Cuando el calor empieza a ceder y el sol a morir sobre las aguas del río Atrato, el malecón Jairo Varela, en Quibdó, comienza a encenderse. Las carpas se iluminan una a una, las sillas se van ocupando lentamente y el murmullo de las conversaciones crece. Así inicia cada tarde FLECHO, la Fiesta de la Lectura y la Escritura del Chocó, que se celebra todos los años en el mes de marzo.
Al mediodía el malecón parece suspendido bajo el peso del calor. El Atrato corre detrás del escenario principal, un poco más seco de lo habitual debido al verano. Pero hacia el final de la tarde algo cambia, las personas llegan, primero con cautela, luego con confianza. Los niños suelen ser los primeros en acercarse. Hay una zona pensada exclusivamente para ellos, donde pueden sentarse en el piso a colorear y leer. Después llegan otros curiosos: estudiantes, profesores, vecinos, personas que simplemente pasaban por el malecón y se detuvieron al ver las carpas.
Al mismo tiempo, el resto del festival va tomando forma. En un extremo del malecón, un grupo de jóvenes inicia la partida del ya tradicional torneo de ajedrez. Más allá, una mujer fríe empanadas —calientes, crujientes, siempre acompañadas de ají— que pronto se vuelven un punto de encuentro inevitable. Hay también puestos de joyería artesanal y de bebidas tradicionales.
Desde el escenario donde se desarrolla la programación de FLECHO —ya en su novena edición— se escuchan conversaciones sobre literatura, memoria o historia de la región. Quienes pasan cerca, atraídos por una frase o una canción que se escapa del micrófono, a veces terminan quedándose.
Este año, la escena se repite cada tarde durante cinco días, de cuatro a nueve, pero nunca ocurre exactamente igual. Una conversación puede iniciar con unas pocas personas y terminar rodeada de decenas. Cuando cae la noche, el festival, nuevamente, se transforma. Las gradas del malecón se llenan de espectadores atentos a las proyecciones que pasan en una pantalla inflable instalada frente al río. Una de esas noches se proyectó un corto sobre los gualíes, el ritual fúnebre que acompaña la muerte de los niños en varias comunidades del Pacífico. Decenas de jóvenes se sentaron a ver en silencio esa historia sobre duelo y tradición. El Atrato, allí detrás, seguía oscuro y silencioso.
En medio de todo el movimiento aparece con frecuencia Velia Vidal, escritora chocoana y fundadora de la corporación cultural y educativa Motete, que hace posible el festival. Se la ve caminando entre las carpas, saludando a la gente que llega o abrazando a las mujeres que se acercan a buscarla. Muchas son madres de niños que han pasado por los clubes de lectura y los procesos de formación que Motete sostiene durante todo el año en distintos municipios del Chocó y del Urabá.
En su más reciente versión, realizada entre el 6 y el 22 de marzo de 2026, el festival recorrió distintos territorios del Chocó biogeográfico: Bahía Solano, Istmina, Turbo y, finalmente, Quibdó, donde tradicionalmente cierra su programación. Cada edición del festival se articula alrededor de una pregunta o un tema central. En 2026, el eje fue Reparaciones: una palabra que en el Chocó remite a las múltiples fracturas que ha sufrido el departamento, desde el conflicto armado hasta las heridas sociales y culturales que permanecen del pasado colonial, pero también a las distintas formas en que las comunidades intentan recomponer el tejido de la vida en común.
Para entender cómo nació FLECHO y qué significa hablar de reparación desde la literatura y la gestión cultural, Gaceta conversó con Velia Vidal y con Christian Vásquez, coordinador de la programación del festival y parte fundamental del equipo que cada año lo organiza.
¿Qué fue primero: Motete o FLECHO? ¿Cómo se ha ido construyendo la relación entre ambos proyectos?
