Su rostro es uno de los más reconocibles del teatro, la televisión y el cine en Colombia. El público lo celebra cada vez que aparece en pantalla o sobre el escenario, por la destreza con que encarna sus personajes. Su fuerza interpretativa se aprecia en películas de culto como Cóndores no entierran todos los días (Francisco Norden, 1984), La mansión de Araucaíma (Carlos Mayolo, 1986), La estrategia del Caracol (Sergio Cabrera, 1993) o Confesión a Laura (Jaime Osorio, 1993); también en series televisivas, desde producciones de Pepe Sánchez hasta Pablo Escobar, el patrón del mal (Caracol), e incluso en plataformas globales como Narcos (Netflix).
Vicky Hernández (Cali, 1950) es una lectora voraz, una artista apasionada y una mujer con brío. A sus setenta y cinco años continúa entregada a su oficio y al escaso arte del diálogo sin mordazas. Conversó con GACETA en medio de la gira de La escena invertida, una obra inspirada en el universo dramático de Tennesse Williams, creada colectivamente con el director Jorge Zabaraín y el actor y dramaturgo Johan Velandia.
En esta entrevista, Hernández reflexiona sobre las grietas del sector audiovisual en Colombia, la ausencia de crítica cultural y la maquinaria televisiva. Y, al mismo tiempo, recuerda el rigor de la época en que fue formada por grandes referentes que fundaron la televisión nacional y que, luego, siguieron su trasegar en el teatro, como fue el caso de Santiago García.
Evoca a sus compañeros, la bonanza agrícola que conoció en su juventud y señala lo incómodo que resulta el tratamiento superficial de los medios frente a su gremio. Más aún cuando ha hecho parte de un cine y una televisión que se han encargado de cuestionar los contextos sociales colombianos. Se pregunta por el llamado «progreso» y por el presente con una provocación: ¿no será la mediocridad contemporánea otra forma indecente de apropiación y dominación cultural?
En el estreno de la serie Cosiaca, una coproducción colombiana entre el MinTIC, Teleantioquia y otros patrocinadores, manifestó varias inconformidades. Una de ellas fue: «nos cuesta mucho ser solidarios, pero nos encanta ir en manada sin saber a dónde vamos». ¿A quiénes se refería?
Me refiero al gremio de los artistas, en general. Nos solidarizamos cuando ocurren las tragedias pero somos incapaces de visualizar los problemas o las necesidades antes de que se presenten y de luchar colectivamente para evitarlas. Nos cuesta trabajar en equipo, dar la mano, colaborar con los compañeros en los procesos creativos, compartir el conocimiento. Cuando hay que quejarse, la gente se escabulle, teme decir la verdad o actúa con temor, pero cuando se consigue algún beneficio, todos están prestos a usufructuar. Operamos de una manera muy rara, pero eso no es de ahora, es de siempre. Y no sé si ocurre solo en el gremio de los artistas; me temo que es una característica poco afortunada de los humanos.
También afirmó que «muchos quieren venir a trabajar en Colombia, porque encuentran mano de obra barata, escenarios fantásticos y gente creativa que se le mide a resolver cualquier tipo de problemas en una producción, pero eso no es suficiente». ¿A quiénes se refería con «muchos» y qué considera que nos falta?
Me refería a la mayoría de las producciones extranjeras que vienen a realizarse en Colombia y discriminan los salarios. A los nacionales les pagan muchísimo menos de lo que deberían, mientras que en sus países de origen pagan salarios más altos por el mismo tipo de trabajo. Pagan según el tipo de personaje, los tiempos de rodaje, el tipo de obra (seriado, cortometraje, largometraje, novela, videoclip) y según la categoría de la actriz o el actor convocado. Aquí, en cambio, aplican una tarifa menor y ese ha sido el común denominador durante años. Y no solo me refiero al pago de actores o directores, porque esto se extiende a otros rubros artísticos que tienen que ver con la producción (escenografía, vestuario, maquillaje, producción de campo, fotografía, sonido, luces, etc.). Así, varían completamente los estándares de los emolumentos que cubren normalmente en sus países y, a veces, las condiciones laborales que tienen que ver con el bienestar del equipo humano.
Proimágenes y el Ministerio de las Culturas destacan como logro de la legislación cinematográfica atraer productoras extranjeras. ¿Cree que descuidaron los derechos laborales de su gremio?
