ETAPA 3 | Televisión

«Me había devorado la selva»

9 de marzo de 2026 - 12:34 am
¿Cómo se entremezclan las fobias y el arte? A través de la producción de La vorágine (1989), Duque supera su miedo a las culebras a la fuerza. El testimonio del director recuerda los diferentes peligros que se presentaron durante el rodaje.
Lisandro Duque conversando con el actor Waldo Urrego durante la producción de La vorágine: adaptación de la novela de José Eustasio Rivera para televisión. Atrás: el actor Armando Gutiérrez y un miembro de la comunidad Huitoto de Leticia, 1990. Cortesía del archivo de Lisandro Duque.

«Me había devorado la selva»

9 de marzo de 2026
¿Cómo se entremezclan las fobias y el arte? A través de la producción de La vorágine (1989), Duque supera su miedo a las culebras a la fuerza. El testimonio del director recuerda los diferentes peligros que se presentaron durante el rodaje.

En septiembre de 1973 fui expulsado de la Universidad Nacional por «agitar doctrinas foráneas» —según reza la resolución del rector Luis Duque Gómez—, junto a 143 estudiantes más. Cursaba penúltimo semestre de Antropología y, con la ligereza de la juventud, sentí alivio por esa medida: me permitía escapar de la inminencia del trabajo de campo. Por entonces era habitual que la tesis versara sobre alguna comunidad indígena, había toda una masa crítica y una logística favorable a ello. Esto me intimidaba. Me obligaría a desplazarme a una zona del país que fuera asentamiento de aborígenes, es decir, a cualquier lugar de lo que por entonces se llamaba «territorios nacionales», en la nación no-andina, «marginal», según la terminología de la época, que ha comenzado a llamarse «Región» después de la Constitución del 91. Mi desinterés por ese desplazamiento radicaba estrictamente en el miedo a las culebras. Ya había tenido tres o cuatro experiencias, en algunas breves vacaciones escolares en fincas de La Dorada o en Melgar, que me bastaron para incubar un bíblico miedo.

En 1989 me ofrecieron en RCN Televisión adaptar y dirigir La vorágine, de José Eustasio Rivera. Ya en la preproducción, y con ingenuidad, me fui a buscar locaciones al Caquetá, a orillas del río Orteguaza, en donde contacté a una comunidad indígena casi urbana. Sus integrantes, los koreguajes, hablaban castellano y solo uno que otro, ancianos ya, recordaban algunas palabras en lengua nativa. Su vestimenta era de paisanos de ciudad. Su maloca era prácticamente una junta de acción comunal, con techo pajizo, reforzado con madera contrachapada, lugar de visitas frecuentes de turistas y políticos que pretendían encontrar allí «tribus antiguas», pues por entonces no existía la expresión «pueblos originarios». Vivían en chozas con techo de plástico, PVC, y el caserío tenía un urbanismo español. En sus roperos guardaban taparrabos, adornos de plumas y arcos y flechas comprados en Artesanías de Colombia,  para el caso de que los visitaran algunos colegios. La «selva» era rala, modesta, insuficiente para producir la sensación de manigua. Y lo peor: en la orilla del frente del Orteguaza estaba la base militar Larandia, donde los soldados cantaban himnos y aterrizaban y despegaban aviones y helicópteros para enfrentar a las FARC. Aquello era «zona roja». Mi ingenuidad consistió en suponer que en un paraje recostado al piedemonte estaría seguro con mis fobias, aunque allí también había culebras. Pero no, el lugar no era adecuado en ningún sentido y tuve que decidirme por viajar a Leticia.

El río allí era el verdadero Amazonas, había infraestructura hotelera y una selva digna de La vorágine estaba disponible a pocos pasos del hotel Tikuna. Abundaban las lanchas y los barcos grandes para alquilar, personal de asistentes experimentados y varias comunidades indígenas organizadas con malocas de verdad, baquianas en filmaciones, los huitotos y los yaguas. Todavía no se usaba el término catering para la provisión alimentaria, y el tema de la comida para sesenta personas, que podía ascender a ciento veinte, estaba resuelto. Ese era el lugar. Había un caserón de madera, inmenso como la Casa Arana, y muy parecido: era la sede abandonada del aserrío de Mike Tsalikis, narcotraficante huido a Grecia, y estaba disponible.

Kapax, el «Tarzán» colombiano, famoso por haber nadado por el Magdalena desde La Dorada hasta  Barranquilla entre una flota de periodistas que acompañaron su hazaña, nos esperaba en el aeropuerto con una boa constrictora de ocho metros enroscada en el pecho. Sería nuestro guía durante los dos meses de rodaje.

Tal vez ese animal manso, al que le tocábamos la piel y se nos enroscaba también en el cuerpo para posar en las fotos, me quitó de súbito el terror a las culebras. Desde el primer día, cuando pisé tierra de Leticia en el aeropuerto, experimenté el sentimiento gratificante de que me había «devorado la selva», literalmente, al igual que la frase de José Eustasio Rivera que cierra La vorágine.

