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Datos infinitos, verdades escurridizas

24 de noviembre de 2025 - 12:01 am
¿La información nos hace libres? ¿Y si la información que tenemos resulta demasiada? En un mundo hiperconectado, repleto de datos, este ensayo atraviesa los sesgos algorítmicos y el ruido digital en busca de la verdad y de una ciudadanía crítica que la reconozca.
YUMA o la tierra de los amigos II, 2020 de Carolina Caycedo. Vista de instalación en «Eyes of the Skin», Lehman Maupin, Nueva York, 2022. Foto: Daniel Kukla.
YUMA o la tierra de los amigos II, 2020 de Carolina Caycedo. Vista de instalación en «Eyes of the Skin», Lehman Maupin, Nueva York, 2022. Foto: Daniel Kukla.

Datos infinitos, verdades escurridizas

24 de noviembre de 2025
¿La información nos hace libres? ¿Y si la información que tenemos resulta demasiada? En un mundo hiperconectado, repleto de datos, este ensayo atraviesa los sesgos algorítmicos y el ruido digital en busca de la verdad y de una ciudadanía crítica que la reconozca.

No sé ni por qué me metí a escribir este artículo sobre las relaciones entre la información y la verdad. Llevo años estudiando la información pública y pensé que era pan comido, pero me he sacado un ojo tratando de poner mis verdades en claro. Con todos los datos al alcance de un clic surgen nuevos puntos de vista, más matices y complejidades. Pero, además, en esta sociedad polarizada, si no sé cómo jerarquizar, contextualizar o interpretar los datos, puedo fácilmente llegar al error, al engaño o a la mentira. Basta con preguntarle a cualquier inteligencia artificial por un tema: las respuestas y los caminos son inagotables.

Quiero informarme más y mejor porque creo que la información interpretada y contrastada me ayuda a tomar decisiones alejadas del error y de la mentira. Sin lecciones de ética, pero sin engaños, pretendo tener una vida basada en una razón que yerre menos y que evite, en lo posible, hacer daño a la sociedad o al ambiente. Me pregunto, entonces, desde esta orilla, desde este momento en el que parece caer una fina capa de lluvia fría por la ventana, desde este computador abogadil que pareciera saber más que yo: ¿más información significa más verdad?

 

El mercado de las ideas

Hace más o menos cien años, los jueces norteamericanos Oliver Wendell Holmes y Louis Dembitz Brandeis desarrollaron la teoría del libre mercado de las ideas, bajo la cual incluso los conceptos falsos o erróneos deben poder circular libremente, pues la verdad debe surgir del enfrentamiento abierto y ganarse su lugar en el mercado libre de las ideas, de la opinión pública. Es probable que se hayan nutrido del filósofo John Stuart Mill, para quien, cincuenta años antes, la verdad aparece luego de la contradicción o debate libre de ideas, para concluir en el triunfo de la idea verdadera.

Rodrigo Uprimny recoge en Libertad de prensa y derechos fundamentales. Análisis de la jurisprudencia constitucional en Colombia (1992-2005) el ensayo «Sobre la libertad de Mill», donde escribe que la represión de contenidos, incluso erróneos, no es solo un riesgo para quien los produce o cree en ellos, sino para toda la humanidad: «Si la opinión es correcta, se les priva de la oportunidad de abandonar el error por la verdad, y si es falsa, pierden un beneficio casi tan grande, que es la percepción más clara y viva de la verdad, que se produce cuando esta colisiona con el error». Además, la libre expresión de todas las ideas contribuye al desarrollo de la personalidad porque permite conocer diversas opciones y decidir cuál es la más conveniente para cada cual. También aporta a la evolución del pensamiento científico porque en la contraposición triunfa la verdad científica, y contribuye a la consolidación de la democracia, porque, al menos, se visibilizan todas las posiciones políticas.

A esta visión clásica e idílica de la libertad de expresión se contrapone, según Uprimny, el mercado equilibrado y equitativo del académico Owen Fiss, para quien la verdad no siempre gana en el mercado de las ideas. Fiss considera que se requiere la intervención estatal para que todas las voces sean escuchadas, pues las comunidades excluidas, las voces disidentes y quienes tienen menos recursos no alcanzan a competir, mientras que los grandes poderes económicos sí se pueden imponer. Además, los mercados, incluido el de la información, no existen en el vacío, dice el nobel de economía Joseph Stiglitz. Su visión del mercado de las ideas se centra en la concepción de que los mercados, dejados a su propia suerte, pueden no ser eficientes ni equitativos, y que las asimetrías de datos pueden generar fallas que debe corregir la intervención estatal. No se trata pues de silenciar las verdades o mentiras de las voces más fuertes sino de potenciar a las voces más débiles para que haya más equilibrio informativo.

Pero, por tiempo y ánimo, me parece una quimera oír todas las voces: son demasiadas. Y son demasiados datos. La capacidad del Estado y del ser humano son limitadas y el mundo se ha vuelto digital exacerbando una brecha gigantesca en las oportunidades y las inequidades.

