ETAPA 3 | Televisión

Un ojo de nadie. Reflexiones en torno a No Futuro

18 de julio de 2025 - 8:00 am
Hace 35 años, antes del estreno de Rodrigo D: No Futuro, GACETA publicó este ensayo del director antioqueño, que nos permite adentrarnos en la realidad punketa, violenta, apasionada y entrañable que retrata este clásico del cine colombiano.
Fotograma de Rodrigo D: No futuro (1990), de Víctor Gaviria.
Fotograma de Rodrigo D: No futuro (1990), de Víctor Gaviria.

Un ojo de nadie. Reflexiones en torno a No Futuro

18 de julio de 2025
Hace 35 años, antes del estreno de Rodrigo D: No Futuro, GACETA publicó este ensayo del director antioqueño, que nos permite adentrarnos en la realidad punketa, violenta, apasionada y entrañable que retrata este clásico del cine colombiano.

Hoy he ido a visitar a Ramón. Lleva veintiocho meses recluido en Bellavista, y hace solo un mes está aquí, en la cárcel de Fredonia, lo que es mucho mejor para él, creo yo. Un guardia ha ido a buscarlo, después de dudar ante nuestras razones, porque hoy es sábado, y mañana son las visitas autorizadas. 

Ramón tiene ahora diecinueve años y medio, o sea que cuando nos hicimos amigos y trabajamos juntos en No Futuro, tenía apenas dieciséis. Está en la cárcel por hurto calificado y lesiones personales. Pero, la verdad, en los últimos años no he conocido a nadie más sutil y apasionado, al mismo tiempo. Es de Liborina, el pueblo de mi padre, y su «mamita», que es una viejecita misteriosa de ochenta y un años, conoció personalmente a mi abuelo, don Miguel Gaviria. Ramón se reía con picardía de ella, y movía la mano haciendo círculos junto a la cabeza, pero lo que realmente me daba a entender era que su «mamita» vivía en un mundo lejano y desaparecido, un mundo arcaico del campo, donde la tarde se pasa en el banco de una cocina, y el simple viento se oye silbar a ciertas horas. A veces Ramón se colocaba frente a su abuelita y le hacía preguntas por ese mundo ingenuo y primitivo del campo, y las respuestas lo hacían desternillar de la risa.

Ramón era también un actor extraordinario, según los videos que hicimos: los ojos claros le resplandecían como a un extraño príncipe hindú, cuando aceleraba el paso en la acera y se decidía ir a cazar un «gordo», «un traído», como les decía a los simples cristianos, que andan por la calle perdidos en sus propios pensamientos. Por eso temblé cuando, a una semana del rodaje, alguien llamó para decirnos que Ramón acababa de ser detenido por los «tombos», que se acababa de «estripar», como dicen ellos, atracando un granero en Manrique Oriental. Hubo dos heridos, y uno de ellos un pelao de quien había oído hablar a Ramón: una bala en el vientre y otra en el pulmón, y se hubiera muerto si Ramón no lo monta en un taxi y, braviando a todo el tráfico, inclusive a un busero a quien tuvo que amenazar subiéndosele al bus, no llega con él hasta los Seguros Sociales, donde la policía los detuvo.

Ramón fue, además, quien colaboró conmigo más estrechamente en el guión. Fue el guía durante todas las mañanas que me reunía con él a conversar de su barrio, y poco a poco encontrábamos el hilo de una historia que era lejana y desconocida para nosotros.

Ahora quería decirle que su nombre estaba inscrito en los créditos, como coguionista, para alegrarlo tal vez con la idea de que, de todas maneras, su huella sí estaba en la película, de una manera efectiva y profunda; no importa que todos sus ensayos frente al video y sus diálogos rápidos no estuvieran ya por ninguna parte en la imagen. Pero estaban sus ideas, sus intuiciones, su ímpetu intelectual para que la película se hiciera lo más sincera posible, rompiendo la espesa trama de los prejuicios y los desconocimientos.