Creo que la legislación toca básicamente a los productores ejecutivos y de campo colombianos, pero no genera beneficios sustanciales para los actores. Es interesante desde el punto de vista artístico el intercambio y las facilidades de coproducción con otros países, pero hay que recordar que los autores, los actores, los directores son quienes, con un equipo técnico y artístico, hacen posible la obra. Lo que estoy planteando es una realidad: hable con otros actores y actrices, con las personas que trabajan en los distintos departamentos y en diferentes disciplinas para que se dé cuenta de que no estoy diciendo inexactitudes. Pareciera que reproducimos, tristemente, el papel de los esclavistas en la época de la conquista y la colonia, cuando surgen los intermediarios que quieren complacer, ganar el favor y rendir pleitesía al extranjero en detrimento de los nacionales.
En 2019, treinta y cuatro actores recibieron el título de Maestros en Arte Dramático —gracias a un convenio entre la Asociación Colombiana de Actores y la Universidad de Antioquia— para cumplir con un requisito del Gobierno y dignificar sus derechos. ¿Podemos decir que el gremio le cumplió al Estado, pero el Estado sigue en deuda con el gremio?
¿Cree que cumplirle al gremio es haber rebajado sustancialmente el presupuesto del Ministerio de las Culturas? Empecemos por ahí. Hay agrupaciones teatrales que para obtener cualquier apoyo tienen que presentar tanto papeleo, tanto requisito, que llega el momento en que casi se les hace imposible. Por ejemplo, conozco grupos que quieren solucionar los problemas de compra de sus sedes teatrales y tienen que llevar tanto papel, tanto, tanto, tanto (¿vicio «santanderista» o condición para mantener la burocracia?) que prefieren desistir. Son una infinidad de requisitos para que les den un auxilio que cuando finalmente obtienen, ya no solamente se lo han gastado tres veces sino que ya no significa nada frente a los costos reales. Otro aspecto es el de la difusión y proyección, que son absolutamente onerosos de cubrir si no hay una red de apoyo pública.
Julián Román, uno de los actores que obtuvo el diploma de Maestro en Arte Dramático, se pronunció durante las movilizaciones contra el expresidente Iván Duque. Lo entrevisté y habló sobre el castigo posterior que recibió con la falta de inclusión por parte de públicos y privados. ¿Aquí nos cuesta alzar la voz?
Usted misma se contesta al contar el caso del hijo de Edgardo Román. Eso es sabido y nunca ha sido diferente. Eso explica por qué a la gente le da miedo hablar. Eso explica por qué la gente aguanta las peores cosas en silencio. No lo justifica, pero lo explica, que es diferente. Además porque en Colombia la educación es acrítica y desde la niñez se nos inculca que no está bien reclamar los derechos y protestar ante la injusticia. Sigue esa premisa mientras el mundo entero clama por una educación más empática y sensible.
Fue una de las protagonistas de La Ciénaga, entre el mar y la tierra, una película que tardó casi diez años en estrenarse, debido a un litigio de autoría entre Manolo Cruz y Carlos del Castillo. ¿Qué enseñanza deja este caso?
Se sentó jurisprudencia para reconocer la autoría o paternidad de esta obra cinematográfica. Es importante hablar de los derechos de autor. Valdría la pena, también, empezar a hablar de los actores como creadores, más allá del autor y del director. Muchas veces, nuestro trabajo de coautoría —que trasciende el texto dramático y lo enriquece— no es reconocido. En el caso particular de La Ciénaga, entre el mar y la tierra, mi participación no se limitó a la actuación, porque intervine en el guión y, obviamente, en la concepción y el desarrollo de los personajes, partiendo del que interpreté, así como de la puesta en escena.
En la historia de la televisión o del teatro ha habido casos similares. Recuerdo que en la comedia Don Chinche, de Pepe Sánchez, fui llamada para hacer un personaje de vendedora, ni siquiera tenía nombre. Le pregunté a Pepe: «¿Cómo se llama la vendedora?». Me respondió: «Ah, ni nombre tiene. Llámala como quieras, llámala como tú: Victoria». Era una extra con parlamento. También ocurrió con el mismo Pepe Sánchez en la comedia Romeo y Buseta con el personaje de Amparo Berrío de Tuta, que partió de una invención y propuesta mías, así como su desarrollo. Otro tanto ocurrió con el personaje de Marta en La Posada, con el mismo Pepe Sánchez. Inmediatamente me bajé del avión que me trajo de Madrid, después de un exilio de casi diez meses, llegué a la locación y empezamos a grabar. Terminamos la grabación a la mañana del día siguiente (serían las ocho o nueve) y ese primer capítulo de La Posada salió al aire esa misma noche. Lo único que sabía era que Marta era una señora típicamente bogotana, de clase media, venida a menos, que alquilaba habitaciones a universitarias para sobrevivir. Los tres personajes —Victoria de Don Chinche; Amparo Berrío de Tuta de Romeo y Buseta y Martica de Posada— los creé yo, con la orientación y dirección de Pepe Sánchez.
