ETAPA 3 | Televisión

Humanos e imperfectos

1 de septiembre de 2025 - 8:24 pm
En el Caribe, el chisme es agua de vida. Bembeo, correveydile, radiobemba, cháchara, murmuración, cuento, bochinche, chismosería… dígasele como se le diga, hablar de la vida de los otros es una actividad apetecida que requiere información siempre fresca.
La figura de Juan Gabriel, «El Divo de Juárez», quedó para siempre inmortalizada como un meme. Como quien escucha tras la palmera lo que se cuenta, la imagen de «JuanGa» simboliza el chisme. La versión completa de la foto cuenta con la participación de Anahí, quien hacía de Mía Colucci en RBD. A pie de playa en Quintana Roo, México, estaban allí promocionando las versiones de Con tu amor y Déjame vivir en 2011.
La figura de Juan Gabriel, «El Divo de Juárez», quedó para siempre inmortalizada como un meme. Como quien escucha tras la palmera lo que se cuenta, la imagen de «JuanGa» simboliza el chisme. La versión completa de la foto cuenta con la participación de Anahí, quien hacía de Mía Colucci en RBD. A pie de playa en Quintana Roo, México, estaban allí promocionando las versiones de Con tu amor y Déjame vivir en 2011.

Humanos e imperfectos

1 de septiembre de 2025
En el Caribe, el chisme es agua de vida. Bembeo, correveydile, radiobemba, cháchara, murmuración, cuento, bochinche, chismosería… dígasele como se le diga, hablar de la vida de los otros es una actividad apetecida que requiere información siempre fresca.

—Señora Humberta, ¡no sabe lo que pasa!
—¿Qué pasa, señora Batata?
—Pasa que el flacucho de pelo largo y sucio del séptimo piso hace un ruido insoportable y me tiene harta, harta, harta.
¡Ay! Ese homosexual, drogodependiente, hace cinco años que me tiene repodrida. Ayer salieron diez muchachos (eran once, eran once) y antes de ayer, veinte muchachas drogadas…
—Escuche la música, escuche la música…
¡Dulce de leche! Mami, mami, me compré las bombachas de la Barbie y los anteojos de Batman y el disco… ¿Sabés de quién?
—¿De quién?
¡De Fito Páez!
—Pero Constanza, todas porquerías.
—Ay, mamá, sos borracha, borracha, chancha pedorra.
—(cachetada) ¡Querés callarte!
¡Ay!… Andá, la reputa que te parió, escuchá el disco.

 La anterior conversación sirvió como introducción
al bonus track, «Hazte fama», canción de Fito Páez
incluida en su disco Tercer mundo, de 1990.

El diálogo lo interpretan tres de los más queer e irreverentes comediantes que ha tenido Buenos Aires: los ya desaparecidos Batato Barea y Alejandro Urdapilleta, y el sobreviviente Humberto Tortonese.

En el tema, Páez expone las habladurías de las que era víctima en una época en la que no le iba muy bien. Estaba casi en la bancarrota, su vida amorosa era un fiasco, se le señalaba de maltratador de mujeres, las lenguas viperinas aseguraban que tenía sida por su extrema delgadez, decían que dormía gracias a los ansiolíticos y que hasta lo habían visto recolectando jeringas en el parque Japonés. A todas estas acusaciones el cantante rosarino respondía con el viejo refrán: «Hazte fama y échate a dormir».

El arquetipo de la señora chismosa (rulos, bata de dormir, escoba en mano) se popularizó a lo largo de la comedia latinoamericana desde la llegada de la televisión. Esta figura interpretada muchas veces por hombres travestidos parecía insinuarnos que el chisme era un asunto de «mujeres». Nada más equívoco: el cotilleo no conoce de género. Hombres y mujeres son proclives al indiscreto encanto de hablar e inmiscuirse en la vida de los demás. Siempre andamos cazando la costura suelta en quienes nos rodean, porque parece ser una necesidad casi fisiológica exponer al otro a la burla y el bembeo. La finalidad del chisme no es otra que exponer y juzgar. Hacer un pequeño juicio de pasillo y llevar a la víctima a la horca y hoguera de nuestros prejuicios morales.

Y respecto de creer que solo las mujeres ejercen el viejo oficio de la chismosería, créanme, no hay nada más sospechoso que un grupo de hombres en una esquina de barrio fingiendo hablar de fútbol o política.

