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¿Puede la cultura degenerar?

17 de julio de 2026 - 12:17 am
La idea de que «la cultura se está yendo al abismo» vuelve una y otra vez, como si fuera un reflejo condicionado. Cada generación se convence de estar presenciando el deterioro final… y, sin embargo, aquí seguimos, creando, discutiendo, reinventando. ¿Y si la verdadera decadencia estuviera en el empeño por repetir la misma queja, más que en la cultura que pretendemos salvar?
Ilustración de Valentina Espinosa.

¿Puede la cultura degenerar?

17 de julio de 2026
La idea de que «la cultura se está yendo al abismo» vuelve una y otra vez, como si fuera un reflejo condicionado. Cada generación se convence de estar presenciando el deterioro final… y, sin embargo, aquí seguimos, creando, discutiendo, reinventando. ¿Y si la verdadera decadencia estuviera en el empeño por repetir la misma queja, más que en la cultura que pretendemos salvar?

Traducción del inglés de Gaceta

 

Confesaré que, cuando enciendo el televisor o la radio, o cuando hurgo un poco en internet, a menudo me espanto con lo que encuentro. Al oír las afirmaciones vacuas de los influencers o la inanidad aturdidora de buena parte de la cultura pop actual, mi reacción instintiva es de irritación y tristeza. He dedicado mi vida a las humanidades, a la lectura y al estudio paciente, al aprendizaje de nuevas lenguas y al refinamiento de mi lengua materna tanto en la escritura como en la expresión oral; por eso, ver la sobreabundancia de lo que interpreto como falta de reflexión y estéticas de mínimo común denominador en el espacio público se siente como una ofensa personal.

La mayoría de los días, sin embargo, mantengo este reflejo a raya, consciente de que es huraño y ligeramente ridículo. El filósofo francés Michel Serres dio en el clavo con el título burlón de C’était mieux avant! («¡Antes todo era mejor!», 2017), que expone lo absurdo de esas nostalgias culturales que nos impiden ver lo bien que estamos. Prefiero conservar un juicio equilibrado, uno que reconozca a los artistas, escritores y músicos que hoy crean obras importantes, reflexivas y complejas. Y, quizá más importante, quiero evitar caer en la lógica de la degeneración cultural.

¿Y tú? Al mirar la nueva escritura, el nuevo pensamiento, la música y el arte contemporáneos, ¿qué impresión te producen? ¿Ves un panorama dinámico e innovador, lleno de formas originales y contenidos vibrantes? ¿O ves algo simple y estancado, marcado por ideas sin salida que repiten patrones del pasado o que apenas logran esbozar una visión estética nueva? En otras palabras, ¿la cultura es ahora mejor o peor que antes?

Si la segunda descripción coincide con tu juicio, quizá te tiente la noción de la degeneración cultural. Esta poderosa metáfora es una manera particular de interpretar los cambios propios de toda cultura, especialmente en una época de aceleración técnica y democratización de la producción cultural. Más personas producen cultura; nuevos tipos de personas generan cultura de amplio consumo; y existen más herramientas que nunca para crear y distribuir esos objetos. Quien cree en la degeneración cultural —una filosofía declinista por naturaleza— sostendrá que esta democratización y otros factores, como el descenso en los estándares educativos o el fracaso de las instituciones encargadas de inculcar el gusto, han mermado la calidad de lo que se produce. La cultura solía ser compleja y elaborada; ahora es rudimentaria y desabrida.

Me propongo cuestionar esta lectura pesimista, ofrecer una breve historia de la noción de degeneración cultural y subrayar las fallas de ese modo de juzgar las transformaciones que hacen que una sociedad luzca distinta mañana de como lucía ayer.

A lo largo de la historia, los seres humanos han sentido la tentación de imaginar la producción cultural como algo que nace, atraviesa etapas de adolescencia y madurez, avanza hacia la senilidad o sufre alguna dolencia y, finalmente, muere y se descompone. Son metáforas, desde luego, y revelan nuestra incorregible tendencia a proyectar nuestros propios ciclos vitales —o los de las plantas o los animales— sobre entidades inanimadas y a menudo abstractas. Una nueva república nace. Un movimiento está en ciernes. La novela ha muerto.