Así que en muchas películas y producciones los actores vamos mucho más allá del texto y, a veces, mucho más allá de la dirección porque, dicho sea de paso, en Colombia la dirección de actores brilla por su ausencia. En el 2003, para la creación de la obra Con el corazón abierto, Humberto Dorado escribió una crónica basándose en una improvisación y en un reportaje periodístico del Washington Post sobre la Masacre de Chengue, Sucre. A partir de ella desarrollé el hecho teatral y la puesta en escena bajo la dirección de Nicolás Montero. La mayoría del tiempo trabajé sola con Giovanni Piragua —quien hacía por primera vez la asistencia de dirección—, dado que Montero protagonizaba una novela en televisión y dedicaba sus pocos días libres para ir a Perú donde su esposa, también actriz, trabajaba.
¿Por qué sostiene que la dirección de actores es un problema en Colombia?
En las universidades, que yo sepa, no se enseña dirección de actores. Entonces algunos directores creen que dirigir es gritar y dar órdenes, incluso «disfrazarse de director». Pocos comprenden realmente cómo abordar las necesidades interpretativas y los elementos de los cuales puede echar mano el actor. Creen que basta con decir «más ritmo», pero no saben ni qué es ritmo. Frases manidas como «un poco más alto», «un poco más bajo», «no te creo, ¿sabes? No te creo». Yo oigo decir esas frases en los sets, en los platós, en los escenarios. Muchos directores no se toman el trabajo de estudiar a fondo la obra que van a dirigir, ignoran o soslayan el rol de los personajes, sus posibles transformaciones, su papel en la obra. Muchas veces desconocen el contexto, por lo tanto, sus indicaciones son anodinas o ninguna. Por eso la mayoría de las veces los actores asumimos, bajo nuestro propio riesgo, la creación de personajes.
Hoy se hace a un lado la disciplina, que es lo que sustenta la solidez del trabajo. Rara vez un director entiende que es cabeza de equipo y que el espíritu que le imprima a la obra será definitivo. Raros son los directores que tienen conceptos bien cimentados y maneras coherentes para decir por dónde desbrozar el camino. La mayoría lo encuentra sorpresivamente o al azar. He trabajado con muchos directores de Colombia y de afuera, hablo con conocimiento de causa y con más de sesenta años de ejercicio escénico. Debo aclarar, para ser justa, que este rasgo de ignorancia se ha ido acentuando con el paso de los años. Antiguamente los directores tenían una mayor y mejor formación. Tenían criterio y lo ejercían.
El problema es que a muchos les fascinan los cargos directivos: ser el presidente, el mandamás, el principal, el director, pero pocos saben lo que hay que hacer. Y les encantan esos cargos porque creen que son importantes y ejercen poder, pero desconocen la naturaleza de la labor y lo verdaderamente importante, como lo es la gestión y el aporte de cada persona que toma parte en la obra. Como decía mi mamá: «Para saber mandar hay que saber hacer». Y la mayoría no sabe qué hacer pero le encanta mandar.
De hecho, en la gira de lanzamiento de La Ciénaga, entre el mar y la tierra, usted criticó la superficialidad mediática. ¿Qué piensa hoy de esa película, que solo pudo verse en cinematecas y salas descentralizadas?
Es una película que, pese a haberse hecho en 2014, sigue siendo vigente. Fue de las primeras en abrir la posibilidad de tocar temáticas distintas a las de siempre y a las manidas a las que nos tienen sujetos o acostumbrados. Es además una película profundamente colombiana, aunque ninguno de los organismos oficiales que patrocinan el cine se haya dignado a considerarla. Al día de hoy, es la primera que, sin un aparato de publicidad ni propagandístico, pudo alcanzar la décima semana en exhibición.
Segundo, por el tema: es espinoso, doloroso, ya que la película trata de la vida de una persona con capacidad física reducida que depende únicamente de su madre. Los dos viven en condiciones muy difíciles —por no decir en pobreza extrema— así que la situación es análoga a la que se sigue repitiendo a lo largo y ancho de nuestro país, pese a que la ciencia médica, los aparatos, los tratamientos han avanzado y lo siguen haciendo.
