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De mis conversaciones con Gabriel García Márquez

17 de julio de 2026 - 12:50 am
Dasso Saldívar llevaba casi dos décadas leyendo a García Márquez e investigando sobre su vida cuando por fin se vio con él en persona. Fueron apenas dos tardes, el 14 y el 17 de marzo de 1989, en la casa del barrio Pedregal de San Ángel de Ciudad de México. De esas horas surgió buena parte del material que sustentaría García Márquez: El viaje a la semilla, la biografía que el propio Gabo definiría, años después, como un libro que «realmente se parece a mí». En estas páginas, escritas en exclusiva para Gaceta, Saldívar reconstruye aquellos dos memorables encuentros.
Gabriel García Márquez, Festival Internacional de Cine de Venecia, Hotel Lido (1992). MARCELLO MENCARINI / LEBRECHT MUSIC & ARTS / ALAY
Gabriel García Márquez, Festival Internacional de Cine de Venecia, Hotel Lido (1992). MARCELLO MENCARINI / LEBRECHT MUSIC & ARTS / ALAY

De mis conversaciones con Gabriel García Márquez

17 de julio de 2026
Dasso Saldívar llevaba casi dos décadas leyendo a García Márquez e investigando sobre su vida cuando por fin se vio con él en persona. Fueron apenas dos tardes, el 14 y el 17 de marzo de 1989, en la casa del barrio Pedregal de San Ángel de Ciudad de México. De esas horas surgió buena parte del material que sustentaría García Márquez: El viaje a la semilla, la biografía que el propio Gabo definiría, años después, como un libro que «realmente se parece a mí». En estas páginas, escritas en exclusiva para Gaceta, Saldívar reconstruye aquellos dos memorables encuentros.

Su casa, en el barrio Pedregal de San Ángel, calle de Fuego 144, al sur de Ciudad de México, sigue siendo un paraíso de luz, verdor, silencio, orden y tranquilidad. Es solar incluso por dentro, pues solo tiene paredes a la calle y las que dan al jardín son de cristal con marcos de madera barnizada, que, junto al ladrillo, la piedra, el cuero y los arcos, le dan una reminiscencia de casa colonial caribe tocada de modernidad. Con todo, su mayor lujo es la sobriedad: nada sobra y la mayoría de las cosas tiene la disposición generosa de la belleza o de la utilidad. El hada madrina de este museo vivo es Mónica Alonso, que sigue siendo su secretaria, mientras el maestro viaja repartido entre sus lectores por todo el mundo, en una vida constante más allá de la muerte.

De pronto, lo vi descender de la segunda planta con sus botas negras de piel, un pantalón gris liso, una camisa negra y una chaqueta beis sport de cuatro bolsillos. Bajó despacio, haciéndose visible a medida que descendía los peldaños, mientras limpiaba las gafas, y cuando me vio esperándolo sentado en uno de los sofás blancos e impolutos de la sala, me saludó con un «cómo estás» y «qué hay de nuevo». Después de darnos la mano, se sentó frente a mí, hizo un comentario sobre el estado de la luz en la sala, miró al cielorraso y dijo: «Esta casa la compramos en escombros y la fuimos haciendo a pedazos, a nuestro gusto».

Luego me invitó a su estudio, al fondo del jardín, adosado a los muros de la casa vecina, y que es como la quintesencia del silencio. «Debo mantenerlo a treinta grados de temperatura, porque de lo contrario no me funciona el cerebro». Aparte del diploma del Premio Nobel, pude ver pocas fotos: algunas de la entrega del premio en Estocolmo, otras con sus amigos y una grande y central en la que aparece con Mercedes, Rodrigo y Gonzalo, apiñados en la cama, cuando escribía en Barcelona El otoño del patriarca. «En esa época íbamos cambiando de piso cada tres meses, según iban aumentando los derechos de autor», bromeó.

Al fondo a la izquierda, una mesa de madera sólida era la base de su trabajo cotidiano. Estaba siempre rodeado de música abundante y variada, de una biblioteca selecta, con varios diccionarios y enciclopedias, y un ordenador. Pero lo más notorio de él seguía siendo su timidez y su eterna ironía mezclada con la mamadera de gallo. Llamó para que nos trajeran algo de beber, y apareció Mercedes, que deseaba saludar al visitante. Ella era una presencia liviana, discreta y amable. Y después de que yo pedí un refresco al uso, su esposo pidió «un té de mentiras», es decir, una infusión de manzanilla con hielo.

Todos los días se despertaba a las cinco de la mañana y leía hasta las ocho. Escribía de nueve a dos o tres de la tarde. El resto del día y parte de la noche los dedicaba a sus amigos o a algunos compromisos, a conceder una entrevista, algo que ya empezaba a ser una rareza en su vida. Cada vez tenía menos tiempo, quería leer más y escribir más. No solo era un escritor de genio inagotable; era sobre todo un hombre comprometido con la creación las veinticuatro horas del día. Acababa de publicar El general en su laberinto y ya estaba trabajando en su próxima novela, para empezar después a escribir el primer tomo de sus memorias.

***

Cuando lo visité ese mes de marzo de 1989, era la primera vez que nos veíamos, aunque él ya sabía de mis andanzas y de mis búsquedas, pues yo llevaba casi veinte años leyendo y estudiando su obra e investigando sobre su vida. Conversamos unas cinco horas, repartidas entre las tardes del 14 y el 17 de marzo de 1989. Fue un anfitrión tan atento y exquisito, con una atención relajada e intensa a la vez, y tan excluyente, que tuve la sensación de que el escritor no estaba preocupado por nada ni por nadie más en ese momento. Era la forma como solía atender a todas sus visitas. Y es que García Márquez era tan buen oidor como conversador. Podía hablar una hora seguida o escuchar una hora a su interlocutor sin interrumpirlo. Pero tenía por norma, tal vez por la costumbre del periodista que siempre fue, escuchar primero a su interlocutor, a quien calaba hasta el alma con sus ojos serenos y profundos, los mismos ojos que pude apreciar en su madre, Luisa Márquez Iguarán.

