ETAPA 3 | Televisión

El juego de la vida y el tiempo de la memoria 

5 de junio de 2026 - 12:49 pm
El documental El juego de la vida, de Mario Andrés Ruiz Zuluaga, siguió durante catorce años a cinco familias colombianas para preguntarse qué determina nuestro destino y si podemos cambiarlo. Una de sus revelaciones no tiene que ver solo con la movilidad social, sino con quién tiene tiempo para comprender su propia historia. 
Mildred Leal, protagonista de _El juego de la vida_, (2026), y su hijo Donny. Foto del documental.

El juego de la vida y el tiempo de la memoria 

5 de junio de 2026
El documental El juego de la vida, de Mario Andrés Ruiz Zuluaga, siguió durante catorce años a cinco familias colombianas para preguntarse qué determina nuestro destino y si podemos cambiarlo. Una de sus revelaciones no tiene que ver solo con la movilidad social, sino con quién tiene tiempo para comprender su propia historia. 

Sobre su escritorio hay un jarrón de vidrio azul con flores amarillas, tres materas pequeñas con suculentas de distintas clases, un vaso repleto de bolígrafos y resaltadores de todos los colores, un tablero de corcho que exhibe las reglas inflexibles de un decálogo antiamargura e innumerables papelitos con notas que colegas agradecidos le han dejado. En el Ministerio de las Culturas es evidente que ella es la persona a quien hay que llamar cuando surge algún contratiempo administrativo: conseguir los escritorios para los nuevos funcionarios, realizar traspasos de inventario, ajustar formularios, revisar presupuestos. Para encontrar una solución, siempre es buena idea empezar por preguntarle a Mildred Leal.  

Nos hemos hecho amigas. Me hace reír. Pero sabía poco de su vida fuera de la oficina. Tal vez por eso me sorprendió tanto encontrarla, mientras perdía el tiempo en redes sociales, en el tráiler de una película.   

El juego de la vida, el documental de Mario Andrés Ruiz Zuluaga estrenado el pasado 7 de mayo, siguió durante catorce años a cinco familias colombianas para observar sus trayectorias y preguntarse cuánto pesan el esfuerzo individual y las condiciones de origen en el destino de las personas. Entre los rostros que aparecían en el avance reconocí de inmediato los ojos negros y la boca pequeña y sonriente de Mildred.   

Días después nos encontramos en el estreno de este documental, que habla de movilidad social y oportunidades en Colombia, que, según datos del Banco Mundial analizados en 2025 por la plataforma Our World in Data, comparte con Sudáfrica el primer lugar entre las naciones con mayor desigualdad de ingresos del mundo.  

La historia de Mildred está marcada por experiencias que atraviesan la vida de miles de colombianos: el desplazamiento, la incertidumbre laboral, la migración en busca de oportunidades. Cuando la cámara la encuentra por primera vez, vive en un municipio que pronto desaparecerá del mapa: Gramalote, el pueblo nortesantandereano que, en 2010, debido al movimiento de las fallas geológicas y la ola invernal, se volvió completamente inhabitable. Después vinieron los albergues temporales, la reconstrucción de una comunidad dispersa, la búsqueda de trabajo en otra ciudad y la necesidad de empezar de nuevo una y otra vez.  

Sin embargo, cuando le pregunté qué había significado ver terminado el documental, su respuesta tomó otro rumbo: «Yo nunca tuve tiempo de tener ansiedad, ni depresión, ni nada. Yo tenía que jugármela por mis hijos. No les escogí un buen papá, pero sí tenían una buena mamá, y yo había tenido la mejor mamá, ella era mi referente. Mucha gente nunca apostó por mí. Mucha gente decía: “Esa gorda se llenó de chinos, no va a ser capaz”. Decían que mis hijos, por estar en el rap, se iban a volver viciosos o ladrones. Yo nunca me detuve en eso. Siempre he dicho que para las verdades, el tiempo. Y la película me abrió otra vez todo eso que tenía guardado aquí».  

Hace una pausa y se toca el pecho.  

«Ahí es donde uno dice: juepucha. Porque usted traza su línea de vida y a veces pone un telón para que no le duela lo que pasó. Cuando vi la película, pude evaluar mi vida. Independientemente de que me haya tocado con papá o sin papá, una hija con discapacidad, un desplazamiento forzado… los recuerdos quedan. Los malos quedan por allá, en un huequito negro. Pero la segunda vez que vi la película, empecé a mirar distinto. Yo decía: juepucha, ¿a qué horas hice todo eso? ¿A qué horas logré que mi familia siguiera unida? No es perfecta, claro que hay problemas, pero seguimos siendo una hoguera. Hay respeto. Piden la bendición. Nos llamamos todos los días. Y entonces uno se pregunta: ¿a qué horas pasó todo eso?».  