Yo vivo en una población a treinta kilómetros de Bogotá y no hay absolutamente ninguna posibilidad de nada, lo cual es ridículo. Imagine cómo será en los territorios más alejados. Es insostenible. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde? Y no hablo solo de la salud sino también de otros derechos y servicios esenciales. ¿Cómo vivimos los ciudadanos en Colombia? Pagamos servicios que no son baratos y que no funcionan plenamente. Quieren que todo se haga por internet y el sistema se cae en todas partes, todo el tiempo: la banca no funciona ni las citas médicas y, además, debemos aparentar que todo está bien.
Estoy hablando de cosas elementales, porque no hay una coherencia entre las exigencias cotidianas para el ciudadano con el desarrollo de lo que el Estado o la nación o la ciudad deben proporcionar. Ni con relación a los precios. Entonces, si esto sucede con los servicios básicos (luz, agua, alcantarillado, hospitales, centros educativos, vías de transporte), ¿qué podemos hablar de cultura o de arte? Personalmente creo que son elementos también básicos de la cotidianidad y necesarios para la armonía, la paz y la fraternidad.
Dijo que al periodismo cultural en Colombia «le hace falta incomodar». ¿A quién cree usted que le conviene esa «superficialidad»?
Es que entre menos cuestione la gente, más se puede engañar. La superficialidad beneficia a quienes no quieren ser objeto de análisis profundo. Hoy, por ejemplo, es escasa la crítica de arte: no hay quien analice plásticas, literatura, teatro o música. El último espacio que quedaba era la emisora HJCK, que murió de inanición.
Antes escribían Manuel Dresner, Miguel Ayuso, Fernando Toledo, De Greiff, entre otros. Ahora, ¿quién? Esto es un desierto. La gente joven tiene derecho a experimentar, pero eso no significa borrar de un plumazo lo que se ha hecho. Hay que preservar lo que funciona y recabar en las cosas que son buenas y que otros han dejado iniciadas. Pero hay una ramplonería y todo es «divino», «perfecto» o «maravilloso», y no es así.
Ahora están de moda las regiones, lo afrodescendiente o lo indígena, hemos convertido las manifestaciones culturales en un culto al tuntún: vamos rapidito, bailemos un poquito, hagamos un ritual, y ya pasamos rapidito por la cultura. Entonces, una ciudad como Cali quedó convertida únicamente en un bailadero. «La maravilla de la salsa». ¡Qué bueno, sí! ¿Pero solo eso? ¿El Valle del Cauca resumido así, solo salsa? Adoro los diversos ritmos, las danzas y las músicas, pero no somos solamente eso, ¡por Dios! La cosa está así: basta con ponerse una pluma, un collar, pintarse una raya o portar un cununo y un guasá, que con eso ya nos identificamos entre todos y hablamos de cómo se hace la cultura en Colombia. Yo quiero saber hasta dónde vamos a llegar poniendo todo en un solo saco. Nos hace falta rigor.
En otra oportunidad, habló de un vicio audiovisual en Colombia: gastar todo el presupuesto al principio y, al final, no tener cómo cumplir con la promesa de factura ni cómo pagar lo que el elenco merece. Sus palabras sobre ese asunto fueron: «eso no solo no es profesional en este país sino que habla de un remedo de industria». ¿Todavía lo piensa?
Totalmente. Porque hablo de lo que en un primer mundo se entiende por industria. La verdadera industria no se queda con todos los beneficios para sí misma: reparte, da, convida. El bienestar que genera no es solamente para quienes disfrutan de su producto, sino también para quienes lo hacen.
Una industria o un negocio es exitoso si la gente que participa en su elaboración, no solo la que consume el bien, disfruta de sus beneficios. Es la que mantiene, sobre todo, la calidad. Por eso uno se pregunta por qué otros países como Alemania —que ahora están en entredicho, desde luego, también hay épocas ¿no?— han sido reconocidos por la capacidad de sus industrias. Sostienen firmas que llevan años existiendo y fabrican con la mejor y mayor calidad su producto, y no lo cambian, ni lo demeritan, ni escatiman.
Aquí en Colombia, en cambio, se entiende industria como producir más a menores costos. Opera el dicho: «crea fama y échate a la cama» y, bajo esa premisa, se acabaron las buenas industrias colombianas: textiles, manufactureras, de confección, etc., y todo lo que el país tuvo en su momento.