Velia Vidal: FLECHO nació al mismo tiempo que Motete. Si bien no en las actividades, sí desde que nosotros hicimos el primer ejercicio de pensarnos Motete. Creo que este es un caso muy interesante, porque yo comencé a hacer los clubes de lectura y, a los meses, mi esposo Roge me dijo: «Bueno, ya encontraste qué hacer en la vida, dedícate a esto». Entonces yo renuncié al trabajo que tenía en ese momento y, como él es cocinero aficionado, decidimos montar un café; digamos que ahí se materializó la idea.
Pero antes de eso, cuando fuimos a hacer el registro en la Cámara de Comercio en 2016, nosotros hicimos un ejercicio de planeación con María Isabel Vanegas, que es una gran amiga, y otros varios amigos, porque ella es profesional de planeación para el desarrollo. Fue un ejercicio de pensar en qué podrían convertirse esos clubes de lectura que hacíamos.
Fue muy interesante porque ahí nació el nombre del programa: Selva de Letras. Y dijimos: «Todo esto tiene que terminar en una fiesta, una celebración de cada año: la Fiesta de la Lectura y la Escritura del Chocó, el FLECHO». No sabíamos cuándo íbamos a hacer la primera, pero de entrada lo pensamos.
Desde siempre estuvo ese diseño. Yo estaba muy familiarizada con todas estas lógicas del universo del libro y de la palabra, y sabía que en el proceso era muy importante pensar qué más se iba hacer para difundirlo. Antes había hablado con una amiga sobre irnos a hacer ferias del libro. Entonces trabajábamos en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín y pensábamos en irnos a hacer fiestas del libro por todo lado, como si fuera un circo.
Todo esto para decir que FLECHO estuvo en la génesis de Motete, como un escenario de celebración de la palabra. Siempre fuimos conscientes de que lo que buscábamos era generar encuentros.
Christian, tú llegaste a FLECHO por una investigación académica. ¿Qué fue lo que te llamó la atención del festival cuando lo descubriste?
Christián Vásquez: Me enteré por un video de YouTube —al que ahora no recuerdo cómo llegué— de que existía FLECHO. Yo estaba empezando a investigar sobre iniciativas culturales de promoción de lectura en Colombia. Era un trabajo más de sociología de la literatura. Se trataba de empezar a identificar las muchas iniciativas que en el país están contribuyendo a cumplir un deber del Estado, que es garantizar el acceso a la cultura, estipulado en el artículo 70 de la Constitución. Hay un montón de proyectos que, desde la sociedad civil, se están encargando de eso en las diferentes regiones.
Mi proyecto se inspiró en otro que yo había conocido en el 2017: una biblioteca itinerante en el Caguán. Entonces, cuando descubro FLECHO, veo que está proponiendo una narrativa sobre el Chocó diferente a la que circula usualmente en medios hegemónicos, incluso en la misma academia, en la que el departamento es visto a través del prisma de la violencia y la precariedad.
Contacté a Velia por Instagram en abril del 2020 y le dije que estaba interesado en hablar un poco más con ella sobre sobre Motete y sobre FLECHO. La pandemia recién había iniciado. Ella estaba en Bahía Solano y yo en Chicago. Conversamos largo y ahí comenzamos.
¿Cómo fue tu experiencia cuando visitaste por primera vez FLECHO?
CV: Llegué aquí en el 2022 a ver cómo era. Fui a Quibdó, luego a Bahía Solano. Encontré un festival cercano en cuanto al tipo de relaciones que crea entre la gente de la ciudad que asiste y los invitados o la gente que llegamos de afuera. Creo que para eso es determinante el espacio en donde se hace, que es el espacio público, y más en un lugar como el malecón, que es un punto central de reunión en Quibdó. La gente va a pasar tiempo en el río, a compartir. Es el lugar a donde las familias van a jugar con los niños, especialmente el fin de semana.
Hoy coordinas la programación del festival. ¿Cómo se construyen las conversaciones que escuchamos en FLECHO? ¿Por qué decidieron que el tema de este año sea Reparaciones?
