ETAPA 3 | Televisión

Donde Tomás no está

6 de febrero de 2026 - 12:20 am
Una tía recuerda a su sobrino, que murió en una fiesta de música electrónica luego de consumir MDMA. Entre la culpa y el duelo, este testimonio insiste en la necesidad urgente de la legalización en Colombia como camino para salvar vidas.

Donde Tomás no está

6 de febrero de 2026
Una tía recuerda a su sobrino, que murió en una fiesta de música electrónica luego de consumir MDMA. Entre la culpa y el duelo, este testimonio insiste en la necesidad urgente de la legalización en Colombia como camino para salvar vidas.

Mi hermano me llamó y dijo: «Tomás se murió». Y desde ese momento una parte de mi mundo perdió todas las cualidades que suele tener la realidad, así que le dije de la manera más natural, ya con la voz enajenada: «¿Cómo así?». Y él repitió: «Tomás se murió». Entonces ahí sí, en una milésima de segundo, una mano enguadañada atravesó mi cuerpo —el físico, el más real de todos— con una aguja que me entraba por la coronilla y salía por la planta del pie. Grité de dolor como había visto que hacían las mujeres representadas en una situación así —desde las Troyanas hasta hoy— y que hasta ese momento había creído sobreactuadas. Así supe que la irrealidad, sobre todo, es contundente.

El pensamiento afectivo necesita de un cuerpo físico que ocupe espacio en cualquier parte del mundo. La ausencia verdadera es lo que resulta de la falta de asidero para ese pensamiento. En el espacio que ocupó Tomás —casi toda su vida lejos de mi vista— ahora no está nada que yo pueda saber vivo. Es lo más surreal que existe y la cosa más triste. El tiempo y la forma en que cada quien pone eso en su lugar se llama duelo.

Tomás era mi sobrino mayor. Mi hermano, sabrá Dios cómo ha sobrevivido. Creo que mi sobrino menor se agemeló con su hermano y anda con él para todas partes sin tener claro cómo. Mi madre regaña la foto de Tomás cada vez que la mira y algo en ella se pone muy cansado. Los reduzco de esta manera porque no puedo hablar por ellos sin abusar de su confianza, no porque haya en su dolor algo impresentable o impúdico, sino que es tan íntimo que ellos tampoco saben a ciencia cierta del mío.

El mío no es posible sin un mea culpa. Como dijo Joan Didion, no puede una desprenderse de la sensación espantosa de no haber sido capaz de proteger la vida que nos fue dada para nuestro cuidado, y aunque siempre he sostenido —incluso ante mis sobrinos— que las tías no estamos para cuidar sino para atestiguar —con una alegría a la que es mejor no ponerle palabras para no estropearle el gusto que siempre deja en la boca— hay una en mí que necesita confesarse.

Toti murió hace dos años en una fiesta de electrónica en Bogotá. Iba con un amigo con el que le gustaba compartir la rumba, palabra que él definitivamente no usaría, porque tenía veinticinco años cuando pasó. No me diría que soy una pata, como a su papá, solo me miraría con condescendencia y una cara de póker que lograba disimular con otros pero que con la familia no pasaba de ser un gesto que delataba unas ganas de reírse que le inflaban las aletas de la nariz un par de veces antes de irse a quién sabe qué lugar de su cuerpo. Pero yo estaba en lo de la confesión. Perdonará la lectora que me vaya por las ramas, ya dije que cada uno hace con esto lo que puede y yo, que soy más transparente que una lechuga, a la hora de este té, he decidido divagar.

Mi sobrino había ido a una fiesta que se prolongaría por dos días. Allá vendían, pero él decidió llevar una sustancia que le había regalado un dealer de confianza —de la suya—, que había probado solo unas semanas antes y de la cual se había prendado por lo suave y acogedora. Le quitaba el sueño y el hambre, pero lo mantenía sobrio, solo muy enamorado de todos y de todo, con el amor de verdad, que es lo contrario al miedo. Lo sé porque yo también la conozco. En la calle vieja le dicen éxtasis; en el laboratorio y la clínica, MDMA.

