Este ensayo fue publicado originalmente en la London Review of Books en agosto de 2024. Traducción del inglés de Gaceta.
Así que tu vida está ahí ante ti: acaso un camino, una cinta, una línea de puntos, un mapa. Digamos que tienes veinticinco años, luego tomas algunas decisiones, haces cosas, sufres reveses, tienes triunfos, te conviertes en alguien —un conductor de autobús, un profesor de lingüística indoeuropea, un pirata, un cosmetólogo—, pasan los años, quizá en familia, quizá no, quizá feliz, quizá no, hasta que un día despiertas y tienes setenta. Miras hacia adelante y ves una puerta negra. Empiezas a notar que la puerta negra está siempre ahí, en el borde, mires o no hacia ella. La mayoría de los momentos la contienen, la mayoría de los momentos tienen una especie de sedimento de puerta negra en el fondo del vaso. Te preguntas si otras personas también la ven. Les preguntas. Dicen que no. Preguntas por qué. Nadie puede decírtelo.
Hace un minuto tenías veinticinco años. Luego seguiste adelante, obteniendo la vida que querías. Un día miraste atrás, desde los veinticinco hasta ahora, y ahí está: la puerta, negra, esperando.
Cuando me diagnosticaron Parkinson, un síntoma particularmente mortificante para mí fue que mi caligrafía se desintegró. Antes me daba placer escribir en cuadernos: estantes enteros de ellos, día tras día, año tras año. Ahora los trazos verticales se doblan o se quiebran o van en todas direcciones, las vocales se encogen en manchas, la inclinación pierde su ángulo ágil y elegante, todo se ve embarazoso. Tacho párrafos enteros por vergüenza.
Es difícil describir o explicar la vergüenza de una mala caligrafía.
La mala caligrafía es fea. Y también es inauténtica. En el sentido de que no eres tú.
El Parkinson es una enfermedad que apaga ciertos genes en las células del cerebro; nadie sabe por qué. Muchas acciones físicas, y algunas cognitivas, quedan así inhibidas o malogradas.
En El cerebro que se cambia a sí mismo, Norman Dodge escribe:
Cada célula de nuestro cuerpo contiene todos nuestros genes, pero no todos esos genes están activados o expresados. Cuando un gen se activa, produce una nueva proteína que altera la estructura y la función de la célula. Esto se llama función de transcripción porque, cuando el gen se activa, la información sobre cómo fabricar esas proteínas se «transcribe» o se lee desde el gen individual.
Así que el cerebro tiene su propia caligrafía. Que depende de cierta proteína. Puedo imaginar a mi pobre cerebro alzando las manos, consternado, al descubrir que toda la proteína de la buena caligrafía ha desaparecido o está hecha un desastre.
Entrando en la zona del quiebre. Manos dentro de manos. Vectores metabólicos y metafóricos que se superponen. ¿Es confuso? Sí, es confuso.
Qué diferencia hay entre la caligrafía de Keats en cartas o notas para un poema y sus «copias en limpio» hechas para editores o amigos. Estudio esa diferencia. Me digo: es solo cuestión de atención; pasa la página, concéntrate, inténtalo de nuevo. Lo intento de nuevo; me equivoco. La vida resbala un grado más hacia la barbarie.
¡La vida ya no es justa!
La escritura es una marca que sale de mi interior y pongo afuera, a menudo con la intención de mostrar, decir, comunicar. Porta hacia fuera lo que Gerard Manley Hopkins llama «la inscape». (Nota: Hopkins entendía varias cosas distintas por «inscape», y no conozco lo suficiente su psique o su poética como para explicarlo aquí, pero esos cuadernos de Dublín —¡guau!).
Si tu escritura se inclina hacia la derecha eres una persona fuertemente influida por tu padre; los procrastinadores ponen los puntos de las íes hacia la izquierda, etc. La grafología estudia la caligrafía como indicio para el análisis del carácter. Cuesta creer que no sea un buen indicio.
Desintegración escritural: también aterradora como imagen del colapso cognitivo que es otro efecto gradual de la enfermedad de Parkinson. Vaguedad, olvidos, discontinuidad, huecos y fisuras, ralentizaciones, detenciones. Cuando los críticos hablan del «estilo tardío» de Beethoven o Baudelaire, ¿se refieren a las marcas sobre el papel tanto como —o como indicio de— los fantasmas en el cerebro?
«En la historia del arte, las obras tardías son las catástrofes», escribe Adorno en Ensayos sobre música.
