ETAPA 3 | Televisión

Río de esperas

11 de mayo de 2024 - 7:19 pm
El Atrato es un río de esperas. De esperas cotidianas, determinadas por el pulso de las aguas, como la de las personas que aguardan en los malecones la llegada de las encomiendas que envían desde Turbo o como la de los campesinos que siembran o cosechan dependiendo de las esperadas crecientes y sequías. Pero también es un río de esperas dolorosas, como la de los duelos no resueltos o la de las personas que intentan regresar al pueblo del que fueron desplazadas.

Río de esperas

11 de mayo de 2024
El Atrato es un río de esperas. De esperas cotidianas, determinadas por el pulso de las aguas, como la de las personas que aguardan en los malecones la llegada de las encomiendas que envían desde Turbo o como la de los campesinos que siembran o cosechan dependiendo de las esperadas crecientes y sequías. Pero también es un río de esperas dolorosas, como la de los duelos no resueltos o la de las personas que intentan regresar al pueblo del que fueron desplazadas.

En Bojayá, Polo, que es dueño de una surtida tienda de abarrotes, habla sobre la vida en unidades de tiempo poco comprensibles para personas de otro lado. 

Si le preguntan «¿Cuándo pasó eso, Polo?», él responde: 

«Uf, hace días».

Y por 

           días 

                quiere decir 

                                años

                                     probablemente 

                                                           décadas

Hace días que se marchó del pueblo.

Hace días que vivió mucho tiempo en Urabá.

Hace días que volvió. 

Hace días que montó este negocio. 

Hace días que sucedió la tragedia de la iglesia.

Hace días que esto está mejor. 

Hace días que, en cambio, muchas personas tuvieron que irse de repente y era peligroso incluso señalar a cualquier parte con el dedo porque, desde la distancia, los brazos estirados podían ser fácilmente confundidos con fusiles.

Diomedes es un viejo maderero de Vigía del Fuerte. 

Hace más de treinta años, fue contactado por un grupo de científicos del centro del país. Lo contrataron como guía, porque, por su oficio, Diomedes conocía bien la selva. Los científicos regresaron con frecuencia a Vigía del Fuerte a partir de entonces. De manera que la relación laboral se transformó poco a poco en amistad. Y la amistad en pasiones compartidas. Y las pasiones compartidas en un sueño:

Una expedición hacia el Pacífico. 

Pero sería, dijeron, dice Diomedes, una expedición verdadera, como la Expedición Botánica, con una inmersión profunda y definitiva en la selva y, por lo tanto, largas caminatas y acampadas nocturnas, hasta llegar al otro lado. 

La expedición, sin embargo, se fue aplazando por motivos diferentes. Y los futuros expedicionarios, hombres todos de mediana edad en los noventa, empezaron a morirse. 

Diomedes ahora es el único con vida.

Pero aún no ha renunciado a la posibilidad de la aventura. 

«Algún día», dice. «Sí, señor. Algún día. Yo tengo ese sueño todavía».

¿De qué está hecha la esperanza de Diomedes?

Con algo de suerte, entre Vigía y Puerto Antioquia, es posible ver una panga recién pintada, con su nombre escrito en vistosas letras amarillas:

Tarde pero sí No. 2.

Así se llama. 

 Y como hay número dos, es apenas lógico que exista o haya existido la número uno y, por lo tanto, no es ridícula la idea de que aparezca la número tres. 

Y la cuatro. 

Y la cinco. 

Y la seis… 

Tarde pero sí.

Eso es vivir en el Atrato.

Un desfase permanente hacia el futuro. 

Pero con certeza.

O con fe.

O con algo parecido. 

Y viceversa.

Los acontecimientos

se dilatan 

tanto 

tan 

frecuentemente

aquí,

en el río,

         que, 

         al recordarlos, 

parece 

que todos 

hubieran 

    sido 

  simultáneos.   

   Se             fracturan                   forman                afluentes

de             memoria               y                       una

sola           cosa                      no                    es

         una               sola                      cosa                

           sino           muchas            que      

                  cambian                que 

                   se               dispersan

                    que               se

                        contraen

                        que    se

                         funden         

                               en

                               la 

                            espera

                            en

                                     los

                                     pendientes

                                     de

                                      todos

                                      los

                                      calibres.

Todo aquel que pase por la cuenca del Atrato 

debe aceptar esa lentitud impuesta.

Esa especie de distorsión del tiempo 

perceptible, 

como dijo Eduardo Cote Lamus, 

solo por el viento, 

por la inclemencia de la lluvia, 

por la creciente de los ríos, 

por la lejana pregunta 

de un pájaro salvaje 

y la respuesta tremenda de las fieras.

