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Vivir como un obstáculo: una conversación con Óscar Martínez

17 de julio de 2026 - 12:45 am
El reportero Óscar Martínez lleva veinte años entrando a los lugares donde nadie quiere entrar y escribiendo sobre los costados más turbios de la condición humana. Hoy vive exiliado en Ciudad de México, tras recibir amenazas del gobierno de Nayib Bukele. Desde allí sigue mirando a su país natal, El Salvador, con la obsesión de quien no puede soltar lo que ama. Esta es una conversación sobre el miedo, la rabia y lo que cuesta no rendirse.
Óscar Martínez, El Salvador, 2018. © El Faro.
Óscar Martínez, El Salvador, 2018. © El Faro.

Vivir como un obstáculo: una conversación con Óscar Martínez

17 de julio de 2026
El reportero Óscar Martínez lleva veinte años entrando a los lugares donde nadie quiere entrar y escribiendo sobre los costados más turbios de la condición humana. Hoy vive exiliado en Ciudad de México, tras recibir amenazas del gobierno de Nayib Bukele. Desde allí sigue mirando a su país natal, El Salvador, con la obsesión de quien no puede soltar lo que ama. Esta es una conversación sobre el miedo, la rabia y lo que cuesta no rendirse.

A Óscar Martínez nunca le ocultaron la guerra. No le dijeron que apagara el televisor, que dejara de preguntar ni que eso era asunto de adultos. Nació en 1983, en San Salvador, mientras el país atravesaba un conflicto que dejó setenta y cinco mil muertos y quince mil desaparecidos. Sus padres, vinculados a la izquierda, lo llevaban a barrios empobrecidos y a campamentos guerrilleros. Algunos niños aprenden un deporte. Otros a seguir reglas. Martínez aprendió a sospechar del poder.

Hay en su historia una tensión familiar que define su obra: uno de sus tíos militaba en el Partido Comunista y terminó exiliado en Suecia por las amenazas de los escuadrones de la muerte; esos escuadrones fueron cofundados por otro tío suyo, Roberto d’Aubuisson, señalado por la Comisión de la Verdad de Naciones Unidas como autor intelectual del magnicidio de monseñor Óscar Romero en 1980. Martínez eligió no usar ese apellido, formarse como periodista investigativo y escribir contra la impunidad que rodea varios de los crímenes atribuidos a su pariente.

Desde 2007 trabaja en El Faro, el primer periódico digital de América Latina. Sus reportajes sobre la violencia en el Triángulo Norte Centroamericano —pandillas, migrantes, presos y pactos bajo cuerda entre gobiernos y estructuras criminales— le han merecido el Premio Maria Moors Cabot (2016), el Premio Internacional a la Libertad de Prensa (2016) y el Premio Gabo (2021). Su libro más reciente, Bukele, el rey desnudo (2026), lo escribió desde el exilio en Ciudad de México, adonde se trasladó tras recibir amenazas directas del gobierno salvadoreño.

Un veterano de guerra participa en una manifestación contra el gobierno de Nayib Bukele durante la celebración del Día de la Independencia de El Salvador. 15 de septiembre de 2023. © SOPA Images Limited / Alamy Live News
Un veterano de guerra participa en una manifestación contra el gobierno de Nayib Bukele durante la celebración del Día de la Independencia de El Salvador. 15 de septiembre de 2023. © SOPA Images Limited / Alamy Live News

En Bukele, el rey desnudo usted señala que, antes de ser un presidente autoritario, Bukele fue un publicista. ¿Cuál ha sido su principal maniobra para construir la imagen del presidente cool, venerado en su país y admirado por sectores derechistas de toda la región?

La primera táctica —y su primera gran mentira— fue venderse como un outsider. Bukele empezó como alcalde de Nuevo Cuscatlán y luego de San Salvador dentro del FMLN, el partido de izquierda. Es un producto de la política salvadoreña, y sin embargo logró que la gente lo olvidara a punta de publicidad. Prometió una ciudad bitcoin con tren, aeropuerto, cero impuestos y energía volcánica. La realidad es que hoy en día en las faldas del volcán solo están las faldas del volcán.

Por otra parte, también logró que el mundo creyera que El Salvador tiene una sola cárcel: el CECOT, la megaprisión que alberga a cuarenta mil pandilleros. Allí llegan políticos, periodistas e influencers a hacer su safari punitivo. Pero hay otras veintiún cárceles que el gobierno no muestra.