Como él mismo lo repetía, García Márquez fue un nostálgico incurable, y pocas cosas le resultaban más agradables que conversar sobre los tiempos de su infancia, de su adolescencia, de su juventud y de su primera formación literaria. En su caso, era mucho más que un mero ejercicio de la nostalgia: era un retorno a las raíces primigenias de su ser y de su obra. En ese estado de gracia, en aquellas dos tardes de marzo, pudimos repasar los primeros veinte años de su vida, que eran entonces los menos documentados y los más enredados de su biografía. En algún momento, me dijo que mis inquietudes de biógrafo lo estaban llevando a pensar seriamente en sus memorias, que no serían unas memorias al uso. En ellas quería contar, develar, parte de su cocina literaria: cómo había escrito la mayoría de sus libros, a partir de qué retazos de la realidad y de las personas habían surgido sus historias y sus personajes, y qué trampas le había hecho él a la literatura y la literatura a él.

***

Le aclaré que no quería quitarle mucho tiempo, pues yo cumplía justamente en ese momento veinte años de haberlo estado leyendo y husmeando en su vida, en sus viajes, lecturas y escrituras, con varias visitas a Cartagena, Barranquilla, Santa Marta, Ciénaga, Aracataca, Guacamayal, Sevilla y Fundación. De modo que nos fuimos centrando en ciertos hechos, vivencias, miembros de la familia, como los abuelos, los padres, las tías, algunos personajes del pueblo y la maestra que le enseñó a leer, esparcidos a lo largo de su infancia, adolescencia y primera juventud, en Aracataca, Sincé, Barranquilla, Sucre, Bogotá y Zipaquirá.

La información que me dio fue, desde luego, un tesoro invaluable que no solo me permitió completar la documentación de El viaje a la semilla, sino redondear una concepción estructural de su biografía: la idea ya expuesta por Thomas De Quincey, y luego repetida y ampliada por Baudelaire y Rilke, de que «todo lo que florece en la mente del hombre hasta alcanzar la plena conciencia en la madurez tiene que haber preexistido en germen durante la infancia».

Dos cosas me llamaron especialmente la atención del creador de Macondo: que en ningún momento tuviera un gesto o una palabra para enfatizar quién era. Su manera de estar y de conversar fueron tan empáticas y espontáneas, que yo solo sentía la presencia y la conversación de un hombre sencillo y afable, de un hombre sin los estorbos de la gloria y de la fama. Es como si mi interlocutor no fuera el Premio Nobel colombiano, el más grande fabulador y narrador de la lengua española después de Cervantes y el escritor vivo de mayor proyección mundial en ese momento.

El otro aspecto que me llamó la atención es que, cuando empezamos a hablar de Aracataca y de su infancia, de los lugares y de los personajes de su infancia, el hombre maduro, el escritor consagrado, se convirtió de pronto en Gabito, alguien cercano al niño que había sido muy feliz al lado de su abuelo, el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía. Porque, me confesó, gracias a que había nacido en ese pueblo del Caribe colombiano y a que se había criado con sus abuelos maternos hasta los diez años en la casa de Aracataca, él llegó a ser el hombre y el escritor que era. «Sin mis abuelos, sin esa casa llena de espíritus y sin ese pueblo ardiente, yo no estoy seguro de haber sido alguien en la vida. Todo se lo debo a ellos». Y ahí sí fue enfático.

Yo seguí viajando, investigando y preguntando, hasta que el 6 de marzo de 1997, a modo de conmemoración de su septuagésimo cumpleaños, la editorial Alfaguara de Madrid, dirigida entonces por Juan Cruz, me publicó la biografía García Márquez: El viaje a la semilla. Él no la leyó entonces, o no toda, pues hacía años que había dejado de leer libros sobre él, fueran buenos o regulares, porque temía que lo hicieran consciente de su persona y de su proceso creativo, lo que, según confesó alguna vez, entorpecía su trabajo de escritor. Desde entonces solo tuvimos dos o tres breves conversaciones por teléfono, hasta que la tarde del 20 de agosto de 2008, a raíz de mi problema renal y pasados ya once años de haberse publicado El viaje a la semilla, me llamó desde México. Después de saludarme con su clásica expresión «¿qué es la vaina?», empezó contándome que en esos días le habían estado organizando la biblioteca, y que «entonces tu libro apareció por ahí, lo cogí, lo empecé a leer y lo tuve que seguir leyendo de corrido durante tres noches sin parar, porque no lo pude dejar. ¡Qué gran libro has hecho, qué bien escrito y qué bien documentado está! Es una magnífica biografía… Y me gusta porque realmente se parece a mí».

De los veinte minutos que hablamos, él estuvo unos quince comentando los diferentes niveles del libro, y de pronto me preguntó:

«¿Tú crees que el inglés que va a publicar una biografía sobre mí habrá leído tu libro?».

«Creo que sí, maestro, porque es un inglés riguroso, que habrá tenido que consultar lo escrito previamente sobre usted, como lo han hecho otros y yo mismo».

«Ojalá, ojalá…», comentó con un suspenso final.

«Bueno», me dijo a modo de despedida, «cuídate mucho y no te dejes morir, porque aquí tienes un lector entusiasta de tu libro».

Y luego me pasó a la secretaria para que me diera su teléfono y su correo personales, de modo que pudiéramos estar en contacto directo.

Diez días después, habló del tema con su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, con quien había escrito a cuatro manos El olor de la guayaba y había compartido años de amistad, aventuras periodísticas y lecturas entusiastas. Plinio me escribió un correo tan pronto colgó el teléfono, y anotó en el primer párrafo: «Acabo de hablar por teléfono con Gabo desde Bogotá. Claro, hablamos de ti. Dice que si hubiera leído tu libro no habría escrito sus memorias».

La misma idea habría de expresar en la última reunión que tuvo años después con sus hermanos, hermanas y otros familiares en la casa materna de Bocagrande, según me contó su hermana Aída, la exmonja, precisando que su hermano había comentado que «de haber leído El viaje a la semilla se habría ahorrado los dolores de cabeza que le causó la ardua investigación cronológica e histórica que le impuso Vivir para contarla».

