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Un taller de cinco minutos

1 de junio de 2026 - 12:08 am
La historia de un joven Abelardo Castillo enfrentado a un maestro severo sirve para pensar qué significa realmente aprender a escribir y todas las decisiones que hay detrás de una sola frase.
Polígrafo de John Isaac Hawkins. Grabado de Wilson Lowry según dibujo de J. Farey Jr. Cyclopaedia de Abraham Rees, ca. 1810.

Un taller de cinco minutos

1 de junio de 2026
La historia de un joven Abelardo Castillo enfrentado a un maestro severo sirve para pensar qué significa realmente aprender a escribir y todas las decisiones que hay detrás de una sola frase.

Suelo empezar la primera reunión de mis talleres leyendo un texto breve de Abelardo Castillo que se llama «Por el sendero venía avanzando el viejecillo». Ahí Castillo cuenta que asistió una sola vez a un taller de escritura y que duró cinco minutos. Él tenía alrededor de diecisiete años y fue a visitar a un «viejo profesor sin cátedra» que vivía en San Pedro. Bosio Arnaes se llamaba. Un hombre extraño y misterioso, considerado un sabio por la gente del pueblo. Castillo había escrito un cuento y quería leérselo. Arnaes asintió. El cuento empezaba: «Por el sendero venía avanzando el viejecillo…». «Y ahí terminó todo», dice Castillo. Porque Bosio Arnaes lo interrumpió y le hizo una larga lista de preguntas: «¿por qué sendero y no camino?, ¿por qué avanzando y no caminando?, ¿por qué el viejecillo y no un viejecillo?, ¿por qué viejecillo y no viejecito, viejito, anciano o, simplemente, viejo?». Y, sobre todo, dice Castillo que le dijo Arnaes: «¿por qué no había escrito que el viejecillo venía avanzando por el sendero, que era el orden lógico de la frase?». Castillo, que a sus diecisiete años no tenía respuesta a ninguna de esas preguntas, contestó que lo había escrito así porque ese era su estilo. Bosio Arnaes, lacónico, le dijo que, para tener estilo, antes había que aprender a escribir.

Me gusta la anécdota porque Bosio Arnaes no le dice a Castillo qué debe y qué no debe hacer. No le da consejos ni propone escuelas, dogmas o fórmulas. No impone: pregunta. Eso es suficiente. Las preguntas incomodan y obligan al aspirante a escritor a pensar en cosas que no había pensado todavía. Ese es un modelo para mí. Si un taller funciona bien, debe ser un lugar en el que nos hacemos preguntas que nos obliguen a pensar y repensar nuestra escritura.

Lo otro que me interesa es el tipo de preguntas que hace Bosio Arnaes: todas vinculadas a los aspectos técnicos del cuento. Arnaes observa el campo lexical, los adjetivos, la sintaxis, la voz del narrador. Castillo había escrito intuitiva, espontáneamente: no era consciente de la cantidad de decisiones que había tomado; por eso responde como responde. Arnaes parece querer decirle que los lectores pueden desentenderse de los mecanismos ocultos, de los procedimientos que hacen que la ficción funcione; los escritores no, nunca. Y esa idea, la de que existe un saber técnico, específico y puntual en el armado de los textos literarios, es, evidentemente, lo que subyace en la última afirmación de Arnaes: a escribir se aprende. O, como lo diría él: se debe aprender.

En este sentido, Liliana Heker sostiene que nadie puede enseñarle a otro a ser escritor. Como en todas las artes, hay algo de intransmisible, de inefable y de mágico en la mejor literatura. Nadie puede enseñarnos a escribir «La dama del perrito», La metamorfosis o El Ulises, por ejemplo. Pero, al mismo tiempo, dice Heker, también es cierto que todos los escritores, en algún momento de su vida, aprenden el oficio. Todos, tarde o temprano, adquieren los conocimientos que se necesitan para construir un texto sólido y auténtico. Los caminos para conseguir esos conocimientos son diversos y dependen de cada uno: solo o acompañado, con amigos o desconocidos, en un taller, en la facultad o en la mesa de un bar. Pero todos los escritores sienten la punzante necesidad de dominar, descubrir, apropiarse y también, a veces, forjar esas herramientas delicadas y fundamentales que son los recursos técnicos.

Para terminar el primer encuentro, propongo en el grupo que imaginemos al joven Castillo volviendo a su casa esa tarde. Camina silencioso, pensativo. Quizá patea una piedra o una chapita de cerveza por las calles vacías de San Pedro. Algo cambió en él. La firme vocación hace que mantenga la convicción intacta, pero ahora esa convicción convive con la certeza de que no va a ser tan fácil; Bosio Arnaes, en solo cinco minutos y con pocas palabras, le demostró que la voluntad y el talento no le van a alcanzar si realmente quiere, algún día, convertirse en escritor.

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