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The Last of Us: metáfora y literalidad del abandono

13 de junio de 2025 - 8:17 pm
La serie de Max —primero videojuego—, retrata un mundo devastado por zombies donde reinan el abandono y la pérdida. En su tercera temporada, The Last of Us convierte el trauma de sus protagonistas en una experiencia visceral para la audiencia.
Captura de la serie The Last of Us.
Captura de la serie The Last of Us.

The Last of Us: metáfora y literalidad del abandono

13 de junio de 2025
La serie de Max —primero videojuego—, retrata un mundo devastado por zombies donde reinan el abandono y la pérdida. En su tercera temporada, The Last of Us convierte el trauma de sus protagonistas en una experiencia visceral para la audiencia.

*Este artículo tiene spoilers. Lean con precaución.

 

No creo que haya una sola objeción sobre el acierto que fue haber convertido el exitoso y muy bien escrito videojuego The Last of Us —de la productora Naughty Dog para la consola Play Station— en una serie de televisión para Max (HBO), creada por Craig Mazin (Chernobyl) y Neil Druckmann. 

Hablemos de las cifras, que demuestran la fortuna que trajo esta decisión: el estreno de la serie fue el 15 de enero de 2023 y tuvo una audiencia de casi cuarenta millones de personas en dos meses. Cada episodio de la primera temporada, además, promedió alrededor de treinta millones de personas. Estas cifras solo incluyen el rating televisivo y streaming legal. 

Ahora vamos con el fondo. The Last of Us habla de una época postapocalíptica que se originó por culpa de una pandemia de hongos que manipulan a los seres humanos y los hacen deambular como zombies por un planeta que ya no dominan como especie. 

La filmación de la primera temporada se hizo en julio de 2021, un año después de que se declarara abierta la pandemia nuestra, la de carne y hueso. La serie nos condujo en 2023 por ese terror de «fin de mundo», con unos protagonistas que ya habían perdido absolutamente todo en sus historias de origen. He ahí el eje principal que guía toda la trama: la noción de pérdida y el trauma posterior y corrosivo del abandono. 

Este tema queda explícitamente enunciado desde la primera escena de la serie (viral en redes sociales), situada en un pasado remoto del año 1968. Durante un debate, un profesor expone con mucha verosimilitud su teoría sobre la posible causa de una eventual extinción de la raza humana: que un hongo logre evolucionar para controlar a un huésped humano a voluntad, como pasa regularmente con ciertos insectos.  

Los hongos, le cuestionan al epidemiólogo, no pueden sobrevivir en un organismo tan caliente. Sin embargo, él se pregunta: ¿qué pasa si al hongo le toca adaptarse? ¿Qué pasa si, por alguna razón, la Tierra se vuelve más caliente? Ahí podría evolucionar, meterse en un humano, envenenar su mente y controlarlo para esparcirse en otros. Y luego en otros. Y así, hasta llegar a los billones. «¿Y si eso pasa?», le preguntan. «Perdemos», dice. 

Eso es: perder. 

Así arrancó The Last of Us. Con la solvencia y la pulcritud de una mega serie de estos días: bien dirigida, bien escrita, bien actuada.

Bien recibida, además: sus capítulos fueron vistos por millones y, a la vez, tanto en redes como en medios, merecieron una crítica favorable. Así alcanzaron el alto estatus (momentáneo, creería yo) que eleva por estos días a una serie por encima de las demás.  «No se siente ni remotamente controversial calificar a esta serie como la mejor adaptación de un videojuego jamás realizada», escribió en 2023 Stephen Kelly para la BBC.

En la serie seguimos a Joel (Pedro Pascal), un padre común y corriente que revela habilidades de soldado profesional una vez el brote pandémico empieza a desequilibrar el mundo: sabe moverse, sabe a dónde ir, sabe manipular un arma. Lo único que no puede hacer es proteger a su hija Sarah (Nico Parker), asesinada sin clemencia por la ráfaga de fuego de un soldado.  

El evento no solo lo transforma en un forajido sin ley, sino en una persona incapaz de tener algún plan de vida o un norte personal más allá de proteger a sus más cercanos. De hecho, Joel abandona casi cualquier atisbo de humanidad desde un momento exacto, un minuto exacto. Carga consigo, siempre, un tótem que le recuerda el trauma que le da origen como personaje: un reloj de pulso análogo que quedó parcialmente destrozado el día del incidente, con las manecillas detenidas. El padre sonriente es reemplazado y rápidamente convertido en un adusto matón. 

La otra protagonista es Ellie (Bella Ramsey), a quien nos presentan por primera vez como una prisionera huérfana que ha sido mordida por uno de estos humanos-fúngicos-zombies.  Milagrosamente, no se le ve ningún síntoma de contagio. Los niños que son esperanza y pueden convertirse en héroes que salvan a la humanidad no solamente son una aspiración moral, sino un relato que ha sido contado muchas veces, tanto en fábulas viejas como en esta era dorada de la televisión (recordemos ese fenómeno que fue Stranger Things). 

