En el centro oriente de Medellín, entre San Juan y Maturín, sobrevive la antigua casa de María de los Ángeles Cano Márquez: líder política, virgen roja y proletaria, proclamada Flor del Trabajo. La casa luce discreta frente a un vecindario que cambió de escala: donde quiera que se mire crecen bodegas y edificios desprovistos de personalidad. Hasta hace unos años tenía una placa —la marca del monumento—, que fue cambiada por un elocuente «prohibido parquear». Para el transeúnte común esta es solo una casa con vocación familiar y la Flor del Trabajo una virgen pagana sin santuario ni peregrinos. Recién despuntaba el siglo pasado cuando don Rodolfo Cano y Amelia Márquez, sus padres, ya habían hecho de la casa un jardín del espíritu no vedado a las mujeres. Tal vez por eso, las hermanas Cano asumieron la muerte consecutiva de sus padres sin regodearse en la orfandad. Carmen Luisa, la hermana mayor, pintaba y trabajaba en fotografía en el taller de su primo Melitón Rodríguez, espiritista como don Rodolfo; María Antonia, La Rurra, cultivó la herencia paterna y se convirtió en célebre médium; mientras María de los Ángeles congregaba espíritus a su modo: en los círculos literarios y políticos, de las tertulias privadas a la agitación obrera. También acogieron en la casa a su sobrino Luis Tejada y a cientos de intelectuales y obreros que se agolpaban a la entrada para hablar y escuchar a la Flor del Trabajo. A la sombra del cerro de El Salvador, antiguo Morro de las Sepulturas, la casa de las hermanas Cano fue siempre un portal. «Yo creo que las emanaciones de nuestro yo rozan las cosas inanimadas dejando en ellas su huella invisible, aroma de nuestra vida espiritual», escribe María de los Ángeles a propósito de su primer recuerdo, marcado por la sorpresa de descubrir a los seis años que había nacido en la plazuela de la Veracruz —en una casa anterior a la de San Juan— justo en frente de donde nació Atanasio Girardot. «¿Recogió mi alma la esencia, vibración de la vida de Girardot?», se pregunta. Entre San Juan y Maturín, bajo un cerro que alguna vez estuvo lleno de guacas y tumbas indígenas, sobrevive la antigua casa de María Cano, Flor del Trabajo. Sorprende que siga en pie, modesta y sin aspavientos, en una ciudad poco devota del patrimonio. Tal vez no haya cómo arrebatarle el ánima. Si la Flor del Trabajo fuera una especie botánica, seguramente sería planta ruderal.