Desde el punto de vista de la grafología, el arte de Cy Twombly plantea una aberración. Sus pinturas presentan palabras manuscritas inscritas de tal modo que evitan ofrecer cualquier indicio sobre él, su carácter o su estado interior. Garabateadas, torpes, descuidadas, desmañadas, impropias: la mano no es de nadie, o de todos, o mítica, o solo una mancha dejada por algo que antes estuvo escrito allí. Una marca sin persona dentro. Sin vergüenza. Hoy los neurólogos parecen creer que el cerebro es plástico y que ciertas actividades pueden reconfigurarlo, generando nuevas neuronas que sustituyen a las perdidas o despertando neuronas que están inactivas o lentas. Se recomienda el boxeo. Voy a una clase de boxeo tres veces por semana. Todos en la clase tienen Parkinson, en distintos grados de daño. En un momento determinado de cada sesión (tras estiramientos, boxeo de sombra, ejercicios entrenamiento de fuerza) el instructor grita: «¡Guantes puestos!». Corremos a los casilleros por los guantes de boxeo. Ponerse el primer guante es fácil. Para ponerse el segundo necesitas ayuda. «¡No uses los dientes!», grita el instructor. Dato interesante: es imposible convocar la puerta negra mientras alguien más te está poniendo un guante de boxeo.
El temblor, ¿qué es? Sacudida incontrolable de un miembro, identificada por el cirujano y boticario inglés James Parkinson en 1817 como uno de los primeros síntomas visibles en quienes padecían lo que él llamó «parálisis agitante».
Cuando intento ejecutar un movimiento complicado, como una combinación uno-dos-cuatro-cinco en boxeo (jab izquierdo, cruzado derecho, gancho derecho, uppercut izquierdo), puedo sentir a las neuronas de mi cerebro esforzándose y afanándose. Sí, puedo sentirlo. Ahora pensarás que estoy loca. Perdón: neurológicamente diversa.
Digamos que un temblor se produce por la electricidad que fluye a lo largo de una vía nerviosa a una velocidad que no me gusta y que no puedo controlar. Por ejemplo, cuando me cepillo los dientes—lo hago con el brazo y la mano derechos, donde tengo el temblor—, el cepillo sube y baja a una velocidad salvaje, chocando contra labios y encías. Pero una vía nerviosa tiene un plano de acción. Si me concentro y cambio el plano —moviendo el brazo hacia arriba o hacia abajo— puedo interrumpir el flujo y aquietar el temblor. La concentración es clave. Tengo que pensar dentro del movimiento.
Un hombre llamado John D. Pepper ha descubierto algo similar para manejar sus problemas al caminar. Ataca sus problemas caminando: quince millas por semana, en tres sesiones de cinco millas cada una, a un ritmo de cuatro millas por hora. Cuatro millas por hora es más rápido de lo que quiero caminar de manera natural. Es una lucha. Tengo que prestar atención al movimiento. Es decir, los movimientos motores que otra persona ejecutaría automáticamente requieren de mi atención consciente. Al comprometerse con esta técnica de movimiento consciente, Pepper consiguió dominar el temblor y otros síntomas motores. Probablemente contrajo Parkinson en sus treinta (aunque no se diagnosticó entonces) y ahora está en sus noventa. Vive con intensidad.
Enderezarse contra una corriente que no cesa de tirar: los libros me dicen que debo prestar atención consciente y continua a acciones como caminar, escribir, cepillarme los dientes si quiero inhibir o retrasar el fallo de las neuronas en el cerebro. Es difícil vivir dentro de un esfuerzo constante. Es difícil vivir dentro de la palabra «degenerativa», que significa que, por más que me esfuerce, no gano.
Por supuesto, todo el mundo se esfuerza toda la vida. Y nadie vence a la mortalidad. Pero hay una diferencia entre esforzarse por (digamos) aprender griego antiguo o pasar la aspiradora y esforzarse por prestar atención microscópica a cada instante de un acto físico. Estudiando su manera de caminar en Reverse Parkinson’s Disease, Pepper la descompone en nueve segmentos de acción y seis focos de atención para cada paso que da. Échale un vistazo. El hombre es intenso.
Escribir este ensayo en un cuaderno con un bolígrafo ha sido un ejercicio aleccionador. La letra es quizá un 60 % legible. No alcanzo ninguna liberación a lo Twombly de la cáscara del cliché o de los grilletes de mi personalidad con este garabato. La mano es demasiado yo. Y, francamente, un poco repugnante.
Pero terminemos con ligereza. Citar a Barthes quizá eleve el tono.
Al describir la torpeza de la mano de Twombly, Barthes comenta su levedad, su inclinación a borrarse poco a poco y desvanecerse en un vapor de inocencia. Admira el impulso «de enlazar en un solo estado lo que aparece y lo que desaparece; [de no] separar la exaltación de la vida del miedo a la muerte, [sino] de producir un solo afecto: ni Eros ni Tánatos, sino Vida-Muerte, en un solo pensamiento, un solo gesto» —¿un solo temblor?