CV: Los temas salen de una suerte de lluvia de ideas, de las conversaciones que se están dando, pero también responden a cuáles son aquellas que consideramos importante tener con las escritoras, los artistas y los demás actores culturales de los diferentes lugares a donde vamos. En estos días, en el evento sobre crónica, arrancó Jaime Abello recordando esa crónica de García Márquez del 56 que hablaba de la amenaza de desmembrar al Chocó y repartirlo entre departamentos. Esa amenaza constante de ruptura empezó con el genocidio de los pueblos indígenas al llegar los europeos, y luego siguió con la ignominia de la esclavización, de traer personas desde África para poblar este lugar pensando en la minería, en el extractivismo. Porque también es esa ruptura con la naturaleza. Hablar sobre eso fue pensar cómo se ha sobrepuesto y cómo se ha mantenido este territorio frente a las rupturas, cuáles han sido las estrategias a las que han apelado sus pobladores para repararlo, o intentar repararlo.
La idea es que los temas que se proponen en cada conversación sean pertinentes para el lugar en el que se realizan y permitan pensar la cultura desde una mirada más amplia. En el 2023, el tema fue Migraciones. Pensar en los desplazamientos que se dan en la región y pensar nuevamente en la llegada de las personas afrodescendientes como un proceso de migración forzada. Las migraciones, además, se dan en la naturaleza. Por ejemplo, con las ballenas que llegan en agosto y septiembre a Bahía Solano.
Cada año, en definitiva, se plantea un tema que permita hablar de muchas cosas que sean pertinentes con la realidad del Chocó biogeográfico.

Y después, ¿cómo construyen la agenda? ¿Cómo deciden las actividades para los municipios a los que están llegando?
CV: El procedimiento es el siguiente: se define un tema, redactamos un texto curatorial breve, y luego hacemos grupos focales en cada uno de los lugares por donde pasa Motete. En mi caso, está la situación de que yo no solo no soy del Chocó, sino que en este momento vivo fuera de Colombia. Sin embargo, este no es un festival que traigamos de afuera. Por eso siempre está esa tensión de cómo se dialoga. Pero creo que la clave es involucrar a los actores culturales de los diferentes lugares en donde se desarrolla el festival, sin perder de vista que Motete es uno de esos actores.
A partir de eso, se hace una convocatoria para realizar los grupos focales en los que nos reunimos con diferentes actores de la cultura de la región: gestores culturales, artistas y otros. Y tras presentarles el tema, el texto y la propuesta, les preguntamos: ¿qué tipo de conversaciones creen que deberíamos tener?, ¿de qué creen que deberíamos hablar? Para mí esto es una manera de escuchar y conocer.
En varias entrevistas, Velia, mencionas que uno de tus primeros acercamientos a la literatura fue a través de la conversación, de escuchar historias antes que leerlas.
VV: Sí, yo crecí en una familia en la que me dejaban hablar todo lo que quisiera. Todos hablábamos, todos conversábamos. Yo siempre conversé de igual a igual con mis tías, con mis tíos y con mi abuela. No importaba que ella tuviera cuarenta años más que yo.
En la casa, siempre que se iba la luz —que era muy a menudo— nos juntábamos: éramos tres primos, mi mamá, mi tía, la niñera y luego llegó mi tío Elkin. Entonces éramos siete que jugábamos, echábamos adivinanzas, cantábamos canciones. Era la manera de los adultos de entretenernos a nosotros, los tres niños. Ese es uno de mis recuerdos más alucinantes. También el de tomar tinto, un sorbito de tinto, con mi abuela desde los siete años, y recibir la visita de mi tía Elvia. Y conversar las tres.
Con mi papá siempre conversábamos. Siempre, siempre, siempre. Nosotros opinábamos de política desde mucho antes de poder votar. Afortunadamente crecí en un contexto en donde desde muy chiquita aprendí el valor de la conversación y del encuentro.