Porque Ramón, como la mayoría de estos muchachos de los barrios, que cifran su vida en torno a las armas, sabe lo que significa pensar, sabe que pensar hace transparente a los hombres, y así pueden entrar a muchos lugares, sobre todo a los más misteriosos, donde no se saben las causas, los motivos, las sensaciones.

Ramón tenía por aquella época un diario, escrito con números, en una clave sencilla, pero que a un detective casero, vernáculo, la mezcla de letras y números, a más de la letrilla encogida y renegrida por la tinta, lo haría desistir de inmediato. Allí escribía todos los días, de sus amigas, de sus cruces, y también, del cielo, de las nubes que hacían de noche, perfiladas por la luz de la luna, figuras amenazantes, espectros, fantasmas solitarios.

Esos eran los «poemas» de Ramón. Especies de letras punk mezcladas con parrafadas de imágenes, «pura colinera», escritas de noche, después de subir por aquellas calles pobladas de «amuraos» y «carrolocos», en una mesita estrecha bajo el bombillo de la cocina.

Ahora, en la puerta de la oficina, acompañado por el guardián, apareció Ramón: se puso pálido, o no sé si aquel era ya su color, opaco por el encierro.

«Anoche soñé con Chiqui y con vos. Me están probando finura», me dijo, emocionado. Ambos nos disculpamos al tiempo, sin oímos, de todo lo que creíamos habernos faltado, sin saberlo, sin ser verdad, tal vez.

«Tumbaron al Burrito», le conté, diciendo la frase maquinalmente, en una confusa emoción, con una extraña frialdad, de quien no dice nada, o no sabe lo que dice. «Normal», me contestó, y se rió, y enseguida sus pensamientos pasaron a otra cosa. «¿Cómo que normal?», le dije, escandalizado. «Eso se sabía, es normal», me tranquilizó, y enseguida enumeró los amigos que también habían trabajado en la película y que también habían matado. «Eso allá afuera está muy caliente», murmuró, y movió los pies bajo la banca, como si en realidad recordara lo caliente que estaba allá afuera, en Manrique, Villa Guadalupe, en la «lleca», lo más ansiado para él, la que llevaba veintiocho meses, día tras día, sin tocar, sin recorrer-

«Estoy haciendo tallas y pintando», me dijo Ramón, explicándome lo que hacía últimamente. Por decir algo le dije que quería verlas. Él dudó, pero le insistí que fuera por ellas. Se tomó el trabajo de salir con el permiso del guardia y volvió con tres o cuatro tallas. Una de ellas era una biblioteca en miniatura, con libritos de triplex arrumados, y algunos con los títulos pegados, recortados de alguna revista del Círculo de Lectores. Una biblioteca, algo muy natural en Ramón, que siempre lleva sus libritos descuadernados a todas partes. «Vendémela», le dije, porque en realidad me había gustado. No me hizo caso, alegando que luego haría una mejor, que ya sabía cómo era «a lo correcto».

En cambio me ofreció la segunda talla: en una tablita limpia, grande como un cuaderno, estaba un ojo grande, en relieve, con una lágrima rodando hacia abajo. Era un solo ojo impresionante, seco y duro, con una enorme lágrima petrificada, un ojo gigante llorando, de cíclope. Me lo firmó con un lápiz que un guardia le prestó.

Yo, que nunca guardo nada, tal vez conserve este ojo durante un tiempo. Es una imagen muy cercana al significado de lo que nos ha pasado en los dos últimos años: no tiene ninguna belleza notoria, no es de nadie en especial, está separado de cualquier rostro, de cualquier boca, de cualquier cerebro, de cualquier persona. El ojo llora, evidentemente, pero no hace parte de ninguna cara reconocible, es decir, nadie llora, detrás no hay nadie que llore.

Este ojo descerebrado que lagrimea, sin que ninguna persona esté detrás, creo yo que es el ojo de todos los muchachos. También el mío, el nuestro. El «Burrito» no había cumplido veinte años, y sé, sin que crea que el mundo de la cultura es el mejor, que en otra ciudad este muchacho. aparentemente tan torpe, que no vocalizaba y se llenaba de saliva al hablar, habría sido un actor con furiosas inspiraciones en un escenario teatral, donde el horror lo hubiera visitado también, sin que ese horror tuviera que tomar la forma de un indecible «paseo».

