Amigo
Amigo agonizaba y yo también.
O tal vez no. Pero sí. Era tal cual.
Un cólico vulgar lo había doblegado.
Semejante figura de animal,
el sosiego encarnado, la fortaleza andando,
sudaba en la mitad de una batalla.
Recorría las lindes del potrero, enloquecido,
como si se pudiera escapar del dolor.
Escarbaba la tierra, echándole la culpa.
Después se revolcaba sobre ella,
coceaba al aire repeliendo enemigos invisibles
y le salía espuma por la boca.
Su piel de noche brillante de sudor.
Imagina un dolor del tamaño de un caballo.
Los ijares dolidos, el vientre a reventar,
un respirar de huélfago, el pulso desbocado.
Y de tanto dolor, dice el veterinario,
al fin se le revienta el corazón.
No pudieron salvarlo.
Murió al amanecer del mismo día
en que entraba al quirófano este servidor.
Mi abuelo ganadero, Antonio Abad,
solía decir cuando se le moría un animal:
«Me conmutaron la sentencia en el cielo».
Así se consolaba por sus vacas perdidas,
sus reses, sus novillos, sus terneras.
La vaca había muerto para salvarlo a él,
a un nieto, una sobrina, un familiar.
Un sacrificio antiguo, un ritual campesino.
Lo decía sonriendo, como si dudara,
seguro e inseguro al mismo tiempo,
como un recuerdo que parece un olvido.
A mí, en el quirófano,
con el corazón quieto y los pulmones colapsados,
el cuerpo inerte a 34 grados de temperatura,
me arrancaban la válvula con que nací, aórtica,
y en su lugar me cosían otra
hecha con pericardio de vaca sagrada.
Amigo, mi gran caballo negro,
manso, grande y soberbio, lusitano,
se iba muriendo de dolor
mientras yo me salvaba sin sentir
ni la muerte ni la vida. Sin percibir la nada
de un cuerpo frío que no respira ni palpita.
Al salir de la UCI me lo contaron sin detalles:
«Amigo se murió al amanecer».
Y yo pensé en mi abuelo, don Antonio.
No sé si respiré o suspiré. Y supe, sin creerlo,
que me habían cambiado la sentencia en el cielo.
***
Esa palabra yo
Me figuro una lengua
en la que la palabra yo tenga once sílabas.
No ese yo monosílabo de las occidentales: I, je, ich, io, yo…
sino un yo japonés, oriental y tendido:
«watashi-boku-ore-atashi-sessha».
Un yo que sea un limpio endecasílabo:
«elquenaciodelvientredemimadre»,
por ejemplo, o también
«aquelquevaamorircuandomemuera».
O tal vez otra cosa,
«elquenosabenadadelavida»,
o algo parecido,
«quiensoloseconoceenlosdemás»,
o bastante distinto,
«esequecreeserelmismosiempre».
O a lo mejor este otro,
«unservidorqueinclinalacabeza»,
o, ya exagerando:
«quebesaaustedlasmanosderrodillas».
Pero en vista de que es
una lengua extranjera
aquella que imagino,
incomprensible incluso
para Google Translator,
hay que decir que yo en esa lengua extraña,
ese pronombre que es
el tocayo de todos,
se dice simplemente:
«takabrifumisostopensebira»,
un poco largo, es cierto,
pero me suena bien,
mucho mejor que yo, en todo caso.
***
Biografías
Suppose a boy steals an apple
—Edgar Lee Masters, Spoon River Anthology
¿Recuerdas al muchacho de un poema
de Edgar Lee Masters,
que se había robado una manzana
del mostrador de una tienda
y pillado en el acto
empezaron a decirle ladrón,
el juez, el cura, el tendero
y hasta el padre, ladrón,
todo el mundo a decirle
ladrón, ladrón, ladrón,
y por su fama
no le daban trabajo,
no podía ganarse el pan
si no se lo robaba,
y el muchacho de la manzana
termina convertido en
lo que dicen que es?
Pues así mismo alguien
puede volverse lo que es, lo que será,
porque una vez de niño se sentó
ante la máquina de escribir de su padre e introdujo
una hoja de papel en el rodillo
y escribió estas palabras:
Jasiewiokk erojikepic coq2lokjdooo,
y se las celebraron tanto,
que el juez, el cura, el padre,
las hermanas le dijeron
escritor, escritor, escritor.
Y aquí sigo
fingiendo ser lo que soy o no soy.