Recuerdo, por ejemplo, que, cuando era joven, viajar en vacaciones al Valle del Cauca era como ir a la despensa agrícola de Colombia. Había cultivos de algodón, sorgo, millo, caña, frutas. Ahora la tierra está reseca y la siembra es caña, caña, caña, caña, caña, caña. No hay algodón, higuerilla, sorgo, soya, no hay nada. ¿Es posible eso? ¿Eso es progreso? ¡Dígame!
No. Es, entre otras, violencia cultural.
Ah, bueno, me encanta que lo diga. Porque eso ha pasado con todo en este país. Una cosa es el progreso y otra es el deterioro, el desapego, el desgreño. En este caso, hablando de la industria televisiva, ¿es justo que un país esté a merced de dos canales que presentan esos llamados realities? En un país donde todavía somos analfabetas, tanto en las ciudades como en los campos, ¿qué le queda para ver? Pues realities de muchachos y muchachas cada vez más desvestidos, hablando pendejadas, peleando por pendejadas y matándose por pendejadas. ¡Por favor! ¿Es esa la industria televisiva a la que nos referimos? ¿O la industria es eso que produce a bajo costo y vende en plataformas internacionales a las que no tiene acceso el pueblo?
Entonces, un programa como Pandillas, guerra y paz —que a propósito protagonizó su hijo, el actor Juan Sebastián Calero Hernández, en el papel de Richard—, ¿cumplía mejor con ese propósito que debe tener la televisión?
Al menos ofrecía una visión de lo que podía pasar en barrios periféricos, donde los jóvenes se debaten con mucha dificultad entre la delincuencia, la sobrevivencia y el salir adelante con un estudio y un trabajo dignos. Esa debacle sigue, yo creo. La vida en los extramuros de las ciudades de Colombia es terrible: Pereira, Armenia, Bogotá, Medellín, etc. Son barrios extendidos sobre montañas, sobre cañadas. Es juventud que no tiene posibilidades, y solo un porcentaje muy pequeño logra estudiar o tener una profesión u oficio que le permita vivir con dignidad. Eso no es un secreto. Pero a eso lo llaman desarrollo y crecimiento: ciudades enormes sin vías, sin servicios, sin oportunidades. Pasamos muy rápido sobre la vida. Me voy a morir de vieja y siguen los mismos problemas de cuando yo era niña, solo que agravados: con mayores males en las ciudades y en los campos.
Hablando de dignidad, el Ministerio de las Culturas la reconoció entre las setenta personas que han contribuido con su trayectoria al arte nacional. A sus casi ochenta años…
Tengo setenta y cinco años, para ser exacta. Me cambiaron la edad porque mi hermana también fue actriz. El dato que aparece en Wikipedia —y que los medios repiten— corresponde a María Isabel Hernández Salcedo, quien fue una de las verdaderas fundadoras y pioneras de la televisión y el teatro en Colombia. Ella no siguió, pero como yo la acompañaba, me quedé en ese camino y ella optó por otro. Además, yo hablaría de un reconocimiento a la resistencia y persistencia más que a la trayectoria.
Gracias por esa precisión. A sus setenta y cinco años aún le piden hacer castings. ¿Eso refleja la falta de derechos laborales en su gremio?
A mí me parece muy complicado tener que demostrarle a la gente si soy o no soy actriz. Afortunadamente, mi memoria sigue siendo muy buena y tengo absolutamente claro desde cuándo estoy actuando: pisé el Teatro Colón a los seis años, haciendo temporadas de El Pleito del Queso, La Casa Amarilla, Caperucita Roja, El Mago y las estrellas, obras dirigidas por José Agustín Pulido Téllez que deben figurar en los anales de la historia del Colón.
En la Radiodifusora Nacional de Colombia —si es que no arrasaron con todo como es costumbre en este país— tienen que estar las grabaciones del Grupo Escénico Infantil y Juvenil, con obras dramatizadas de Osvaldo Dragún, Jorge Diez, Juan Ramón Jiménez, Tagore, Maeterlinck. La Radiodifusora quedaba entonces en la Calle 26, le estoy hablando de historia patria. Con el grupo estuvieron y trabajaron Elena Rodríguez; Fabio Camero; Gaspar Ospina; Manuel Pachón; Carlos Muñoz; Julio Medina; Maria Isabel Reyes Posada; entre otros. Jorge Alí Triana, quien goza de una excelente memoria puede dar fe de lo que digo. Es, de hecho, uno de los pocos artistas sobrevivientes del grupo.