En Quibdó, una madre espera a orillas del río, con una planta en las manos, el encargo que su hijo le ha enviado desde Turbo. Un largo y grueso tronco se consume lentamente en el fogón de una casa embera en Puerto Antioquia. 

Una vez fue árbol. 

Fue selva. 

Ahora es fuego. 

Y el indicador de la espera 

de las hambres 

no satisfechas todavía. 

Mientras tanto, dos mujeres tejen canastas para que los hombres luego salgan a venderlas. Cada canasta tejida por las manos de las emberas que viven en la cuenca del Atrato es una forma material de la paciencia. En los pueblos más remotos, como Pogue, Domingodó y Tagachí, las que pronto serán madres ―las grandes esperantes― no esperan a las contracciones más intensas para mandar a llamar a la partera. Las parteras saben de las plantas que les calmarán los dolores. Las conocen a ellas, las nuevas madres, desde niñas. Son vecinas. De confianza. Probablemente atendieron su parto cuando les tocó venir al mundo y les cortaron el cordón umbilical. Las parteras viejas del Atrato se hicieron a la idea de que, de tanto recibir líquido amniótico en los ojos, su destino era quedarse ciegas con el tiempo. Un poco de oscuridad las espera después de cada alumbramiento. En Bocas de Amé, las mujeres se reúnen al principio de la tarde, después de preparar el almuerzo, a mitigar la espera de la noche con juegos de mesa. Juegan bingo. Juegan parqués. Juegan cartas. Pero no juegan en las mesas sino en los pisos frescos de cemento. Una niña de Vigía del Fuerte espera, también acostada en el piso, a que su mamá termine de servir el almuerzo en el restaurante donde trabaja. Dice, vencida por el cansancio o por el aburrimiento o por la modorra acalorada que no es infrecuente a esta hora en las selvas del Atrato: 

«Dios, Padre amado, toma la mano de tu hija». 

No tiene ni seis años 

pero su voz, 

su exclamación, 

contiene el agotamiento 

de al menos diez generaciones. 

En Beté, las familias esperan a que enciendan la planta comunitaria de energía para atronar con la música de sus bafles gigantescos cualquier posibilidad de noche silenciosa. 

Es principio de semana. 

Y mañana se madruga a trabajar. 

Pero no importa.

No pasa así en Tanguí. 

Hace meses que no les llega combustible y las canecas plásticas destinadas a contener el ACPM de la bomba permanecen secas, boca abajo, a la espera de que, dicen los vecinos, la gobernadora cumpla su palabra. Pero otros gobernadores han hecho promesas parecidas. Y a ellos también les han creído. Un hombre del pueblo no hace muchos años tuvo el impulso de invertir todos sus ahorros en una fábrica de hielo, pero debió cerrarla en pocos meses porque, incumplidas las promesas de siempre, no había hielo que resistiera los calores abrumadores de la zona. Incluso con una planta privada. Como la de Yuli, que vive de vender cosas frías en su tienda, pero desconecta la planta más de medio día para tasar el combustible y el dinero. No están frías, pues, las cosas siempre, pero están menos calientes que en otros sitios. La prueba son los clientes que se amontonan en su puerta. Los tiene esperando hace media hora. La llaman, con insistencia:  

«Yuli».

«Yuli».

«Yuli». 

La ven pasar.

«Yuli».

«Yuli».

«Yuli». 

Se ríen. 

«El que tenga tienda 

que la atienda, 

Yuli». 

«Oh, Yuli». 

«¿Entonces, Yuli?». 

Pero Yuli no presta atención. 

Ha estado yendo y viniendo por la calle principal desde hace rato. Camina de un extremo al otro del pueblo. Se sube a un andén. Alza el brazo con el celular. Se empina. Se lo lleva a la oreja con la esperanza de haber captado algo. Y vuelve, frustrada, a caminar. En su vaivén, cuando pasa por la tienda, oye que le dicen:

«Yuli, véndeme una cerveza». 

Pero Yuli no se molesta ni siquiera en responder. 

«Yuli, ¿qué haces?», le preguntan finalmente, aunque la pregunta, por supuesto, es innecesaria. 

«Estoy buscando la señal», dice.

«¿Y cuándo atiendes?».

«Cuando la encuentre».

Es una imagen familiar a lo largo y ancho de la cuenca, incluso en Quibdó, la capital de Chocó, y el corazón natural del Atrato, aunque el Atrato pase por dos departamentos. Los hombres y las mujeres van de un lado a otro en busca de señal o se resignan a que la señal, como una criatura viva, es algo que va y vuelve por su cuenta, cuando se le da la gana.

