En la Feria Internacional del Libro de Bogotá siempre se compran libros. Eso no sorprende a nadie. La lógica es conocida: uno entra, recorre stands, hojea novedades y sale con una bolsa. Pero el miércoles 29 de abril apareció una escena nueva dentro de la FILBo. Una que la mayoría del público no había visto nunca: una subasta.
La programación la anunciaba de manera bastante sobria: «Por primera vez, la Feria Internacional del Libro de Bogotá, en alianza con La Independencia, Casa de Subastas, organiza una subasta de libros antiguos, joyas bibliográficas, primeras ediciones y otros ejemplares para coleccionistas, bibliófilos y público en general».
Todo se armó muy rápido. Felipe Martínez asumió la coordinación cultural de la Cámara del Libro en diciembre de 2025 y la decisión se tomó en febrero de 2026. Contábamos con apenas dos meses para montar algo que normalmente toma seis meses o más. Ante la ausencia de una convocatoria de consignación que hubiera hecho un llamado a propietarios de los libros, y el margen tan estrecho para su diseño, el catálogo definitivo se publicó el 18 de abril, a escasos días de la subasta.
Nuestra curaduría tenía dos ejes primordiales. El primero: hacer énfasis en literatura latinoamericana, el lenguaje natural de la FILBo. El segundo: encontrar un hilo que dialogara con la identidad de La Independencia. Ese hilo terminó siendo el arte. Así, la selección de libros ilustrados por artistas, primeras ediciones con firmas, y portadas con ilustraciones interiores enriquecieron esta selección.
Sería un piloto, según acordamos con la Cámara del Libro, por lo que la cantidad de piezas y su duración se ajustaron para esta primera edición. Así, solo contamos con una hora y cuarenta lotes; cada lote podría ser un libro o varios.
Había títulos de temática histórica como Travels through the interior provinces of Colombia (1827) de John Potter Hamilton; primeras ediciones latinoamericanas; libros ilustrados por artistas de renombre como Obregón o Grau. Pero también, lo entendemos ahora, hubo títulos demasiado especializados para una sala que todavía estaba entendiendo la dinámica de una subasta de libros.
Xaimaca, de Ricardo Güiraldes, no se vendió. Blanco, de Octavio Paz, tampoco. No porque fueran malos lotes. Más bien porque revelaron algo que el entusiasmo inicial había dejado medio escondido: la colección de primeras ediciones latinoamericanas es un nicho diminuto, incluso dentro de los lectores habituales de la Feria. La literatura ya es un nicho. Esto era el nicho del nicho.
Sobre este tema, Amalia Tapiero escribió un artículo en la revista Cambio donde explicaba que «en un tiempo atravesado por centenarios que nos obligan a releer nuestra tradición, cada lote, más que un objeto, es también conmemoración: una forma de reinscribir en el presente voces que han dado forma a la literatura latinoamericana». Algo de eso había en la selección. Los libros no estaban ahí únicamente para venderse, eran testigos de una época. Paradiso, de Lezama Lima, cumple sesenta años de su publicación; Fárrago quinto mamotreto es una de las obras del poeta León de Greiff, a cincuenta años de su muerte.
La subasta arrancó a las cinco y media de la tarde. Había estudiantes, parejas jóvenes, tres mujeres al fondo que empezaron a pujar por unos lotes de poesía con una mezcla extraña de miedo y emoción. No ganaron nada, pero levantaron la paleta varias veces. Eso ya cambiaba algo. Se notaba que estaban haciendo cuentas mentalmente para no terminar pagando más de lo que podían. Iban descubriendo cómo funcionaba la dinámica. Porque ahí está parte del encanto de las subastas: uno puede ir por un García Márquez y terminar dándose cuenta de que puede llevarse una joya por un muy buen precio que tal vez no había buscado.
Xaimaca, por ejemplo, escondía una historia que pasó desapercibida. La edición estaba firmada por Ricardo Güiraldes y dedicada a José Bergamín, el intelectual español que, como miembro de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, años después terminaría encargado de pedirle oficialmente a Picasso el Guernica.
La paleta ocho —un tipo joven que claramente había estudiado el catálogo antes de entrar— levantaba la mano con seguridad. La paleta once era una pareja: ella pujaba, él asentía al lado, calculando hasta dónde podían seguir. Ninguno había estado nunca en una subasta. Apuntaron a llevarse algo por el precio base, pero no contaban con que los precios iban a subir más de lo esperado. Al final no lograron llevarse nada. La primera edición de Angelitos empantanados, de Andrés Caicedo, se vendió en quinientos mil pesos. 20 caricaturas, un cuaderno argollado con caricaturas tempranas de Omar Rayo lo compraron en un millón cien mil pesos.
Y luego llegó García Márquez.
