lo mismo con el rap: nadie les pregunta a los raperos, que son escritores, si sus letras son «verdaderas»; entendemos que quizás algunas de las cosas que cuentan le pasaron a un amigo, o quizás se las inventaron. Pero, al final, o le crees o no le crees al personaje. Es un tema de autenticidad. En mi libro, como en el gangsta rap o cualquier tipo de rap, el protagonista es una versión del autor. Pero no le quería poner nombre. Eso lo hizo antes John Rechy en City of Night, que fue una influencia totémica para mí.

Al final, fue liberador no tener que escribir o mis memorias o una novela totalmente inventada. De la forma en que lo hice pude lograr algo más acertado. ¿Que si todo lo que pasa ahí es cien por ciento verdadero? Bueno, eso es lo bonito. La vida está llena de zonas grises. Y en el libro, las zonas grises son rosadas.

Al final, si los tabloides se obsesionaban con la «verdad», y rompían todos los límites éticos para conseguirla, quizás en la ficción haya unos caminos más libres para acercarnos a una parte de la verdad, ¿no?

Estoy totalmente de acuerdo. Por eso, con este libro intenté hacer una canción de pop, aunque por lo largo más bien es como un tema de prog rock. Siempre he querido escribir ficción precisamente porque quiero decir la verdad. Y el periodismo a veces se siente muy limitado en ese aspecto. La ficción que me gusta puede ser más honesta y auténtica frente a la vida.

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