De entre las muchas metáforas que pertenecen a esta familia orgánica, hay una que, en los últimos años, ha captado especialmente mi atención: la metáfora de la degeneración. Este viejo tropo ha regresado a la política, la crítica social y el análisis de artefactos culturales. En inglés, llamar degenerate a alguien tiene connotaciones potencialmente racistas y clasistas, y el insulto implica la supuesta superioridad genética o intelectual de quien lo profiere sobre quien lo recibe. El lenguaje y la lógica de la degeneración se han aplicado no solo a las personas, sino también a la cultura que producen. Como mostraré, el término contiene una constelación de connotaciones raciales y de clase y ha sido un sello distintivo del pensamiento conservador y reaccionario a lo largo de la era moderna.

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Ilustración de Valentina Espinosa.

Antes de revisar esta historia y reconstruir sus implicaciones para el presente, es importante entender con precisión qué significa «degeneración». La mejor explicación que he encontrado está en Body and Will (1883), del psiquiatra inglés Henry Maudsley, donde ofrece esta descripción del cambio temprano en el sentido de la palabra:

Degeneración significa literalmente un «desgenerarse», la descomposición de un linaje, y en este sentido se utilizó primero para expresar un cambio de especie sin considerar si dicho cambio era para perfeccionarla o degradarla; pero ahora se usa exclusivamente para denotar un cambio de una especie superior a una inferior, es decir, de una organización más compleja a una menos compleja…

El paso de una forma más compleja a otra menos compleja implica también una disminución de calidad y, por extensión, de valor. Lo que degenera se vuelve más simple y más tosco, cae desde un estándar más alto y vale menos que sus precursores. La idea de un deterioro orgánico se ha aplicado con facilidad a lo largo de la modernidad, primero a la propia humanidad y más tarde a los artefactos culturales y las ideas que los humanos producen.

El término tiene una historia particularmente oscura en Europa. En los siglos XVIII y XIX se empleó para argumentar que las diferencias climáticas entre los lugares donde vivían las personas hacían que ciertos tipos humanos degeneraran desde un estado anterior, más perfecto. A medida que el racismo científico buscaba nuevos conceptos para su caja de herramientas, la noción de degeneración resultó especialmente útil. Sirvió para explicar por qué algunas razas prosperaban más que otras, y cómo unas habían producido grandes obras científicas y artísticas y alcanzado un alto nivel tecnológico mientras otras fracasaban. Quienes producían estas teorías tendían a situar su propia civilización como la más sofisticada, ocultando o minimizando los logros de las demás.

Uno de los padres fundadores del pensamiento ario fue un aristócrata francés llamado Joseph-Arthur de Gobineau, quien sostenía que una raza empieza a degenerar en el momento en que se mezcla con otras. La hibridez equivale a la morbilidad, según su visión. En su libro La desigualdad de las razas humanas (1853-55), escribe en términos tajantes:

La palabra «degenerado», aplicada a un pueblo, significa (como debería significar) que ese pueblo ya no tiene el mismo valor intrínseco que antes, porque ya no lleva la misma sangre en las venas: las adulteraciones continuas han ido afectando la calidad de esa sangre. En otras palabras, aunque la nación conserve el nombre dado por sus fundadores, ese nombre ya no denota la misma raza; de hecho, el hombre de una época decadente, el degenerado propiamente dicho, es un ser distinto, desde el punto de vista racial, de los héroes de las grandes épocas… Él y su civilización morirán el día en que la unidad racial primordial esté tan fragmentada y anegada por la afluencia de elementos extranjeros que sus cualidades efectivas ya no tengan suficiente libertad de acción.

Las patrañas de Gobineau se desmontan fácilmente comparando la salud y vitalidad de las comunidades endogámicas y exogámicas, es decir, las que solo se reproducen entre sí frente a las que permiten la entrada de forasteros en su acervo genético. Allí donde veía mezcla de razas, Gobineau veía decadencia. Para él, este problema era ante todo biológico, pero en la Europa del siglo XIX este problema corporal se transformó en un problema de la mente y del espíritu creativo.