Las seis primeras ediciones (El amor en los tiempos del cólera, Crónica de una muerte anunciada, El general en su laberinto, El olor de la guayaba, Las aventuras de Miguel Littin clandestino en Chile y La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada) salieron por trescientos mil pesos en total: cada una costaba lo mismo que cualquier novedad en cualquier estand de la feria, una de esas que todavía huele a tinta fresca y que dentro de veinte años quizás nadie recuerde. Ese precio abrió la sala de otra manera. No porque fuera un regalo —aunque era un precio de salida más que justo, incluso por debajo de lo que esos títulos han alcanzado en el mercado en los últimos años—, sino porque puso la subasta en un lenguaje que el visitante de la FILBo podía descifrar. Esto tiene sentido. Yo puedo estar aquí.
Y con García Márquez aparecieron ellos.
Un señor con su hijo. El niño recién llegado del colegio, todavía con uniforme. Entraron juntos y el padre le iba explicando cómo funcionaba todo: que hay lotes, que algunos son un solo libro y otros son varios, que uno levanta la paleta para pujar, que hay que estar atento porque esto va rápido. «Nosotros vamos por el 27 y por el 40», le decía. Los dos lotes de García Márquez. Ya lo habían decidido antes de llegar. Era una misión de familia. La esposa y madre estaba ahí también, un poco extrañada, como quien acompaña algo que no termina de entender del todo, pero tampoco va a frenar.
Cuando empezaron a pujar, lo hicieron en serio. El precio subía de cincuenta mil en cincuenta mil, y cuando llegó al millón lo hizo de a cien mil. El primer lote de las seis primeras ediciones lo perdieron. Quedaba el último: El otoño del patriarca, una edición en tapa dura. La dinámica fue igual, encontraron varios competidores y al final solo quedaron dos. No cedieron. Cuando sonó el martillo, todo el salón los aplaudió. Fue uno de esos momentos que no estaban en ninguna agenda, que no se producen, que simplemente ocurren cuando la gente correcta llega al lugar correcto en el momento correcto. El señor miró hacia donde estaba la esposa y se rió. «Todo esto es por él», dijo señalando al hijo. «Es el que manda. La que no está tan feliz es ella».
Ese cierre fue perfecto. Además de su emotividad, resumía algo difícil de articular: comprarle un libro así a un hijo es confiarle algo valioso. Y aunque algunos podrían encontrar acá evidencia de caprichos, nostalgia o el fetichismo de los coleccionistas, se pareció más a una declaración: esto importa, esto va a durar. Cada vez que ese niño vea ese libro, va a recordar dónde y cuándo lo consiguió.
Acá una confesión. En el listado original del catálogo no había nada de García Márquez, pero la Cámara del Libro nos recomendó incluir un par de títulos suyos. La apuesta por no incluirlo era deliberada. Sin embargo, su éxito confirmó algo que en el fondo ya sabíamos, pero a veces nos cuesta admitir: el canon manda, aunque uno prefiera ignorarlo. La FILBo tiene su propio idioma y ese idioma es literario. Los títulos de historia que entraron al catálogo llegaron a una sala que no los estaba esperando. Ignorar eso en la curaduría tuvo un costo.
También quedó claro que la infraestructura importa. Las pujas en línea (ofertas que se realizan por medio de una plataforma y en tiempo real sobre los lotes) habrían cambiado el alcance de la jornada: compradores desde otras ciudades del país o desde fuera del recinto habrían podido subir los precios de otra manera. La entrada a la Feria funcionó como obstáculo para algunos. No todo el que quería pujar tenía boleta, y no todo el que tenía boleta sabía que había una subasta. Son fricciones que se pueden resolver para la próxima. Este fue un primer escenario, un ensayo con público real, y como tal dejó aprendizajes concretos. Un artículo de Las Dos Orillas habló de «baja asistencia». La percepción tenía sentido: el Gran Salón C es enorme y cualquier grupo pequeño parece dispersarse ahí adentro. Pero los registros marcaron noventa asistentes. Para una subasta de libros en Colombia, eso es muchísimo más de lo habitual.
Más allá de los resultados —40 lotes, 31 vendidos, 77,5% de efectividad—, lo más relevante de esta primera experiencia, tanto para la Cámara del Libro como para el equipo de La Independencia, fue ver a un público nuevo apropiándose de un ritual que le era ajeno. Se desmitificó la idea de que una subasta es un evento reservado para grandes capitales. El formato era el de una sala de remates profesional, pero la esencia fue otra: no había la rigidez de las grandes casas internacionales. En ese salón de Corferias convivieron el coleccionista experto y el padre de familia que llegó con los lotes ya marcados y su hijo de uniforme para dar su primera puja. Eso se vio en el Gran Salón de Corferias, el miércoles 29 de abril.