La pregunta no surge únicamente de los años registrados por la película. Tiene que ver con vidas acostumbradas a avanzar sin tiempo para detenerse a pensar en sí mismas. ¿Qué pasa, entonces, cuando alguien te devuelve una versión narrada de tu propia vida?  

Cuando Andrés Ruiz comenzó a trabajar en el proyecto, las preguntas que lo movían, sin embargo, eran otras. Provenían de una investigación de la Universidad de los Andes: la Encuesta Longitudinal Colombiana (ELCA), el primer estudio de este tipo realizado en el país. Desde 2010, la encuesta siguió durante más de una década a cerca de diez mil hogares urbanos y rurales para observar cómo cambiaban sus condiciones de vida, qué factores favorecían la movilidad social y por qué, para muchas familias, salir de la pobreza seguía siendo una excepción más que una regla.  

La idea inicial del documental, aunque ambiciosa, parecía sencilla: acompañar con una cámara a algunas de esas familias y observar qué ocurría con ellas a lo largo del tiempo. Pero, desde el comienzo, Ruiz tomó una decisión poco habitual: mostrarles periódicamente a las familias el material que iba registrando. Decidió hacerlo tanto por una inquietud ética como por una experiencia previa. En Cuestión de química, un documental anterior sobre el riesgo que corren en Colombia los lavadores de tanques de camiones y tractomulas al entrar en contacto con químicos peligrosos sin protección, había esperado hasta el final para enseñar el resultado a sus protagonistas y su reacción lo dejó incómodo. Al verse en pantalla, se juzgaron con dureza, decían que no se reconocían en lo que veían, aunque no podían explicar muy bien por qué.   

En El juego de la vida quiso hacer algo distinto. «Me parecía justo que ellos vieran esto para que se generara una conversación», me explicó Andrés. «Si tú vas a aparecer en algo, lo mínimo es que sepas en qué».  

Cada tres años regresaba con las grabaciones que había hecho hasta ese momento. Les mostraba fotografías, fragmentos de video, publicaciones derivadas de la investigación. Las familias nunca vieron la película completa sino hasta el final, pero sí acompañaron el proceso.  

Y, aun así, cuando el documental llegó a las salas de cine, ocurrió algo distinto. Porque una cosa es ver fragmentos dispersos y otra muy diferente encontrarse de pronto con catorce años de vida organizados en una sola narración.  

Fue precisamente lo que Mildred intentaba describir cuando hablaba de la sorpresa de reconocerse en pantalla y preguntarse por el furioso paso del tiempo.   

La transformación, en todo caso, no ocurrió solamente en las familias que seguía la película. También ocurrió en quien la estaba filmando. «Cuando empecé a grabar, pensaba que iba a demostrar que, si uno quería, podía», me dijo Ruiz. «Después entendí que algunos de verdad no pueden porque el sistema no los deja».   

La evidencia acumulada por la ELCA apunta en una dirección similar.  El economista y exrector de la Universidad de los Andes Alejandro Gaviria, que participó en el proyecto desde sus inicios, me explicó que las investigaciones sobre movilidad social muestran que las características individuales son importantes, pues «explican un porcentaje significativo y sustancial de la movilidad, entre una tercera parte y un cuarenta por ciento según diferentes estudios». Sin embargo, añadió que esas características nunca actúan en el vacío: también importan la educación de los padres, el contexto socioeconómico y las oportunidades que ofrece el entorno.  

La observación resulta relevante porque obliga a escapar de una dicotomía frecuente. Reconocer el peso de la resiliencia, la perseverancia o la fuerza de voluntad no implica negar las desigualdades estructurales ni convertir cada historia de ascenso social en una prueba de que el sistema funciona. «Me siento tranquilo en una sociedad donde ese tipo de características lleven a una mayor movilidad», dice Gaviria. «Una sociedad donde eso no ocurra sería una sociedad anquilosada».  

Con el paso de los años, Andrés Ruiz comenzó a preguntarse por qué ciertas historias le interesaban más que otras, por qué insistía en determinadas preguntas y qué relación tenía todo aquello con su experiencia. Fue entonces cuando la película empezó a transformarse. Lo que había comenzado como una observación de biografías ajenas terminó convirtiéndose también en una exploración de su propia historia.  

