Van por el agua. Aunque allí solamente existe en escasos depósitos de hielo en el interior de profundos cráteres a donde no llega la luz del sol. Van por el helio. Aunque para cosechar apenas unos gramos de átomos del que promete convertirse en una fuente inagotable de energía hace falta purificar cientos de miles de toneladas de suelo lunar. En realidad, van por algo más valioso. Algo intangible. Algo que los humanos han buscado durante toda su historia de expansión sobre la Tierra y que ahora persiguen en el espacio.

Hace algunas semanas, cuatro miembros de nuestra especie llegaron más lejos de la Tierra que nunca antes. Los estadounidenses Reid Wiseman, Victor Glover y Christina Koch y el canadiense Jeremy Hansen, tripulantes de la cápsula Orión de la misión Artemis 2, se convirtieron en los primeros humanos en sobrevolar la Luna después de más de medio siglo. Sin embargo, su misión es distinta a la de las misiones Apollo de la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio de Estados Unidos (NASA), que entre 1968 y 1972 llevaron a 24 astronautas a la órbita del satélite natural de la Tierra y permitieron que 12 de ellos caminaran sobre su superficie. En lugar de buscar ser los primeros en la Luna, su objetivo es no ser los últimos.
Para el momento del último alunizaje tripulado, en diciembre de 1972, los costos del programa Apollo se habían hecho insostenibles. Su objetivo principal, llegar a la Luna antes que los soviéticos, había sido cumplido. Necesidades más apremiantes, como la estabilización de la economía, la reducción de la pobreza y la intervención en Vietnam, marcaron la agenda de la administración de Richard Nixon. Las misiones Apollo 18, 19 y 20 fueron canceladas y el presupuesto de la NASA se redujo abruptamente. El enfoque del programa espacial tripulado pasó de explorar la Luna a una presencia humana continuada en la órbita de la Tierra, a menor costo.
A pesar de que su viaje no duró más que una decena de días, los astronautas del programa Apollo experimentaron pérdida muscular y debilitamiento óseo debido a la ausencia de gravedad. Sin la fuerza que en la superficie de la Tierra nos atrae hacia el suelo, los líquidos en sus cuerpos cambiaron su distribución, hinchándoles la cara, nublando su visión y produciéndoles náuseas. Aún con los ojos cerrados o en la oscuridad veían destellos, la manifestación de las partículas cargadas que surcan el espacio por fuera de la influencia del campo magnético terrestre. Si algún día los humanos pretendían llegar más lejos, tenían que aprender sobre el comportamiento de sus cuerpos por fuera de su planeta.
En 1971, la Unión Soviética instaló en la órbita terrestre la Salyut 1, una cabina cilíndrica del tamaño de una buseta originalmente diseñada para el programa soviético de alunizaje. Aunque la misión que la ocupó durante 24 días terminó en tragedia, con el fallecimiento de tres cosmonautas durante su reingreso a la Tierra, Salyut marcó el inicio de la historia de las estaciones espaciales humanas. En 1973, la NASA empleó material sobrante del programa Apollo para construir el Skylab, una estación espacial que permaneció en órbita durante 24 semanas, albergando a tres tríos de astronautas. Hacia mediados de la década de los setenta, lo que sucedía por fuera de la Tierra se convirtió en una válvula de escape para las tensiones de la Guerra Fría cuando millones de personas vieron por televisión cómo una nave espacial estadounidense del programa Apollo se acoplaba a una cápsula soviética Soyuz. A unos 200 kilómetros de la superficie de la Tierra, los astronautas Thomas Stafford y Alexey Leonov se dieron la mano en el momento cumbre de la primera misión espacial internacional. Fue el primer antecedente de la Estación Espacial Internacional, la colaboración entre Estados Unidos, Rusia, Japón, Canadá y Europa que ha permitido la presencia humana continua en el espacio durante los últimos veinticinco años.

