Un momento particularmente absurdo de las primarias demócratas para la alcaldía de Nueva York ocurrió el pasado 4 de junio, en un debate con los candidatos en la cadena de televisión NBC, cuando el moderador preguntó: «El primer viaje al extranjero de un alcalde de Nueva York siempre es considerado importante. ¿A dónde irían primero?». La candidata Adrienne Adams contestó sin titubear: «Visitaría Tierra Santa»; por su parte, el exgobernador Andrew Cuomo dijo: «Dada la hostilidad y el antisemitismo que se han visto en Nueva York, iría a Israel»; Whitney Tilson, como un autómata, respondió: «Haría mi cuarto viaje a Israel, seguido de mi quinto viaje a Ucrania». Después de estas reacciones, como si todos estuvieran repitiendo el mismo libreto, Zohran Mamdani, que luego resultó ganador de las primarias, contestó: «Me quedaría en Nueva York, mi plan es dirigirme a los neoyorquinos de los cinco distritos y enfocarme en eso». Frente a esta respuesta sensata, sus copartidarios quedaron en ridículo.
Ese no fue el único momento en el que el tema de Israel irrumpió en las primarias demócratas, como si fuera definitivo para el resultado de las elecciones. Ahora, si estas respuestas parecían absurdas incluso en el contexto de una elección en una ciudad que tiene la mayor comunidad judía por fuera de Israel, ¿qué podríamos decir a propósito de las elecciones colombianas?
El pasado 24 de julio, en una entrevista con El Espectador, el precandidato presidencial y director nacional del Nuevo Liberalismo Juan Manuel Galán dijo que lo primero que haría si fuera elegido presidente sería restablecer relaciones diplomáticas con Israel.
A pesar de que hubo muchas voces de rechazo después de esas declaraciones, creo que no hemos analizado lo suficiente el significado de esta respuesta. Sobre todo, no hemos hablado del momento en que lo dijo, el timing como dicen en inglés, el cual, sabemos, en política es fundamental.
¿Qué significa que Galán haya elegido este momento para dar a conocer esta decisión? Significa que ha ignorado los siguientes hechos, todos ocurridos en los últimos dos meses, y que demuestran la necesidad de seguir hablando de Gaza y de superar, cada vez más, la indiferencia frente a los crímenes del gobierno de Netanyahu.
Galán ignoró que el pasado 1 de agosto, el reconocido escritor israelí David Grossman, en una entrevista con periódico italiano La Repubblica, afirmó: «Es un genocidio, se me parte el corazón, pero ahora tengo que decirlo. Durante muchos años me negué a utilizar esa palabra. Sin embargo, ahora, después de las imágenes que he visto, lo que he leído y lo que he escuchado de personas que han estado allí, ya no puedo evitar utilizarla». No solo Grossman, también Anna Foa, historiadora italiana especializada en la historia de los judíos en Italia y Europa, reconoció que en Gaza se está cometiendo un genocidio.
Galán ignoró que Francesca Albanesa, relatora especial de las Naciones Unidas sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados, publicó el informe «De la economía de la ocupación a la economía del genocidio» y así demostró que un gran número de empresas se está lucrando con el genocidio; no solo las grandes empresas de armas, sino también Caterpillar, BNP Paribas, Allianz, Petrobras, entre muchas otras.
Galán ignoró lo que algunos han llamado las «matemáticas del hambre»: durante décadas, Israel ha calculado cuántas calorías necesitan los gazatíes para permanecer vivos, pero ahora los está matando de hambre deliberadamente. Hace unos días, en un artículo del diario británico The Guardian sobre el hambre como arma de guerra, apareció la foto del cuerpo esquelético de Lana Salih Juha, una niña de cinco años que sufre de grave desnutrición; la manera como mira hacia la cámara –cómo nos mira–, es lacerante. Además, un informe de Médicos Sin Fronteras (MSF) titulado «Esto no es ayuda. Esta es una masacre orquestada» reveló que «los puntos de distribución de la Fundación Humanitaria de Gaza son escenas de masacres orquestadas». En una entrevista con Radio Francia Internacional, José Mas, responsable en MSF de la Unidad de Emergencias en Gaza, afirma que en esos puntos hay una violencia inusitada que no han visto en ningún otro país del mundo en los cincuenta y cuatro años que llevan operando como MSF.
Galán ignoró que, por primera vez, dos ONG israelíes acusaron al gobierno israelí de estar cometiendo un genocidio. En una rueda de prensa el pasado 28 de julio, la doctora Daphna Shochat, de la ONG Médicos por los Derechos Humanos, dijo «precisamente en este momento es especialmente importante llamar a las cosas por su nombre». Yuly Novak, la directora ejecutiva de B’Tselem, afirmó que la realidad «no nos deja más opciones que reconocer la verdad: Israel está cometiendo un genocidio contra los palestinos de la Franja de Gaza». Son las dos primeras organizaciones israelíes que rompen el silencio, lo que demuestra que algo está cambiando.
En conclusión, en las últimas semanas han surgido varios informes que han documentado lo que muchas personas han venido denunciando desde hace muchos meses.
¿Qué se puede esperar de un candidato presidencial que ignora todos estos hechos y que tiene como prioridad restablecer relaciones con un gobierno genocida? Uno supondría que, así como Galán ignora estos hechos, también ignoraría muchos otros en Colombia. ¿Por qué razón sería esa la primera medida de su gobierno? ¿Qué nos dice sobre la política exterior de un eventual gobierno suyo y, sobre todo, de sus principios éticos?
Como si la respuesta de Galán no fuera ya una demostración suficiente de colonialismo mental, ayer vimos al expresidente Iván Duque y el empresario Gabriel Gilinski posando sonrientes al lado de Netanyahu. Lo adulaban como si la Corte Penal Internacional no hubiera ordenado su arresto, hace ya casi un año, por crímenes de guerra y de lesa humanidad.
Dejo que los lectores saquen sus propias conclusiones. Sin embargo, después de ver las imágenesde cientos de niños palestinos muriéndose de inanición o con alguna de sus extremidades amputadas, sin mencionar los horribles traumas a los que están siendo sometidos, no puedo dejar de pensar que, infelizmente, a algunos políticos en Colombia no solo les falta sensatez, sino mucha humanidad.