Entre las montañas del Cauca, al norte de Popayán, existe una Baviera del trópico: la cumbre donde el etnógrafo alemán Franz Xaver Faust plantó bandera en Colombia. Franz fue un revolucionario del estudio de las culturas indígenas y campesinas del suroccidente colombiano y un observador profundo de las montañas latinoamericanas, que recorrió y pintó desde su juventud en decenas de cuadernos de campo. Tras ser diagnosticado con una enfermedad que terminó minando su movilidad, pensó y dibujó una Bavierita en el Valle de Pubenza para vivir con Cecilia, su esposa. Pero a ella no solo no le gustaba el plan de afincarse en la montaña; tampoco tuvo vida suficiente para hacerse a la idea. Luego de la muerte temprana de su esposa, Franz se internó en la montaña no como un arquetípico ermitaño, sino como un cuerpo anclado al territorio. Allí trazó una cordillera entre la cosmovisión indígena de los Andes y las formas del pensamiento occidental que aprendió en su natal Alemania. Su amigo Mario Delgado cuenta que el interés de Franz por los Andes nació del asombro: quería ver con sus propios ojos «cómo las nieves perpetuas de la Sierra Nevada podían rozar el calor del mar tropical», una maravilla imposible en los montes fríos de la lejana Baviera. Esta curiosidad de etnógrafo también sentó las bases de Bavierita: Franz hizo una casa típicamente alemana en lo alto de una loma elegida por yanaconas y coconucos, de quienes había aprendido que la ubicación, los materiales y la orientación de una casa deben estar en equilibrio cósmico con las fuerzas subterráneas y sobrenaturales.
Más que etnógrafo o dibujante, Franz Faust fue un oidor del eco de la montaña. «Uno no investiga, uno escucha y pide que le repitan cuando no entiende la primera vez». Desde su casa de puertas siempre abiertas, dibujó y pintó aquello que la cordillera se empeñaba en repetir por su ventana: sierras y volcanes como cuerpos desnudos, ríos con forma de serpiente, dragones alados que surcan los cielos; un tejido en el que cuerpo y geografía fluyen y se funden. Así también fue su despedida de este mundo.
Aunque nunca se consideró artista, tuvo la suerte de ver emerger en su casa una exposición atípica con sus acuarelas, diarios de campo y cosmogramas, curada por Éricka Flórez de la Organización Lugar a Dudas para el pasado Salón Nacional de Artistas. Quizás como premonición o como acto decidido de despedida, la exhibición se llamó «Ascender a lo hondo».
El 31 de octubre de 2025, a pocos días del inicio de la muestra, murió Franz Xaver Faust. Lo vi por última vez en vísperas de la apertura, de espaldas al sol del ocaso, pero de frente a un arcoíris. Para los indígenas del sur del Tolima, escribe, el arcoíris es un elemento frío capaz de provocar a los hombres «una pérdida de fuerza mortal». Seis meses después, volví a Bavierita para escuchar y dibujar la casa, ahora de puertas cerradas. Alrededor, el pasto y las plantas se desbordan; junto al arco de la entrada, la maravilla — flor de un día— me saluda. Deisy, una de las cuidadoras de Franz, dice que lo sueña a menudo frente a la casa: joven, sano, caminante. Dibujo Bavierita como un homenaje, quizás, pero también como continuación: un hilo suspendido en el eco de esta cordillera.