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Vivir y gozar en una monarquía: apuntes sobre el Carnaval de Barranquilla

17 de marzo de 2026 - 2:04 pm
Así como el Carnaval desdibuja jerarquías, también las refuerza con la mercantilización que fragmenta la ciudad y privatiza los espacios de goce. Esta es una de las tensiones en la relación entre el pueblo y su monarquía simbólica, de una fiesta pública cada vez más sometida a lógicas privadas.
Fotos del Carnaval de Barranquilla de 2024, tomadas por Mery Granados.
Fotos del Carnaval de Barranquilla de 2024, tomadas por Mery Granados.

Vivir y gozar en una monarquía: apuntes sobre el Carnaval de Barranquilla

17 de marzo de 2026
Así como el Carnaval desdibuja jerarquías, también las refuerza con la mercantilización que fragmenta la ciudad y privatiza los espacios de goce. Esta es una de las tensiones en la relación entre el pueblo y su monarquía simbólica, de una fiesta pública cada vez más sometida a lógicas privadas.

El bordillo y la corona

Dicen que cada año, durante los cuatro días previos a la cuaresma, el carnaval hace lo que nada ni nadie más puede: juntar lo que comúnmente no se junta. Romper o difuminar las fronteras entre los ricos y los pobres, entre los elegidos y los no elegidos, entre los que son linaje y los que son solo sangre humana multiplicada. El acabose de las jerarquías del que hablaba Bajtín. Solo durante el carnaval —o precarnaval, noche de Guacherna— Shakira podía disfrazarse y volver a recorrer, pintada y acompañada de sus hijos, la ciudad donde nació, rodeada de carnavaleros corrientes. Sucedió en 2025 —y no sabemos cuántos años más— en un bordillo de una zona residencial de Barranquilla que se transformó en epicentro del jolgorio, con una placa apuntalada de solemnes gazapos y un picó con un cartel de bienvenida: «Estás en la cuadra de Shakira».

En la reacción al gesto de la cantante se advertía el deseo de recuperar el bordillo como quintaesencia de una fiesta ciudadana, que ha sido tomada por un ethos corporativo empeñado en que el evento se domestique en los barrios para prosperar en forma de ruido exclusivo en los palcos de los desfiles, las tarimas musicales o los salones de hotel. La muchedumbre transformó el destino del bordillo, desbordando su lugar en el mapa. Así, cada vez que puede, Barranquilla se entrega a la recocha y al designio de sus múltiples reinas. Frente al brillo y el bordillo de la corona, la ciudad —un solo organismo vivo en carnaval— se hace saltimbanqui, bufona, vasalla de sus deseos y esclava de su presente. Sin miramientos, todo llama al desorden.

Por eso, que cada año el bando lo ejecute una nueva monarca puede leerse como una burla a los linajes. Que las escogidas pertenezcan a la misma familia o una estirpe cercana a los saqueadores o mandamases de la ciudad no las despoja de su autoridad —el dominio no es lo suyo, al menos no el emocional y el festivo—; y si son usadas para obtener beneficios económicos o sociales, no es asunto de su reinado de espuma y maicena. Solo en el carnaval se aplaude a una monarquía semejante: es una farsa del ostentoso poder, y nos satisface que, como parte de la puesta en escena de la Coronación, el alcalde entregue a la soberana las llaves de la ciudad. El resto del año no sabemos que esas llaves existen.

Sin embargo, no es farsa ni es broma, aunque pueda parecerlo, que Juan José Jaramillo, exdirector de la organización del Carnaval, declare, para explicar una desigualdad, que a la ciudad le gusta «su monarquía». Lo hizo en un artículo de la BBC publicado el lunes de carnaval (pocos días antes de ser removido de la dirección), en el que se discute la coexistencia de una reina «de la élite» y otra « del pueblo» durante el evento. Según insinúa Jaramillo, el mandato de una reina escogida en los corredores del poder, sin el menor intento de involucrar a la población de estratos bajos o a los mismos actores sin corona de la fiesta, es lo que debe seguir, un statu quo que el Carnaval como institución se resiste a desobedecer. «Hay una relación entre la Reina del Carnaval y la procedencia de familias a lo mejor más acomodadas económicamente. No es un requisito como tal, pero la verdad que es un trabajo que al mismo barranquillero le gusta que sea así», dice en el artículo. Y de inmediato suelta la joya de su corona: «Parece mentira, pero es una ciudad a la que le gusta su monarquía».