Antes mi padre sacaba a la familia, a todo el ramillete de hermanos y hermanas, a pasear a unos charcos de Girardota. Un Chevrolet rosado modelo 56 se estacionaba en mitad de un potrero, y la tarde pasaba surcada de gritos inocentes, de llamadas y vanas preocupaciones de madre y padre, de empujones, de forcejeos de juego, de amores y recuerdos repentinos. Cualquiera se adormecía con los oídos entre el pasto, oyendo gritos que no le preocupaban. Pero arriba se gestaba, sigilosa, una tormenta de nunca acabar, de pesadilla, y aquel paseo, donde había padre que no te la «voltiaba», ahora se ha convertido en ese paseo del infierno, donde la Ley te regala lo indecible por excelencia: la muerte.

El «Burrito» no tuvo aquel primer paseo porque, sencillamente, como todos los miles de muchachos de los barrios de las laderas de Medellín, no tuvo padre alguno.

¿Quién puede ser ahora padre de nadie, cuando el simple deber que justifica la paternidad, cual es llevar comida a la casa, es una tarea humillante e imposible? En los barrios de las laderas los padres han fracasado y se han ido de allí, amargados, tratando de olvidar en otra parte, de donde huirán a la vez. Tener un hijo en este mundo ya no es una alegría para nadie, es algo peor que una enfermedad. Por eso el insulto ya no puede ser hijodeputa, porque nadie tiene padre, a no ser cuando está, alguien sin ley alguna, humillado, hambreado, triste, apartado del mundo como la «mamita» de Ramón, que sonríe desde su lugar misterioso. Por eso en Medellín el insulto ahora es «gonorrea». En otras palabras: «Vos estás en la vida, loquito, como una enfermedad. Vos sos una gonorrea!».

Hace algunos meses hubo una fiesta en una casa de una amiga del «Burrito». A mitad de la noche se interrumpió: alguien había dejado un niño abandonado allí, en una silla, y la mamá no aparecía por ninguna parte. La dueña de casa paró la música y prorrumpió en gritos de furia, porque nadie le iba a meter un estorbo más, una dificultad más en su vida. Todos se dispersaron enseguida, malhumorados, buscando aquella puta que había dañado la fiesta. 

El «Burrito», Leonardo Favio como era su nombre propio, fue quien le dio nombre a la película. Algún día dije ostentoso, desesperado: «estoy dando treinta mil pesos a quien se le ocurra un título para la película». El «Burrito» no me creía que yo no lo encontrara, habiendo tantos, según él. «No lo piense más, viejito. No Futuro, sisas. ¡Ese es!».

«No Futuro» es una máxima del punk en todo el mundo. Indica la amenaza de la guerra nuclear, pero sobre todo el abandono que en la sociedad postindustrial se tiene para todo aquello que no sea la imagen de un producto consumible, devorable. «No Futuro» es la máxima de lo que se ha llamado postmodernismo, el mundo de la publicidad, en donde todo se ha reducido a un enorme basurero. El tiempo se ha detenido en un presente comestible, en la inminencia del consumo. El presente en que vive el producto encerrado en su empaque al vacío, que de un momento a otro será comido, consumido, y luego será basura en el basurero de todas las cosas. 

El pasado y el futuro están abolidos. No hay pasado, porque el empaque es al vacío, y se ve mal, dentro del mundo de los modelos y de la publicidad, que un producto tenga ancestros, tenga abuelos, haya venido de algún lugar. Él nació por sí mismo, de la nada. ¿O quién ha visto un modelo que tenga padre, que detrás suyo haya otro modelo que ya a los cuarenta años tiene los hombros caídos y una capa de grasa alrededor de los ojos, que es lo que más espanta a los modelos?

