Sobre su escritorio hay un jarrón de vidrio azul con flores amarillas, tres materas pequeñas con suculentas de distintas clases, un vaso repleto de bolígrafos y resaltadores de todos los colores, un tablero de corcho que exhibe las reglas inflexibles de un decálogo antiamargura e innumerables papelitos con notas que colegas agradecidos le han dejado. En el Ministerio de las Culturas es evidente que ella es la persona a quien hay que llamar cuando surge algún contratiempo administrativo: conseguir los escritorios para los nuevos funcionarios, realizar traspasos de inventario, ajustar formularios, revisar presupuestos. Para encontrar una solución, siempre es buena idea empezar por preguntarle a Mildred Leal.
Nos hemos hecho amigas. Me hace reír. Pero sabía poco de su vida fuera de la oficina. Tal vez por eso me sorprendió tanto encontrarla, mientras perdía el tiempo en redes sociales, en el tráiler de una película.
El juego de la vida, el documental de Mario Andrés Ruiz Zuluaga estrenado el pasado 7 de mayo, siguió durante catorce años a cinco familias colombianas para observar sus trayectorias y preguntarse cuánto pesan el esfuerzo individual y las condiciones de origen en el destino de las personas. Entre los rostros que aparecían en el avance reconocí de inmediato los ojos negros y la boca pequeña y sonriente de Mildred.
Días después nos encontramos en el estreno de este documental, que habla de movilidad social y oportunidades en Colombia, que, según datos del Banco Mundial analizados en 2025 por la plataforma Our World in Data, comparte con Sudáfrica el primer lugar entre las naciones con mayor desigualdad de ingresos del mundo.
La historia de Mildred está marcada por experiencias que atraviesan la vida de miles de colombianos: el desplazamiento, la incertidumbre laboral, la migración en busca de oportunidades. Cuando la cámara la encuentra por primera vez, vive en un municipio que pronto desaparecerá del mapa: Gramalote, el pueblo nortesantandereano que, en 2010, debido al movimiento de las fallas geológicas y la ola invernal, se volvió completamente inhabitable. Después vinieron los albergues temporales, la reconstrucción de una comunidad dispersa, la búsqueda de trabajo en otra ciudad y la necesidad de empezar de nuevo una y otra vez.
Sin embargo, cuando le pregunté qué había significado ver terminado el documental, su respuesta tomó otro rumbo: «Yo nunca tuve tiempo de tener ansiedad, ni depresión, ni nada. Yo tenía que jugármela por mis hijos. No les escogí un buen papá, pero sí tenían una buena mamá, y yo había tenido la mejor mamá, ella era mi referente. Mucha gente nunca apostó por mí. Mucha gente decía: “Esa gorda se llenó de chinos, no va a ser capaz”. Decían que mis hijos, por estar en el rap, se iban a volver viciosos o ladrones. Yo nunca me detuve en eso. Siempre he dicho que para las verdades, el tiempo. Y la película me abrió otra vez todo eso que tenía guardado aquí».
Hace una pausa y se toca el pecho.
«Ahí es donde uno dice: juepucha. Porque usted traza su línea de vida y a veces pone un telón para que no le duela lo que pasó. Cuando vi la película, pude evaluar mi vida. Independientemente de que me haya tocado con papá o sin papá, una hija con discapacidad, un desplazamiento forzado… los recuerdos quedan. Los malos quedan por allá, en un huequito negro. Pero la segunda vez que vi la película, empecé a mirar distinto. Yo decía: juepucha, ¿a qué horas hice todo eso? ¿A qué horas logré que mi familia siguiera unida? No es perfecta, claro que hay problemas, pero seguimos siendo una hoguera. Hay respeto. Piden la bendición. Nos llamamos todos los días. Y entonces uno se pregunta: ¿a qué horas pasó todo eso?».
La pregunta no surge únicamente de los años registrados por la película. Tiene que ver con vidas acostumbradas a avanzar sin tiempo para detenerse a pensar en sí mismas. ¿Qué pasa, entonces, cuando alguien te devuelve una versión narrada de tu propia vida?
