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El Indio y los ricoteros: una historia de amor plebeyo

9 de junio de 2026 - 11:03 am
Con voces desde Buenos Aires, despedimos al Indio Solari, uno de los grandes poetas populares de la Argentina contemporánea. Por fuera de los mecanismos tradicionales de la industria musical, creó una obra llana y enigmática a la vez, cuya potencia emocional desbordó las calles y juntó a distintas clases sociales y generaciones. Más que otro homenaje, esta crónica indaga en el acceso plebeyo a la belleza, en la fuerza de la autogestión para tumbar puertas y en una historia de amor que trascenderá la muerte.
Durante la despedida del Indio Solari en la Plaza de Mayo, en Buenos Aires. Foto de Cristina Sille (@cris.sille) – Revista Anfibia.

El Indio y los ricoteros: una historia de amor plebeyo

9 de junio de 2026
Con voces desde Buenos Aires, despedimos al Indio Solari, uno de los grandes poetas populares de la Argentina contemporánea. Por fuera de los mecanismos tradicionales de la industria musical, creó una obra llana y enigmática a la vez, cuya potencia emocional desbordó las calles y juntó a distintas clases sociales y generaciones. Más que otro homenaje, esta crónica indaga en el acceso plebeyo a la belleza, en la fuerza de la autogestión para tumbar puertas y en una historia de amor que trascenderá la muerte.

«La masa ama la densidad».  
—Elias Canetti
 

El viernes por la mañana, Laura Pomilio abrió el armario buscando ropa para un día largo. Tenía que ir a trabajar a la agencia estatal de noticias argentina Télam y, en la noche, asistir a una cena para festejar el Día del Periodista. No quería verse demasiado formal, pero tampoco desentonar. Revisó algunas prendas y optó por una camiseta negra, holgada, con la cara del Indio Solari estampada en colores. No solía usarla para trabajar. La había comprado en diciembre, en La Plata, durante un concierto de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado en el que Solari, ya retirado de los escenarios a causa de la enfermedad de Parkinson, apareció ante su público por medio de un video. Una hora y media después, Laura supo que el ídolo de su juventud, el músico por el que había viajado en carro cientos de kilómetros, el mismo que su hija de diecisiete años aprendió a querer, había muerto a los 77 años.  

Carlos Alberto Solari, conocido como el Indio, nació en Paraná, Argentina, y fue la voz de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, una banda de rock de La Plata que alcanzó una masividad que ningún otro grupo independiente de ese país consiguió. Mientras quienes hoy integran el panteón del rock argentino buscaban disqueras grandes, televisión y circulación continental, el Indio y Los Redondos, como los llamaban popularmente, eligieron otro camino: hablar poco en medios, grabar en sellos independientes y tocar en pueblos. A sus recitales llegaban peregrinaciones desde todo el país, fanáticos que viajaban en caravanas por horas, a veces días, para formar parte de una liturgia plebeya acompasada por vino, choripán y cánticos a capela. Como en el fútbol, en Argentina algunos percibían dos bandos: los que eran de Soda Stereo y los que eran de Los Redondos. Los primeros encarnaban la modernización cosmopolita del rock nacional; los segundos, una fuerza contracultural e independiente que terminó convertida en fenómeno popular de la argentinidad.

Esa argentinidad, según Romina Zanellato, periodista musical y autora de Brilla la luz para ellas. Una historia de las mujeres en el rock argentino 1960-2020, tiene que ver con que Los Redondos se escuchan de manera transversal en el país: los pobres y los ricos, las adolescentes y las viejas, los parias y los rockstars. «No hay tribu: el pueblo argentino es ricotero», me dijo. Para Zanellato, el magnetismo del Indio se debe a varias razones, pero una las ordena a todas: el amor. Como Maradona, Solari fue amado porque la gente sintió que nunca la traicionó. Le creyeron. Creyeron en su voz, en ese alarido sin queja, capaz de convocar a las almas más enturbiadas. «Fue un compañero. Un trabajador como todos nosotros. Uno más. Alguien que nunca olvidó de dónde venía ni quién lo puso donde estaba: sus compañeros laburantes. Fue un compañero lúcido, a veces difícil de entender, pero siempre protector. Jamás dejó en banda a quienes lo amaron».  

Foto de Cristina Sille (@cris.sille) – Revista Anfibia.