La confesión se puede adivinar de lo que digo. Me parte el corazón no saber por qué carajos nunca hablé con él sobre las sustancias que sabía que ya estaba consumiendo. Si yo era la tía a la que le había dicho de chiquito que estaba triste porque no tenía amigos en la ciudad adonde lo habían llevado a vivir sus papás, y fui yo la que le dije que hablara de eso para que pudiera descansar, y que era normal y que lo dejara ser para que pasara pronto y les diera espacio a los mejores amigos que tendría en la vida. Tal vez porque ya era grande y, sobre todo, porque lo nuestro era otra cosa, como de leche caliente y migas de pan, de asombro y estupefacción y risas contenidas, y no de la gravedad de las charlas didácticas. Y con esto me engaño, que es la antesala obligada del que tiene que abrir tarde o temprano el cuarto de la contrición. El de la súplica de perdón.

Porque la última vez que nos vimos, en la fiesta de cumpleaños de mi hermano, yo sabía del m más que casi cualquiera o por lo menos más que él. No puedo evitar pensar en lo que habría pasado si le hubiera explicado que funciona como un veneno —en realidad como una medicina—: puede salvar la vida o ser letal, dependiendo de la dosis. Que básicamente lo que hace es «relajar» la amígdala, el lugar del cerebro en que se activan todos los mecanismos de defensa —tanto los físicos como los emocionales— y por tanto te permite pensar en cualquier cosa, la que sea, sin temor, con la mayor lucidez de la que un ser humano es capaz. Por eso te hace sentir tan bien y a la vez tan en tu juicio. Pero que para hacerlo, literalmente ordeña la serotonina de tu cerebro y por eso no debe ser consumida con regularidad, porque tarda en recuperarse totalmente alrededor de dos meses. La consecuencia del mal uso es, en el mejor de los casos, la depresión química y en el peor, una sobredosis que lleve a un paro cardiorespiratorio.

Le podría decir también lo que de verdad creo: que el m es un regalo de la ciencia que ha ayudado a cientos —a miles— de personas a superar sus traumas desde que fue descubierto hace más de sesenta años en un laboratorio de Estados Unidos. Al permitirnos mirar el dolor sin dolor y experimentar con todo nuestro ser la relatividad del bien y del mal, del amor y el miedo, del día y la noche, nos conecta con una conciencia amplia que sin juicio y desde la energía más pura del corazón-amor integra los opuestos de la existencia. Y que sin descartar su potencial para volver cualquier reunión una fiesta, usarla así es como andar en un Porsche por Medellín, no está mal, simplemente es un desperdicio; y que eso que se parece tanto a la felicidad puede ser una trampa, porque nuestro sistema defensivo está ahí para algo: el mundo es un lugar hostil, salvaje, violento, desde que nació, y nosotros nacimos en él.

Pero de todos los lugares comunes que conozco, este es el más grande: nunca lo sabré. Mi terapeuta junguiano me habló hace poco del concepto de destino para nombrar aquello que incluso supera el «para qué» —que va más allá del por qué— con el que mi hermano —y yo también, a cada rato— intenta darle sentido a esto. Me quedé pensando, porque la mayoría de las veces confundimos el significado de destinocon el de fortuna, pero el destino es, en realidad, el lugar adonde llega lo que ya se está moviendo hacia allí. Así, la muerte de Tomás es nuestro destino, el de su cuerpo hermoso, y el de nuestro pensamiento afectivo que llega a esa estación y se baja del tren del mundo. Parece el final, pero yo siento que allí, donde Tomás está muerto, mi familia y yo nos encontramos con todo el amor que le tuvimos, que se desparrama por el pueblo de la ausencia hasta hacerlo aparecer.