A pesar de representar una posible resolución feliz, Ellie también es una persona que lo pierde todo. En últimas, este es el dispositivo narrativo que de alguna manera impulsa a los personajes: la separación de su madre, infectada segundos antes de parirla, al cortar el cordón umbilical que las une, la convierte en la portadora de una posible cura. Pero ella es rebelde y solo vela por sí misma. Es mucho más explícita que Joel respecto al abandono. En el sexto capítulo  de la primera temporada lo dice de frente: «todos a los que he querido se han muerto o me han abandonado». 

Cuando se juntan estos dos antihéroes empieza una aventura en la que Joel debe llevar a Ellie a un centro médico para que el personal extraiga de ella una vacuna que salve a la humanidad. Y en ese recorrido por Estados Unidos, que parece un museo derruido a cielo abierto, logran construir un vínculo atropellado de padre e hija. Y aunque el desapego es su mecanismo de defensa ante un eventual y muy probable abandono, terminan por llenar de alguna forma el vacío que ambos sienten por la vida. 

Como complemento del  tema principal de la pérdida, todo artefacto del pasado de esa humanidad se vuelve muy valioso: los libros, las radios, las bandas de rock, las revistas, las máquinas de videojuegos, los caballos como medio de transporte, las películas en VHS, el trueque.  A la par, los seres humanos están condenados a ser ellos mismos y enfrentarse hasta matarse pese a que tengan un enemigo que los hermana y los supera: de ahí a que salgan naturalmente, sin explicación necesaria, autoritarismos, ejércitos, civiles armados, sectas religiosas y grupos anárquicos.

Para el final de la primera temporada, Joel logra su cometido de dejar a Ellie en el centro médico, pero allí le advierten que ella debe ser sacrificada para extraer la vacuna, como puesta en escena del dilema ético de matar a una persona para salvar a millones. Joel resuelve el problema en los segundos que le toma decidir asesinar a todas las personas que están en el hospital. No volverá a perder, piensa. Pero su motivación sangrienta será su condena, porque el nuevo objetivo de una venganza será él.  

Si bien en la segunda temporada hay una introducción demasiado larga sobre la vida que Joel y Ellie construyen al asentarse en Wyoming, la narrativa de la serie parece estar inspirada en un verso del poema «A Roma sepultada en sus ruinas», del maestro Francisco de Quevedo, perfecto para cualquier escenario de fin de una era: «Huyó lo que era firme y solamente lo fugitivo permanece y dura».   

Por esta misma premisa, Joel no podrá escapar de su pasado. 

En la segunda temporada aparece como personaje secundario y paralelo Abby Anderson (Kaitlyn Dever), una mujer joven cuyo motor es, cómo no, la venganza por la pérdida de su padre, a quien Joel le dio un balazo en la frente durante la matanza del hospital. Ella no tendrá mucho obstáculo: se encontrará por casualidad con Joel y lo torturará y asesinará con Ellie como testigo. Nunca sobra una pausa en el relato para elogiar la impresionante actuación de Bella Ramsay: su rostro desgarrado de dolor es el resumen de lo que los personajes de The Last of Us viven dentro de esa ficción. Me atrevería a decir que todos los relevantes.  

En este punto hay que abonarle a la serie que si bien mucha de la trama se construye a partir de la supervivencia de unos protagonistas, y que ambos se ganaron el cariño del público, sus escritores no dudaron en quitar del camino a Pedro Pascal. Vaya golpe. Estruendoso. 

Es ahí, justamente, donde la metáfora del abandono se siente literal, donde se transmuta de los entresijos de la ficción hacia la audiencia misma. El trauma, por qué no, lo tienen que vivir también los espectadores. ¿Cómo seguir viendo una serie en la que el protagonista es asesinado sin miramiento apenas arranca la segunda temporada? 

Pues bien, a la audiencia no le quedó de otra que aferrarse a una Ellie descompuesta, cegada por la venganza, que es capaz de irse en contra de la voluntad de sus conciudadanos, que votaron para no vengar la muerte de Joel, y de los amigos que deciden ayudarla en su escapada clandestina hacia la ciudad donde está Abby. Es una gesta que luce absurda, muy por encima de sus capacidades, con un ejército por delante para sortear antes de lograr su objetivo. Por supuesto, los cadáveres de personajes queridos no se hicieron esperar.

Y luego, para rematar esta sensación de incertidumbre, la serie anuncia, en su última secuencia, que cambiará de protagonista. No será la perspectiva de Ellie, sino la de Abby, desde el día uno, la que estará en el foco del televisor en la tercera temporada, como en una especie de reescritura de la segunda.

The Last of Us deja una sensación arriesgada, aunque muy interesante, de vacío en la audiencia. Parece que nos dijera: «¿Les gusta ver este trauma? ¿Sí? Bueno, ¡vívanlo!». Es una encarnación, además, que solo puede venir de un videojuego, donde la audiencia asume las acciones de los personajes. 

La espera de una tercera temporada será larga. Está por verse, entonces, si la acción de abandono se revierte nuevamente desde la audiencia hacia la serie, en un ajedrez paradójico y poético que todavía es imprevisible. 

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