 

Unas cuantas aclaraciones

La información son datos que cuentan algo, a través de narración de hechos o interpretación con base en teorías y opiniones. La verdad la entiendo como la conformación o correspondencia de los datos con la realidad, como cuando un periódico cuenta o narra un accidente que sucedió. Pero siempre será una correspondencia parcial, no hay explicación en datos de la realidad que se corresponda totalmente con la verdad, pues hay datos del accidente que se escapan o teorías sobre su causalidad que son insuficientes. Algunas correspondencias son más completas, más exactas y si, además, las podemos conocer directamente, hay más probabilidad de ser más veraces que otras.

La correspondencia más exacta no es una verdad sobre esa realidad sino la realidad misma. En un cuento de un párrafo llamado «Del rigor en la ciencia», Jorge Luis Borges imagina un imperio en el que la cartografía se vuelve tan exacta que solo un mapa a escala del imperio mismo será suficiente. Un mapa a escala 1:1 sería la correspondencia máxima de la información con la realidad, es decir la verdad máxima, pero al instante deja de serlo para convertirse en la realidad misma. Ese mapa de coincidencia puntual ni siquiera se logra con Google Maps. Cuenta Borges que fue abandonado por las generaciones futuras, pues no resultaba de ninguna utilidad.

La información resulta útil como punto de partida para interpretar, explicar y dar coherencia a lo que nos rodea, pero no es su espejo. Para expresar y construir la verdad, nos servimos de narraciones e interpretaciones de hechos y la expresión de opiniones, como sucede con el efecto Rashomon: un mismo evento es contado de maneras diferentes y a menudo contradictorias por los testigos. Después de 1948 hubo una guerra de independencia para Israel y una Nakba, o catástrofe, para los palestinos. La combinación de hechos y opiniones no hace una verdad objetiva perfecta sino una interpretación razonable o más probable en el espectro que va desde la falsedad hasta la verdad.

 

La información en la era binaria: ceros y unos

Busquemos entonces la interpretación más cercana a la verdad en este universo virtual que está compuesto de mensajes casi infinitos que se convierten en una serie de bits (ceros y unos, como funciona internet). Esta tecnología digital potenciada por las redes sociales ofrece un ágora virtual que parecería el ideal de Mill, Holmes y Brandeis. Si atendemos la brecha digital en todas sus dimensiones, no solo habría expresión universal sino posibilidad de buscar todas las verdades. Las dinámicas digitales actuales se caracterizan por la masividad, velocidad y posibilidad de viralización de los contenidos, con lo que la información pareciera estar más cerca de la verdad que nunca.

Sin embargo, los nuevos poderes que hay detrás del mercado digital no logran equidad, como lo proponen Fiss y Stiglitz; ni siquiera si logramos conectividad universal gratuita, alfabetización e interés digitales y buenos equipos para todo el mundo. Estos poderes usan algoritmos y, cada vez más, inteligencia artificial, que atraen audiencias con base en las emociones de los usuarios, con lo que mantienen la viralidad de la información que circula y la atención del usuario que se monetiza, pero no necesariamente con base en información veraz. Por ejemplo, hay estudios que demuestran que la mentira circula más viralmente que la verdad en X, en YouTube y, en general, en internet, donde el ánimo de lucro manda la parada de los datos más asequibles, sin que se esfume nunca la información.

El historiador Yuval Noah Harari sostiene en Nexus que en el mundo contemporáneo más información no genera necesariamente más verdad ni más sabiduría porque hay mucha más información que es de menor calidad. Dice que es ingenuo pensar que la información nos lleva a la verdad, porque los errores, las mentiras y las ficciones también son información. El papel de la información es, para este historiador israelí, colocar cosas en formación, crear nuevas realidades y conectar masas de individuos a través de ellas. Claro que la forma más fácil de conectar gente no es con la verdad sino con fantasías, historias, ideología, mitología y ficción, porque la realidad es complicada y la gente no quiere complejidad sino historias simples y ordenadas, opina Harari. Algunas de esas ficciones, como el uso del dinero para intercambio, han tenido aceptación y consenso social, pero otras, como la forma de obtener el poder y el orden social, siguen en disputa y generan tensiones y versiones diversas o rivales. Es por estas grietas por donde se cuelan explicaciones menos verídicas, con lo que nos toca pensar en quiénes están detrás de todos esos datos que nos impiden acercarnos a la verdad.

 

Algunas fuentes de verdades y mentiras

Todo proceso cognitivo se nutre de diferentes fuentes informativas, pero todos los actores que las producen —tradicionales o digitales— deberían rendir cuentas.

La falta de centralización, dice Harari, es una causa del flujo desinformativo. Las redes informativas en las que cree la gente, desde la religión y la política, hasta la inteligencia artificial, están centralizadas en un sistema totalitario y, en una democracia, la información fluye descentralizadamente entre múltiples empresas, personas y organizaciones. En internet hay millones de redes descentralizadas que siguen protocolos comunes. A mayor número de personas que tienen acceso a escenarios que les permiten decir su verdad, menor posibilidad de consenso sobre verdades que triunfen y más campo para flujo de mentiras.