Gabriel García Márquez. MARKA / UNIVERSAL IMAGES GROUP NORTH AMERICA LLC / ALAMY

Conversación del 14 de marzo de 1989

¿En qué momento su madre regresó desde Riohacha para que usted naciera en la casa de los abuelos, y por qué fue bautizado apenas en julio de 1930, con casi tres años y medio?

En ese entonces (entre finales de enero y comienzos de febrero de 1927) mi mamá ya está en Aracataca para nacer yo, y como nazco ahogándome, con el cordón umbilical enredado en el cuello, mi tía Francisca Simodosea Mejía, la tía Mama, del Carmen de Bolívar, prima de mi abuelo y quien era la que tomaba las decisiones en casa, dijo que me echaran el agua bautismal por si me moría, y quedé bautizado legalmente. De ahí que cuando van a bautizar a mi hermana Margot, entonces dijeron: «Pero si este no está bautizado oficialmente», y me llevaron y me pararon ahí y me echaron el agua helada. Eso lo recuerdo perfectamente. Ahora, la partida de bautizo dice que nací el 6 de marzo del año pasado, o sea, en 1929. Mi madre dice que fue en 1928 y mi padre decía que fue en 1927. Pero qué raro, porque no pudo haber pasado mucho tiempo ni poco tiempo. Entonces, fíjate lo que sucede: mi padre en ese momento todavía está en Riohacha, cuando mi madre se encuentra en Aracataca para nacer yo, como telegrafista de aquel lugar, y viene a Aracataca a verme y se produce la reconciliación con los abuelos.

Cuando me bautizaron, yo debía de tener más de tres años; te voy a decir por qué, porque por en medio está mi hermano Luis Enrique y a la que estamos bautizando es a mi hermana Margot, quien nació en Barranquilla, y yo recuerdo cuando fuimos a visitar la casa de maternidad donde nació ella. Luego se la llevaron a Aracataca.

Pero luego tendría un recuerdo aún más nítido de Barranquilla, cuando lo llevaron al nacimiento de su segunda hermana Aída Rosa, que nació el mismo día del centenario de la muerte de Bolívar. 

Sí, fue precisamente ese día cuando nació Aída, y era la tercera o cuarta vez que me habían llevado a Barranquilla. Lo recuerdo porque oí pasar los aviones; esto fue el 17 de diciembre de 1930. Y no solo recuerdo perfectamente la clínica y a la hermanita recién nacida, sino la ciudad que estaba de fiesta conmemorando el centenario de la muerte de Bolívar. Un avioncito negro, como un gallinazo enorme, sobrevolaba la ciudad en círculos, y yo me quedé fascinado con el avioncito. Entonces oí a alguien preguntando qué era lo que pasaba y a mi mamá contestando que estaban celebrando el centenario de la muerte de Bolívar, pero yo creí que se refería a la mantequilla Bolívar que nos daban al desayuno. Fue la primera vez que escuché el apellido del Libertador.

Después de que su padre regresa a Aracataca para conocerlo, ¿qué sucede?

Después de que mi padre viene de Riohacha a Aracataca porque nací yo, poco tiempo después se va a vivir a Barranquilla con mi mamá y a mí me dejan con los abuelos. Pero mi hermano Luis Enrique, el que me sigue, también nació en Aracataca, lo cual quiere decir que mi mamá volvió a Aracataca al año siguiente, y se fue a Barranquilla con Luis Enrique recién nacido y yo seguí quedándome con los abuelos. O es muy probable también que hubiera nacido en Aracataca, me llevaran a Barranquilla y que, cuando volvió mi madre para que naciera mi hermano en Aracataca, me dejaron a mí con los abuelos y se llevaran a Luis Enrique.

¿Usted vio morir a su abuelo? ¿Qué sentimiento le produjo su muerte?

Yo estaba en Sincé desde diciembre de 1936, con mi padre y Luis Enrique, y mi abuelo muere en Santa Marta en marzo del 1937. Pero yo no estaba viviendo en Sincé, el pueblo natal de mi papá, sino que él nos llevó para que conociéramos a la abuela paterna, Argemira García Paternina. Tendría unos dos meses de haber llegado cuando murió el abuelo, pero solo oí hablar de eso, no me lo dijeron directamente. Recuerdo que yo tuve la noción de que debía llorar, pero de que no lloraba, no podía hacerlo. La verdad es que yo no tenía ninguna noción entonces de lo que era la muerte, por lo menos no tenía una noción trágica de la muerte, de su desgarramiento. Yo recuerdo que en esa época me pegaban piojos en la escuela de Sincé y eso me causaba mucha pena. Decían que cuando uno se moría se le salían los piojos. Entonces yo recuerdo que me preocupé muchísimo: ¡coño, si ahora me muero como el abuelo, se van a dar cuenta de que tengo piojos! Entonces a mí no me importaba la muerte, sino los piojos. Así que, en esas circunstancias, no me podía haber impresionado la muerte del abuelo, mi gran preocupación eran los piojos. En realidad, a mí me empezó a hacer falta el abuelo cuando, ya grande, no encontré con quién sustituirlo, porque nunca fue sustituido por mi papá. Éste estaba en otra onda.

¿Dónde murió su abuela, también en Aracataca?

No, ella murió en Sucre diez años después del abuelo, en abril de 1947, estando con mi familia. Murió delirando. Cuando muere mi abuela yo estaba en primero de derecho en la Universidad Nacional de Bogotá.

Ahora que lo menciona, le agradecería, maestro, si pudiéramos ordenar un poco los años y los centros de sus estudios primarios, secundarios y universitarios.

Estudié el kínder y los dos primeros cursos de primaria en la escuela Montessori de Aracataca con la maestra Rosa Elena Fergusson, quien todavía anda por ahí jodiendo. Estuvo detrás de mí durante el festival vallenato de 1983 (el que se hizo durante la época de Belisario), aparecía en cuanta fiesta había, se subía a la tribuna donde yo era jurado… Ella fue, en efecto, la que me enseñó a leer y a escribir. Ella se había casado con un borracho que le dio una muy mala vida, eso lo supe después.