Mientras por un lado el apretón de manos enviaba un mensaje de esperanza para la humanidad, por el otro el desarrollo de satélites militares de las dos potencias aumentaba la tensión. Los primeros sistemas de vigilancia desde el espacio, que dependían de películas fotográficas análogas, dieron paso a cámaras digitales que podían enviar imágenes en tiempo real a la Tierra a través de señales de radio. Para la década de 1980, el primer sistema de posicionamiento global, Navstar, permitía guiar armas y tropas usando información adquirida desde el espacio. Satélites con la capacidad de detectar luz infrarroja se convirtieron en la espina dorsal de los primeros sistemas de alerta temprana de misiles. Con el transcurso del tiempo y el final de la Guerra Fría, muchas de las tecnologías que antes eran de exclusivo uso militar se extendieron al mundo de lo civil. Las cámaras digitales están hoy por todas partes, el GPS es una tecnología de uso común y los sistemas de detección de luz infrarroja están tan extendidos que pueden ser empleados para detectar fugas en las neveras, diagnosticar cánceres de piel o producir imágenes de otras galaxias, como lo hace el telescopio espacial James Webb.
Si bien las actividades humanas en el espacio son invisibles para la inmensa mayoría de los habitantes del planeta, hacen parte indispensable de la vida moderna. Colombia cuenta con un solo satélite y no tiene ningún programa espacial nacional. Sin embargo, otras naciones emergentes como India, Brasil y Nigeria impulsan desarrollos espaciales para mantener la soberanía sobre sus telecomunicaciones y monitorear el clima, las cosechas y hasta sus recursos marítimos. Desde predecir sequías y tormentas hasta conectar regiones rurales con urbanas, vigilar fronteras y hacerle un seguimiento a la deforestación, las tecnologías espaciales son un recurso estratégico para cualquier nación y la reciente reducción en sus costos las pone al alcance de países que antes no podían permitírselas.
El desarrollo de cohetes reutilizables, como los producidos por empresas como SpaceX o Blue Origin, ha reducido drásticamente los costos de lanzamiento. Satélites mucho más pequeños y económicos permiten el despliegue de grupos de cientos de ellos que funcionan conjuntamente en redes como Starlink. En el 2018 se lanzaron al espacio alrededor de 450 satélites, sondas, módulos de aterrizaje, naves espaciales tripuladas o componentes de vuelo de estaciones espaciales. En 2025, ese número fue 10 veces mayor. La gran mayoría hace parte de las constelaciones de satélites comerciales estadounidenses. Los más de 15.000 satélites que orbitan alrededor de nuestro planeta en la actualidad podrían convertirse en 50.000 o más antes de finalizar la década.

En dónde se ubican esos satélites y sondas no es casualidad. Aunque el espacio en sí mismo parece infinito, tiene posiciones que otorgan una ventaja relativa a quien logre operar en ellas. Así como en la era de la navegación a vela, entre el siglo XVI y mediados del XIX, el control de lugares como la desembocadura del río Congo, el cabo de Buena Esperanza o el estrecho de Malaca marcaba la supremacía de los imperios, en esta nueva era de exploración cósmica quien controle ciertos puntos neurálgicos tendrá la llave del espacio. En la vecindad de la Tierra, la órbita terrestre baja (LEO, por sus siglas en inglés), con altitudes entre 200 y 2000 kilómetros, es la zona más utilizada y la más vulnerable. Es allí en donde están ubicadas la Estación Espacial Internacional, el telescopio espacial Hubble y la gran mayoría de los satélites artificiales. Más allá, a 35.786 kilómetros de altitud, se encuentran las órbitas geoestacionarias (GEO), en las cuales un satélite se mueve en sincronía con la Tierra, lo que hace que parezca que está fijo respecto de la superficie terrestre. Las GEO, a las cuales Colombia tiene acceso por su posición cercana a la línea del Ecuador, son muy valiosas porque proporcionan un contacto continuo de telecomunicaciones las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Hoy hay unos seiscientos satélites ubicados allí. Más allá de estas dos regiones, la topología del espacio comienza a estar marcada por la atracción gravitacional de otros objetos.
En un sistema de dos cuerpos grandes, como la Tierra y la Luna o el Sol y la Tierra, la fuerza de gravedad produce cinco puntos de equilibrio, los llamados puntos de Lagrange, nombrados en honor al matemático francés Joseph-Louis Lagrange, aunque en realidad fueron descubiertos por su mentor, el suizo Leonhard Euler, alrededor de 1750. En los puntos de Lagrange, la atracción gravitacional de los dos cuerpos grandes y la pseudofuerza centrífuga se equilibran entre sí. Esto significa que allí se puede ubicar un satélite que mantenga su posición usando una cantidad mínima de combustible. El segundo punto lagrangiano (L2) gira en sincronía con el objeto más pequeño, siempre en oposición al más grande. Esa posición en el sistema Sol-Tierra ha sido utilizada para ubicar telescopios espaciales como el James Webb, Gaia y Euclid. Pero, en el sistema Tierra-Luna, había permanecido despejada. En mayo de 2018, la Administración Espacial Nacional de China (CNSA) se convirtió en la primera en ubicar, en el punto L2 del sistema Luna-Tierra, un satélite de retransmisión para mantener contacto en tiempo real con el lado oscuro de la Luna.