La ciencia extravagante de teóricos de la degeneración como Bénédict Augustin Morel, Cesare Lombroso y Max Nordau, entre otros, podría parecernos risible hoy si no fuera por la persistencia de sus ideas en la conciencia colectiva, incluso entre quienes jamás han leído sus libros. De los tres, el libro del médico y crítico social Nordau, Degeneración (Entartung en alemán, 1892), me parece el más extraño. En él, Nordau descarga su furia contra una variedad de artistas, músicos y pintores cuya obra —según afirma— es producto de la contaminación, el ruido y el caos urbano, factores que desencadenan agotamiento, histeria generalizada, depravación y disfunción sexual. Arremete contra Wagner, Tolstói, Verlaine, Rossetti, Zola, los simbolistas, los prerrafaelitas y los decadentes, por mencionar apenas algunos. Intenta convencer al lector de que la razón por la cual las pinturas impresionistas son tan malas es que sus creadores padecen una afección llamada «nistagmo», o temblor del globo ocular, lo que explicaría sus pinceladas frenéticas y sus lienzos salpicados. Página tras página, emplea justificaciones médicas para explicar por qué existe el arte que no le gusta.

En su esquema, no es la clase trabajadora la que sufre las fuerzas degenerativas que dieron forma al arte, la música y las letras de su época. Son, más bien, los intermediarios culturales burgueses quienes han sido más afectados por esta dolencia colectiva. Plantea la pregunta: «¿Es posible acelerar la recuperación de las clases cultivadas de la perturbación actual de su sistema nervioso? Creo seriamente que sí, y solo por esa razón emprendí este trabajo». Nordau creía que la modernidad había traído consigo una enfermedad nerviosa colectiva que estaba arruinando la cultura, y pensaba que su diagnóstico y sus sugerencias terapéuticas podían de algún modo curar esa enfermedad de la cual el mal arte era un síntoma.

La ideología nazi retomó el punto donde Nordau lo había dejado. Este legado quedó ilustrado, quizá de la forma más célebre, por la exposición Entartete Kunst («arte degenerado»), inaugurada en Múnich en 1937. La muestra exhibía arte producido por las poblaciones «degeneradas» que los nazis estaban empeñados en aniquilar. Presentando unas 650 obras que hoy se clasificarían como modernistas o de vanguardia, los organizadores ridiculizaban esas piezas —creadas por judíos, comunistas o simplemente no alemanes—mediante leyendas burlonas que insinuaban la supremacía del arte alemán «puro». Según su catálogo, la exposición buscaba mostrar los «diversos síntomas de la degeneración», que incluían mala factura, blasfemia, anarquía artística, una tendencia propagandística marxista/bolchevique, deficiencia moral, rechazo de la conciencia racial y la celebración del «idiota, el cretino y el paralítico». Resulta evidente que los nazis utilizaron la teoría de la degeneración como herramienta para demostrar que las razas inferiores solo pueden producir arte inferior.

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Es importante señalar que, de manera simultánea a estas lamentaciones por la degeneración cultural, siempre hubo voces que celebraron con estrépito las cualidades estéticas detestadas por los declinistas. Todos los artistas representados en la exposición Entartete Kunst —entre ellos Max Ernst, Paul Klee, Otto Dix y Emil Nolde— son ejemplos evidentes. Otro ejemplo lo constituyen los numerosos movimientos del siglo xIX y xx que celebraron el primitivismo y tomaron inspiración de culturas indígenas y tribales de todo el mundo, cuya genialidad estética —según los defensores de este arte—aún no había sido arruinada por el desarrollo. 

