ETAPA 3 | Televisión

Un canto por la vida: en el cuerpo está el «contraste»

31 de octubre de 2024 - 5:22 pm
Los conciertos tienen el poder de eliminar la ficción de estar solos. Un estadio, un canto, más de veinte mil cuerpos bailando. La forma en que las voces se unen nos transforman en algo más colectivo. El concierto «Paz con la naturaleza» arrejuntó a la gente de Cali alrededor de la COP16.
cacerolazo sinfónico
El Cacerolazo Sinfónico abrió el concierto Paz con la Naturaleza: Un canto por la vida en el Pascual Guerrero de Cali. Foto de Leo Queen.

Un canto por la vida: en el cuerpo está el «contraste»

31 de octubre de 2024
Los conciertos tienen el poder de eliminar la ficción de estar solos. Un estadio, un canto, más de veinte mil cuerpos bailando. La forma en que las voces se unen nos transforman en algo más colectivo. El concierto «Paz con la naturaleza» arrejuntó a la gente de Cali alrededor de la COP16.

Podría ser un hombre, pero es un istmo: una franja alargada y estrecha atravesada en canal. Una forma de comunión entre dos océanos. Su voz representa los límites de un continente y los espacios donde se unen. En el documental dedicado a su vida, Yo no me llamo Rubén Blades (2018), asegura que le gusta la contradicción entre la letra de sus canciones y el goce en el cuerpo. Pero cuando se le pregunta a Plu con Pla, agrupación de Tumaco, sobre ello, dicen: «no hay contradicción, es un contraste». Y así la música y el cuerpo. Así las voces y el sabor. Todas las bandas en la tarima del concierto «Paz con la naturaleza: un canto por la vida», en la COP16, están marcadas por el «contraste» entre el mensaje y el gozo. Porque ellas no se contradicen, todo lo contrario: en su simultaneidad surge una potencia artística y transformadora. 

Francia Márquez define la distancia entre lo político y la música cuando dice que «hay discursos que te calan, pero hay canciones que te cambian para toda la vida». El concierto comenzó de esa manera, con el Cacerolazo Sinfónico, un proyecto que nació de la movilización social. En 2019, durante las protestas en Cali, la Orquesta de la Univalle y el Instituto de Bellas Artes se encontraron en la plazoleta del CAM para manifestarse a través de la música. Ese fue el origen de un proyecto de construcción artística donde la protesta se sublima en una orquesta. Desde allí cantaron el himno de la Guardia Indígena y una canción que marcó las diferentes jornadas de violencia: «¿Quién los mató?», interpretada originalmente por Alexis Play, Nidia Góngora —que se subiría al escenario más adelante—, Hendrix y Junior Jein asesinado el 14 de junio de 2021. En la canción se nos presenta un cañaduzal como escenografía de un velorio permanente. La violencia instalada. No todo lo verde es biodiverso. Al cierre de esta canción, desde la voz de una persona desaparecida y asesinada que le habla a su madre, se canta: «¿Te acuerdas que te hablé de las estrellas? / Hoy ellas están aquí / Hay muchas otras junto a mí». 

Y así se fue subiendo a la tarima una cadena de artistas que acompañó esos cantos. Porque una persona desaparecida y asesinada se abre a la vida, habita entre nosotros, cuando su voz habla en presente.  

Andrea Echeverri, líder de Aterciopelados, junto a Rubén Albarrán. El Dorado está nominado a mejor álbum de rock en los Latin Grammy 2024. En él Aterciopelados y Albarran comparten dos canciones. Foto de Leo Queen.

Aterciopelados fue la tercera banda en tarima. En un guiño a la ciudad que los acogía, se transitó de Florecita rockera a los versos de Cali pachanguero: «Las caleñas son como las flores». Una manera de transformar y reinterpretar antiguas narrativas. Al fondo, sobre las visuales, Andrea Echeverri cabalgaba un colibrí. Cadera y salto. Una mezcla brincosa entre la salsa y el rock. Una guitarra, un bajo, una batería, los teclados y la voz de Andrea Echeverri. Una interpretación de Soy colombiano, la canción de Garzón y Collazos, el dueto unido y abrazado hasta en la muerte: Eduardo Collazos y Darío Garzón están hoy sepultados juntos en el cementerio San Bonifacio de Ibagué. Una versión a voz y guitarra como una manera de introducir la cordillera en esta construcción sonora. 