Bueno, hice el kínder y el primero y segundo de primaria en Montessori, el tercero lo hice en la escuela pública de Aracataca y el cuarto en el colegio Cartagena de Indias, de Barranquilla. Aparte de Montessori, había la escuela pública de Aracataca. Mientras tanto, estaban los viajes a Sincé, entonces ya no se estudiaba ese año, fueron unos años erráticos aquellos, con varias interrupciones en los estudios de la escuela elemental.

A ver: en 1938 yo ya había hecho los dos años de Montessori y el tercero en la escuela pública. Así que esos cursos los hago durante los años 35, 36 y 38. En diciembre del 36 es cuando me voy a Sincé con mi papá y mi hermano Luis Enrique a conocer la abuela paterna. En Sincé estuve en una escuelita con el profesor Luis Gabriel Mesa, que era un antiguo seminarista, pero eso no era un curso oficial, sino que este profesor daba clases por ahí… Así que durante el 37 no estudio. Creo que el cuarto lo hice en el 39 en el colegio Cartagena de Indias, de Barranquilla, pero en ese año se fueron mis padres y mis hermanos para Sucre, y en el 40 es cuando vuelvo a Barranquilla y me matriculo en primero de bachillerato en el colegio San José.

Entonces ahí tienes, primero Montessori: 33, 34 y 35 con Rosa Elena Fergusson; luego la escuela pública en el 36 con el profesor Enrique Antonio Aarón (empecé a aprender a leer como a los seis años y, a los ocho, leía un poco de todo). En el primer año de Montessori no aprendí a leer, porque yo recuerdo que me llamaba mucho la atención ver a los que aprendían a leer, y tengo la noción exacta de lo que es no saber leer ni escribir, una noción que por cierto es muy extraña, pero no tuve la ansiedad de llegar a saber leer; en el fondo, sabía que me tocaría, que eso llegaría fatalmente, saber leer no era para mí nada sacralizado.

Usted lo que hacía entonces era dibujar a todas horas, ¿verdad?

Yo recuerdo que dibujaba y dibujaba, me expresaba continuamente dibujando, dibujaba cómics por todas partes: en los muebles, en las cajas, en las paredes, todo lo rayaba. El abuelo me daba papel y lápiz siempre. Esto yo lo hacía ya a los cuatro años, antes de Montessori. Dibujar fue mi primera forma de expresión. Mi abuelo me dejaba y se armaba un escándalo porque lo rayaba todo.

Y, mientras tanto, ¿dónde andaban sus padres y el resto de la familia?

Cuando estoy en la escuela pública de Aracataca, teniendo siete años, mis padres regresan de Barranquilla a Aracataca a vivir, pero de pronto mi padre decide irse a Sincé a ver qué sucedía allá, conozco a la abuela paterna y entro en una escuelita. Lo de Sincé fue una aventura corta y no resultó, y mi padre decide irse a Barranquilla en el 37, donde monta una farmacia (lo que no sé es cómo pasa de la telegrafía a la farmacia).

Así que usted deja la casa de los abuelos, a finales de 1937, y se va a vivir por primera vez con sus padres en Barranquilla, donde cursa el cuarto de primaria. Creo que, a partir de ahí, su recorrido de estudiante es menos enredado en el tiempo y en el espacio, ¿verdad?

Sin duda. Yo hice el cuarto elemental en el colegio Cartagena de Indias, de Barranquilla, que era un colegio externo. Mi profesor se llamaba Juan Ventura Casalíns; y no hice quinto porque entonces solo era hasta cuarto la escuela elemental. Así que esto fue en el 39, y en el 40 llego al colegio San José de Barranquilla, hago primero de bachillerato, me retiro de segundo en el 41, por problemas de salud, y lo reanudo en el 42. En el 43 me voy a Zipaquirá con una beca que me gané en el Ministerio de Educación, en Bogotá, hago el examen de ingreso y empiezo el tercero de bachillerato. De ahí todo va seguido: el cuarto lo hago en el 44, el quinto en el 45 y sexto en el 46; y fui el mejor alumno… En las vacaciones iba a Sucre a ver a la familia, a estarme con ellos durante esos meses y a ver a Mercedes. A comienzos del 47, regreso a Bogotá y me matriculo en febrero en primero de Derecho en la Universidad Nacional. Me retiro en el 48, después del Bogotazo, me voy a Cartagena y en la Universidad de Cartagena termino segundo de Derecho. Ese año pierdo una materia. Durante 1949 curso tercero, pero no apruebo porque pierdo tres materias. Cuando quiero matricularme en febrero de 1951 para cursar cuarto en la misma universidad, me dijeron que tenía que repetir tercero, entonces dije que ni hablar, además, ya no me importaba la universidad, porque para entonces había publicado seis o siete cuentos en El Espectador y escribía mis artículos periodísticos en El Heraldo y El Universal, que no sé cómo carajos aprendí a escribirlos, pero los escribía.

Gabriel García Márquez, Ciudad de México (1990). © RUVEN AFANADOR

Parece que su primera afinidad por el teatro se dio en la Montessori, a los siete u ocho años. ¿Cómo fue eso?

En Montessori se hacía «Sesión Solemne». No es que fuera un grupo de teatro, sino que hacíamos representaciones de los cuentos clásicos de Perrault, y yo hacía de príncipe que va a despertar a la bella durmiente del bosque. Desde entonces sería una de mis heroínas favoritas de la literatura fantástica.

Hay quien afirma que sus primeros escritos, supuestamente titulados «El tintero y yo» y «Por qué soy mentiroso», los escribió en Aracataca, siendo muy niño, mientras otros dicen que fue en Barranquilla.

Las primeras cosas que escribí de mi propia cosecha las hice en Barranquilla, cuando estaba en el colegio San José, que, por cierto, se publicaron en la revista Juventud; antes, no. Lo que hacía era dibujar y dibujar. Esta pasión excluyente de dibujarlo todo y a toda hora se terminará en Zipaquirá a lo largo de 1943.

¿Ya leía a los prosistas?