Los surrealistas, por ejemplo, creían que los pueblos «primitivos», los niños y quienes no encajaban del todo en un marco logocéntrico europeo poseían una suerte de superioridad visionaria, capaces de expresar, mediante formas «elementales», la complejidad del subconsciente. Las líneas ingenuas de un dibujo infantil o las formas simples de petroglifos, arte popular y máscaras tribales captaban, de algún modo, un elemento esencial y primordial de la mente humana que el arte académico y las formas «avanzadas» producidas por artistas formados jamás lograrían alcanzar. En su Manifiesto surrealista (1924), el poeta francés André Breton definió así el surrealismo:

SURREALISMO, S. Automatismo psíquico en estado puro, mediante el cual se propone expresar — verbalmente, por medio de la palabra escrita o de cualquier otra manera— el funcionamiento real del pensamiento. Dictado por el pensamiento, en ausencia de todo control ejercido por la razón, exento de toda preocupación estética o moral.

El legado de la Ilustración, que intentó hacer avanzar a la humanidad mediante la racionalidad, representó para los surrealistas una especie de involución, un empobrecimiento de la verdadera esencia humana. En su opinión, la buena cultura es simple, primordial y aún está conectada con las formas originarias de la conciencia humana. Cuanto más compleja se vuelve una sociedad, mayor es la alienación de los individuos respecto de los impulsos y procesos profundos de su propia vida psíquica. En respuesta a esta escisión, el surrealismo privilegia el «automatismo psíquico puro» por encima de las elaboraciones racionales del pensamiento lógico y controlado.

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Ilustración de Valentina Espinosa.

Demos un salto hasta hoy. Como estudiosa de la literatura y el pensamiento franceses contemporáneos, he notado la llamativa aparición del lenguaje de la degeneración en muchas novelas realistas escritas en las dos últimas décadas, que describen el estado (moribundo) de la sociedad francesa y de la civilización occidental. En estas narrativas, no solo Occidente está en un estado de degeneración irreversible: la propia realidad también lo está. Llamo a este fenómeno «realismo degenerativo», y cuanto más investigaba, más me daba cuenta de que este tipo de pensamiento no se limita en absoluto al campo literario, sino que se extiende al discurso político contemporáneo francés, particularmente entre políticos y comentaristas de derecha. 

Un buen ejemplo dentro de la intelectualidad francesa es Richard Millet, escritor de ficción y de panfletos inflamatorios que catalogan las múltiples formas de lo que él considera la degeneración cultural del país: la pérdida del gusto y de la memoria histórica, el ascenso opresivo del antirracismo y el feminismo, el espantoso declive en la calidad de la literatura francesa, el debilitamiento del cristianismo y un empobrecimiento de la lengua francesa. En su visión, las cosas simplemente empeoran y empeoran sin cesar. ¿Cómo responder a una perspectiva tan cínica, una que parece estar bastante extendida en nuestra era de descontento?

En los días en que me siento desanimada por los tipos de objetos culturales con los que me topo, trato de recordar algunas cosas. Primero, la cultura pop no es toda la cultura. Pensándolo con más detenimiento, me doy cuenta de que, mientras las empresas mediáticas recompensan el narcisismo, la superficialidad, el espectáculo vacío, la hipérbole y la falta de seso al dar exposición desmedida a aquello que genera atención fácil, existe otro mundo coexistente, uno en el que se están creando cosas reflexivas, intrincadas y edificantes a un ritmo sin precedentes. De hecho, hay un excedente de objetos extraordinarios que ilustran y celebran todo el arco de la inventiva humana. La cultura excelente —cosas que habrían dejado atónitos a nuestros antepasados— sigue existiendo a nuestro alrededor, pero se ha vuelto simplemente más difícil de encontrar. Los mundos analógico y digital están saturados de artefactos culturales —muchos de ellos producidos cada vez más por aficionados y entusiastas— y hoy debemos atravesar un volumen mayor para hallar lo que encaje con nuestros gustos y que nos parezca alguna forma de progreso estético según nuestros parámetros individuales. Los tipos de arte, música y literatura que combinan pericia técnica, originalidad y aquello que a veces llamamos genio no necesariamente reciben recompensas ni figuran en el contexto de la gratificación inmediata y el clickbait. Hay belleza, inteligencia y maestría ahí afuera; quizá solo tengamos que escarbar un poco más para encontrarlas.