¿Qué ocurre dentro de ellas?

Desde que empezó el régimen de excepción, en marzo de 2022, El Faro tiene prohibido entrar a los penales. Los hemos recorrido a través de los testimonios de más de treinta personas que lograron salir —una cuota mínima de liberados, después de que las autoridades admitieran que no había de qué acusarlos— y de familias que recibieron los cadáveres de sus hijos con laceraciones. Lo que aparece en esos testimonios no es un abuso aislado, sino un sistema de tortura.

En Mariona, una de las cárceles más grandes, el recibimiento era un pasillo de custodios que golpeaban a los recién llegados durante cincuenta metros. Pudimos documentar que dos personas murieron apenas entraron, sin haber visto nunca a un juez. Nos hablaron de bolsas negras en la cabeza, de cadáveres acumulados en el patio, de mujeres amarradas de los dedos a una barda, de bebés presos con sus madres, a quienes lavaban con lejía para evitar la sarna, de personas obligadas a avanzar de rodillas sobre cemento molido. Ese repertorio remite al régimen militar de los años ochenta. No lo ha dicho solo El Faro; también Human Rights Watch, la organización Cristosal y el Departamento de Estado de Estados Unidos, antes de Trump. Hay suficiente evidencia para afirmar que en las cárceles de Bukele se están cometiendo crímenes de lesa humanidad.

Usted vive en el exilio en Ciudad de México desde que el gobierno de Bukele lo amenazó hace un año. No es la primera vez que es desterrado de su país por sus investigaciones. ¿Qué se deforma en una persona cuando pasa años bajo ese nivel de hostigamiento?

En El Salvador ya no podíamos salir a bares, ni estar tranquilos en un parque. No sabíamos si el tipo que nos insultaba era un ciudadano que le había comprado el discurso a Bukele o alguien del organismo de inteligencia del Estado enviado para provocarte y luego capturarte. Bukele llegó a acusarnos de ser violadores sexuales, traficantes de personas y lavadores de dinero. Era una vida completamente caótica, paranoica. Una vida que te deformaba el espíritu.

Ahora soy un hombre más pesimista. No sobre el mundo: siempre he pensado que el mundo está jodido. Me refiero a la aspiración de que el periodismo pueda cambiar rápidamente un estado de cosas. Antes creía que una investigación iba a sacudir la realidad con más velocidad, y con el tiempo entendés que todo demora mucho más, que las consecuencias llegan tarde o no llegan. Te volvés más oscuro. Soy una persona más llena de rabia y de odio, y trato de contenerlos porque si no se convierten en un problema enorme.

¿Es eso lo que queda en su espíritu después de tanto tiempo cubriendo lo que cubre, o hay algo que lo sostiene más allá del desgaste?

Hay algo que me sostiene, aunque no es exactamente la alegría. Con el tiempo descubrí una forma esencial de estar en el mundo: habitarlo como un obstáculo. Cuando Alma Guillermoprieto escribió sus crónicas sobre la masacre del Mozote, o cuando Rodolfo Walsh escribió Operación Masacre, la justicia no llegó durante años. Y cuando llegó, fue justicia para los viejos y para los muertos. No es lo que uno quiere, pero es lo que hay. Eso podría ser devastador, y a veces lo es. Pero también significa que el trabajo importa, que tiene peso, que alguien lo sintió como un estorbo. A Bukele le habría sido más fácil ser dictador si nosotros no existiéramos. Eso ya me satisface. Estoy orgulloso de ser un obstáculo para un dictador.

Familiares de migrantes venezolanos deportados a El Salvador muestran fotografías de sus allegados mientras solicitan permiso para visitarlos en el CECOT, 10 de junio de 2025. © SOPA Images Limited / Alamy Live News
Familiares de migrantes venezolanos deportados a El Salvador muestran fotografías de sus allegados mientras solicitan permiso para visitarlos en el CECOT, 10 de junio de 2025. © SOPA Images Limited / Alamy Live News

¿Ha podido recuperar el sosiego en México?

El gobierno mexicano ha sido muy solidario con el exilio, y yo lo agradezco. Además, México es mi segundo país: cuando investigué y escribí mi primer libro viví cinco años allá. He logrado bajar la guardia. Pero el exilio impone otra angustia: la posibilidad de convertirte en un sujeto del pasado, en alguien que supo pero ya no sabe, que entendía un país que ya no existe. El escritor Carlos Manuel Álvarez me lo planteó en una carta desde su propio exilio. Eso me asusta tanto como cualquier amenaza física. He hecho un esfuerzo enorme para seguir teniendo los ojos abiertos sobre El Salvador, aunque sea de una forma fantasmagórica. Es una obsesión agotadora. Estoy en la etapa más cansada de mi vida.