La muerte de Toti es también el destino final de mi culpa, porque no hay manera de que su recuerdo deje de llevarme al lugar de mi corazón donde él habita ahora y allí las aletas de su nariz y el gesto de su mano cuando pateaba la pelota mientras corría a toda velocidad por una cancha de fútbol me humildan y yo solo puedo agradecer a la muerte por cada minuto que me regaló de su esplendorosa vida.

Lejos de la culpa —y todavía más del amor y la conciencia de la vida—, pero seguramente como parte del proceso del duelo, surgen en mí tremendas inquietudes. La Fiscalía aún no ha entregado los resultados de la autopsia; hay gente que después de mucho más tiempo no sabe cómo murió su ser querido, lo que se me antoja una revictimización. A mi hermano eso no le importa, no quiere saber, dice que eso no cambiará lo que pasó porque nada le devolverá a su hijo, y tiene razón. Pero intuyo —y algo de eso hemos tocado por el borde— que en el fondo tiene miedo de encontrar un responsable más allá de las veces que siente que se equivocó en la crianza de ese pelado, o las que no lo pudo proteger de sí mismo. Pero para mí hay una diferencia importante entre las posibles causas de muerte. No es lo mismo una sobredosis por m que un choque anafiláctico por una sustancia mezclada, o una sobredosis de otra sustancia con la que cortan el m o lo hacen adictivo. Tengo curiosidad por saber cómo estamos de mal en este país.

Sin embargo, en ese mirar para atrás al que te dirige la culpa, se encuentra uno con esas cosas que cree que podría hacer mejor, y de ahí han surgido desde fundaciones de labores invaluables, hasta cóndores para enterrar todos los días. A mí me dio por preguntarle en el velorio a la novia de mi sobrino si ella sabía que había lugares donde se podían testear las sustancias que iban a consumir para saber si eran seguras, y ella, a pesar de su dolor, me miró desde los ojos más llorosos con tanto asombro y atención que supe que ella y mi sobrino no habían llegado nunca los esfuerzos de entidades como Échele Cabeza.

Hace mucho que sé de ellos porque lo que hacen es relevante para este territorio transido de guerra contra las drogas, toda tan fallida, deliberadamente desenfocada, apretando siempre los eslabones más débiles, haciéndonos creer que así se rompe la cadena, cuando en realidad solo se la hace eterna. En un país donde casi el 44 % de la gente vive con un ingreso menor de $500.000 al mes por persona, vendedores de pacotilla como el dealer de Tomás —que seguro ni siquiera le advirtió de los peligros de una sobredosis— nacen y se reproducen por decenas todos los días. Pero aquí nos dedicamos a perseguirlos a ellos y a los campesinos que cultivan las «matas que matan». Más allá de este último gobierno, casi nadie ha pensado en otra posibilidad, y no voy a ser tan ingenua de rasgarme las vestiduras preguntándome por qué. Pero al lector confundido por mi impaciencia le digo que solo tiene que seguir la senda del dinero.

Así que me figuré que a ellos, los de Échele Cabeza, les podría interesar saber lo que acababa de pasar: un muchacho de veinticinco años se va un domingo en la mañana para una fiesta costosa y seguramente clandestina, un evento que en la Secretaría de Gobierno debe aparecer como un concierto de música electrónica parecido a los que hacíamos en el espacio cultural donde alguna vez trabajé. Lleva su propia sustancia y la muestra en la entrada para que después los organizadores no vayan a creer que es un vendedor colado. Al poco tiempo de estar adentro aparece con un termo y les ofrece a sus amigos, con la advertencia de que «está cargadito». Pasa media hora —en la cual no es factible que se haya tomado todo, pero no sabemos—, se siente mareado, va al baño, cuando vuelve está pálido, dice que le duele el cuello, se tambalea, se desmaya, su amigo lo recoge, pide auxilio, nadie hace nada.