En el San José yo jugaba con los versos, a hacer versos. Lo que pasa es que La Segunda División tenía un libro de literatura en el cual estaban hasta los clásicos, no solo los poetas nacionales y regionalistas, y yo me los llegué a saber de memoria. Siempre empecé por la poesía, por el verso. Recitaba de memoria aquel largo poema de Núñez de Arce, «El vértigo». Quiero decir que entonces yo jugaba con los versos, pero todavía no estaba en la literatura, no tenía aquello una dimensión creativa, aún no había despertado a la literatura, estaba empezando.

Lo de «El tintero y yo» y «Por qué soy mentiroso» es imposible precisarlo ahora, si existieron o no; ojalá las encontraras. No creo que existan esas redacciones escolares de la época de Montessori, porque solo aprendí a leer al cabo del segundo año; yo solo leía constantemente en el tercero de escuela pública y a partir de ahí, y dibujaba.

Creo que ahí empecé a leer a algunos prosistas. Ante todo, era un eterno mamador de gallo, pues mantenía loco a todo el mundo, y la prueba de ello está en esos versos y crónicas que escribía para la revista Juventud.

¿Fue entonces cuando empezó su sarampión literario?

No, para mí el verdadero sarampión literario empieza en Zipaquirá, pero la verdad es que en el San José empecé a orientarme por la literatura, porque los jesuitas tenían una buena cosa: ir orientado a los alumnos hacia lo que más les gustaba, y a mí me empezaron a orientar por la literatura, pues tenía fama de buen lector. Lo que pasa es una cosa, que en Aracataca yo ya había leído Las mil y una noches, estando en tercero de escuela, a los nueve años. Yo no supe que era Las mil y una noches hasta mucho después. Era un libro desencuadernado que apareció por ahí en un baúl. Entonces yo lo agarré, lo abrí, y había un tipo que destapaba una botella y salía un genio de humo, y dije: «¡Coño, esto es una maravilla!». Esto me fascinó más que todo lo que había visto u oído, y ya no volví a levantar cabeza. Y recuerdo que había un tipo que iba a la casa, era el novio de mi prima Sara Márquez, y decía: «Este muchacho va a ser una lumbrera, se la pasa leyendo a toda hora». Por la puerta grande de Las mil y una noches, agarré a Salgari, Perrault y otros. Recuerdo que en tercero de elemental leía todos los cuentos de Perrault, de Grimm, en las versiones infantiles antiguas. Además, yo leía una cosa y era como si la fotocopiara: todo se me quedaba fijo y para siempre.

Entonces esa lectura de Las mil y una noches fue el primer gran hito literario de su ida, un hito parecido al que tendría años después con La metamorfosis.

Lo de Las mil y una noches fue un impacto tan grande, que eso me marcó, pues para mí fue mejor que todo lo que me había ocurrido en la vida hasta ese momento. Y no he vuelto a encontrar jamás esa edición de Las mil y una noches.

Como dices, la otra gran conmoción fue en julio de 1947, cuando, estando en primero de carrera, leí en Bogotá La metamorfosis de Kafka. Yo estaba en una pensión de la calle Florián, hoy carrera Octava, entonces estudiaba primero de Derecho en la Universidad Nacional, cuando ocurrió mi descubrimiento de Kafka. Yo vivía en el mismo cuarto con el hoy doctor Domingo Manuel Vega, de Sucre; compartíamos el cuarto entre los dos; en otros cuartos había hasta tres y cuarto. Quedaba en un segundo piso y subíamos por una escalera.

Jorge Álvaro Espino, de Sincé, un gran lector, era mi mentor literario en esa época (yo esto lo conté en una entrevista que me hizo Cobo Borda). Ahí yo ya leía mucho; en realidad, desde Zipaquirá, donde me leí la biblioteca entera. Era la época de mi gran sarampión literario. Entonces estaba la Biblioteca Aldeana, que había hecho el Ministerio con los autores colombianos seleccionados de cada provincia. De ahí me vino a mí una formación rigurosa de literatura colombiana que muy pocos tuvieron, excepto quienes la estudiaron como carrera universitaria. Pero era una biblioteca de pocos libros relativamente. Recuerdo que había dos tomos de las obras completas de Freud, y yo me los leí completitos, claro que entonces no entendía un carajo. Ya entonces leí también a los piedracielistas, que era su época.

Y ¿qué fue lo más importante que encontró en los piedracielistas?

Lo que me dieron ellos fue un elemento de rebeldía contra el academicismo. Cuando yo leí lo que estos poetas se atrevían a hacer, me sentí alentado una vez más en el difícil camino de la literatura, y esto me volvió a suceder otra vez con Kafka. Dije: «¡Coño, entonces esto se puede hacer en literatura, esto me gusta, me quedo con esto»! Me pareció, en definitiva, que se podía estremecer el pedestal de Valencia, la bardolatría de los poetas parnasianos. Esto me pasó primero en poesía y después en prosa con Kafka. Ahí empecé a romper con todos los académicos, a caer en otro academicismo.

¿En qué edición leyó la obra de Kafka?

Las metamorfosis la leí en la colección Austral, en la traducción de Borges, a quien no conocía a la sazón. El libro era rosado en su cubierta, llegué, me acosté, me acomodé, abrí y leí… Entonces pensé: «¡De modo que esto se puede hacer en literatura, entonces esto sí me gusta, esto seré yo!». Porque yo creía que esas cosas no se podían hacer en literatura, pues hasta entonces tenía una deformación literaria: creía que la literatura era otra cosa. Me dije: «¡Si se puede sacar un mago de una botella y se puede hacer lo que hace Kafka, entonces sí se puede, entonces sí existe otra línea, otro canal para hacer literatura!».

Me imagino que ahí fue cuando se sintió con arrestos para escribir su primer cuento, «La tercera resignación».

Ahí fue cuando empecé inmediatamente a escribir los cuentos de Ojos de perro azul, y escribí «La tercera resignación». Cuando salió aquella nota de Eduardo Zalamea Borda en El Espectador, que fue el otro impulso importante en la misma dirección, yo ya estaba escribiendo ese primer cuento al impulso de Kafka; entonces me senté y lo terminé de un solo tirón.