En Medellín el «No Futuro» está regado por todas partes. A los ocho meses de darme el título de la película, el «Burrito», Leonardo Favio, como se llamaba,ya no está por ninguna parte. Se nos quedaron cosas sin conversar, «colineras» curiosidades de parte y parte. Y todos  los días, sobre todo en la noche, cuando comienzan los escozores y las ofensas, cuando las gentes de los barrios se dividen en «carrolocos» y «amuraos», es decir, en muchachos que van de un lado para otro ofendidos por todo, ofendidos de nacer, con ganas de tener alguna identidad, aunque sea en la muerte, esperando que cualquier llama del escándalo y de la atrocidad se encienda para estrellarse o estrellar a otro

«Mataron a tal». «Tumbaron a tal». «Acostaron a fulano». Son las frases más cotidianas, que se pronuncian ya sin ningún duelo en los barrios de las laderas.

Y los «amuraos», que hacen vida junto a los muros de los últimos barrios, aquellos que se acuclillan a fumar bazuco, a darse miedo, susto, como lo llaman, a aterrorizar todos los valores y costumbres que uno ha recibido de alguien, a saquear la casa y la familia que uno tiene adentro, porque los hemos recibido sin ningún respaldo, y nos han creado esperanzas y alegrías frustradas que, ahora, en este mundo de pobres, su recuerdo solo nos causa desencanto y angustias indeducibles, y solo nos recuerdan el tremendo fracaso que somos, siempre, día y noche, hasta la muerte liberadora.

Los «amuraos» son los muertos en vida, pero son, también, a su manera, los más lúcidos, los más conscientes, los que más creían, los que más esperaban.

Además son, quién lo creyera, los amigos de las basuras, de los frascos sin nada, sin tapa siquiera, de las cajas rotas, de los alambres retorcidos, de los radios sin entrañas, de los cuchillos que alguna vez rompieron el vientre del cerdo.

Porque «amuraos» no solo son los bazuqueros, sino que es una palabra que recoge una sensación de fracaso, común a  todos. 

«Amurao» es aquel que se reconoce en los objetos fragmentados, inservibles, incompletos, que, aún así, sirven para algo. Son también miles de hombres y muchachos que no se deciden a conseguir el dinero con las armas, con los fierros, como los otros muchachos. Son los miles de vendedores ambulantes que venden cualquier cosa, para escándalo de los comerciantes y de las gentes decentes.

Son los hombres que hacen cultura alrededor de la basura, de los objetos usados y pasados, que no desperdician nada, y que saben que la otra pata de la tijera, que se perdió no se sabe cuándo, desaparecida, de pronto puede estar allí, en una acera, en compañía del tornillo del centro, para que la tijera otra vez baile y corte la tela de un vestido que se venderá. Así de simple. Estos vendedores ambulantes  son la mejor cultura, los mejores padres.

Por el contrario, la publicidad de la ciudad presenta a Medellín como un inmenso y lujoso centro comercial, donde las muchachas y los muchachos bonitos se pasean como modelos por una pasarela. La otra ciudad de los modelos, de los regalos empacados, de los objetos sin futuro, de la moda reinante. Donde el objeto que se daña, porque su inexplicable mecanismo se daña, se bota a la basura sin ningún recuerdo. Y, obviamente, como el otro, éste también es el mundo del «No Futuro». Nadie que viva en la moda tiene futuro, porque precisamente la ley de la moda, su tiempo, es el pasar de moda, caer al fondo de la bodega, al limbo de los muñecos.

Porque a los muñecos tampoco, como al «Burrito», como a Jeyson, como a John, como a Francis, como al Chava, como a todos nosotros, nadie los llora, nadie hace duelo por ellos. El duelo es un ritual sencillo, unos gestos, unos actos, que tratan de que uno acepte y se acostumbre a la irrealidad de la muerte. En el conjunto de los signos, la muerte es el signo que crea la irrealidad, los fantasmas, los espantos, porque nadie puede creer que quien estaba allí, ahora no esté para siempre.