Por sugerencia del productor del documental, en la búsqueda de un hilo narrativo que conectara los distintos relatos, Ruiz  decidió aparecer en el documental; ha sido uno de sus aspectos más comentados. El juego de la vida se presenta como la historia de cinco familias colombianas. Sin embargo, a medida que avanza aparece una narración paralela: la del director intentando entender las razones de su propio ascenso social, las condiciones que hicieron posible su recorrido y las preguntas que lo llevaron a emprender el proyecto.  

«La película cuenta la historia que Andrés Ruiz quiere contar», me dijo, no a modo de defensa ni de provocación, sino como el reconocimiento de algo inevitable: todo documental es una mirada, una selección y una forma de organizar la realidad.  

Pero la decisión de entrar en la película también tuvo otro efecto. Lo obligó a mirar de nuevo las historias que llevaba años registrando. Al narrar su propia historia, comenzó a reconocer que muchas de las preguntas que hacía estaban atravesadas por experiencias personales.  

«Empecé a entender por qué me había interesado más en unas historias que en otras. Empecé a entender por qué seguí tanto a Angie [una de las protagonistas] y por qué hacía las preguntas que hacía cuando las tenía a ella y a su prima Daniela juntas. Por qué les pregunté: “Daniela, ¿tú confías en Angie?”. Eso era lo que yo había visto en mi casa. Mi hermana y mis primos dejaron de confiar en mí cuando entré a la universidad y empecé a hablar distinto. Me veían diferente. Ahí entendí que yo había hecho esa pregunta porque quería entender qué era lo que había pasado conmigo. Eso me hizo repensar las historias. Me hizo reestructurar la película y también ser más empático».  

Así, la pregunta sobre la movilidad social termina abriendo otra, menos evidente y quizá más incómoda: quién tiene la posibilidad de construir un relato sobre su propia vida.  

No de vivirla, sino de interpretarla.  

De mirar hacia atrás y encontrar conexiones.  

De ordenar los acontecimientos y darles sentido.  

Mildred habla de la película como una oportunidad para evaluar su vida. La palabra es reveladora. Supone una distancia que antes no tenía. «Yo ahora pienso. Antes no. Antes iba con el ritmo que me tocaba». Durante años estuvo demasiado ocupada resolviendo problemas concretos para detenerse a construir una narración sobre sí misma. Demasiado ocupada viviendo como para pensar en la vida. Ruiz, en cambio, pasó esos mismos años observando, grabando, archivando. Y pensando.   

Durante mucho tiempo la discusión pública sobre la pobreza se ha concentrado en aquello que resulta más fácil de medir: ingresos, vivienda, acceso a la educación, empleo. Son variables indispensables. También son insuficientes.  

Lo que se asoma en la conversación con Mildred es otra forma de desigualdad, mucho más difícil de registrar. La desigualdad del tiempo: tiempo para detenerse, para recordar, para preguntarse qué significan las cosas que han ocurrido.  

Cuando hablé con Mildred, volvió varias veces sobre esta idea sin nombrarla directamente. Decía que nunca tuvo tiempo para la ansiedad o la depresión porque estaba ocupada resolviendo lo urgente. Decía también que cuando Gramalote desapareció, nadie tuvo realmente tiempo para vivir el duelo. Había que ayudar, encontrar dónde quedarse, reorganizar la vida y seguir adelante.  

La supervivencia tiene esa particularidad: exige atención absoluta.

Mientras unas personas disponen del tiempo necesario para reflexionar sobre lo que les ocurre, otras pasan años enteros respondiendo a la siguiente urgencia. La pregunta ya no es solamente quién tiene acceso a más recursos, sino quién cuenta con las horas y los días necesarios para convertir la experiencia en memoria y la memoria en una historia personal.  

La experiencia de Mildred frente a la película le permite ver algo que nunca había tenido ocasión de ver en toda su dimensión: su propia vida. Cuando le pregunté qué había sentido al verse en pantalla, me habló de sorpresa. La sorpresa de descubrir que había atravesado más de lo que recordaba. La sorpresa de reconocer el esfuerzo que durante años consideró simplemente una obligación.  

El juego de la vida es una película que plantea preguntas importantes sobre las oportunidades, los privilegios y las barreras que allanan o enredan cada camino. Pero quizá uno de los hallazgos más inesperados del documental ocurre cuando una de sus protagonistas se sienta a verlo y descubre que la historia que acaba de presenciar es la suya. Y, entonces, se pregunta: «¿A qué horas pasó todo eso?».  