Este año se lanzó en las principales plataformas de streaming NATURE: diferentes composiciones sonoras a partir de los ecosistemas presentan a la Naturaleza como artista. Es una manera de recaudar fondos para la protección de la biodiversidad. La naturaleza ahora recoge regalías por la forma en que suena. El fondo Sounds Right, una iniciativa del museo de Naciones Unidas, presentó esta iniciativa el 22 de abril de este año, en el Día de la Tierra, con diferentes colaboraciones con artistas como David Bowie, Brian Eno, los Amigos Invisibles, Bomba Estéreo y… Aterciopelados. En la COP16, Héctor Buitrago, líder de la banda junto a Andrea Echeverri, anunció que parte de las regalías de este fondo estarían destinadas a la conservación de zonas críticas en los Andes Tropicales. 

betty garces
La maestra soprano Betty Garcés y la Orquesta Filarmónica de Cali interpretarán el réquiem «Pie Jesu» del compositor Gabriel Fauré. Foto de Leo Queen.

El «contraste»: si se cierran los ojos son lo mismo 

La plumuda es un pescado tumaqueño espinoso que se sirve con tajadas de plátano. De ahí Plu con Pla. Fernanda Tenorio, integrante del grupo, dijo en una entrevista para Cerosetenta en 2022 que «la mejor herramienta es hablar a través de la música, no callar, porque sabemos que es difícil salir diciendo cosas cuando, por lo mismo, se ha asesinado a otras personas. Entonces a través de la música podemos contar nuestras vivencias, lo que pasamos, con lo que no estamos de acuerdo y que en serio esas personas nos duelen. También ellos estaban luchando por sus comunidades, por su gente, y no es nada bonito, ni nada justo que por decir la verdad pasen este tipo de cosas. Es así como Plu con Pla utiliza la música, la danza y todas las manifestaciones culturales para demostrar qué no nos gusta y con qué no estamos de acuerdo, que sí vivimos eso y que sí tenemos que expresarlo». Todo esto con marimba, que parece una extensión del cuerpo. Total, si se cierran los ojos, son lo mismo. Ese es el «contraste», la extensión de los cuerpos en los instrumentos, mientras se canta y se denuncia.  

A medio camino, comenzando la noche, una declaración precisa: «Del agua y de la tierra», un acto simbólico a mitad de concierto, realizado en un formato menor durante el lanzamiento de la COP16 el 20 de octubre, se puso en escena aquí a gran tamaño, frente a veinte mil personas, en cuatro partes: la «Ley de Origen», en la que se presentó la cosmovisión de los pueblos originarios, con la participación de mamos de la Sierra Nevada de Santa Marta, maloqueros del Amazonas y sabedoras de diversos pueblos; «Cantos del agua» con cantoras del Pacífico, dirigidas por Nidia Góngora, incluyendo a la maestra soprano Betty Garcés, vestida en un enorme traje blanco mientras se proyectaban imágenes de cuerpos de agua llenos de basura: un réquiem orquestado por la Filarmónica de Cali; «Soplo de Tierra», un mapping como llamado de emergencia para detener los daños que estamos haciendo al planeta; y «El árbol de la vida», una danza tradicional wayúu, la yonna, con sus trajes rojos que representan la paz, la vida y la sangre, y diferentes actores con árboles gigantes a sus espaldas que se organizaban sobre el fondo hasta crear un bosque: aquí renace la vida. 

«El nivel de lenguaje simbólico de los pueblos originarios y de las comunidades afro es profundo», dice Iván Benavides, uno de los curadores y creadores del acto. La elegancia de la ternura y lo estremecedor de la denuncia. El «contraste» es también la comunión: «No somos gente de mundo ajeno», dice uno de los versos de Hugo Jamioy Juagibioy, poeta Kamëntsa que, sobre el escenario, en la primera parte del acto, recitó su poema Lo puro, vida del futuro. Las personas que pertenecen y habitan este mundo cantaron sus saberes como forma de conjurar sus cosmogonías. La transmisión oral es una comunicación física, que se ofrece a través de una entonación única y cambiante. Por eso el cuerpo lo asimila y lo transforma en una energía común: la contemplación y el baile. 