Parece mentira, dice, subrayando a la audiencia que debe creer en lo imposible: que no todas las familias pueden costear ajuares de ochocientos millones de pesos. Su frase me recuerda una sentencia del escritor Ramón Illán Bacca en su novela Maracas en la ópera, cuya trama transcurre parcialmente en Barranquilla: «Si se nace en Rebolo, no se llega al Country Club». Es lo que reafirman cada año los organizadores del evento y que este trata de refutar en jornadas de desbordada parranda. Para explicarlo mejor: Rebolo es considerado uno de los primeros barrios de la ciudad; de estratos 1 y 2, es asociado a la delincuencia, pero también es reconocido por ser el lugar de nacimiento de danzas tradicionales del carnaval. En años recientes fue noticia por su parque Malecón, que no es el Gran Malecón del Río y, por tanto, no llegará a «atractivo turístico». Por otra parte, el Country Club, como dice la BBC, «es uno de los espacios más exclusivos» de la ciudad y un «entorno habitual de la Reina del Carnaval, que, a diferencia de la Reina Popular, seleccionada entre barrios populares, se asocia a la élite».

La élite o la monarquía a la que alude Jaramillo, padre de una exreina, no solo apunta a la fiesta declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO: habla de los millonarios que se han asumido dueños de la ciudad y de sus carnavales; Barranquilla es su salón burrero o su club social, según les convenga. También habla de la existencia de un pueblo dicharachero condenado a proyectarse en el complejo monárquico, y que hace posible un encuentro que para algunos es un modelo de realeza. A veces, para esta realeza de clubes y trapos, el carnaval es solo una cita en la que nos damos cuenta de que el otro existe, cuando las multitudes presumiblemente se juntan a echar al traste sus diferencias.

Fotos del Carnaval de Barranquilla de 2024, tomadas por Mery Granados.
Fotos del Carnaval de Barranquilla de 2024, tomadas por Mery Granados.

En busca del Carnaval

 A pesar de originarse en una realidad muy vívida, tal vez la idea misma de «igualdad» sea uno de los tantos disfraces que recorren las carnestolendas. No olvidemos que, en 2020, un mes antes del encierro mundial por la pandemia de coronavirus, el «Coronavirus» desfiló junto a un «Papa Quillero» y otros personajes parodiados en la Batalla de las Flores. El carnaval irrespeta todo lo que está vivo y participa teatralmente del miedo a la muerte, quizás la única igualadora de los cuerpos. ¿Pero cómo se vive —si se vive— el mentado cruce de las jerarquías en un banquete de todos para todos?

Un episodio poco comentado del Carnaval de Barranquilla está asociado a la historia vieja del «numerito». El numerito, como me contó la antropóloga Mirtha Buelvas, era un número expedido oficialmente que en los años cincuenta se exigía llevar colgado del capuchón del disfraz de Monocuco para poder circular durante la temporada de fiesta. El asunto no figura en libros ni en Google: «es tradición oral», dice Buelvas. La medida se tomó después de los delitos cometidos por algún Monocuco que se aprovechaba de la vestimenta para disimular sus fechorías. Los Monocucos debían ir a la Alcaldía, recibir un número y portarlo de forma visible para no ser ilegales. Pronto la medida, como buen disparate —para carnavalear no hacen falta licencias—, debió suprimirse, y la expresión «numerito» sobrevivió por décadas en la voz popular como el equivalente a un amorío en los días de carnaval. «Es solo un numerito», se decía.

El diminuto «numerito», referido a un romance pasajero, es, sin duda, un giro irónico además de obsceno (encima, el disfraz de Monocuco arrastra la leyenda de ser usado por sujetos adinerados que buscan mezclarse en las «fiestas de los pobres», o por hombres que desean acercarse furtivamente a las mujeres). Pero lo que me atrae de su aplicación fallida es la convivencia, en este hecho, de la violencia cotidiana y la astucia carnavalera con el intento fracasado por establecer un orden. Una de las célebres canciones de carnaval pregona: «No, no me mate, déjeme gozá, máteme si quiere, después del carnaval». A veces he imaginado que el atracador de esa canción se oculta en un capuchón colorido y que el revólver que apunta o el arma empuñada es de mentiritas. Y ni qué decir de la voz suplicante del cantante Dolcey Gutiérrez: es un número que hace para jodernos la vida.

