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Las voces hundidas del galeón San José

8 de junio de 2026 - 2:15 pm
El 8 de junio de 1708 se hundió el galeón San José. El libro El oro no flota, escrito por Andrés Ospina y publicado por la editorial MiCASa, explora las jerarquías, las ambiciones, los silencios y el poder que iban en el galeón, y mezcla la ficción con el archivo para adentrarse en el corazón de una época que todavía tiene mucho por decirnos.
Todas las ilustraciones del libro El oro no flota son de Diego Bohórquez.

Las voces hundidas del galeón San José

8 de junio de 2026
El 8 de junio de 1708 se hundió el galeón San José. El libro El oro no flota, escrito por Andrés Ospina y publicado por la editorial MiCASa, explora las jerarquías, las ambiciones, los silencios y el poder que iban en el galeón, y mezcla la ficción con el archivo para adentrarse en el corazón de una época que todavía tiene mucho por decirnos.

Estos son la introducción y el segundo capítulo de El oro no flota. Lee el libro completo aquí

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A eso de las 7:30 de la noche del 7 junio de 1708, a unos kilómetros de las islas del Rosario, en cercanías de Barú, el galeón San José acabó hundiéndose, por causas todavía sin precisar. Ese instante, comprimido en unos pocos minutos de fuego y caos, suele ser recordado como el hecho central de la mayoría de las aproximaciones a este acontecimiento. Sin embargo, el foco principal de las presentes cuartillas no es solo el legendario naufragio, que sirve como pretexto para aventurar este relato, sino todo cuanto lo circunda: un mundo complejo de jerarquías, ambiciones, silencios y poder. Un rompecabezas magnífico y un gran interrogante por resolver, conforme a diversas variables.

Más que una embarcación aislada, el San José fue la pieza visible de un engranaje mucho mayor: el sistema de flotas de Indias en plena guerra de sucesión. La carrera entre los imperios de entonces por construir embarcaciones más rápidas, imbatibles y eficientes. También el galeón mismo como testigo de la decadencia de un imperio cuyos cimientos políticos y económicos comenzaban a tambalear. En esas maderas y bodegas se condensaban las tensiones de la época: la pugna entre coronas europeas, el pulso entre lo legal y lo ilegal, la avidez de comerciantes y contrabandistas, las aspiraciones de nobles, hidalgos y clérigos, el trabajo anónimo de marineros, calafates, buzos y canoeros. Las piezas hoy hundidas cuya sola existencia da cuenta de un mundo extinto. No menos importante: la resistencia de pueblos indígenas y afrodescendientes que a su manera supieron encontrar resquicios de dignidad en medio de las pugnas coloniales.

Cada capítulo de El oro no flota explora esas capas superpuestas. En las páginas siguientes la ficción se mezcla con lo precisado a través de documentos de fuentes diversas e indagaciones arqueológicas para dar voz a quienes pocas veces figuran en documentos o en crónicas: los aprendices de astilleros, los tamboreros de a bordo, los buzos, apneístas de otros tiempos que sellaban grietas bajo el agua, traficantes, nativos que guiaban a enemigos del imperio, canoeros que alimentaban el tráfico entre naves y puertos. Voces que, en conjunto, revelan un mosaico social, político y espiritual en cuyo contexto la frontera entre obediencia y rebeldía, entre comercio oficial y contrabando, entre verdad y mentira, es siempre borrosa.

Estos documentos permiten reconstruir el episodio del hundimiento. Pero, además, el vasto contexto en que se produjo: los círculos de poder, los sistemas de jerarquización, las formas de comercio —legales e ilegales—, las mercancías movidas entre uno y otro continente, y el entramado de intereses de todo tipo que se tejían en el mundo de entonces.

No se trata, por lo tanto, de una novela ni de un tratado académico. El oro no flota constituye un ejercicio literario con referencias históricas. Porque el hundimiento del San José no nos deja únicamente los rumores y fantasmas de una batalla en todo caso perdida o de un patrimonio sumergido. También nos cuenta acerca de un imperio sostenido sobre estructuras corroídas por la codicia y la negligencia. Habla de la tensión entre autoelogios, exculpaciones y realidad. Entre lo que convenía contar y lo que se ocultaba. Habla, en suma, de la fragilidad de todo organismo vivo cuyo destino es cargar demasiado sobre sí mismo. Habla, en resumen, de la condición humana.

Estamos, entonces, próximos a emprender una aventura. Una expedición de papel y memoria hacia las entrañas de un galeón y del mar, y hacia el corazón de una época. Quienes estén dispuestos a leer hallarán registros múltiples, perspectivas contradictorias, hechos acomodados en función de un relato, fragmentos de realidad y destellos de fantasía. Unidas, estas letras permiten asomarse al mundo del San José mediante una polifonía. Y en esa polifonía se revela que la riqueza del San José no debería, bajo ninguna circunstancia, medirse en cofres de monedas, en pleitos transnacionales ni en mercancías perdidas, sino en aquello que aún yace bajo las aguas: vestigios que conservan memoria, custodios silenciosos de una verdad trascendental.

Lo que descendió con el San José no fue un navío cargado de bienes, sino un universo de relatos y de testimonios: plegarias ahogadas, lamentos callados, herramientas navales, mercancías y utensilios de época que hoy asombran, órdenes gritadas en cubierta, silencios impuestos por el miedo o por la jerarquía. Cada fragmento es una clave, no para reavivar antiguas codicias, sino para acercarse a la verdadera fortuna del galeón: el conocimiento que este coloso caído en combate aguarda dentro de sus restos, la memoria que habita en cada pieza y la promesa de escuchar, en lo profundo, posibles voces que la historia oficial extinguió.

Todas las ilustraciones del libro El oro no flota son de Diego Bohórquez.