En la fiesta no hay primeros auxilios, ningún paramédico, mucho menos una ambulancia. Después de un rato, aparece alguien —que en una versión es el dueño del entablado— que le dice al pelado que los lleva a un hospital pero no entra, no quiere que lo responsabilicen de algo que no es con él. Montan al muchacho en un carro, su amigo lo acuna, en la mitad del camino siente cómo suspira. Cuando llegan al hospital los médicos tratan de resucitarlo, es tarde, su corazón ya no responde. El muchacho de veinticinco años ya no está entre nosotros y el alma de algunos seres humanos que lo aman se parte en dos.

Entonces, en mi afán de ponerme en marcha para ayudarme ayudando a alguien maś, me consigo el teléfono de Julián Quintero, el director de Échele Cabeza, le mando un audio, me presento como conocida de un conocido, le hablo del muchacho, le digo que es mi sobrino que murió en una fiesta. Pienso que a ellos les puede interesar saber estas cosas que están pasando, pienso que así como tienen lugares especiales para que los consumidores testeen las sustancias y consuman de forma segura, también tendrán una línea de trabajo de prevención de muertes por negligencia. Él me dice que le cuente lo que pasó y le diga el nombre de la fiesta. Me entusiasmo y le envío un audio de once minutos. Me deja en visto.

De verdad, creo que nuestra esperanza más grande es la legalización. Siempre lo pensé pero ahora estoy convencida. Si por lo menos algunas drogas fueran legales, la fiesta a la que asistió Tomás no tendría que mentir frente a las autoridades, podría existir públicamente y, al hacerlo, ser vigilada y regulada. Como cualquier otro evento, tendría que tener un plan de control de riesgos, con primeros auxilios —en este caso, especializados— que incluyeran un resucitador DEA, epinefrina para evitar la anafilaxia fatal, hidratación suficiente y gratuita, y una persona con conocimientos de primeros auxilios para crisis psicóticas e incluso depresión inducida por sustancias. Si esto fuera así, a Tomás le hubieran atendido su paro cardiorespiratorio allí mismo, y aunque no se puede saber con certeza, habría muchas más posibilidades de que estuviera vivo. Para eso es que se busca la legalización. Para salvar vidas y tener recursos y obligación de prevenir el consumo irresponsable.

Échele Cabeza lleva años trabajando por lo primero, salvar vidas a través de la reducción de riesgos. Ha sido pionera en Latinoamérica buscando la legalización para poder hacer eso mucho mejor, más efectivo, con un alcance a la altura del problema del consumo de sustancias que nadie regula —sustancias mezcladas y sustancias directamente peligrosas para la salud— porque para la ley no existen, porque están simplemente prohibidas. Por eso, en el audio que le mandé a su director, al final, le decía que yo quería trabajar con ellos, que me ofrecía de voluntaria para pensar y hacer cosas que ayudaran a prevenir las muertes desde el consumo informado y responsable, porque no solo se salvan vidas protegiendo al consumidor y el consumo. Una de mis amigas más cercanas me dijo: «Cuando el hombre te conteste, me dices, yo también quiero». Pero él nunca supo —o tal vez sí— y yo admiro su capacidad guerrera de concentrarse en derrotar el molino de viento más atroz que es la ilegalidad donde hay gente que gana fortunas impronunciables vendiendo drogas de mala calidad en dosis mortales a los pelados y a los que alcanzan a llegar a viejos. Para cambiar las cosas de verdad se necesita esa capacidad de enfocarse en una cosa a la vez y no permitir la dispersión suya ni de sus recursos en muertos que desvíen la discusión del centro.

Cuando voy a visitar a mi sobrino en mi corazón para mostrarle lo que acabo de escribir, me pide que lo vuelva esperanza, porque él era así, todo confianza en la vida, todo buena estrella, todo buenos consejos para sus amigos —eso dicen ellos y me hacen sonreír—, todo nobleza, pero yo no sé cómo hacer eso. Le digo que es lo que pasa en un país donde el drama de las víctimas es tan insoportable, tan inconmensurable, que nosotros no cabemos ahí. En comparación con eso, nuestro dolor es tan chiquito que nadie tiene por qué escuchar. Estamos solos, él y yo, en mi corazón.

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