El programa espacial de China se remonta a la década de 1950, cuando a través de la colaboración con la Unión Soviética inició el desarrollo de misiles balísticos. En 1970, China fue la quinta nación en poner un satélite en órbita. En 2003, se convirtió en el tercer país en enviar seres humanos al espacio por sus propios medios. Durante las primeras décadas del siglo XXI, los chinos lograron su primera caminata espacial e instalaron su primer laboratorio espacial. Con China, la Luna regresó a los titulares de prensa en 2013, cuando su sonda Chang’e 3 completó el primer alunizaje controlado de un vehículo no tripulado en 37 años, un hito tecnológico que no pasó desapercibido y devolvió a los Estados Unidos el interés que parecía haberse desvanecido tras sus seis alunizajes tripulados. Cuando a finales de 2017 el presidente Donald Trump presentó el programa de política espacial que impulsa las misiones Artemis, era indudable que mantener la supremacía en la exploración lunar era una de sus prioridades.
En enero de 2019, la misión china Chang’e 4, completó el primer alunizaje controlado en la cara oculta de la Luna, en las cercanías del polo sur lunar, donde desplegó un vehículo robótico. Menos de dos años más tarde, Chang’e 5 logró la primera recolección de muestras de suelo lunar desde el despliegue de una sonda soviética en 1976. Ya con un segundo satélite de retransmisión en el punto L2, la misión Chang’e 6 recuperó cerca de dos kilogramos de muestras de la superficie lunar en mayo de 2024. Una nueva misión del programa robótico chino está programada para ser lanzada en agosto de este año. Chang’e 7 buscará completar un alunizaje controlado en las cercanías del polo sur y desplegar un vehículo de exploración (rover) y una pequeña sonda saltarina para inspeccionar el borde del cráter que lleva el nombre del explorador antártico Ernest Shackleton. Ese sitio también es uno de los principales objetivos de Artemis 4, la misión en que la NASA busca nuevamente llevar humanos a la superficie de la Luna antes del final de esta década.
Es cierto que el recurso crítico al que buscan acceder las futuras misiones tripuladas a la Luna es el agua. Es demasiado costoso transportarla en grandes cantidades desde la Tierra, pero si se logra extraer directamente en la Luna, podría alimentar los asentamientos humanos y, al separar sus átomos de hidrógeno y oxígeno, emplearse como combustible para otras misiones. También es cierto que el helio-3, un isótopo raro y no radiactivo que tiene un neutrón menos que el helio que se usa para inflar globos, se ha depositado en la superficie lunar a lo largo de miles de millones de años gracias al viento solar. Su valor actual en el mercado, hasta 20 millones de dólares por kilo, habla por sí solo de su importancia estratégica como componente de los refrigeradores que permiten la computación cuántica y como materia prima para la generación de energía por fusión nuclear. Pero esos recursos, además del titanio, el níquel y otros minerales en la Luna, no sirven de mucho sin el control de los lugares estratégicos que permiten su explotación. ¿Está la humanidad dispuesta a compartirlos?
Vivimos en un tiempo en que las potencias industriales vuelven su vista al espacio y acomodan sus piezas en una nueva dimensión del tablero geopolítico. Justo cuando flagrantes violaciones al derecho internacional como la invasión de Rusia al territorio de Ucrania o los ataques sorpresa de Israel y Estados Unidos contra Irán hacen tambalear la paz mundial, los humanos deben aprender a compartir esa nueva frontera que es el espacio. Esta vez, el escenario es más peligroso que en las laboriosas empresas coloniales del pasado. El espacio es mucho más hostil e indiferente a la presencia humana que cualquier lugar sobre la Tierra.

Yo, como tantos otros alrededor del mundo, seguí con atención la travesía de Artemis 2 y sentí la embriagante emoción de ver a cuatro humanos alejarse del único lugar del universo en que nuestra especie puede vivir y prosperar. En medio de una situación geopolítica muy compleja, que tanto sufrimiento ha causado alrededor del mundo, fue reconfortante escuchar que, al encontrarse más allá de cualquier posibilidad de rescate, los pensamientos de los astronautas se dirigían hacia la unidad de nuestra especie. Tras los 45 minutos de incomunicación, tiempo en que su sonda se encontraba fuera del alcance de las comunicaciones de radio desde la Tierra, la voz de la ingeniera eléctrica y física Christina Koch volvió a escucharse fuerte y clara: «… es maravilloso volver a tener noticias de la Tierra… Cuando iniciamos esta misión, apuntando hacia la Luna, dije que no abandonamos la Tierra, sino que la elegimos. Y eso es cierto. Exploraremos. Construiremos naves. Volveremos a visitarla. Construiremos puestos avanzados científicos. Conduciremos rovers. Haremos radioastronomía. Fundaremos empresas. Impulsaremos la industria. Inspiraremos, pero, en última instancia, siempre elegiremos la Tierra. Siempre nos elegiremos unos a otros».