El actor y gestor cultural Darío Moreu no solo quería joder la vida cuando salió disfrazado con un falo de setenta centímetros en una Batalla de Flores y apuntó su miembro de látex, fique y otros materiales al palco con el presidente de la República. Su personaje, el Sátiro Alado, ya había ganado el Congo de Oro, el mayor trofeo del Carnaval, al mejor disfraz en 1998. Según cuenta el periodista Heriberto Fiorillo en una crónica publicada en 2001 e incluida en Antología de crónica latinoamericana actual (Alfaguara, 2012), cuando Moreu quiso desfilar con su disfraz un día después en la Gran Parada de Tradición, un policía lo detuvo: «Usted irrespetó ayer a la primera autoridad del país. Usted no puede desfilar». Moreu consiguió salir en el desfile, pero a última hora, castrado y portando un letrero de cartón con la palabra «CENSURA». Fiorillo escribió: «el Sátiro Alado ha puesto su enorme dedo en la llaga abierta de una sociedad festiva que prefiere el silencio a meterse en camisa de once varas, pero que está necesitando al parecer con urgencia un replanteamiento de lo que entiende ella misma por carnaval». El creador del disfraz explicó en la misma crónica: «Entiendo que, en la vida común y corriente, lo que hice sería un irrespeto a la primera autoridad, pero estábamos en el espacio del carnaval, un ámbito único que permite este tipo de expresiones […] Era el presidente, allá arriba en el palco, quien estaba quizás en un lugar equivocado».

Esta parece ser toda la igualdad que desata el carnaval. A algunos provoca el espanto o la risa; es aprovechada por otros, para robar, por ejemplo; e incómoda a las autoridades, que, al no querer empaparse de la fiesta y aun así acudir, se exponen a una momentánea abdicación o a ser desnudados como censores. El caso del Sátiro Alado evidenció una transformación de la que las instancias oficiales del evento no se han hecho cargo del todo. Mientras las autoridades delimitan con vallas, la mayoría de los carnavaleros, sin apoyo oficial o fortunas familiares, salen con sus disfraces a defender el bordillo que han querido escamotearles al precio de boletas que son el pasaporte para festejar en su propia ciudad.

Sobre esta segregación giran algunos reclamos de adultos mayores, padres o abuelos, que invitan a detenerse en los testimonios personales o a revisar los registros fílmicos o fotográficos, no solo como fuente de nostalgias. Al escucharlos o verlos (pienso en las multitudes y los rostros retratados por Nereo López), a algunos todavía nos sorprende la ausencia de anuncios publicitarios que han afeado considerablemente el paisaje de los desfiles, o que haya que pagar por ver a determinadas estrellas que otras generaciones disfrutaron gratis en una esquina del barrio, cuando el carnaval llegaba a todas partes. La diferencia es sustancial: el carnaval ha instaurado un mapa de sus diferentes epicentros sobre un mapa que solían trazar los pasos de la gente. En otro tiempo, los artistas e invitados se acomodaban a la ley carnavalera; hoy el carnaval los tributa con escenarios diseñados expresamente para ellos y sus patrocinios.

De modo que, cuatro días y noches al año, la ciudad se trocea y crea islas de  ofertas, a pesar de gozar del mismo desorden y de respirar al compás. Con la ciudad fragmentada, los taxistas y los servicios de Uber o InDrive ya no saben qué tanto triplicar o regatear el precio de las carreras a su favor. A veces se oye a la gente preguntar con menos expectativa que incertidumbre a dónde vamos hoy, como buscando el carnaval que se les perdió al cruzar la calle.

Fotos del Carnaval de Barranquilla de 2024, tomadas por Mery Granados.
Fotos del Carnaval de Barranquilla de 2024, tomadas por Mery Granados.

Un paréntesis: el disfraz de «Costeñita»

El llamado al desorden también es captado por tendencias o individuos que persiguen un impulso semejante al de las marcas o empresas patrocinadoras. En el carnaval de este año otra de las «reinas del pueblo» fue la cantante barranquillera Aria Vega, que sorprendió a una muchedumbre en un concierto junto al reguetonero Ryan Castro sobre el techo del popular estadero La Troja. Vega se viralizó en redes sociales por defender (y vender) su estilo de vestir. La controversia provino del nombre o la etiqueta que empleó: la «costeñita core» o «costeñita premium», con el que la cantante alude a un tipo de mujer que utiliza la vestimenta y el maquillaje para lucir llamativa, adornarse, descararse o exagerarse. Al presentar a su personaje, Vega no solo invoca el barroco carnavalero, la insolencia fiestera o el emperifolle del Caribe, sino un tipo de disfraz hecho a la medida: el disfraz de costeña o «costeñita», una mujer en diminutivo, empacada comercialmente para el mundo del entretenimiento, es decir, al voz a voz de las redes sociales.