El día de la muerte del Indio Solari, el viernes 5 de junio de 2026, quienes lo amaron tampoco lo dejaron solo. Laura Pomilio lloró en el colectivo rumbo a su trabajo y vio llorar a sus compañeros en la redacción de Télam, la agencia que, desde marzo de 2024, dejó de funcionar como lo había hecho durante más de medio siglo por decisión del gobierno de Javier Milei. Los periodistas que permanecen allí dejaron de cubrir asuntos ciudadanos vitales a nivel federal y nacional, y resisten con la esperanza de reconstruir la reputación del medio en las próximas elecciones. Mientras los televisores repetían sin tregua las reacciones que había desatado la noticia de la muerte del Indio, el teléfono de Laura empezó a llenarse de mensajes de pésame, como si se le hubiera muerto algún familiar cercano.  

Lo había descubierto a los trece años, por uno de sus hermanos mayores, en esos días de furia adolescente en los que quería rebelarse contra todo, pero no sabía cómo. Argentina atravesaba la resaca amarga de la crisis económica de 2001 y ella tenía en sus manos un disco, La mosca y la sopa (1991), que fue su ansiolítico diario. Desde entonces, el Indio la acompañó hasta convertirse en la periodista de treinta y seis años que es hoy. Desde Buenos Aires, Laura me dijo que hay bandas que uno escucha cuando está enojado y otras cuando está por salir de fiesta, pero con el Indio y Los Redondos pasaba otra cosa: «Podés escucharlos a toda hora y en cualquier circunstancia. En los momentos difíciles de la historia política argentina, fueron nuestra compañía. Cantaban sobre el amor que no se dio, sobre la traición de un amigo, sobre los desastres de nuestra clase política. Hay una canción para cada momento». 

En redes sociales, sus fanáticos, los ricoteros, se autoconvocaron en la Plaza de Mayo para despedirlo a las seis de la tarde de aquel viernes. Pasadas las cinco, la plaza ya estaba abarrotada. Laura fue con su novio y unos amigos, y estuvo allí hasta las diez de la noche. Sonaban parlantes y bombos, se empuñaban banderas, se brindaba con vino y se levantaban parrillas improvisadas. Cuando los parlantes se quedaban sin batería, la multitud seguía a capela. Estallaron fuegos artificiales. Se multiplicaron los pogos. La muerte del Indio, que pudo haber impuesto una solemnidad de velorio, produjo otra cosa: una pena fraterna, ruidosa, jubilosa, que rechazó ahogarse en la devastación. Solari no estaba ahí para dirigir la última misa ricotera, ni le habían abierto las puertas de la Casa Rosada para una despedida oficial, pero su gente sabía cómo organizarse y hermanarse en torno a la belleza. El Indio lideró una religión laica que no necesitó conquistar el resto de América Latina para perdurar.

Indio 01
Foto de Cristina Sille (@cris.sille) – Revista Anfibia.

Ernesto Picco, jefe de redacción de la revista Anfibia, estuvo cubriendo la despedida y vio en esa escena una anomalía dentro del clima social argentino. Durante los últimos meses, la Plaza de Mayo y otras plazas del país se habían llenado una y otra vez para protestar contra las medidas de ajuste fiscal y reducción del Estado del presidente Javier Milei y por la precariedad económica que ha empujado a muchos al pluriempleo. Esta vez, alrededor del Indio, la gente no salió a reclamar ni a descargar su hartazgo. «Fue una multitud convocada por amor», me dijo Picco. 

Por momentos, Laura se disociaba: miraba alrededor y sentía que estaba en la previa de uno de los conciertos del Indio. Camisetas estampadas, banderas, bombos, sánduches de milanesa, vino, desconocidos atados por un mismo vínculo. Después volvía el aleteo agónico en el pecho: el Indio no iba a salir. Esa oscilación, entre el festín y la ausencia definitiva, dice algo: la comunidad ricotera no podía despedirlo con solemnidad porque nunca se había acercado a él desde la mesura. Cuando Laura salió de la plaza, sintió alivio. Notó en el ambiente una suerte de paz colectiva. Cada quien había puesto algo de sí para agradecer al ídolo y elaborar el duelo.  Al día siguiente, la despedida siguió en el Obelisco, con un banderazo convocado por los ricoteros.