CONTENIDO RELACIONADO

Array

27 de julio de 2026
El 29 de enero de 1915, el gobernador del Cauca ordenó arrestar a Manuel Quintín Lame junto a su hermano Nacianceno y otros cinco indígenas para sofocar el levantamiento que encabezaba en defensa de su pueblo. Lame escapó, pero el 8 de junio de 1916 fue capturado de nuevo y recluido en la cárcel de San Isidro, la misma hacienda donde había nacido terrajero. Jaime Paredes, hijo de aquel gobernador, lo vio pasar con una soga al cuello por las calles de Popayán. Años después escribió, en las páginas de la revista Pan, un encendido retrato del hombre que se rebeló contra un mundo que también era suyo.

Array

26 de julio de 2026
En La Odisea, Christopher Nolan adapta el poema de Homero y propone una lectura contemporánea sobre la guerra, la culpa y los pactos que sostienen nuestras sociedades, al tiempo que reinterpreta algunos de los episodios y personajes más conocidos del poema. Santiago Cembrano, editor web de Gaceta, conversa con la escritora Carolina Sanín sobre el Ulises de Nolan en contraste con el de Homero, el nuevo sentido que emerge de la película y lo que esta adaptación revela sobre nuestro presente.

Array

26 de julio de 2026
Entre el 4 y el 8 de junio de 2026, el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes celebró en Bogotá el festival Lo Sagrado Universal, un encuentro de artistas e investigadores de distintas tradiciones que, a través del cuerpo, el sonido, el espacio y ciertas formas de la acción compartida, exploró los vínculos del ser humano con aquello que lo desborda y, al mismo tiempo, lo congrega. Este especial nace de esa experiencia, pero también de la pregunta que la sostiene: si, como pensó Max Weber, la modernidad desencantó el mundo, ¿qué significa que lo sagrado vuelva hoy a reclamar un lugar entre nosotros? ¿Se trata de un regreso, de una metamorfosis o de la persistencia —más secreta, más dispersa, pero no menos activa— de algo que, en realidad, nunca terminó de irse del todo?

Array

24 de julio de 2026
Dasso Saldívar llevaba casi dos décadas leyendo a García Márquez e investigando sobre su vida cuando por fin se vio con él en persona. Fueron apenas dos tardes, el 14 y el 17 de marzo de 1989, en la casa del barrio Pedregal de San Ángel de Ciudad de México. De esas horas surgió buena parte del material que sustentaría García Márquez: El viaje a la semilla, la biografía que el propio Gabo definiría, años después, como un libro que «realmente se parece a mí». En estas páginas, escritas en exclusiva para Gaceta, Saldívar reconstruye aquellos dos memorables encuentros.

Array

22 de julio de 2026
El reportero Óscar Martínez lleva veinte años entrando a los lugares donde nadie quiere entrar y escribiendo sobre los costados más turbios de la condición humana. Hoy vive exiliado en Ciudad de México, tras recibir amenazas del gobierno de Nayib Bukele. Desde allí sigue mirando a su país natal, El Salvador, con la obsesión de quien no puede soltar lo que ama. Esta es una conversación sobre el miedo, la rabia y lo que cuesta no rendirse.

Array

19 de julio de 2026
En una concentración de Argentina durante el Mundial de 1986, Maradona ideó un experimento tan simple como implacable: averiguar quiénes, entre los periodistas que lo rodeaban, amaban realmente el fútbol.

Array

18 de julio de 2026
El libro Un oficio preci(o)so: el periodismo gráfico deportivo de Ramiro Corrales Lugo (2026), editado por La Jaula, recupera la obra de quien, entre los sesenta y los ochenta, dibujó croquis de goles con precisión y paciencia y así fijó para siempre instantes gloriosos. Este capítulo del libro recorre la historia de un oficio hoy desaparecido y el lugar que ocupó Ramiro Corrales en la memoria visual del fútbol colombiano.

Array

17 de julio de 2026
La muerte de Elkin Obregón (1940-2021) dio lugar a numerosos homenajes que celebraron sus méritos como cronista, caricaturista y traductor. Cinco años después, uno de los parroquianos más fieles del cuchiclub que animó en su casa del barrio Prado, en Medellín, prefiere evocarlo de otra manera: con muchas más carcajadas que elegías.

Array

17 de julio de 2026
En 1699, una mujer de cincuenta y dos años zarpó de Ámsterdam rumbo a Surinam con su hija menor, una lupa y sus pinceles. Quería observar, de cerca, la metamorfosis de las orugas en mariposas y, en ese proceso, encontrar a Dios en los seres más minúsculos de la naturaleza. ¿Cómo deberíamos leer hoy su obra? ¿Como la de un ave rara rescatada del olvido o como la de una científica que alcanzó exactamente aquello que su tiempo y su formación le permitieron?