Quizá no sea una coincidencia que «Costeñita» sea el mismo nombre de una vieja, casi olvidada y recuperada cerveza de envase pequeño. Consciente o no, Vega intenta promover su propia y embriagadora Barbie Costeña, que es ella misma o quien se le asemeje en cuerpo y alma. De igual modo podemos decir que existe «la Bichota» (tal vez le gana evitar el diminutivo): el remedo de una paisa o una figuración de cómo puede lucir una paisa que es famosa en videos musicales, series de Netflix o las calles. Es una filosofía del vestir: ser exactamente lo que pareces ser, como un empaque en una vitrina. Y su vigencia depende de su validación como fuego propiciatorio de la reacción y el like.

Fotos del Carnaval de Barranquilla de 2024, tomadas por Mery Granados.
Fotos del Carnaval de Barranquilla de 2024, tomadas por Mery Granados.

Tocar lo imposible

No creo que la monarquía, o lo que queramos decir con ella en el tercer mundo, les interese a los barranquilleros ni a los asistentes del carnaval. Tal vez lo que nos gusta es el bembé: que sea una monarquía de pacotilla o también de mentiritas. De hecho, a veces la maicena nos seduce más que la corona y el ruido más que el folclor. En los bazares y picós carnavaleros se ha vuelto casi imposible escuchar una canción completa sobre nada; casi todo suena a popurrí de gimnasio o de discoteca, como una paloterapia mezclada con tortura sonora. ¿Es la sordera que queremos imponer y legar?

Como celebración del mundo, el carnaval resiste, batalla y no se da nunca por sentado. Si la humanidad lo creó hace milenios como un derivado del fuego de la carne y del fruto de la tierra, no significa que un carnaval legendario no pueda desaparecer como tantos otros del mundo. Hay poderes que tratan de uniformarlo para tomar sus riendas, y estos poderes nunca dicen igualdad o desigualdad, congo o corona en el mismo sentido en que los individuos que han llevado la fiesta año tras año en su piel. No hay que engañarse: el carnaval no solo aglutina y reúne como una fiesta de cumpleaños; su vitalidad está en ser innegociable, universal y público, lo que lo hace exhibir cada año las feroces desigualdades de clase y las grietas que surgen del continuo roce o de la excesiva borrachera (o sobriedad).

En tiempos de carnaval, Barranquilla deja en escena toda su maravillosidad, pero a duras penas consigue ocultar su pintoresco descalabro: el desfile de la basura que arroja el gentío, las peleas sangrientas en multitudes acorraladas, los homicidios que los medios locales no incluyen en balances de propaganda, el pago exiguo y tardío a los trabajadores logísticos… Todo esto nos informa de algo más mareante que una interminable cumbiamba. La corona es una exhibición de luz, una exigencia de reflectores y eso es descarado (y desenmascara). Al disfrazarse, el cuerpo y las cosas se desnudan, como dice otra teoría carnavalera.

La reina del Carnaval se diferencia de otras reinas —las de la realeza real— en que el pueblo mundano y recochero sí la puede tocar y sí la ve llorar. Es el lujo del carnaval: tocar y ver lo imposible. Semejante contacto entre extraños de distintas clases no puede resultar siempre fructífero o feliz, pero no hay manera de explicar, salvo viviendo el carnaval, que es necesario que siga sucediendo, como es necesario que el Garabato siga venciendo a la muerte. Con la próxima reina los organizadores volverán a decirlo: es «la elegida». Importará su sangre, importará su fortuna familiar e importará que, en su existencia corriente, guarde distancia del pueblo pobre. Pues lo que temen las monarquías no es una democracia vigilante, sino una anarquía que las juzgue de carne y hueso y las guillotine. Nadie quiere que eso ocurra con el carnaval, que es lo más grande que ha nacido y sigue naciendo en Barranquilla, aunque a veces sus administradores pierdan, sin disfraz, la cabeza.

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