Cuando Andrés Ruiz comenzó a trabajar en el proyecto, las preguntas que lo movían, sin embargo, eran otras. Provenían de una investigación de la Universidad de los Andes: la Encuesta Longitudinal Colombiana (ELCA), el primer estudio de este tipo realizado en el país. Desde 2010, la encuesta siguió durante más de una década a cerca de diez mil hogares urbanos y rurales para observar cómo cambiaban sus condiciones de vida, qué factores favorecían la movilidad social y por qué, para muchas familias, salir de la pobreza seguía siendo una excepción más que una regla.
La idea inicial del documental, aunque ambiciosa, parecía sencilla: acompañar con una cámara a algunas de esas familias y observar qué ocurría con ellas a lo largo del tiempo. Pero, desde el comienzo, Ruiz tomó una decisión poco habitual: mostrarles periódicamente a las familias el material que iba registrando. Decidió hacerlo tanto por una inquietud ética como por una experiencia previa. En Cuestión de química, un documental anterior sobre el riesgo que corren en Colombia los lavadores de tanques de camiones y tractomulas al entrar en contacto con químicos peligrosos sin protección, había esperado hasta el final para enseñar el resultado a sus protagonistas y su reacción lo dejó incómodo. Al verse en pantalla, se juzgaron con dureza, decían que no se reconocían en lo que veían, aunque no podían explicar muy bien por qué.
En El juego de la vida quiso hacer algo distinto. «Me parecía justo que ellos vieran esto para que se generara una conversación», me explicó Andrés. «Si tú vas a aparecer en algo, lo mínimo es que sepas en qué».
Cada tres años regresaba con las grabaciones que había hecho hasta ese momento. Les mostraba fotografías, fragmentos de video, publicaciones derivadas de la investigación. Las familias nunca vieron la película completa sino hasta el final, pero sí acompañaron el proceso.
Y, aun así, cuando el documental llegó a las salas de cine, ocurrió algo distinto. Porque una cosa es ver fragmentos dispersos y otra muy diferente encontrarse de pronto con catorce años de vida organizados en una sola narración.
Fue precisamente lo que Mildred intentaba describir cuando hablaba de la sorpresa de reconocerse en pantalla y preguntarse por el furioso paso del tiempo.
La transformación, en todo caso, no ocurrió solamente en las familias que seguía la película. También ocurrió en quien la estaba filmando. «Cuando empecé a grabar, pensaba que iba a demostrar que, si uno quería, podía», me dijo Ruiz. «Después entendí que algunos de verdad no pueden porque el sistema no los deja».
La evidencia acumulada por la ELCA apunta en una dirección similar. El economista y exrector de la Universidad de los Andes Alejandro Gaviria, que participó en el proyecto desde sus inicios, me explicó que las investigaciones sobre movilidad social muestran que las características individuales son importantes, pues «explican un porcentaje significativo y sustancial de la movilidad, entre una tercera parte y un cuarenta por ciento según diferentes estudios». Sin embargo, añadió que esas características nunca actúan en el vacío: también importan la educación de los padres, el contexto socioeconómico y las oportunidades que ofrece el entorno.
La observación resulta relevante porque obliga a escapar de una dicotomía frecuente. Reconocer el peso de la resiliencia, la perseverancia o la fuerza de voluntad no implica negar las desigualdades estructurales ni convertir cada historia de ascenso social en una prueba de que el sistema funciona. «Me siento tranquilo en una sociedad donde ese tipo de características lleven a una mayor movilidad», dice Gaviria. «Una sociedad donde eso no ocurra sería una sociedad anquilosada».
Con el paso de los años, Andrés Ruiz comenzó a preguntarse por qué ciertas historias le interesaban más que otras, por qué insistía en determinadas preguntas y qué relación tenía todo aquello con su experiencia. Fue entonces cuando la película empezó a transformarse. Lo que había comenzado como una observación de biografías ajenas terminó convirtiéndose también en una exploración de su propia historia.
Por sugerencia del productor del documental, en la búsqueda de un hilo narrativo que conectara los distintos relatos, Ruiz decidió aparecer en el documental; ha sido uno de sus aspectos más comentados. El juego de la vida se presenta como la historia de cinco familias colombianas. Sin embargo, a medida que avanza aparece una narración paralela: la del director intentando entender las razones de su propio ascenso social, las condiciones que hicieron posible su recorrido y las preguntas que lo llevaron a emprender el proyecto.