Pero La metamorfosis fue derrotada después cuando regreso a mi tierra, después del Bogotazo. Cuando al principio de los cuarenta, llego a Bogotá y a Zipaquirá, perdí toda mi cultura caribe, y cuando regreso otra vez a Cartagena después del 9 de abril de l948, yo me di cuenta de que estaba metido en una cosa totalmente intelectual, que estaba en pura mierda. De pronto, me di cuenta de que lo que estaba en la calle, los cuentos y cosas que se oían, los vallenatos, la vida que andaba por las calles, que eso era lo que me interesaba. Lo que hoy me sorprende es que en esas circunstancias yo haya tomado conciencia de eso y me hubiera salvado. Entonces, cuando llego a Cartagena, Kafka y otras cosas se van para el carajo, y escribo «Ojos de perro azul», «La noche de los alcaravanes», «La mujer que llegaba a las seis» y «Alguien desordena estas rosas». Ahí es cuando yo descubro a los norteamericanos.

Gabriel García Márquez, Barcelona (1970). ALAMY

Conversación del 17 de marzo de 1989

Maestro, ¿cómo fue su primer encuentro consciente con su madre, recuerda en qué año ocurrió?

Para mí es imposible situar el año en que conocí a mi madre, pero la escena la recuerdo perfectamente. Yo entré y mi madre estaba sentada en una de las sillas ubicadas junto a la pared de la casa de Aracataca. Tenía un vestido color rosado y un sombrero verde de campana de pajilla. Entonces me dijeron: «Saluda a tu mamá», y recuerdo que me sorprendió que me dijeran que esa era mi mamá. Solo la recuerdo a partir de ese momento, pero también, a partir de ese momento, dejó de ser para mí una de las tantas visitantes que llegaban a esa casa. Desde entonces mi madre y yo tenemos una relación muy seria, la relación más seria del mundo, sin sentimentalismo.

Hay otro hecho importante en la relación con su madre, y es el momento en que usted la acompaña a Aracataca a vender la casa de los abuelos. El año no está muy claro.

Te voy a decir exactamente en qué año acompañé yo a mi madre a Aracataca a vender la casa de los abuelos (el escritor se levanta, coge el tomo de Textos costeños y hace una comprobación de fechas en el índice temático): ¡fue entre el 23 y 28 de febrero de 1950! En esos días estuve yo en Aracataca con mi madre. Creo que la casa la vendieron por unos tres mil pesos.

Después de haberse marchado con sus padres a Barranquilla, ¿cuándo visitó usted por última vez a su abuela en la casa de Aracataca?

Yo fui a Aracataca por última vez con la abuela en 1940, cuando hacía primero de bachillerato en el colegio San José, de Barranquilla. Mientras yo estaba en Barranquilla, a la abuela la llevaron a esta ciudad para que se operara de las cataratas. Eso era en el 40. Después volvió a Aracataca y regresó ciega. Lo más que estuvo en esa casa debió de ser hasta el 43, es decir, hasta cuando murió la tía Francisca Simodosea Mejía, tía Mama, quien la cuidaba con la tía Elvira Carillo, tía Pa. En este año la abuela y tía Pa se trasladaron a Sucre con mis padres, donde murió ciega y delirando cuatro años después.

¿Es verdad que su bisabuelo, Nicolás del Carmen Márquez Hernández, conoció a Bolívar? ¿Cómo en qué año sería?

Mi abuelo murió de setenta y tres años, en 1937, o sea que nació en 1864. Y mi bisabuelo, que nació en Castilla, España, hacia el año veinte del siglo pasado, conoció a Bolívar teniendo como diez años. Esto es lo que dice mi mamá. Entonces eso debió de ocurrir mientras Bolívar hacía su viaje hacia la muerte por el río Magdalena, o sea en 1930.

Cuando ocurrió el duelo entre su abuelo y Medardo Pacheco, ¿dónde vivían sus abuelos y en qué época fue eso? Me parece que, junto a su participación en la guerra de los Mil Días, este es uno de los dos hechos más legendarios y trágicos del abuelo, pues no solo cambió su vida y la de su familia, sino que hizo que usted mismo naciera dos décadas después en la casa fantasmal de Aracataca.

Cuando ocurrió eso, o «cuando mi papá tuvo su asunto», como dice mi mamá, ellos ya vivían en Barrancas, un pueblo verde y tranquilo al pie de las estribaciones orientales de la Sierra Nevada de Santa Marta. Ella siempre se refirió a ese tema como el «asunto de mi papá» cuando quería hablar del tipo a quien el abuelo tuvo que matar por un pleito, pues aquel hombre lo jodió mucho durante meses. Y el abuelo, con su espíritu de artesano, estuvo como seis meses preparando el duelo. Cuando ya tenía todo listo, le hizo saber a Medardo Romero que se armara para que arreglaran ese asunto. Y así lo esperó en un callejón sin salida que había en Barrancas. El abuelo le preguntó desde la esquina si estaba armado. Medardo le dijo que sí, que estaba armado, y mi abuelo lo mató de dos tiros certeros. Claro, él tenía una puntería legendaria desde su participación en la guerra de los Mil Días, en la que se hizo coronel.

Entonces empezó el drama del abuelo, de la abuela, de los hijos y otros familiares. Porque, como los familiares del Medardo querían asaltar la cárcel para vengar a su muerto, el abuelo fue trasladado a la cárcel de Riohacha, y el resto de la familia se fue con él.

Ya el abuelo era un joyero de prestigio en Barrancas, además de un exmilitar y un hombre de gran reputación, ¿no?

El abuelo había aprendido ese arte de su padre Nicolás del Carmen Márquez Hernández y era un coronel legendario, que seguía esperando su pensión de jubilación por su participación en la guerra, y era una de las grandes referencias del liberalismo de Barrancas. Y esto hizo que la mayoría de la gente estuviera de su parte. Pero, de todos modos, el abuelo y su familia tuvieron que emigrar a Santa Marta, donde le impusieron la ciudad por cárcel durante un año.

