Después de tres días de dormir poco y ver mucho, el cuerpo y la mente empiezan a procesar Estéreo Picnic de otra manera. Se disuelve el impulso de hacer cálculos constantes para llegar a tiempo a las presentaciones más esperadas. También se enfría la tentación de elogiarlo todo, de decir que lo que acaba de pasar fue extraordinario para no desentonar con la emoción de los amigos. Las piernas descansadas y la cabeza en reposo permiten que la memoria deje de obedecer a la seducción inmediata de la música en vivo y se concentre en otras cosas.
Hoy, una semana después de terminado el festival que tuvo lugar en el Parque Simón Bolívar de Bogotá y al que asistieron más de 140.000 personas, mis recuerdos no son los picos de los espectáculos. No hay coros atronadores ni pogos salvajes ni colaboraciones inesperadas de artistas. Hay, más bien, escenas breves, simbólicas, en las que algo se detuvo: leves desajustes en el ritmo general de uno de los eventos musicales más concurridos del país.
En un festival cargado de estímulos —pantallas que capturan gestos eufóricos en tiempo real, spots iluminados con luces de neón para tomarse fotos, ochenta puestos de emprendimientos y decenas de estands de marcas—, la experiencia suele construirse hacia afuera: ver, registrar, compartir. Estéreo Picnic es el reino de lo visual. Por eso, cuando algo no parece encajar del todo y se sale del ritmo maratónico y de la dictadura del ojo, adquiere una presencia inusitada. Ahí aparecen los cortes, las epifanías, el diálogo interno y, con ellos, nuevas formas de recordar.
Nicolás y Los Fumadores: el cuerpo deja de defenderse
En Misterio resuelto, canción del último disco de la banda bogotana Nicolás y Los Fumadores, un detective que investiga un caso se siente perdido. Un día decide quitarse la ropa y lanzarse a un río desde una piedra resbalosa. Al sentir el agua, entra en júbilo y se deja arrastrar por la corriente. No hay resolución del caso: lo abandona.
Esa escena se hizo carne en Estéreo Picnic cuando Juan Carlos Sánchez, el baterista de la banda, se levantó, bajó de la tarima, cruzó hasta la valla y, ya de espaldas al público, dijo: «Esta es la felicidad». Luego cerró los ojos y se dejó caer hacia atrás. El cuerpo, suelto completamente, fue recibido por las manos de los fieles seguidores que durante años han acompañado a la banda en bares, teatros y festivales. Mientras el músico era llevado suavemente por la marea humana, el horizonte mostraba una luz indecisa: brochazos azul y naranja anunciaban el final de la tarde.
La imagen de ese cuerpo desprevenido me llevó a pensar que en una ciudad como Bogotá siempre estamos calculando movimientos: qué acera es más segura, cuándo debo guardar los audífonos, dónde es mejor llevar la billetera. La felicidad, a lo mejor, empieza en el momento en que el cuerpo deja de defenderse y de intentar, aunque sea por un momento, mantener el control.
Viagra Boys: bailar sin furia
Un malviaje con anfetaminas es el tema de la canción Research Chemicals, de Viagra Boys. En ella, el cantante Sebastian Murphy hace una sátira del deseo contemporáneo de consumir sustancias cada vez más extremas a costa de la salud del cuerpo. En Estéreo Picnic, la banda sueca cerró su presentación con una versión extendida —casi 15 minutos— de la canción: largos pasajes instrumentales con saxofón, tambores y guitarras intervenidos por un sintetizador de texturas disonantes.
Murphy improvisaba movimientos como si el cuerpo probara distintas formas de experimentar la música, pero sin decidirse por ninguna. No había simetría ni ritmo continuo ni repetición de pasos: era un baile deliberadamente fallido. Abajo, el público prolongaba esa misma vibra desparpajada.
Durante décadas, una parte del imaginario del punk dictó que la música debía vivirse como un choque: canciones veloces, ritmos desenfrenados, cuerpos que se estrellan. Aquí ocurrió otra cosa. No hizo falta romper nada para que el momento se sintiera verdadero. La multitud bailaba con alegría, sin ansias de abofetear el mundo. Sin perder la insolencia ni el desprecio por la corrección política del punk, Viagra Boys transformó la furia en fiesta. (¿No es este, por cierto, el espíritu de otras bandas del género como IDLES y Turnstile?)
Royel Otis e Interpol: la posibilidad de una escucha atenta
En un festival que a veces parece hecho más para los ojos que para los oídos, el grupo australiano Royel Otis introdujo un corte pequeño, pero necesario. Con su indie pop característico, ideal para acompañar un viaje relajado por carretera, la banda optó por la sencillez. Otis Pavlovic, el cantante, vestía una camiseta estampada cualquiera y un pantalón de sudadera cualquiera. Sus compañeros también llevaban un típico atuendo de domingo. Ropa sin énfasis que no buscaba afirmar una identidad.
Mientras sonaba Say Something y el público dibujaba olas con los brazos, me dije que no había nada que descifrar en esa puesta en escena. La atención volvía a lo esencial: la música y su capacidad de alumbrar rincones a los que nada más llega. La joven banda de Sydney prefirió no intervenir demasiado su imagen, y en esa decisión se vislumbra un gesto implícito de protesta: quizás un buen show necesita menos autoafirmación de lo que creemos.
Interpol hizo algo parecido, aunque con otro estilo: más elegante y sobrio que descomplicado. Ese pequeño milagro que fueron los tres días de sol que acompañaron el festival se rompió justo antes de que la banda neoyorquina saliera a la tarima. Entonces el cielo se oscureció y se descolgó la lluvia. Pero esto, también, pareció como mandado a hacer: el clima sintonizaba perfectamente con el aura introspectiva del grupo. En Not Even Jail, una canción sin clímax, en la que el tiempo no avanza sino que gira en círculos, viví el concierto en mi cabeza, con los ojos cerrados. Luego supe que no había sido el único cuando mi compañera de festival me dijo: «Con pocas bandas me pasa, pero, con ellos, cerré los ojos».
Es cierto que nuestras memorias amorosas han estado marcadas por las canciones de Interpol, pero también lo es que no había mucho que mirar. Y esa fue, precisamente, una de las decisiones más inteligentes del show. Interpol descartó los recursos visuales que otras bandas usaron para amplificar el impacto de sus presentaciones. No hubo escenografía ni cambios de vestuario: solo un escenario bañado por una luz roja y músicos vestidos de negro, concentrados en conseguir una ejecución limpia. Por medio de esa reducción consciente de estímulos, la música dejó de competir con la imagen y recuperó algo poco frecuente en este tipo de eventos: la posibilidad de una escucha atenta. Muchos guardamos el celular y nos dejamos llevar por esa atmósfera romántica y desolada. La austeridad escénica hizo posible que no hicieran falta trucos técnicos inmersivos para que la música ocurriera en donde en verdad debe ocurrir: adentro.