Segundo, aquellos artefactos culturales que de entrada me parecen demasiado básicos, derivativos o poco interesantes sin duda contienen una verdad sencilla que vale la pena reconocer: a veces el cerebro humano necesita algo blando para masticar, especialmente en tiempos difíciles. Hay algo reconfortante y terapéutico en el bucle de un ritmo sin adornos, en la repetición de lugares comunes ancestrales, en tramas conocidas y en formas y colores modestos organizados en configuraciones que reconocemos. Quienes producen este tipo de objetos culturales participan en la actividad profundamente humana de dar forma a un significado que pueda consolar o agradar al espectador. ¿Debe cada pieza ser una obra maestra? En absoluto. Lo mejor es rodearse de objetos culturales de complejidad y propósito variados. A veces necesitamos objetos que nos desafíen. Otras veces, necesitamos objetos que simplemente nos permitan dejarnos llevar.

Por último, es posible que una persona tenga convicciones democráticas y aun así mantenga estándares que separen lo excelente de lo mediocre. Hay algo profundamente antidemocrático en aplanar todas las diferencias entre los objetos culturales, en desestimar el trabajo adicional y el talento excepcional de algunos de los ciudadanos más creativos del mundo, quienes brindan placer y belleza a quienes saben apreciarlos. Todos los gustos deben tener cabida, incluso los exigentes. En una verdadera democracia, uno puede gustar o disgustar libremente, como un individuo que posee un conjunto complejo de identidades y afinidades. Uno es libre de ser un esnob o de disfrutarlo todo sin discernimiento.

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Volvamos a la pregunta inicial que motivó este ensayo: ¿puede la cultura degenerar? Como señalé al comienzo, la degeneración es una metáfora, de modo que, en este sentido, la cultura no puede degenerar literalmente. Pero si traducimos el sentimiento expresado mediante este lenguaje figurado a algo más literal —¿puede la cultura volverse peor?— surgen varias preguntas nuevas. ¿Con cuánta seguridad podemos hablar de la cultura como una cosa uniforme? Mientras escribo estas líneas, se están produciendo millones de microfenómenos que podrían contar como cultura. ¿Es plausible que todos ellos se encuentren simultáneamente en un estado de degradación en comparación con sus predecesores? No. En cualquier momento, en este vasto orbe giratorio en el que vivimos, artistas, escritores y pensadores están produciendo objetos rudimentarios y objetos complejos, artefactos que no requieren ninguna habilidad o reflexión particular y otros que exigen conocimientos especializados y años de formación, reflexión y preparación. Para cada gusto, existen objetos e ideas que lo satisfacen. Están ahí, a la vista de todos.

Podría alegarse que la globalización ha creado las condiciones para una forma de producción cultural más rica y más amplia. Cuanto más se mezclan las culturas, cuanto más se reconfiguran los géneros y las identidades se vuelven más complejas, más estimulantes pueden ser las resultantes de este proceso combinatorio. Discrepo de la valoración de Gobineau según la cual la hibridez equivale a morbilidad. Por el contrario, la hibridez equivale a creatividad. Sabemos que las tierras fronterizas son las regiones culturalmente más ricas porque ponen a dos culturas en contacto productivo, permitiendo la filtración de ideas y formas de un lado de la frontera al otro. El mundo entero se ha convertido en una tierra fronteriza donde ahora son posibles cosas que antes no lo eran. Estas condiciones solo pueden desembocar en la proliferación de toda clase de objetos culturales para toda clase de gustos, desde los más sencillos hasta los más exigentes.

Sostener que la cultura está degenerando podría demostrar una sola cosa: que no te has tomado el tiempo de buscar los muchos objetos (re)generativos que están ahí, esperando ser encontrados, o que no sabes muy bien cómo encontrar significado en aquellos que te desagradan. Tenemos una elección: o juzgar el mundo como críticos amargados que encuentran poca belleza en las cosas nuevas, o sentir un cosquilleo de entusiasmo ante las improvisaciones culturales aparentemente infinitas que los seres humanos siguen hilando como seda. A mí, la segunda opción me parece infinitamente más atractiva.


Este ensayo fue publicado originalmente en Aeon en agosto de 2021.

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