Los periodistas, informadores y opinadores responden por los principios de veracidad e imparcialidad en los hechos contrastados sobre los que informen y por la razonabilidad en sus opiniones que, a su vez, se deben basar en hechos contrastados. No siempre cumplen, pero al menos tienen ese derrotero. Una propaganda radial colombiana esboza: «Los medios, el antídoto eficaz contra la desinformación».

Por otro lado, las plataformas digitales tienen el conocimiento y la técnica para segmentar y perfilar los destinatarios de su información. Al conocer los datos, emociones e intereses de sus usuarios, logran captar su atención y moldear sus decisiones con el envío de información que puede o no ser verdadera. Las plataformas ya no analizan lo cierto o verdadero, pues les genera mayores costos y consideran erradamente que los fact-checkers son sesgados y censuran.

Su algoritmo, que promete saber más de ti que tú mismo, incide para que te mantengas más tiempo enganchado y ofrece la información que más atraiga a tus emociones e intereses, por oposición a la más veraz. Esta manipulación algorítmica también te encierra en cámaras de eco. Y todo es susceptible de empeorar, pues no entendemos el funcionamiento de la inteligencia artificial ampliada en su calidad de agente activo que puede tomar decisiones propias y crear ideas (como las alucinaciones de ChatGPT), con lo que perdemos la posibilidad de exigir más información veraz y menos mentiras.

Además, las grandes plataformas de redes sociales validan nuevos actores como influenciadores y bots. Los influenciadores no transparentan el origen de sus fondos ni sus fines, por lo que no sabemos si tienen o no un conflicto de interés con sus contenidos, que pueden no tener fundamento veraz, sin que sus audiencias lo sepan o lo entiendan. Los bots no son humanos y alzan la voz de la discusión artificialmente. Entonces, si en las redes sociales se amplía el ágora de discusión, los bots y los influenciadores no nos garantizan que estemos acercándonos a la verdad e incluso pueden alejarnos.

También están las voces reconocidas. En nuestra sociedad no se responde por lo que se dice, así que la responsabilidad de los políticos es escasa. Los científicos, por otro lado, responden ante la academia y con las reglas de la ciencia que son más estrictas pero no infalibles e incluso en ocasiones contradictorias.

 

Nosotros y lo falso

Uno también tiene su tendencia a la mentira. El sesgo cognitivo individual y cultural incide en que acojamos o no más mentiras en nuestro universo. Dice mi sobrina psicóloga que hay personas que tienen estructuras mentales que las llevan a ser más rígidas o menos flexibles en el pensamiento: no permiten cambios de paradigma aunque reciban información contraria a lo que creen, tienen más prejuicios y son más dogmáticas que otras. Estas personas tienden a quedarse encerradas en sus círculos. Recibirán y transmitirán menos verdades que aquellas que tienen estructuras más flexibles y abiertas y creen en el diálogo y la argumentación.

Por otro lado, está la ausencia de criterio para saber qué información está más alejada de la realidad. La mente humana se puede ver con frecuencia apabullada por tanta información sin contar con las herramientas para procesarla, asimilarla y apropiarla. No es fácil tomar posturas con tantos argumentos, evidencias que pueden ser disímiles y recursos escasos para procesar la información que circula.

Auxilio, ¿qué hago?

La verdad puede ser relativa al contexto y al objeto mismo, además de una construcción social debatible. También la forma de contar hechos es subjetiva y las diferentes versiones no son necesariamente falsas. Además, el ritmo de inundación informativa al que estamos expuestos hace flaquear el acceso a la verdad.

Sin embargo, hay un espectro de información más cercana a la verdad que otra, en especial si (I) se acompaña de fuentes más objetivas como el periodismo responsable, (II) de una ciudadanía crítica que aprenda a filtrar el ruido de las ideas más cercanas a la verdad, (III) ampliamos y diversificamos nuestras fuentes para exponernos a ideas diferentes y retar nuestros propios sesgos, (IV) los poderes digitales responden de las acciones de sus algoritmos que manipulan y no distinguen entre falso y verdadero (no de las acciones de sus usuarios) y (V) se denuncian e identifican los conflictos de interés, las falsedades flagrantes y las conversaciones de bots.

La verdad varía pero, mientras parece salir el sol por la ventana, percibo verdades comunes y más probables que aquellas que la información contenida en datos nos ayuda a entender, interpretar y apropiar.

Entre las certezas sobre la irreversibilidad de la muerte a la que podemos llegar delante de un cadáver o de un certificado de defunción y que usted está leyendo este texto, los criterios señalados en el párrafo anterior nos ayudan a encontrar información suficiente para corregir errores, desmantelar mentiras y conocer mejor la realidad que corresponda a unas cuantas verdades.

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