El trayecto entre Riohacha y Santa Marta lo hicieron, no por tierra, como ocurre en Cien años de soledad, sino en la goleta de Fermina Daza, de esas que van bordeando.

(García Márquez, antes de hacerme esta precisión, hizo un paréntesis para llamar a su madre a Cartagena y preguntarle cómo habían viajado la abuela y ellos de Riohacha a Santa Marta cuando el abuelo tuvo su asunto, y doña Luisa le explicó que el viaje había sido en la goleta. «Ah, ¿entonces eso está mal en la novela?», le preguntó el hijo, y ella le contestó: «Sí, Gabito, eso está equivocado en la novela»).

De modo que sus abuelos se trasladaron luego a Aracataca, donde se radicaron finalmente. ¿Cuándo fue ese traslado?

A ver, los hechos debieron de ocurrir como en 1908, y el abuelo tuvo que pagar un año en la ciudad por cárcel, lo que debió de ser durante 1909, de modo que apenas se pudieron radicar en Aracataca como a finales de 1910, porque el pueblo era entonces muy insalubre. De modo que mi abuelo dejó la familia en Santa Marta casi un año, y primero estuvo solo en Aracataca, que era, además de insalubre, un pueblo perdido de Dios.

Luego llegó el resto de la familia hacia finales de año, como usted dice. ¿Quiénes eran esos otros miembros?

Eran mi tío Juan de Dios, Juanito, mi tía Margarita, Margot, quien murió justo a los cuatro meses de haber llegado a Aracataca, quien era la mayor y es como la Rebeca de Cien años de soledad. Mi tío Juanito era mucho mayor que mi mamá, pues era su padrino, ahora tendría unos cien años. Llega también Wenefrida Márquez, señora de Quintero, la hermana a quien mi abuelo estaba muy unido. ¿Tú sabes que ese Quintero era el tío del actual presidente del Instituto Caro y Cuervo? También llega con ellos Francisca Simodosea Mejía, quien siempre vivía con ellos.

Traían tres indios que mi abuelo había comprado por trescientos pesos en La Guajira: Alirio, Apolinar y Meme, que son los que aparecen en La hojarasca. Yo conocí a Apolinar y a los otros indios porque ellos, al haber salido ya de casa, iban a visitarnos y se quedaban unos días con nosotros. Cundo yo tenía seis o siete años, ya no quedaba en casa ninguno de los indios. Así que ese cuento de la india que originó el personaje de Remedios la bella no es cierto.

Parece que todas las personas que fueron importantes en su vida, empezando por la familia, llegaron siempre a Aracataca de otros lugares, ¿no?

Hasta Gabriel Eligio García, mi padre, que llega a Aracataca en julio de 1924, pero no llega desde Cartagena, sino a través de una ronda por los pueblos de Bolívar. Y hay una lista amplia de personajes que, empujados por las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, llegaron a Aracataca, a la casa de mis abuelos y terminaron siendo personajes entrañables de mi vida y luego pasaron a mis relatos y novelas.

Maestro, para cerrar estas conversaciones, quisiera, para mayor claridad, que retomáramos algunos temas que usted ya ha mencionado o comentado. ¿Cuál fue el gran revulsivo en su vida de escritor y la orientación en su obra inicial que le aportó el viaje a Aracataca con su madre?

Antes de llegar en 1950 con mi madre a Aracataca para vender la casa de los abuelos, yo ya estaba escribiendo La casa. Cuando regreso de Bogotá y me enfrento de nuevo a mi cultura caribe, que parecía que hacía siglos había dejado, me doy cuenta de que estaba metido en cuestiones puramente intelectuales, y entonces empecé a leer a los norteamericanos, y sobre todo a Faulkner, a los norteamericanos del sur, que a uno se le olvida que son caribes.

Faulkner trabaja en un medio geográfico y cultural que es el mismo de Jamaica y del Caribe en general. Entonces, al identificarme con ellos, encontré un método y encontré que contaban cosas que merecían contarse. Entonces me dije: si todo esto que yo sé interesa, entonces hay que contarlo. Ahí fue cuando empecé a escribir La casa. Pero de todas maneras estaba completamente perdido. Me di cuenta cuando fui a Aracataca: «¡Esto está muy lejos de lo que estoy viendo aquí!». Entonces dejé La casa y escribí La hojarasca cuando regresé; es decir, empecé por otro lado.

Gabriel García Márquez, Festival Internacional de Cine de Venecia, Hotel Lido (1992). MARCELLO MENCARINI / LEBRECHT MUSIC & ARTS / ALAY

Después de sus primeros diez años con los abuelos en ese pueblo de Babel que era Aracataca, de las aportaciones de Barranquilla con sus padres y de lo importante que fueron esos dos o tres años en el colegio San José, con sus primeros escritos en la revista Juventud, creo que el otro gran polo, por lo antitético y complementario, fue Zipaquirá, pues, desde la distancia, el frío y la soledad, le aportó también experiencias definitivas para que usted se convirtiera, desde «La tercera resignación», en un escritor de gran vocación literaria.

Yo creo que en Zipaquirá lo importante fue la confrontación de culturas con el resto del país, no solo con el interior. Yo creo que al final la gran suerte que tuve fue que me enviaran al Liceo Nacional de Zipaquirá, porque era el internado de todos los pobres becados del país. Yo recuerdo haberme peleado por el San Bartolomé de Bogotá, pero ahí no había nada qué hacer, era el colegio de las grandes recomendaciones, de las grandes familias del país, de los políticos… Entonces me enviaron para Zipaquirá, que era el siguiente y que era mucho mejor. Todo lo que aprendí se lo debo al bachillerato. Ahí fue donde yo aprendí a conocer a los colombianos de otras culturas. Ahora ha cambiado mucho.

Entonces, de un lado tienes la distancia respecto de mi tierra, la confrontación cultural con el país, las lecturas, la soledad, el frío y la disciplina de lector que adquirí.

La disciplina académica era entonces muy férrea en ese liceo de Zipaquirá.