El poeta peruano José Watanabe escribió que el miedo siempre circulará por el cuerpo como otra sangre. ¿Cómo circula en el suyo?

En El Faro venimos siendo cocinados a fuego intenso desde hace mucho tiempo. La primera vez que los pandilleros nos amenazaron de muerte fue en 2012 y la primera vez que policías llegaron a nuestras casas para asesinarnos fue en 2015. Entre todos los miembros de El Faro contamos varias decenas de intentos de asesinato. Hemos sobrevivido con precaución, inteligencia e información confidencial.

Pero hay algo que sí me aterra: que atrapen a gente querida en El Salvador solo porque las autoridades consideran que tiene algún vínculo con el periódico. Que otros paguen las consecuencias de nuestro trabajo.

¿De dónde surge la energía para seguir perseverando? ¿Qué lo mueve?

He descubierto que mi motor es la rabia. La rabia ha sido un motor más grande que el amor en mi vida. Y la rabia tiene algo: es incompatible con la inacción. La compasión, en cambio, sí puede convivir con la inacción. Si tu pareja se quiebra el brazo, vas a sentir compasión pero te vas a dormir. Si estás rabioso, no te dormís hasta decirle lo que tenés que decir.

Ahora: la rabia puede tener método. Te permite convertir una injusticia en conciencia. El problema es cuando esa rabia, alimentada durante demasiado tiempo, empieza a parecerse al odio. Y el odio no tiene método. Yo no puedo cubrir a un hombre odiándolo. No puedo investigar al presidente que me echó de mi país desde el odio, porque el método periodístico se diluye y uno empieza a convertirse en propagandista. Ahora estoy luchando con el odio, como lo hacen muchos exiliados. Esa es la pelea: bregar para no convertirme en un tipo que solo odia al hombre que tiene que descifrar.

Sus libros combinan el rigor de la reportería judicial con una escritura de ambición literaria. ¿Cómo equilibra esas dos exigencias y esos dos ritmos distintos.

Cuando tengo toda la información sobre la mesa, construyo una especie de menú: documentos, personajes, escenas y descubrimientos. Si un documento no refuerza a un personaje, y si un personaje no forma parte de una escena, y si una escena no deriva en un descubrimiento, entonces no me importa. Cuando tengo eso claro, escribir se me hace fácil.

Quien quiera plantear una discusión sobre el estilo y escribir como un contador simplemente no ha entendido el oficio. No se trata de imitar lenguajes ni de llamar semovientes a las vacas. Se trata de emplear un lenguaje bello y directo para llegar a más gente. Tomás Eloy Martínez lo explicó de forma llana: hay que hacer que lo importante sea interesante. Si le pedís a alguien que tome su domingo, se acueste en una hamaca y lea sobre un asesino de la Mara Salvatrucha, lo mínimo es hacer un esfuerzo real por convertir esa historia en algo estéticamente bello. No bonito, ni inspirador: bello. Es también una obligación ética con las personas que te confían sus historias más dolorosas.

Presuntos miembros del Tren de Aragua son conducidos a sus celdas en el CECOT, en Tecoluca, El Salvador, tras su deportación desde Estados Unidos, 26 de marzo de 2025. © UPI / Alamy Live News.
Presuntos miembros del Tren de Aragua son conducidos a sus celdas en el CECOT, en Tecoluca, El Salvador, tras su deportación desde Estados Unidos, 26 de marzo de 2025. © UPI / Alamy Live News.

 ¿Y la salud mental de quienes cubren esas historias? ¿El Faro se ocupa de eso?

Nos hemos ocupado menos de lo que deberíamos. Empezamos a hacerlo cuando hubo crisis psicológicas graves entre colegas de Sala Negra, la sección de cobertura de violencia que yo dirigí entre 2011 y 2018. Había compañeros con delirios psicóticos: sentían, por ejemplo, que la habitación de un hotel los devoraba. Ahí entendimos que no podíamos seguir tratando el daño como un asunto privado. Hoy ofrecemos asistencia psicológica, aunque creo que a algunos deberíamos ofrecérsela con más insistencia. Todavía estamos lejos de haber resuelto el problema.