Nidia Góngora, que ha inspirado, dirigido, compuesto, bailado o intervenido en la creación de varias de las presentaciones que habían estado en tarima hasta ahora, hizo aparición en el escenario tras el cierre de «Del agua y de la tierra»: «Oye el llamado que pide la tierra: respóndele». En el Parque Nacional Natural Los Farallones se descubren nuevas especies de orquídea prácticamente cada año. Allí se han registrado 430 especies, cerca del 10 % de la cantidad de orquídeas que hay en el país. Una de esas se llama: Lepanthes nidiagongorana, tiene hojas de color púrpura oscuro en el envés, coriáceas, estrechamente ovadas. Góngora, la mujer que bautizó una orquídea, ofrece una forma de hacer memoria. Algunos cantos y rituales sobre la tarima representan el abandono del plano terrenal. Compartir a golpe de marimba y tambor el «contraste». 

rubén blades bastón de mando
Rubén Blades sostiene el bastón de mando que uno de los mamos de la Sierra Nevada de Santa Marta que participó del acto simbólico «Del mar y de la tierra» le ofreció durante el concierto. Foto de Lina Rozo.

Tras ella, el invitado especial. Una voz que es un continente. Podría ser un hombre, sí, pero es un istmo: un punto delgado de unión entre hemisferios. Llegó con un grupo de Brasil, Boca Livre, y otro de Costa Rica, Editus Ensamble, a Colombia. Trajo una gaita irlandesa y trajo su sombrero de bombín. Rubén Blades, en el escenario, en Cali o en cualquier parte donde una o millones hablen español, convierte las luces de un estadio en focos cálidos. Cuando saluda parece que está ya cantando.  

No fue el tipo de concierto que viene realizando en los últimos años, con una orquesta gigante, su Big Band salsero. Lo que hizo que el concierto fuera, digamos, más experimental. Al menos para el público más conservador, educado de forma religiosa con sus canciones más tradicionales. Tiene setenta y seis años, pero podría tener treinta y seis: todavía crea y se transforma. 

«Aunque “Sicarios” e “Hipocresía” describen una realidad difícil, es vigente la necesidad de exponerla», dijo en un momento. Menos hablador que de costumbre, no perdió oportunidad para ser generoso con quienes estaban junto a él en el escenario. El grupo Boca Livre cantó «Pedro Navaja» en una versión que, por momentos, parecía de Los Panchos. Sin embargo, Editus Ensamble hacía cambios de ritmo y Blades intervenía para recuperar el tono.  

Si bien esta versión descolocó al estadio, «Decisiones» y «Amor y control», con la que se despidió, las interpretó en su formato original, aunque nunca son la misma cosa. Cuando se canta «Amor y control», que el cuerpo de Blades esté en tarima es casi lo de menos. Aún con los ojos abiertos nadie está viendo lo que tiene en frente. Existen diferentes teorías sobre el tiempo, la música es una. «Amor y control» lleva el cuerpo y el alma a otro espacio. Se está donde se amó y sufrió, donde se sobrevivió y siguió. No en soledad, en compañía. La canción dura seis minutos y durante ese tiempo la ficción de la individualidad desaparece. Porque cuando Rubén Blades canta nadie está solo. 

«En cada sueño hay, por lo menos, un drama», dijo antes de cerrar. Allí está la «contradicción» de la que él habla. Aunque Blades se equivoca. Como dicen los de Plu con Pla: «no es una contradicción, es un contraste». 

Por eso el cierre estuvo a cargo de Herencia de Timbiquí, que entiende esa diferencia sutil. ¿Un performance?, ¿un concierto?, ¿baile?, ¿canto? Lo eran todo. El dolor y la vida. Después de nueve horas de artistas y música, tocaron «La vamo’a tumbar» a su manera. Un homenaje a la marimba y el tambor. Hicieron de cada golpe una forma de distorsionar el tiempo en algo más plural, como antes Blades. Herencia de Timbiquí habla, interpreta, representa y baila alrededor de un sentimiento: «Con el tiempo entenderás que es amor, puro amor». Si las cosas tienen su forma, las emociones también.  

Tal vez por eso es importante que existan estos conciertos, estos espacios abiertos y gratuitos, en medio de algo como la COP16. Un estadio, un canto, más de veinte mil cuerpos bailando, la forma en que se unen las voces. Es una manera de transformarnos en algo más colectivo y desde allí unirnos alrededor de proyectos comunes: cuidar la biodiversidad y la vida.  

He ahí el «contraste»: entender que el cuerpo es un núcleo diverso que se arrejunta. Y que de él nacen las utopías.  

Más de veinte mil personas se juntaron durante el concierto «Paz con la naturaleza: un canto por la vida» en el estadio Pascual Guerrero. Foto de Cristian Hernández.