Además, en los anales de la televisión colombiana —donde también arrasaron con eso, pero de golpe puede haber alguna memoria real, porque las que han sacado no siempre son exactas—, deben figurar El mundo del niño; Ábrete, sésamo y Música para niños, programas institucionales semanales dirigidos por Pulido Téllez. Tiene que haber programas de los primeros trabajos de Bernardo Romero Lozano, Gonzalo Vera Quintana, Fausto Cabrera, Miguel Ignacio Vanegas y de toda la gente que inició la televisión en Colombia: Ana Mojica; Érika Krum; Maricarmen Cordon; Luis Linares; Enrique Urrea; Enrique Pontón; Rebeca López; Guillermo Gálvez; Raquel Ércole; Beatriz Dishington; Pepe Sánchez; Héctor Rivas; Hugo Pérez; Omar Sánchez; Manuel de la Cuesta, conocido como «Españita»; Mercy Merchán; Manuel Medina Mesa, conocido como «El hombre de las tres “M”», entre otros, porque faltan. Le estoy hablando de toda esa gente con la que yo comencé en televisión.
Desde entonces hasta ahora, nunca he parado de trabajar en este oficio. Solo dejé totalmente la escena durante un año, cuando me dediqué a terminar el bachillerato, porque quería saber si eso era lo que iba a hacer o si era medicina o arquitectura. Estudié el séptimo año nocturno en el colegio Miguel Camacho Perea de Cali —donde estudiaba, a propósito, el escritor Andrés Caicedo—. Y cuando terminé, dije: «Ah no, yo lo que quiero es seguir en teatro. Actuar es lo que me interesa».
Pese a ese bache, he estado todo el tiempo en la escena: en un set, en un escenario, en un plató. Si no estoy mal, he trabajado en las óperas primas de la mayoría de los directores colombianos, y en los proyectos donde no fue posible, he tenido los guiones en mi casa y un papel ofrecido.
Así que volviendo al tema del casting, aquí eso es un chiste. Nosotros copiamos todo tarde y mal. Lo que llamamos «colombianidad» es, en realidad, relajo. No quiero ser antipática, pero no puedo ser simpática: estos temas son demasiado espinosos. Estoy vieja, cansada… Me aburre ser la persona que tiene que ser puntillosa todo el tiempo, pero me ha tocado serlo porque a mucha gente le da miedo.
¿Cree que los actores mayores están siendo reemplazados por mano de obra joven, que cobra menos, y que Colombia es ingrata con quienes la han representado?
La televisión colombiana ha sido tan absurda. Cuando yo estaba embarazada, me dijeron: «No puedes trabajar porque estás embarazada», como si estuviera enferma. Y luego, después de tener a mi hijo, me hicieron actuar de embarazada con almohadas. ¿Me quiere explicar eso? Cuando era joven, me maquillé de vieja muchas veces para interpretar papeles de anciana. Ahora que estoy vieja, no me pueden poner de joven, pero si pudieran, lo harían. Algunos trucajes se justifican, son permitidos y necesarios; otros no. Eso hablando de la interpretación, ¿pero me pregunta usted si Colombia es ingrata con quienes la han representado? La mayoría de las veces, sí. No hablo solo de los actores o directores. Se ha salvado García Márquez porque fue Premio Nobel, pero ¿dónde está toda la gente que ha trasegado en la cultura? ¿Dónde están tantos compositores, poetas y todos quienes han ennoblecido el alma de los colombianos con sus obras, con su enseñanza? ¿Qué lugar ocupan?
Le quiero preguntar: si esto es una industria, ¿en qué condiciones viven los actores pensionados y jubilados después de haber trabajado más de treinta años? La televisión usa a las personas, las exprime totalmente y, cuando ya no le sirven, las olvida. Los actores le sirven cuando están jóvenes, los ensalzan, los suben al curubito, les rinden honores y cuando envejecen que se pudran y caigan al asfalto para que revienten solos. La consideración y el reconocimiento del público es lo único que nos salva. Los viejos actores, cuando salimos a la calle y la gente nos saluda, nos recuerdan algún personaje, una obra o nos brinda una palabra de agradecimiento y de afecto, no sabe que otorga el aliento necesario para vivir el día siguiente, pensando que en la retina, el oído y la memoria de alguna persona desconocida habita una idea, una palabra, un gesto, una historia de algún personaje que le entregamos a través del teatro, la pantalla chica o la pantalla cinematográfica. El público respeta; la industria y el Estado colombiano, no.
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