«La película cuenta la historia que Andrés Ruiz quiere contar», me dijo, no a modo de defensa ni de provocación, sino como el reconocimiento de algo inevitable: todo documental es una mirada, una selección y una forma de organizar la realidad.
Pero la decisión de entrar en la película también tuvo otro efecto. Lo obligó a mirar de nuevo las historias que llevaba años registrando. Al narrar su propia historia, comenzó a reconocer que muchas de las preguntas que hacía estaban atravesadas por experiencias personales.
«Empecé a entender por qué me había interesado más en unas historias que en otras. Empecé a entender por qué seguí tanto a Angie [una de las protagonistas] y por qué hacía las preguntas que hacía cuando las tenía a ella y a su prima Daniela juntas. Por qué les pregunté: “Daniela, ¿tú confías en Angie?”. Eso era lo que yo había visto en mi casa. Mi hermana y mis primos dejaron de confiar en mí cuando entré a la universidad y empecé a hablar distinto. Me veían diferente. Ahí entendí que yo había hecho esa pregunta porque quería entender qué era lo que había pasado conmigo. Eso me hizo repensar las historias. Me hizo reestructurar la película y también ser más empático».
Así, la pregunta sobre la movilidad social termina abriendo otra, menos evidente y quizá más incómoda: quién tiene la posibilidad de construir un relato sobre su propia vida.
No de vivirla, sino de interpretarla.
De mirar hacia atrás y encontrar conexiones.
De ordenar los acontecimientos y darles sentido.
Mildred habla de la película como una oportunidad para evaluar su vida. La palabra es reveladora. Supone una distancia que antes no tenía. «Yo ahora pienso. Antes no. Antes iba con el ritmo que me tocaba». Durante años estuvo demasiado ocupada resolviendo problemas concretos para detenerse a construir una narración sobre sí misma. Demasiado ocupada viviendo como para pensar en la vida. Ruiz, en cambio, pasó esos mismos años observando, grabando, archivando. Y pensando.
Durante mucho tiempo la discusión pública sobre la pobreza se ha concentrado en aquello que resulta más fácil de medir: ingresos, vivienda, acceso a la educación, empleo. Son variables indispensables. También son insuficientes.
Lo que se asoma en la conversación con Mildred es otra forma de desigualdad, mucho más difícil de registrar. La desigualdad del tiempo: tiempo para detenerse, para recordar, para preguntarse qué significan las cosas que han ocurrido.
Cuando hablé con Mildred, volvió varias veces sobre esta idea sin nombrarla directamente. Decía que nunca tuvo tiempo para la ansiedad o la depresión porque estaba ocupada resolviendo lo urgente. Decía también que cuando Gramalote desapareció, nadie tuvo realmente tiempo para vivir el duelo. Había que ayudar, encontrar dónde quedarse, reorganizar la vida y seguir adelante.
La supervivencia tiene esa particularidad: exige atención absoluta.
Mientras unas personas disponen del tiempo necesario para reflexionar sobre lo que les ocurre, otras pasan años enteros respondiendo a la siguiente urgencia. La pregunta ya no es solamente quién tiene acceso a más recursos, sino quién cuenta con las horas y los días necesarios para convertir la experiencia en memoria y la memoria en una historia personal.
La experiencia de Mildred frente a la película le permite ver algo que nunca había tenido ocasión de ver en toda su dimensión: su propia vida. Cuando le pregunté qué había sentido al verse en pantalla, me habló de sorpresa. La sorpresa de descubrir que había atravesado más de lo que recordaba. La sorpresa de reconocer el esfuerzo que durante años consideró simplemente una obligación.
El juego de la vida es una película que plantea preguntas importantes sobre las oportunidades, los privilegios y las barreras que allanan o enredan cada camino. Pero quizá uno de los hallazgos más inesperados del documental ocurre cuando una de sus protagonistas se sienta a verlo y descubre que la historia que acaba de presenciar es la suya. Y, entonces, se pregunta: «¿A qué horas pasó todo eso?».