A nosotros nos hacían levantar a las cinco de la mañana. Pero es que además a ese colegio habían mandado a todos los marxistas de la Escuela Normal Superior, de la época de Socarrás, entonces los profesores habían salido marxistas todos y los mandaban para Zipaquirá, para no contaminar a los otros en los colegios de los blancos. Pero era todo puramente ideológico, no hacían proselitismo político.

De noche, hacíamos reuniones y nos contábamos todas las historias, costumbres, todo. Y los costeños teníamos la vida resuelta porque nos invitaban a bailar, pues en esa época los cachacos no sabían bailar; ahora bailan mejor que los costeños.

Ha señalado, como una de las aportaciones más importantes, la confrontación cultural que tuvo con el resto del país.

Yo viajaba una noche con un piloto en Avianca, de Bogotá a Nueva York. Después de haber hablado un rato con él, le dije: «Usted es de Sogamoso». Él me preguntó: «¿Por qué lo sabe?». Y le dije: «Por el acento; usted habla como todos los de Sogamoso que estaban conmigo en el colegio de Zipaquirá». Pues allí aprendí cómo hablaban los de Honda, los de Cali y los demás; se notaba mucho la diferencia entre los vallunos y los chocoanos, los paisas y los quindianos, que en esa época pertenecían al mismo departamento. Ahí, en el colegio, me di cuenta de lo distintos que éramos los unos de los otros en el mismo país. Eso fue lo más importante, aparte del tiempo que tuve para leerme toda la biblioteca.

(Le enseño al maestro algunas fotos de lo que quedaba de la parte original de la casa de su infancia, que tomé en mi segundo viaje a Aracataca en marzo de 1973, así como del solar, donde estuvo el castaño, y de la casa nueva que se hizo tumbando la parte frontal de la original, y el escritor repasa sus recuerdos a medida que observa las fotos).

Mi abuelo tenía su oficina a la izquierda de la entrada de la casa, donde estaba su escritorio lleno de carpetas, algunos libros y sobre todo el diccionario, y después tenía la platería en un cuarto aparte limitando con el salón comedor, que quedaba frente al corredor de las begoñas y el jardín; la platería la tuvo siempre. Mi mamá me decía ahora que él trabajaba de platero en Barrancas. Siempre trabajó la platería, porque su padre, quien también era platero, le enseñó ese arte.

¿Maestro, usted tuvo alguna relación especial con la casa mientras vivió en ella?

Yo no tuve ninguna relación especial o de fascinación con la casa, ni con ninguno de los cuartos de la misma. La fascinación es en el recuerdo, en la nostalgia. En la casa vivía normalmente. Tenía mucho miedo de noche porque siempre vivían asustándome para que me quedara quieto, pues a los niños los manejaban por el terror, y a mí me aplicaban el de los espíritus de nuestros antepasados.

Además, usted se crio solo en esa casa llena de mujeres, con la excepción del abuelo. Y sus hermanos, que iban aumentando año tras año, ¿solían visitar la casa de Aracataca?

Mis hermanos son dieciséis: once de mi madre y cinco de fuera; dos antes del matrimonio y tres fuera del matrimonio, pero todos estuvieron en la casa, mi madre los recogía porque decía que la sangre de sus hijos no podía andar rondando por ahí. Es el mismo caso de los hijos del abuelo, que tuvo muchos naturales. Pero solo venían a la casa en Cien años de soledad, y no en la realidad, pues vivían dispersos y no era fácil llegar a reunirlos en la casa. Solo venían de cuando en cuando. Además, en esa época el transporte no era fácil, se viajaba en mula o en la goleta, que era una auténtica pesadilla.

Hablabas de las mujeres… Los Cotes del Magdalena eran familiares de ambos abuelos. La abuela era Iguarán Cotes y el abuelo era Márquez Mejía, pero era hijo de Márquez Cotes. Es la cotería que llaman allá, y los Cotes tienen sus árboles genealógicos que ya vienen a ser verdaderas junglas genealógicas. Ellos son guajiros y tienen una conciencia de tribu muy fuerte.

Aparte de la abuela, las tías fueron muy importantes en mi vida. Francisca Simodosea prácticamente fue la que me crio a mí, porque era la que tenía los pies sobre la tierra; mi abuela andaba en la pura fantasía, deliraba y murió delirando. Esta abuela cantaba muy bien y se la pasaba cantando todo el día, y antes de que Margot y yo nos durmiéramos, ella nos cantaba alguna canción que contaba una historia.

Pero la que lo sabía y lo decidía todo en la casa era la tía Francisca, la tía Mama, como usted lo contó alguna vez.

Sí, la tía Francisca Simodosea era la tía sabia de la casa y del pueblo. A ella se le consultaba todo. Pero ella era de otra cultura, era del Carmen de Bolívar, no era del Magdalena. Esta tía es la que prácticamente me crio y la mágica era mi abuela. Lo que pasa es que esta tía era la que conocía más el folclor y la gente.

Luego estaban la tía Petra y la tía Elvira, pero solo conocí a Elvira, que era media hermana de mi mamá y quien murió hace poco. Petra era tía de mi mamá y ella ya había muerto cuando yo nací.

La puerta de esa casa no se cerraba: todo el día entraba y salía gente de ella.

(El maestro vuelve a mirar las fotos con una nostalgia evidente).

La parte de la casa de adelante, la que daba a la calle, se había quemado antes de que yo naciera; solo existía la parte de atrás. Entonces hicieron un antejardín, donde ahora hay una casa nueva que no tiene nada que ver con los escombros de atrás, que veo ahora en tus fotos. Ahora, no sé por qué dejaron esos escombros cuando lo normal es que la hubieran tirado, porque desde que mi madre se la vendió a la familia Acuña Acosta pasaron muchos años hasta la publicación de Cien años de soledad.

Usted tiene un sentido del humor que bien podría ser también parte de sus herencias familiares. ¿Cómo era el humor del abuelo?

En cuanto al humor, no sé cómo era mi abuelo, pero mi madre es una mamagallista de primera. La relación con ella es de este tipo: «Oye, madre, ¿cómo es que me dejaste abandonado en el año tal?». Y ella me responde: «Ay, hijo, perdóname, te dejé con mi madre porque estabas mejor con ella que conmigo; lo hice por bondad».

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