Cuando la muerte abunda sin duelo, como hoy, la irrealidad se riega por todos los lugares, y entonces lo vivo te parece muñeco, lo vivo te parece sueño, juego, y hay fantasmas a pleno mediodía.

A cada momento, en los barrios, estos muchachos ven a alguien que pasa cuyo parecido con «Charly», o con Chester, o con Elkin, o con Jeyson, es increíble Ven a alguien que pasa de largo, abstraído en sus propios pensamientos, como si al no mirarte te llevara a otro sitio desconocido. Pero si lo sigues, ves que tiene los mismos ojos, el mismo pelo, la nariz un poco más grande, y más serio que nunca, disimulando, cuando el Jeyson, por ejemplo, era tremenda plaga, tremendo festín. Y así hay cientos de fantasmas hermanos por ahí, haciendo su vida reencarnada.

Es una tardía hermandad, que acerca los vecinos, que de cualquier manera posee su belleza profunda.

Cuando subo a Guadalupe, Manrique, por ejemplo, y veo al «Calvo», Albeiro, al hermano del «Burrito», quien también actuó en No Futuro (de lo que no se acuerda, entre otras cosas), y lo veo de espaldas «parchao» en alguna esquina, durante unos segundos tengo el espejismo de ver al «Burro». ¡Los genes saben más que nosotros, los genes son los sabios admirables! El «Calvo» y yo somos más amigos, naturalmente, porque Leonardo es también el mismo. Además veo que se ha puesto, de arriba a abajo, su ropa: tiene los tenis, los bluyines y una camiseta de Leonardo. Y además está cagado de la risa, en plena risueña.

La razón está en que ellos, que durmieron un tiempo en la misma cama, uno para arriba y otro para abajo, conversaban todas las noches, de planes, de locuras, y estoy seguro que el «Burrito» se paraba en la cama, exaltado, y con el brazo extendido le hacía prometer a Albeiro que no lo lloraría si de pronto lo mataban. «Oiga, pues, pelaíto. Si a mí me matan, vos te tenés que poner toda mi ropa pelaíto, que queda para vos. Y no te vas a poner triste, marica, no me vas a llorar. Oiga, pues, Albeiro, pelaíto», le decía sin vocalizar, como el mejor actor, repentinamente inspirado. Y Albeiro se reía a punto de dormirse, porque éso que decía su hermanito, él mismo se lo había enseñado.

Ramón me regaló aquel ojo seco, de nadie, grande como un sol derretido, pero antes de salir me enseñó la última talla: un demonio pequeño, con forma de perro y cerdo al mismo tiempo, parado en dos patas, con cierta boca de cristiano. «Este no te lo puedo regalar, porque es mi parcerito, el que me acompaña», me dijo. Lo tocó como a una mascota, las orejas de animal pequeño, y el diablito se sonrió, a mí me lo pareció por las hendiduras de la navaja en la talla.

Y también me reí, y confusamente comprendí que en verdad ya aquél era nuestro padre. Porque cuando no hay Ley alguna, y cuando tu padre te lleva a darte el paseo de la muerte en las Palmas o en Guarne, solo el demonio no pierde su prestigio.

Quise contarle una anécdota a Ramón, pero ya el tiempo se había terminado. «Hablamos luego», nos despedimos.

La anécdota me la habían contado el día anterior. Una muchacha fue abordada por tres pelaos en una calle, a la salida de una fiesta. La cogieron a la fuerza, y cuando ya la iban a violar, cosa tan común en los barrios, ella gritó pidiendo ayuda a Satanás, para que viniera por ella. No pidió a la virgen ni rezó. Se encomendó al demonio en voz alta. Una muchacha hermosa, maravillosamente inteligente. Se encomendó al demonio dando gritos, y los muchachos, perplejos, la soltaron y se fueron de allí. La brujería repentina y bienechora les ahuyentó sus propios demonios.

«Adiós Ramón», le dije, haciendo un gesto hacia quien me ha enseñado casi todo en los últimos años. Así, como él, son los que nacen de padres generosos, momentáneos, gratuitos.

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