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La muerte de Marilyn Monroe

30 de septiembre de 2025 - 1:46 pm
En 1996, GACETA publicó cinco poemas de la estadounidense, autora de libros como Los vivos y los muertos, en los que la experiencia íntima —cuerpo, deseo, familia, pérdida— se convierte en materia poética con un lenguaje claro y descarnado. 
Sharon Olds (San Francisco, 1942). Foto de Ruvén Afanador, 2022.
Sharon Olds (San Francisco, 1942). Foto de Ruvén Afanador, 2022.

La muerte de Marilyn Monroe

30 de septiembre de 2025
En 1996, GACETA publicó cinco poemas de la estadounidense, autora de libros como Los vivos y los muertos, en los que la experiencia íntima —cuerpo, deseo, familia, pérdida— se convierte en materia poética con un lenguaje claro y descarnado. 

Traducción de Juan Carlos Galeano

 

La muerte de Marilyn Monroe

Los enfermeros de la ambulancia palparon su cuerpo
frío, pesado como el hierro, lo levantaron
en la camilla, trataron de cerrarle la boca y los ojos, le amarraron
los brazos a sus costados, acomodaron una hebra de sus cabellos,
como si importara, vieron la forma de sus pechos, apachurrados por
la gravedad, bajo las sábanas, la llevaron, como si fuera ella,
escaleras abajo.
No volvieron a ser los mismos. Después, como siempre,
fueron a tomarse un par de copas, pero no pudieron mirarse a los ojos.
Sus vidas cambiaron. Uno comenzó con pesadillas, dolores raros,
impotencia, depresión. Otro perdió el gusto por el trabajo,
y se desganó por su esposa y los hijos. Aun la muerte
le pareció diferente, pues ella lo estaría esperando.
y el otro, se detenía todas las noches
en la puerta de una alcoba,
a escuchar la respiración de una mujer,
la respiración,
de cualquier mujer.

 

Sexo sin amor

¿Cómo lo pueden hacer, los que hacen el amor
sin amor? Bailarines hermosos,
deslizándose como patinadores
sobre el hielo, con los dedos engarzados
a sus cuerpos, sus rostros ardiendo como el bistec y el vino,
mojados como los niños que las madres regalan al nacer.
¿Cómo pueden llegar al instante del instante de los dioses,
a las aguas tranquilas, sin amar al que ha llegado con ellos,
elevándose livianamente como el vapor que sale de sus cuerpos
juntos? Ellos son los místicos verdaderos, los puristas, los
duros, los que no aceptan al Mesías falso, no confunden al
sacerdote con Dios. Ni al amante con su placer propio; como
atletas de la mejor estirpe, saben que están solos frente a la
pista, con el frío, el viento, las zapatillas bien amarradas y el
corazón en su puesto, circunstancias y factores solamente, como su
pareja en la cama, y no la del ser: cuerpo solitario en el
universo, compitiendo con el mejor instante de su vida.

 

Domingo por la noche en la ciudad

Cogidos de la mano, descansamos en la cama,
las piernas largas y cruzadas
como alas cerradas, pies alargados en la oscuridad
tocando el estribo de la cama, labrado como una lápida
con su parra de uvas. Tu cabello suelto y negro
como nogal, trenzado como tijeras de enredaderas. Tu mano
derecha, en mi derecha. Tu izquierda, en mi izquierda.
De la mano como patinadores, estamos acostados
bajo el cuadro de la granja: con el humo de pinceladas
negras y borrosas, los árboles
se elevan esqueléticos, pescados cenicientos,
por encima de nosotros,
la quietud de la laguna
silenciosa como si eterna.

 

Hijo

Al regreso del bar de las mujeres,
voy al cuarto de mi hijo.
Duerme refinado, cara pecosa
echada hacia atrás, la cueva escarlata de su boca
sombreada y fragante, los dientes sin filo
brillan blanquitos en la oscuridad,
los párpados opales temblorosos
como alas de insecto, cerradas las manos
en la mitad de la noche. Ojalá haya suficiente espacio
para esta vida: la cabeza, los labios,
el cuello, las muñecas, las caderas, el sexo,
las rodillas, los pies. No dejemos nada por
adorar. Hacia cualquier nuevo mundo que vayamos, llevemos
a este hombre.

 

Barómetro

Por ser la hermana menor de la mujer
que abandonó a su hija —tirándola en mitad del camino,
como al marido— no soy como las otras madres.
Por las noches, voy al cuarto de mi hija,
y escucho el sonido de la cisterna
de su respiración; voy al cuarto de mi hijo, el grillo
todavía cierto en su garganta;
Quisiera poder inclinarme sobre mi propia cama
y escuchar mi respiración, y así poder saber el clima
que se avecina.

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