El velatorio público, previsto primero para el sábado, fue postergado para el domingo mientras se buscaba un lugaradecuado. Incluso muerto, el Indio siguió trastocando la agenda pública: las instituciones, apuradas, tenían que resolver dónde acomodar a una legión que nunca había cabido en sitios convencionales. Si el músico tocó enpueblos con menos de 150.000 habitantes, fue porque muchas veces las autoridades de las metrópolis no querían verse obligadas a controlar la logística de casi medio millón de aficionados. Su despedida final se dio en la capilla ardiente del Parque Domínico, en la municipalidad de Avellaneda, con miles de voluntarios que garantizaron que todos pudieran ver el cuerpo del Indio por última vez. 

La magnitud de esa despedida tenía una historia larga detrás. Entre 1985 y 2000, Los Redondos publicaron diez álbumes de estudio y levantaron una obra que pasó del underground platense a la mitología nacional sin perder el aura independiente. Oktubre (1986), con más de 120.000 discos vendidos, es considerado un clásico del rock argentino, y el Último bondi a Finisterre (1998) sorprendió en la época por su uso de climas digitales y samplers. Tras la separación de la banda, en 2001, Solari continuó con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y logró cifras difíciles de igualar: más de 150.000 personas en Tandil en 2016 y más de 300.000 en Olavarría en 2017, su último concierto presencial. 

Foto de Cristina Sille (@cris.sille) – Revista Anfibia.

La gran pregunta, entonces, es qué clase de lenguaje inventó el cantautor para que tanta gente sintiera que le pertenecía. ¿Cómo un poeta críptico, poco explícito, reacio a la exposición y al panfleto militante pudo volverse un fenómeno de la argentinidad? El escritor Antonio Ortuño, seguidor atento del rock latinoamericano y devoto de Solari, me dijo que parte de su mística está en la rareza inclasificable de su poética. El Indio evitó la canción sentimental típica de buena parte del rock español ochentero, elaboró observaciones breves sobre nuestros infortunios y creó un vasto territorio simbólico que nunca clausuró el sentido. No dictaba una lectura: dejaba un campo abierto para la interpretación.  

«Me he preguntado muchas veces de dónde viene la poética intrincada de Los Redondos. Hay que recordar que es una banda que empezó en los años setenta y recibió influencias de la psicodelia, del hipismo y del new wave de Londres. Su lírica es simbólica, metafórica, pero a la vez utiliza un lenguaje llano y popular, lo que la hace accesible. El Indio escribió letras muy maleables a lo que uno quiera imaginar en torno a ellas: dejó un espacio para que completáramos el mensaje, y ahí está el misterio», explicó el autor de La armada invencible (2023). 

Suele pensarse que el fervor popular que despiertan algunos músicos nace de simplificar el mundo. Letras primarias, pegadizas, sentimentales, una emoción fácil de reproducir. El Indio hizo otra cosa: inventó un lenguaje democrático, un universo de signos y símbolos para que quienes crecieron sin bibliotecas en sus casas pudieran acceder a la belleza por medio de la poesía. «Alguien me dijo que no se había muerto un músico, sino un poeta. Y que es cada vez más difícil encontrar poetas que puedan articular y expresar los sentires de un pueblo», me dijo Ernesto Picco.

Asombrarse de que un trabajador entienda una letra críptica es no entender lo que un trabajador puede entender: que también puede penetrar el misterio literario, la intención de una metáfora, la música que no lo trata como un consumidor dócil. La historia de amor entre el Indio Solari y los ricoteros nació, en parte, de este respeto sin condescendencias. 

El Indio apareció en varios de los momentos entrañables de la vida de Laura Pomilio. En El Teatro, un bar de Buenos Aires, conoció a su actual pareja durante una noche de bandas tributo a Los Redondos. No vivían cerca ni compartían trayectos: llegaron allí por la misma devoción. Su hija de diecisiete años nació cuando la banda ya se había separado, pero heredó la pasión, aprendió algunas letras y vivió, como su madre y sus tíos, la previa, el viaje, la ceremonia ricotera con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. 

Con los años, Laura empezó a escuchar al Indio de otra manera: fue la cueva donde se resguardó durante los primeros años de maternidad, los amores deshechos, los cataclismos políticos y la frustración, pero también el aguante, de trabajar en una agencia estatal de noticias que ya no llega a cada rincón del país como lo hacía antes. Quizás por eso, después de ese fin de semana demoledor y carnavalesco, una idea quedó rondando en su cabeza: una comunidad no puede borrar el daño, porque el daño siempre va a estar, pero sí puede impedir que el dolor se vuelva una condición privada. Por ahí llega la sanación. 

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