CONTENIDO RELACIONADO

Array

17 de julio de 2026
Entre el 4 y el 8 de junio de 2026, el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes celebró en Bogotá el festival Lo Sagrado Universal, un encuentro de artistas e investigadores de distintas tradiciones que, a través del cuerpo, el sonido, el espacio y ciertas formas de la acción compartida, exploró los vínculos del ser humano con aquello que lo desborda y, al mismo tiempo, lo congrega. Este especial nace de esa experiencia, pero también de la pregunta que la sostiene: si, como pensó Max Weber, la modernidad desencantó el mundo, ¿qué significa que lo sagrado vuelva hoy a reclamar un lugar entre nosotros? ¿Se trata de un regreso, de una metamorfosis o de la persistencia —más secreta, más dispersa, pero no menos activa— de algo que, en realidad, nunca terminó de irse del todo?

Array

17 de julio de 2026
La muerte de Elkin Obregón (1940-2021) dio lugar a numerosos homenajes que celebraron sus méritos como cronista, caricaturista y traductor. Cinco años después, uno de los parroquianos más fieles del cuchiclub que animó en su casa del barrio Prado, en Medellín, prefiere evocarlo de otra manera: con muchas más carcajadas que elegías.

Array

17 de julio de 2026
Dasso Saldívar llevaba casi dos décadas leyendo a García Márquez e investigando sobre su vida cuando por fin se vio con él en persona. Fueron apenas dos tardes, el 14 y el 17 de marzo de 1989, en la casa del barrio Pedregal de San Ángel de Ciudad de México. De esas horas surgió buena parte del material que sustentaría García Márquez: El viaje a la semilla, la biografía que el propio Gabo definiría, años después, como un libro que «realmente se parece a mí». En estas páginas, escritas en exclusiva para Gaceta, Saldívar reconstruye aquellos dos memorables encuentros.

Array

17 de julio de 2026
En 1699, una mujer de cincuenta y dos años zarpó de Ámsterdam rumbo a Surinam con su hija menor, una lupa y sus pinceles. Quería observar, de cerca, la metamorfosis de las orugas en mariposas y, en ese proceso, encontrar a Dios en los seres más minúsculos de la naturaleza. ¿Cómo deberíamos leer hoy su obra? ¿Como la de un ave rara rescatada del olvido o como la de una científica que alcanzó exactamente aquello que su tiempo y su formación le permitieron?

Array

17 de julio de 2026
El reportero Óscar Martínez lleva veinte años entrando a los lugares donde nadie quiere entrar y escribiendo sobre los costados más turbios de la condición humana. Hoy vive exiliado en Ciudad de México, tras recibir amenazas del gobierno de Nayib Bukele. Desde allí sigue mirando a su país natal, El Salvador, con la obsesión de quien no puede soltar lo que ama. Esta es una conversación sobre el miedo, la rabia y lo que cuesta no rendirse.

Array

17 de julio de 2026
Durante años, la figura de Cepeda Samudio ha brillado más que su escritura: el reportero audaz, el hombre nocturno, el mito barranquillero. Sin embargo, en su narrativa se despliega otra verdad: la espera como forma de mundo, como pulsación íntima que une sus novelas y relatos. Ariel Castillo Mier sigue esa estela para devolvernos a Cepeda Samudio allí donde importa: en la obra que sobrevivió a su propia leyenda.

Array

17 de julio de 2026
Antes de que Barranquilla entrara en los mapas literarios y artísticos del país, un puñado de jóvenes decidió disputar el sentido mismo de la cultura colombiana. Las batallas que dieron —en periódicos, talleres, bares y estudios de pintura— no solo moldearon la obra de Álvaro Cepeda Samudio, sino que configuraron una manera distinta de pensar el Caribe. Un crítico de arte reconstruye ese momento en que la audacia y el desparpajo fueron una forma de intervención crítica.

Array

17 de julio de 2026
En 1962, la editorial Mito publicó en Bogotá una novela sobre la Masacre de las Bananeras. Cuatro años después, un grupo de teatro la llevó a escena. Desde entonces, La casa grande, de Álvaro Cepeda Samudio, no ha dejado de circular entre la literatura y el teatro colombianos: a la versión inicial de Carlos José Reyes en el Centro Cultural le siguieron cinco montajes del Teatro Experimental de Cali, uno del Matacandelas en Medellín y, más recientemente, una puesta en escena de Patricia Ariza con Tramaluna Teatro. Sandro Romero Rey reconstruye la historia de esa larga convivencia.

Array

17 de julio de 2026
La idea de que «la cultura se está yendo al abismo» vuelve una y otra vez, como si fuera un reflejo condicionado. Cada generación se convence de estar presenciando el deterioro final… y, sin embargo, aquí seguimos, creando, discutiendo, reinventando. ¿Y si la verdadera decadencia estuviera en el empeño por repetir la misma queja, más que en la cultura que pretendemos salvar?