De niño me gustaba sentarme en la puerta de mi casa junto a mi madre y sus amigas a oírlas hablar de diversos temas: el clima, lo costoso que estaban algunas cosas en los abarrotes y supermercados, lo vulgar de ciertas modas, el sistema político y, sobre todo, escucharles exponer a su manera ligera y desenfadada la vida de medio barrio: infidelidades, traiciones, embarazos no deseados o interrumpidos, y secretos ocultos de familia; para mí (un aspirante a escritor) era un banquete del que muchas veces salía con la barriga llena y al borde del vómito. A veces, parecía que se olvidaban de mi presencia y no escatimaban en detalles sórdidos y sexuales a la hora de contar las más íntimas historias de la vida de los otros.

La vida de los otros, he aquí el punto. Siempre, sin excepción, casi todos deseamos saber qué sucede tras la puerta de nuestros vecinos, a través de esa ventana indiscreta que nos invita a echar ojo y satisfacer al voyeur o chismoso que llevamos dentro. Quisiéramos ser invisibles por un rato y ver qué tan feliz o miserable es la gente a la que quizá envidiamos.

Volviendo a aquellas reuniones de mamá y sus amigas, el chisme se aderezaba entre tazas de café negro y cigarrillos sin filtro. Colilla tras colilla en una montaña de cenizas mientras el chisme incineraba lentamente a la víctima ausente.

Amira era una mujer carnuda que reía como mil cotorras que regresan a los árboles de mango cuando el sol cae en estos lares de la costa Atlántica colombiana. Ella poseía una gracia única a la hora de narrar los chismes más picantes del barrio. Y era muy «discreta»; Amira evitaba hablar con nombres propios y el personaje en cuestión aparecía recubierto por algún curioso y risible apodo: la Jopo Bajito, Los Mañenco, la Pequeña Pony, el Bola’e Cacho, la Barbilla, el Pochele, entre otros no menos sonoros. Definitivamente, pueblo chico, infierno grande. Allí uno se enteraba de que fulanita
era infiel con fulanito, que el Pochele se vestía de negrita Puloy en los carnavales, que uno de los hijos
de la Jopo Bajito no era de su esposo, que la que se casó de blanco el fin de semana pasado no era señorita. Y también de asuntos sórdidos como que en el vecindario no faltaba el hombre que había matado a otro.

Las horas predilectas, no solo de mi madre, sino también de vecinas y vecinos del barrio eran después de las cuatro de la tarde, aquellos instantes en los que el sol bárbaro daba un poco de tregua y algo de brisa soplaba haciendo que los aromas a comida inundaran las calles. «¡Niña se te quema el arroz, el bocachico!», le gritaban a Amira, y ella entre carcajadas respondía que hace rato se habían quemado los calderos de media cuadra. En las puertas de las casas cada corrillo y sus lenguas de fuego quemaban al primer parroquiano que diera papaya. «Lo pillaron con la otra en el cine Apolo», comentaba alguno, «y la mujer lo levantó a piedra», completaba Emilse, la otra pata del trípode que junto a mi madre, tarde tras tarde de aquellos lejanos años ochenta, sacudió mi mente con sus cotilleos falsos o verdaderos.

El chisme es la piedrecilla rodando por una pendiente que en su trayecto se convierte en un alud terrible que arrasa todo lo que cruza su camino: reputaciones, prestigios, vidas enteras. Pero su enfermizo encanto nos enreda en la pavorosa red. Y abrimos nuestros oídos para escuchar una vez más quién hizo algo indebido, y dictaminamos si su desprestigio es merecido o no. Nos encanta encender la hoguera con las palabras mágicas: «Ya te enteraste de que…».

Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti. Famosa frase atribuida al escritor irlandés Oscar Wilde, quien bien conoció el agridulce sabor de estar en boca de media sociedad victoriana, lo que lo llevó a morir en vida tras los barrotes de una cárcel. Esa reina Victoria, que bien lengua larga sí era, o que lo diga la duquesa de Bedford, quien se había inventado la célebre costumbre del té de las cinco de la tarde, hora que se convirtió en la predilecta para sacar a flote los chismes más sonoros de la época. ¡Ay!, la pobre lady Flora Elizabeth Rawdon-Hastings fue de sus víctimas favoritas, y hasta le atribuyeron un embarazo cuyo padre, según estas dos aristocráticas damas del chisme, era sir John Conroy, un oficial que Victoria detestaba (al igual que a Wilde) y no me crean, pero se rumoraba que Conroy ¡había sido amante de la reina! La sociedad británica quedó en shock con las insinuaciones de su reina, y la sufrida lady Flora tuvo que acudir a un médico para que determinara que la inflamación de su vientre se debía a un tumor maligno que la aquejaba y la sentenció a muerte tiempo después. ¿Y Victoria? Bien, siguió tomando el té todos los días a las cinco con su íntima amiga de infidencias.