¿Y cómo se trasladó todo eso a FLECHO?
VV: Yo creo que eso no dependió solo de mí, eso sería decir que es algo muy personal. Hubo otras personas que estuvieron en el ejercicio de diseño del festival. María Isabel Vanegas, por ejemplo, sí es la más fanática de la conversación. Ahora vive en Australia, pero era quien decía: «Tenemos que tejer, tenemos que conversar». Ella me regaló el motete [un canasto hecho con fibras naturales que puede usarse para cargar diferentes cosas, entre ellas, libros] con el que hice los primeros talleres. Le fascinó el concepto del tejido e insistía mucho en que todo el tiempo teníamos que estar tejiendo, tejiendo, tejiendo.
Siempre hemos hecho cosas simbólicas muy especiales. Recuerdo que, en la primera o segunda edición de FLECHO, hicimos un tejido con cintas y todo el techo del malecón quedó cubierto de cintas que caían. Era una cosa impresionante, hermosa. Estuvimos hasta las dos de la mañana tejiendo entre todos los amigos, tomando viche y hablando. Siempre hemos hecho cosas así, pero no porque sea algo que yo haga necesariamente. No creo que sea un reflejo directo de cómo fui criada. Lo que pasa es que yo confío en la conversación porque crecí así. Sé el valor que tiene.
Cuando hablé contigo durante la feria señalaste que FLECHO es muy «suyo». ¿Qué hace que sea muy de ustedes?
Pues son muchas cosas. La mayoría de los invitados son locales, los moderadores también. Los productos del mercado son de aquí, los talleristas son de aquí. Y así es en Turbo y así es en cada lugar.
Nosotros, por ejemplo, no importamos ideas sobre estructuras. No nos interesa. A otros podrá ocurrírseles hacer eventos en un techo de 14 x 7, pero no: a nosotros nos funcionan las carpas de 6 x 6 y de 4 x 4. La gente se siente cómoda ahí. Nosotros no intentamos hacer una mini-FILBo acá, ni un mininada. Hacemos nuestro propio evento, sin emular a nadie. No hacemos backing porque tenemos el Atrato de fondo. Así, ¿pa qué necesitamos backing? Entonces, desde la programación, desde los participantes, es muy nuestro, totalmente nuestro. Y se siente así.
Y el festival ocurre en el malecón, en el espacio público…
VV: Eso es súper importante: el uso y la apropiación del espacio público. Hubo un momento en que aquí el orden público estaba terrible y me decían: «Pero, seño Velia, nadie va a ir por la noche, el malecón está solo y oscuro». Y yo decía: «Por eso, ponemos FLECHO y se ilumina». Y, claro, vino menos gente ese año, pero vino la gente. Vino la gente. Siempre ha venido.
Después de nueve ediciones, ¿cómo ha cambiado FLECHO?
VV: Yo siento que hemos crecido mucho en los vínculos construidos, que era algo que esperábamos porque trabajábamos en eso. Motete tiene una condición de fluidez muy bella. Aquí todo el mundo puede hacer lo que quiera. Si un grupo llama y dice: «Ay, queremos hacer esto», nosotros respondemos: «Bueno, ¡háganlo!». Es muy raro que le digamos a la gente que no.
Claro, hay cosas que están ya definidas: nosotros no tenemos voluntariados y no vendemos estands porque no vamos a vender. Pero, de resto, siempre hay espacio para las ideas de todos. Eso hace que las cosas se vuelvan muy de la gente, que cada quien se sienta dueño y participe de ellas.
¿Qué necesidades culturales o sociales atendía la fiesta en 2016 y cuáles ves ahora que son más importantes?