El perfume de la capitana

Un galeón es una ciudad maldita que flota por azar. Y el San José, aunque capitana, no dejaba de serlo: madera pegajosa, sombra de vela y peste envuelta en oro.

Desde que pusimos rumbo a las Indias, cada rincón del navío se hizo una cárcel de humores cruzados, hierros calientes, mandatos recitados y fe fingida. El espacio no alcanzaba ni para los cuerpos ni para los pecados. Dormíamos amontonados como fardos, sin más privacidad que la costura de una manta o la esquina donde uno aprendía a ignorar el hedor ajeno. A veces, entre la pestilencia y los rezos fingidos, el tambor sonaba hueco, como si las cuerdas anunciaran que el casco se estaba vaciando por dentro.

Decían que el San José lucía imponente, y quizá podría haberlo parecido para el ojo que lo miraba desde tierra. Pero por dentro, no tenía más que unas cuatrocientas cincuenta varas castellanas de pasillos angostos y cubiertas resbalosas: lo justo para que se hacinaran cientos de almas, entre marineros, soldados, pasajeros, animales y fantasmas.

Las jerarquías se marcaban por el grosor de la manta, la calidad del pan, el derecho a vino o la cercanía con las letrinas. Porque sí: solo los más poderosos oficiales tenían bacines. Nosotros debíamos hacer lo nuestro en una tabla colgante sobre el mar, hueca en el centro, con el frío mordiéndonos las posaderas y el pudor ahogado en asco.

Las cubiertas inferiores eran un pantano de olores: vinagre rancio, tocino curtido, agua estancada, vómito, brea e inmundicias humanas y animales. Las gallinas cacareaban como si pudieran volar lejos y las ratas —primeras en embarcar— eran las únicas capaces de no marearse. Cada pisada en cubierta arrancaba un crujido del suelo, como si el barco gimiera bajo el peso de tantos cuerpos, de los baúles, de los víveres y hasta de las jaulas con gallinas. El sollado rezumaba como esponja: entre los bacines rebosados y el sudor que goteaba de los hombres, el piso parecía beber más de lo que podía tragar, y acababa envenenándose.

Se cocinaba solo una vez al día, si la tormenta lo permitía. Garbanzos, arroz, pescado seco y alguna carne en salazón que sabía más a soga que a bestia. El queso era manjar de reyes y duraba poco. El vino abundaba, pero el agua parecía un lujo amargo, corrompido por el calor y los toneles mal sellados.

A bordo se rezaba más por costumbre que por fe. Se jugaban dados a escondidas, se despiojaban los unos a los otros como monos de convento, y se leían romances viejos entre arcabuces y ronquidos. Había noches de peleas a cuchillo por un saco seco o una mala mirada. Había días en que el sol nos quemaba la esperanza.

Yo dormía junto a los otros aprendices, debajo de un juego de poleas que chirriaban como si sufrieran. A cada turno, debíamos voltear el reloj de arena y repetir en coro los versos del grumete de guardia. Si alguien no respondía, le daban con el cabo de un remo hasta que aprendiera el precio de la vigilia.

El capitán era don José Fernández de Santillán, conde de Casa Alegre, hombre seco de voz afilada. Pocas veces se dejaba ver, encerrado en su cámara con cartas náuticas, crucifijos y las órdenes del rey metidas en una caja de nogal. Su mando no era heroico, sino resignado: parecía más un prisionero del deber que un señor del mar.

El marqués de Castelldosríus, en cambio, era todo lo que el capitán no: altivo, engalanado, florido como un pavón en celo. Viajaba con su séquito como quien desfila por el escarnio, rodeado de telas finas y modales empolvados. Se quejaba del calor, de las fragancias, de los hombres de piel oscura y hasta de la dirección del viento, como si lo suyo fuera hacerle berrinches a la naturaleza. Su linaje era antiguo, pero su fortuna era joven y temblorosa. Se creía salvado por derecho, aunque a bordo todos sabíamos que ni Dios mismo salvaba a los tontos.

Había a bordo tres tamboreros. El que más destacaba era Bartolomé Roldán, gañán de bigote espeso y manos anchas como remos. Tocaba con ritmo de misa negra y una expresión de quien ya ha visto todo. Su salario, me enteré luego, era igual al de un alférez, y no por gusto: durante los combates, los tamboreros debían tocar expuestos, sin escudo ni protección, con los cañones rugiendo a los lados, con la muerte a menos de un golpe de viento.

Su redoble era lo único que nos recordaba que seguíamos siendo hombres y no bultos.

Todo eso cabía en el San José. Cofres sin inventariar. Fardos de añil. Cajas llenas de papel sellado. Botijas. Kilos de cecina. Guitarras rotas. Santos empaquetados. Monos ladrones. Un turpial cantor que chillaba como alma en pena cuando llovía. Gritos. Secretos. Maldiciones. Oraciones. Y una dama que me desconcertaba más que todo lo anterior junto.

A doña Catalina la vi por primera vez la segunda tarde, cuando el mar se sacudía apenas como un animal que dormita. Caminaba por la cubierta alta, escoltada por una niña pálida y una mujer muda que la seguía como si le debiera la vida. Tenían un manto, no del todo negro, ni del todo azul. Era como el mar en sombra. Daba pasos cortos, firmes y medidos. No parecía flotar, como el arzobispo. Tampoco pavonearse, como el marqués. Sabía dónde iba, con compostura, sin apuro y sin miedo.

Había algo en su presencia que me incomodaba, aunque no supiera por qué. No era la belleza —que la tenía— ni el misterio —que también lo tenía—. Era otra cosa. Algo debajo. Una certeza muda que me susurraba: «esa mujer no está aquí por lo que dice». Desde entonces no pude dejar de observarla.

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