El chisme no conoce de estratos sociales, todos sucumben a su encanto. Pero creo que en la chismosería popular hay un entramado difícil de superar. Ese teléfono roto que empieza con un débil tono de rumor que llega a un oyente final convertido en toda una odisea. La simple lluvia que destechó un par de casas termina en huracán, ciclón, un terremoto que tiró abajo al pueblo entero por supuestas conductas paganas. El cólico menstrual de la Wendy, la chica más popular de la cuadra, acabó en un parto sorpresa que dejó a su madre boquiabierta y a su padre en conato de infarto. Nada como los barrios populares. Sé de lo que hablo porque he vivido décadas en uno de ellos, y aquí te despellejan vivo y con tus huesos hacen una sopa nutritiva que cría lenguas fuertes y afiladas. Hay que moverse con cuidado. Donde menos piensas hay ojos vigilantes. Y lo que hiciste un sábado por la noche/madrugada circula por tiendas y esquinas el domingo muy temprano: nadie disimula, y te miran como diciéndote: «Sabemos lo que hiciste la noche anterior, y tenemos pruebas». ¡Dios santo! Hoy estás tranquilo viendo un horrible reality en casa y mañana eres la estrella porno del video del momento. Sé de lo que hablo. De mí se dice mucho. Y siempre advierto a la gente que si les hablan las cochinadas más tremendas sobre este servidor, las crean todas. Soy inmune ante el qué dirán: ¡Oscar Wilde, dame fuerzas!

Según un análisis realizado por investigadores de la Universidad de California, en Riverside, la persona promedio pasa cincuenta y dos minutos todos los días chismoseando. Tal vez un poco más o un poco menos. Si bien el chisme de barriada tiene sus fanáticos, otros optan por un cotilleo más sofisticado, y se embuten de revistas y programas faranduleros para enterarse en qué andan las celebridades. Los romances de Jeniffer López, Madonna, las borracheras de algún actor en declive de Hollywood son tema de conversación en pubs, cafés y peluquerías. Pero insisto, nada como el chisme cercano que involucre a conocidos, a ese o esa que deseamos y odiamos en secreto.

Chismecitos literarios

En febrero de 2001 estaba de visita en la Casa de Poesía Silva junto al escritor Jaime Manrique Ardila. Su gran amiga María Mercedes Carranza nos guiaba por los interiores del caserón mientras señalaba con su dedito: «Esta es la sala Rafael Maya, esta es la sala Porfirio…». Al pasar por uno de los baños, exclamó: «Esta es la sala Julio Flórez». Quedamos todos en silencio hasta que la anfitriona dijo que ya era hora del almuerzo. Cuando se lo conté a mi amigo Harold Alvarado Tenorio, uno de los poetas más exquisitos de este país, y cuya lengua tiene siete filos, se atoró de la risa y solo atinó a apurarse un whisky que tenía en la mano.

Harold es una cantera ambulante de chismes. Lo tachan de odioso y maledicente, pero es un hombre divertido. Los tiene de presidentes, poetas, actrices, políticos, novelistas. Hay uno que siempre recuerdo con mucho humor y era el de tres conocidos poetas que coincidieron en el apartamento de un colega escritor. Los tres poetas se odiaban y envidiaban entre sí. Y según cuenta Harold que le contó su amigo anfitrión, ninguno de los poetas se levantó un segundo de su silla en toda la noche ni para ir al baño. Al parecer ninguno quería exponerse a que hablaran mal de ellos a sus espaldas.

El libro Plegarias atendidas de Truman Capote es el vivo ejemplo de cómo llevar el chisme al terreno literario. Aunque los críticos ven esta obra como un texto decadente y menor, creo que Capote expuso a toda una sociedad sin anestesia. Él fue el confidente que luego se transformó en delator. Al revelar tantos «secretos» de toda esa gente poderosa que lo rodeó, les dijo: «Ustedes son esto, son el producto de cada acto público o privado que cometen. ¿Pagarán por ello?». Un retazo de chismes, así definieron a este póstumo e inconcluso libro de Capote. Yo creo que va más allá de eso. Nos muestra cómo somos: humanos e imperfectos. Gente que siempre quiere saber más, solo un poco más.

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