***

Agustín Codazzi recorrió el Atrato 

hace más de dos siglos. 

Entró al Chocó 

por el Golfo de Urabá 

con el propósito de llegar a Santa Fe 

y encontrarse en secreto 

con el general Simón Bolívar.

Así que su canoa,

remada por indígenas locales, 

navegó a contracorriente por semanas.

Y aquel viaje alucinado 

se le hizo tan lento…

Y tan parecidos

 los días unos

 de los otros…

  Y tan difícil…

Se quejó de todo.

De los pantanos

y de la espesura de la selva.

De la variedad inusitada de mosquitos,

abundantes en la mañana,

en la tarde y en la noche.

Del sol,

cuando hacía sol,

y del bochorno,

cuando las nubes lo escondían. 

De los precios de las cosas.

De la comida que se pudre.

De los olores.

De la vista molesta y repetida de los criollos

más enfermos por el oro 

que por las fiebres tropicales.

En algún momento,

en medio de un suspiro,

resignado o abrumado,

Agustín Codazzi debió decir

para sí mismo:

«Con suerte llegaremos».

Es cierto:

Uno puede llegar a convencerse 

de que el carácter del Atrato 

excede la voluntad humana. 

Que es una consecuencia.

De la humedad.

Del aire. 

De la geografía. 

Del río como método 

casi exclusivo  

de transporte y de sustento.

Pero no lo explica todo. 

Javier Auyero, un sociólogo argentino, tiene un ensayo sobre las esperas de los pobres. Y dice en el ensayo que paciencia y paciente son palabras con el mismo origen. La misma etimología. Y que el paciente, como el de los hospitales, es alguien que adolece, que sufre, que necesita tratamiento.

«Los pobres son pacientes del estado», dice.

Sus esperas son distintas a las esperas de los ricos. 

Son postergables. 

Siempre. 

Meros mecanismos de control. 

En el Atrato, hay necesidades básicas que llevan décadas suspendidas en el tiempo, como proyectos permanentes. 

Un puesto de salud. 

Un acueducto. 

Internet. 

Una calle.  

En 2021, por ejemplo, hubo una gran celebración en Vigía del Fuerte, que incluía a músicos en vivo, al gobernador, a medio gabinete departamental, a reporteros de periódicos y noticieros de todo el país, al alcalde y a los concejales del pueblo.

«Todo el mundo estaba ahí», dice Diomedes. «Todo hombre, mujer y niño de Vigía»

No era para menos. 

Ese día, después de décadas de espera, Vigía del Fuerte dejaría de ser el único municipio de Antioquia sin conexión a la red eléctrica nacional y sus habitantes ya no dependerían de las velas ni de las bombas de gasolina para iluminar la mayor parte de sus noches.

Para que nadie nunca lo olvidara, el gobernador, Aníbal Gaviria, encendió la primera bombilla pública, se tomó foto junto a una placa de cemento con la fecha de la obra y con su nombre y sembró, al pie, un árbol conmemorativo destinado a crecer como uno más de los gigantes de la selva y a volverse símbolo de aquel hecho histórico. 

Las obras habían empezado en el gobierno anterior. 

Para lograrlo, fue necesario que varias generaciones de habitantes del municipio murieran de vejez esperando la promesa de la luz y que los sobrevivientes, hartos, enojados, desesperados, bloquearan el comercio del Atrato: 

«Por aquí no pasa nadie hasta que nos pongan la energía», dijeron. 

Y los oyeron, por fin. 

Y les cumplieron, en algún sentido. 

Pero ni los ingenieros ni los técnicos de la gobernación contaron con los aguaceros habituales de la zona. 

Ni con los vientos huracanados. 

Ni con los árboles caídos. 

Y tendieron los cables donde les resultaba más cómodo y, sobre todo, más barato: 

A orillas del río. 

Ahora, a diario, las personas de Vigía del Fuerte no esperan a que los conecten a la red de energía nacional sino a que reparen el último daño, a que vuelva la luz, a que funcione bien de una vez por todas lo que les dicen que ya tienen. 

Diomedes, que ya no es capaz de trabajar como hace años, pasa sus tardes en el fresco frente a su casa. 

Pendiente de los ires y venires.

De los movimientos de sus nietos más pequeños. 

De las novedades del pueblo y la región que le llegan como chismes que alguien grita mientras pasa:

«¿Ya supiste, Diomedes?», le dicen.

Y Diomedes casi siempre sabe mejor que la persona que pasa. 

Y a veces sabe un poco.