Miembros de la comunidad Huitoto de Leticia en conversación con Lisandro Duque. El primero a la izquierda, es el jefe Jitoma, 1990. Cortesía del archivo de Lisandro Duque.

En vísperas del rodaje instruí con vehemencia al personal para usar siempre botas pantaneras en los desplazamientos por la selva y así prevenirnos del envenenamiento por mordeduras de culebras. Pero nada más pasar tres o cuatro días, todo el mundo caminaba en chanclas por el pantanero, con los dedos al aire, pues el calor hacía insoportables las botas altas que les sacaban ampollas. En cierta medida, esa confianza en la indumentaria ligera demostraba que todos habíamos caído bajo el hechizo.

En las filmaciones nocturnas, y como el Caladryl era insuficiente para espantar los zancudos, nos palmoteábamos los brazos y rostros, y aquello sonaba como, al decir de Edmundo Rivero en su milonga, «una noche de estreno en el Colón».

Un día, Rodrigo Lalinde, el fotógrafo, ponía su curia en meter en el encuadre de la cámara una hoja de alguna maleza, para que el cuadro no saliera tan limpio, y de repente dio un salto hacia atrás, cayó de espaldas y  gritó: «¡Una culebra!». Nos reímos todos en lugar de asustarnos: Rodrigo había perturbado el sueño de una «cuatro narices» que dormía enroscada en el tallo. El animal, viendo el gentío de intrusos, se escabulló. Poco después, en la gran ceiba de Amacayacu, donde grabábamos el nacimiento del hijo de Alicia Fernández y Arturo Cova, al sentarnos todos a mirar la escena por el monitor, la actriz Florina Lemaitre gritó: «¡Una culebra!». Y todos nos quedamos callados y quietos. La buscamos en el suelo con los ojos sin mover la cabeza y la vimos: era una talla X de un metro que avanzaba por debajo de las sillas cuyas patas estaban hundidas en el fango, casi haciendo contactar nuestras posaderas con el suelo. El zoólogo que siempre nos acompañó nos dijo susurrado: «Quédense quietos», y le obedecimos, contemplando al reptil avanzar por debajo de nuestros culos, inspeccionando minuciosamente las seis sillas hundidas en la tierra. Yo sentí un cosquilleo por la espalda cuando pasó por debajo de la mía. Llegó al centro del círculo de personas, se posó en una ruana amarilla de plástico y, alzando la cabeza, nos miró uno a uno. El zoólogo nos dijo cuchicheando: «¿Ustedes van a permanecer más días en este set?». «Sí, tres días», le dije. Y nos respondió, mientras la talla X seguía con atención su discurso: «Le invadimos su hábitat, su nido está debajo del monitor, y está  furiosa. Ella va a atacar. Y les advierto que su veneno es fulminante». «El problema —le dije, continuando con el cuchicheo— es que si levantamos este set vamos a perder todo lo filmado aquí los tres días anteriores. Y si seguimos en otra parte, la continuidad va a irse para el carajo. Tocaría repetir la escena desde el comienzo». La jefa de producción, Liuba Hleap, sin que el susurro le demeritara su angustia, dijo: «Lisandro, estamos colgados en cuatro días de rodaje». «Eso no es problema mío», pareció pensar la culebra.

Es conmovedor e indigno de detalles, pero el zoólogo dio de baja la culebra del inventario de Amacayacu, y se la llevó chapaleando en la punta de una vara. Era ella o la vida de alguno de nosotros, que permanecimos aplastados en nuestras sillas. Todavía me persigue el recuerdo de ese animal inmolado a una serie de televisión.

Días después, João, el hijo del capitán del barco, echó un anzuelo en un paraje penumbroso del río adecuado para la pelea final entre Arturo Cova y Narciso Barrera. Al sacar el anzuelo, de su garfio colgaban, sacudiéndose, unas diez pirañas, cada una mordiendo la cola de la otra. Miré a Frank Ramírez y a Armando Gutiérrez —Barrera y Cova en la obra—. Ya poseídos por la violencia de la naturaleza, me dijeron: «Hagámosla aquí». Y yo, impelido por su coraje, me arrojé al agua. Después lo hicieron ellos y grabamos la escena de la pelea, en la que Cova ahoga a Barrera.

Era la estética de la época: una «obra» que no tuviera riesgos no valía la pena. Sentíamos en los pies el cosquilleo de las pirañas, pero ninguna llegó a mordernos. Fue mucho después cuando aprendí de Orson Welles que «ningún arte merece que uno muera por él». Aprendí mucho de La vorágine: dos meses después de terminado el rodaje, ya en Bogotá, tuvimos que viajar a Melgar a completar unos tres planos, poca cosa, en realidad. Se me atravesó una culebra en mi camino, la pateé con el zapato y la mandé lejos. Suena solemne, pero los dos meses amazónicos habían logrado que me trajera conmigo la selva.

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