Después de dos décadas cubriendo pandillas, migración forzada y crimen organizado, ¿qué entiende hoy sobre la violencia que no podía entender al principio?

La violencia es hija de la desigualdad. Y la violencia extrema es hija de la impunidad. La impunidad lanza un mensaje muy preciso: podés hacer eso. Podés matar a esos indígenas y no va a pasar nada. Podés violar a esas mujeres y no va a pasar nada. Instala patrones sociales. Los deja ahí. En el camino de los migrantes en México, había gente que no entendía cuál era el problema de violar a una mujer: «Nadie nos busca, ellas son migrantes, ni siquiera son de acá». En un lugar donde hay debido proceso y consecuencias, la violencia sigue existiendo, pero no campea como ese animal salvaje que yo conocí.

En medio de ese paisaje agreste, ¿dónde encuentra la alegría o por lo menos la nobleza?

A veces bajás a una fosa séptica y encontrás perlas: eso es increíble. Acabo de regresar de Nueva Orleans, donde fui a cubrir la Operación Catahoula Crunch, una estrategia de deportación masiva de migrantes del gobierno Trump. Encontré a Leticia Casildo, una mujer garífuna, negra, indocumentada, de cuarenta y ocho años, cargando sobre sus hombros a una comunidad desahuciada: niños que perdieron a sus padres, gente que duerme sin cenar, migrantes encerrados en sus casas por miedo. Una mujer que, investida de creatividad y solidaridad, se está enfrentando a los operativos de ICE. Cuando encuentro a personas así, algo se acomoda.

Si pudiera escribir el libro que dicta su corazón, no el que las circunstancias exigen, ¿cuál sería?

Quiero escribir un libro sobre la paz, porque no entiendo la paz. Nunca la he cubierto, nunca la he vivido. Nací en medio de una guerra civil con unos padres involucrados en la izquierda. El pasado enero estuve en una cabaña en Noruega adelantando algo: un libro de crónicas sobre cómo se consigue la paz en América Latina. A veces se consigue con muros. A veces con comunidades indígenas que linchan. A veces aceptando una paz mafiosa, como ocurre en el Chocó colombiano, donde algunas comunidades prefieren vivir bajo las órdenes de ciertos grupos criminales antes que tener otra vez a los paramilitares encima.

Para ese proyecto entrevisté a mi tío: el que militaba en el Partido Comunista y tuvo que exiliarse a Suecia porque los escuadrones de la muerte de mi otro tío lo marcaron para matarlo. Me lo llevé a la cabaña y lo entrevisté durante tres días. Yo quiero escribir ese libro: un libro sobre la paz hecho por alguien que todavía no entiende qué significa vivir sin guerra.

Ha hablado de rabia, de cansancio, de una oscuridad creciente. ¿De qué manera esto lo afecta en sus relaciones familiares?

Mi hija tiene trece años y me parece maravillosa. A pesar de haber tenido que dejar su país y de haber tenido un padre con una vida tan particular, es una niña básicamente buena. A ella no le ocurre en el alma lo que me ocurre a mí. Todavía tiene una mirada pura del mundo. Mi misión, ahora que voy a acompañarla en su adolescencia, es tratar de que vea el mundo con realismo, tal como es, pero no encaminarla hacia la oscuridad.

Mi papá era maravilloso, pero era un hombre severo en términos de conciencia política. Alguna vez nos dijo: «Yo los traje al mundo para que sean útiles, no felices». Yo quiero que mi hija sea feliz, pero también creo que el mundo necesita gente útil. Esta mierda se cae a pedazos. Hay una falta de solidaridad enorme, una cantidad de gente que se levanta a las cuatro de la mañana para llegar a un trabajo que no le gusta y vuelve a las once de la noche para ver a sus hijos dormidos y mal comidos. Quisiera que ella tuviera en su mano el látigo de sentirse útil para los demás. Hay gente a quien mirar el mundo de frente le despierta un amor profundo, una empatía inagotable. No fue mi caso. Ojalá sea el de mi hija.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, antes de una reunión bilateral en el Despacho Oval de la Casa Blanca, 14 de abril de 2025. © Daniel Torok / Casa Blanca / Alamy Live News.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, antes de una reunión bilateral en el Despacho Oval de la Casa Blanca, 14 de abril de 2025. © Daniel Torok / Casa Blanca / Alamy Live News.

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