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Rubem Fonseca: con la alegría de un niño

17 de julio de 2026 - 12:07 am
Rubem Fonseca (1925-2020), fotografiado en Río de Janeiro. FERNANDO PIMENTEL / REVISTA VEJA
Rubem Fonseca (1925-2020), fotografiado en Río de Janeiro. FERNANDO PIMENTEL / REVISTA VEJA

Rubem Fonseca: con la alegría de un niño

17 de julio de 2026

Traducción del portugués de Gaceta

 

En algún momento de la década de 1980, Folha me encargó una entrevista-perfil con Rubem Fonseca (Zé Rubem para los íntimos), quien, como yo preveía, esquivó el asunto. Ni para los más cercanos Zé Rubem abría la boca para hablar de sí mismo, de sus libros, de literatura y mucho menos de los demás.

Tuve que arreglármelas como lo había hecho el periodista norteamericano Gay Talese con Frank Sinatra, en un legendario y seminal reportaje para la revista Esquire. Imposibilitado de entrevistar al cantante, recluido por una gripe violenta, Talese armó su texto a partir de confesiones de amigos y socios del artista y lo tituló «Frank Sinatra está resfriado».

Le copié el método, pero resistí la tentación de darle a mi texto el fatalmente hermético título de «Zé Rubem ni siquiera estaba resfriado».

Hacía ya unos veinte años que nos conocíamos. Con él había intercambiado ideas suficientes como para no depender tanto de testimonios ajenos. Casi siempre hablábamos de películas y lecturas. Con énfasis en el cine, para el que él escribió guiones y sobre el cual publicó anónimas reseñas en las páginas de Veja.

Era capaz de pasarse la noche entera hablando de películas, directores y actores admirados o detestados. Cometimos la insensatez de pasar cerca de una hora maldiciéndole la cursilería a Dodes’ka-den (1970), de Kurosawa, en una esquina de Leblon; él de pie, yo sentado, patéticamente, sobre un hidrante de agua.

Compartíamos novedades y descubrimientos literarios con la misma alegría de niños intercambiando cromos. Pocas veces le recomendé un autor que, por incipiente o casi, no conociera ya al menos de nombre. Llegué a Donald Barthelme por su intermedio. A cambio, le presenté la primera e híbrida ficción de Susan Sontag (I, etcetera). Me quedé debiendo.

En aquella época, Kafka, Pound, Faulkner, Hemingway, Fitzgerald, Poe, Philip Roth y Joseph Conrad parecían no tener competidores a su altura en su Valhalla literario. Pero sí los tenían incluso gente de casa, como Guimarães Rosa, Clarice Lispector, Carlos Heitor Cony, Drummond («uno de los tres mayores poetas de la lengua, junto a Camões y Pessoa»). Consideraba la obra de Rosa definitiva. «Puede morirse mañana sin susto», decía. Su tesis tardaría solo cuatro años en empezar a ser puesta a prueba.

Con frecuencia almorzábamos en el centro de Río, pues allí nos ganábamos el pan: yo, como de costumbre, en la redacción de un periódico; él en las oficinas de Light, donde dirigía el departamento de relaciones públicas.

En cierta ocasión, retenido aún en una reunión de directivos, le pidió a su secretaria que me diera algo con qué entretenerme mientras lo esperaba, y le entregó una edición en tapa dura de Finnegans Wake, de James Joyce. Una broma más sofisticada y esotérica que aquella, quizás solo Godard hubiera podido encajarla en una de sus comedias.

Por fidelidad a nuestras raíces lusas, frecuentábamos mucho los restaurantes portugueses. Frugal en la mesa, para no comprometer la salud y, sobre todo, la silueta, el atlético Zé Rubem jamás prescindía de un buen vino. La comida en sí le apetecía mucho menos que la conversación y el puro con que invariablemente remataba el almuerzo, casi siempre coronado con un queso de Serra da Estrela.

Al final de su vida, prácticamente solo leía poesía. Los versos que más lo encantaban eran después repartidos afectuosa y lacónicamente, por correo electrónico, entre los amigos más cercanos. Buena parte del florilegio llevaba la firma de la portuguesa Sophia de Mello Breyner, otra declarada pasión literaria.

Por iniciativa del editor Álvaro Pacheco, casi nos convertimos en socios de un proyecto de traducciones de novelas pornográficas de elevado esmero literario, que naufragó cuando yo ya llevaba casi la mitad de Black Book, de Lawrence Durrell. Barajamos otras aventuras en dúo que tampoco prosperaron.

Al final, me quedaron dos transacciones con Zé Rubem que resultaron fructíferas. Tendí el puente entre él y el cineasta Walter Salles, y la novela A Grande Arte se convirtió en película; colaboré como pude para que Zé Rubem entrara a un almuerzo con la agente literaria Carmen Balcells como autor de Francisco –Alves— y saliera de él comprometido con Companhia das Letras.

Quien quiera detalles de esta conjura, que lea el recién publicado ensayo de memorias de Luiz Schwarcz, O Primeiro Leitor.

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