VV: Nosotros siempre hemos pensado que estamos trabajando por garantizar los derechos culturales, y no tanto necesidades puntuales. Los derechos culturales hay que garantizarlos siempre. Cambia la manera en que las personas los satisfacen, pero tiene que haber una oferta. Hay quien, por ejemplo, viene al festival a pintar. Ayer unas niñas le dijeron a mi esposo que tenía que traer más colores y más pinturas porque se les habían acabado en la sala infantil. Eso es una gran necesidad. Ahí ellas están exigiendo sus derechos culturales. Pero otros dicen: «Seño Velia, es que necesitamos cinco micrófonos para poder cantar». Ellos también están ejerciendo sus derechos culturales.
En FLECHO tenemos unas mesas de ajedrez y ahí hacemos un torneo desde hace tres años, sin formalidad, pero siempre lo hacemos. Esos chicos llegan felices todos los días a jugar ajedrez, y eso es un derecho cultural: poder ir allí a encontrarse alrededor de lo que les apasiona.
Entonces hay distintas formas de acceder al ejercicio de los derechos culturales. Lo que nosotros tenemos que hacer, en el rol en el que estamos —que voluntariamente asumimos sin que nadie nos obligara—, es ofertar para que se pueda garantizar el derecho a la imaginación, el derecho al encuentro, el derecho a las expresiones artísticas de todo tipo.

En varias ocasiones has hablado del «derecho a la imaginación». ¿Por qué lo entiendes como un derecho cultural?
VV: Piensa que tú tienes hambre. Si tienes hambre, usualmente no eres capaz de sentarte a hacer un dibujo, ¿cierto? Lo mismo pasa si no tienes un entorno propicio para escribir un poema. Claro, habrá quienes digan que el entorno propicio surge en medio de las dificultades, pero no necesariamente es así.
Y no estoy hablando de imaginar cosas lindas; hablo de imaginar otros universos, otras posibilidades. Tienes que poder imaginar cualquier universo que vayas a crear. Cualquier cosa que tú vayas a hacer te la tienes que imaginar antes. ¿Y de dónde te sacas la imaginación si no tienes referentes, si no tienes conversaciones? Nosotros no creemos en decirle a la gente cuál es el modelo de vida que debe tener.
Velia, Christian, esta pregunta es para ambos: ¿qué puede reparar la literatura o la gestión cultural?
CV: Yo creo que se trata de crear condiciones para producir un relato propio. Hay un pódcast muy bueno que se llama Nuestra orilla y su eslogan es: «Vamos a hablar del Chocó, un lugar del que se habla mucho pero que se escucha muy poco». Creo que hacer el trabajo de crear clubes de lectura y espacios de escritura, de reconocer una tradición literaria chocoana, de abrir espacios para que más autores publiquen, es como crear condiciones de escucha para un territorio que necesita ser escuchado en otras partes del país.
No se trata de edulcorar la realidad ni de hacer como que «vamos a hablar de lo bonito», sino que en el festival se habla de los temas de los que es necesario hablar. Y también desde las heridas que están abiertas. Lo importante es tener este tipo de conversaciones sin perder de vista la realidad, proponer espacios de reflexión sobre cuáles pueden ser las razones de las violencias que se han desatado en el territorio.
VV: Yo creo que mi vida como gestora y como escritora es una constante entre quebrarse y repararse. No hay reparaciones definitivas ni tampoco garantías de que no vaya a haber un nuevo quiebre: siempre lo va a haber. Así como hay vestidos de los que uno se enamora y los cose otra vez cuando se rompen, así es la vida. Uno se va haciendo huequitos y se los va cosiendo. Y luego se rompe otro. Creo que así es con la literatura y con el arte. De pronto encuentras una obra que es todo lo que necesitabas ver, o un cuento o un poema que era todo lo que necesitabas leer en la vida. Y tres horas más tarde lees otro que te rompe.
Pero con lo que nosotros hacemos yo creo que estamos reparando el tejido social que el conflicto quebró. Muchas prácticas de encuentro desaparecieron completamente. Entonces lo que hacemos es provocar otra vez el fuego para que nos encontremos alrededor de la palabra. Y ahí vamos reparando las heridas que han quedado.