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Exportar lo nuestro

28 de agosto de 2024 - 4:36 pm
El auge y la caída del costumbrismo en la televisión colombiana a finales de los noventa hizo que el país buscara nuevos mercados internacionales a través de las narconovelas. ¿Cómo fue que llegamos a representarnos como criminales?
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Chroma. Instalación de Juan David Laserna (del proyecto «Set», en el marco del IX Premio Luis Caballero, Idartes, 2017) que evoca el tejado donde fue dado de baja Pablo Escobar Gaviria en Medellín en 1993. / Registro de Julián Téllez.

Exportar lo nuestro

28 de agosto de 2024
El auge y la caída del costumbrismo en la televisión colombiana a finales de los noventa hizo que el país buscara nuevos mercados internacionales a través de las narconovelas. ¿Cómo fue que llegamos a representarnos como criminales?

Recién desempacada de la universidad hice parte del equipo creativo de Cenpro Televisión para desarrollar, bajo la guía de Juana Uribe, la serie juvenil De pies a cabeza. Sin saberlo, sería la mejor escuela para aprender el oficio de escribir dramatizados. La primera recomendación para elegir el contenido era buscar temas con los que el público se sintiera identificado. Poco a poco entendimos que era tan simple como representarnos a nosotras mismas.

Sí, éramos jóvenes, nos gustaba el fútbol, estábamos enamoradas… y, sobre todo, éramos colombianas. Se trataba de hablar de nuestra cotidianidad, de nuestros hábitos y costumbres, pero además de contarlo a nuestra manera.

Es imposible asegurar el éxito entre tantas variables que afectan un producto televisivo, pero nuestra idiosincrasia plasmada en una historia de televisión es un elemento común de productos exitosos como Gallito Ramírez, La Casa de las dos Palmas, María, Dejémonos de vainas, Don Chinche, Café con aroma de mujer, Pedro el escamoso y Yo soy Betty, la fea, entre muchos otros.

Una historia de amor puede ser similar en cualquier parte del mundo, pero la cultura y los hechos históricos que la enmarcan, la época en que se desarrolla y, especialmente, el carácter de los personajes, todo esto definido por su lugar de origen, marcan la diferencia entre lo que es ajeno y lo que nos pertenece. Telenovelas y comedias han tenido la capacidad de despertar en el país un nacionalismo semejante al que sentimos por la música colombiana o la selección de fútbol.

Los años gloriosos

En los años noventa nuestros dramatizados encantaron al mundo por su originalidad y frescura de tratamiento, por sus personajes únicos y la singularidad de sus conflictos, construidos de tal manera que podíamos acercarnos a la intimidad del televidente de cualquier país, convirtiéndolos así en productos universales.

Los dramatizados colombianos se volvieron entonces un rubro de exportación y nos convencimos de que éramos la nueva Brasil televisiva, que habíamos llegado para desbancar en el comercio internacional a Venezuela y a México.

Con los canales privados se afianzó la industria de la televisión colombiana. Sus ejecutivos creyeron que lo importante era tener muchas producciones. Fueron codiciosos, teníamos que producir bastante, muy rápido, más rápido que cualquier otro país, pues creíamos tener un mercado internacional esperando ansioso nuestras historias. Se creyó que el sello «Hecho en Colombia» sería mágico. Y sí, dio frutos y ganamos durante los primeros asaltos. Pero no duró mucho: con los años fueron bajando las ventas y los canales internacionales comenzaron a cuestionar nuestros productos. ¿Por qué?

Con la excesiva demanda se sacrificó la calidad y el rigor. Las primeras perjudicadas fuimos las creadoras. Con la premura ya no había tiempo para investigar a profundidad, para desarrollar un personaje con todas las capas que lo hacen único y, mucho menos, para intentar escribir con originalidad. Algunos colegas incluso llegaron a usar el mismo perfil de un personaje de una novela a otra con un nombre diferente. Los directores, obligados a subir el promedio de escenas grabadas al día, se limitaron a poner dos tiros de cámara y tuvieron que renunciar al buen hábito de estudiar los libretos. Asimismo, los directores de arte reciclaron una y otra vez las escenografías y el vestuario. Todo se empezó a ver igual.

Enceguecidos por las cifras que mostraban mayores ganancias en menos tiempo, los canales y sus ejecutivos se enfocaron en el aquí y el ahora, sin darse cuenta de que a largo plazo matarían a la gallina de los huevos de oro. La respuesta que llevó al declive fue la reducción obvia de su contraparte en el extranjero, argumentando que nuestros productos eran demasiado regionalistas, así que debíamos intentar globalizarnos para que nuestras historias pudieran ser entendidas en cualquier lugar. Neutralizamos el acento, moderamos los conflictos, limitamos el papel de la mujer. Todo eso trajo consigo la pérdida de nuestra identidad.

Pocas obras se salvaron de perder su carácter. Fenómenos como Yo soy Betty, la fea se mantuvieron fieles a sus creadores. Betty ganó el récord de la novela más vendida en el mundo. Pero se nos olvidó que no se hizo para gustar afuera: se hizo para gustar aquí. Más aún, para que le gustara a Fernando Gaitán, que la imaginó tal y como se vendió en todos los países, con la idea de narrar un conflicto típicamente colombiano.

Y llegaron las narconovelas…

Por un golpe de suerte o en una apuesta desesperada, alguna productora decidió lanzarse por las narconovelas. Si lo que gustaba era lo nuestro y nosotros éramos reconocidos en el mundo por la droga, ¿por qué no hacer una historia de amor en ese contexto? Con El cartel de los sapos fuimos reconocidos nuevamente en la pantalla. Nos vendimos al mundo narrando el narcotráfico.

Aunque nos avergüence ser reconocidos por la violencia, la ramplonería, la cosificación de la mujer y todos los valores que rodean a ese mundo delincuencial, así nos representamos. ¿Es la televisión un reflejo de nuestra realidad o queremos emular lo que vemos en la televisión?

Lo cierto es que volvimos a ser reconocidos en el mundo por nuestras historias, solo que el enfoque cambió y nuestra cotidianidad fue presentada como la de un narco. Algunas de estas novelas son documentos históricos que necesitábamos contar para confrontarnos con nuestra idea de nación. Una manera de entender qué tan bajo habíamos llegado.

Empezamos a repetir «conocer nuestra historia para no repetirla» como una disculpa para ganar dinero con representaciones criminales de nuestro país.

A partir de ese momento, a los autores nos ha costado mucho trabajo convencer a los productores de que ser colombiano es mucho más que ser un narco ordinario y vulgar. Hoy, cuando por algún accidente logra salir al aire una serie costumbrista, donde los autores conocen a fondo el universo sobre el que escriben y pueden crear personajes reales con base en la diversidad colombiana —Leandro, Rigo, Arelys Henao, La reina del flow—, que no niega la violencia o el narcotráfico como su telón de fondo, pero se enfoca en nuestro talento, en las características positivas de los colombianos, con sus entornos reales, sus dichos, sus acentos, con actores nacidos en las regiones, descubrimos que esto puede garantizar el éxito. Es asombroso que los directores de contenidos de los canales no entiendan aún alguna parte de la ecuación.

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