Y a veces no sabe nada.

Como ahora.

«Qué», dice Diomedes.

«Que siempre sí viene el gobernador», le responde un hombre. 

Y sigue caminando. 

«Ah, ¿sí? ¿Cuándo?», pregunta Diomedes. 

«Mañana». 

El hombre ya se acerca a la esquina.

«¿Dónde va a estar?».

 «En el Parque Educativo».

«Allá me tendrán entonces», grita Diomedes. «Para decirle su poco».

«Pero que no van a dejar hablar sino al alcalde».

El hombre ya no se ve. 

Se lo ha tragado la calle que corta con la de la casa de Diomedes.

Pero su voz se oye casi intacta.

«Ya veremos», grita más fuerte Diomedes. «Ya veremos cómo es que es». 

Y hasta acá llega una opaca carcajada, que Diomedes devuelve muy de buena gana.

 «Ya veremos cómo es que es», repite. 

Se ríe. 

Y ya verán.

Porque Diomedes tiene cosas por decir.

 «Sí, señor».

Como que llevan dos semanas sin energía desde la última tormenta. Como que les toca comprar la comida de a poquitos, porque, sin nevera y con este clima, la comida se les daña de un día para otro. Como que los electrodomésticos se queman con esa luz tan inestable, tan impredecible, que se va de repente y luego llega también de sopetón, sin aviso, con toda la potencia. 

«¿Y así quién puede tener sus cosas?», dice Diomedes. «¿Ah?».

A nadie le importa.

Ni al alcalde.

Ni al gobernador.

Ni a los concejales. 

Ni a la empresa de energía.

Y están hartos, piensa Diomedes.

Hartos.

Y necesita decirlo.

Porque no es el único enojado.

Así que va a ver cómo es que es. 

Diomedes.

Va a ver si se atreven a frenarlo.

Si se atreven a decirle que no puede hablar.

Que no puede decirle su poco a ese señor. 

Son más de las cinco de la tarde. 

Los motores de las plantas de energía 

empiezan a borrar

el murmullo del río,

el canto de las ranas y de los grillos

escondidos en las aguas estancadas,

en la espesura del rastrojo,

debajo de las casas

que se elevan del piso 

en zancos de madera,

de trúntago, chucho nuevo o choibá,

de níspero, aliso o chanó amarillo,

de algodoncillo, cedro macho o cedro caracol,

y que las protegen,

a las casas,

en las temporadas de invierno,

cuando el río crece

y se derrama

y recupera por un tiempo

el terreno que siempre ha sido suyo. 

Han pasado varios años 

desde que el gobernador 

prendió la primera bombilla 

pública del pueblo.

El árbol que sembró 

se secó en unos pocos días,

aunque no era verano,

aunque no haga falta mucho

para que cualquier árbol,

cualquier maleza,

prospere en las fértiles tierras del Atrato. 

Queda, 

a un lado, 

intacta, 

la placa de cemento.

Casi al frente de Vigía del Fuerte, al otro lado del río, está Bellavista, la cabecera municipal de Bojayá. Vigía es territorio antioqueño y Bellavista, Bojayá, pertenece al Chocó. Pero es un mero límite en el mapa. Los dos pueblos tienen una larga historia compartida, atravesada por esperas similares… Idénticas, mejor. 

Esto le dijo el padre Antún Ramos a la cronista Patricia Nieto hace algunos años:

«Aquí a Dios le toca esperar».

Aquí es el Atrato, desde luego. 

El padre Antún sabe bien que las urgencias de la vida hacen todo lo demás menos importante.

Incluso la misa.  

Es un hombre de río. 

El padre Antún. 

Conoce bien sus ritmos.

Los ha padecido en carne propia. 

Ahora es párroco en Tutunendo, pero, antes, durante los días de la tragedia que aún recuerda Polo, fue párroco en Bellavista. 

Estuvo ahí. 

Aquella mañana del 2 mayo de 2002

Con la gente del pueblo que decidió refugiarse en la iglesia.

Su iglesia.

Porque la iglesia había sido construida con ladrillos. 

Y parecía menos vulnerable a las balas que las casas de madera.

Y porque era un lugar sagrado, dice el padre Antún.

La casa de Dios.

Y qué lugar podía estar más protegido que la casa de Dios. 

Era una fortaleza.

Eso creían todos. 

Llevaban un día ahí.

Atrapados.

Paralizados. 

Esperando a que los enfrentamientos terminaran.

Por un lado, los paramilitares.

Por el otro, la guerrilla de las FARC.

Y en el medio, ellos.

Los del pueblo. 

Y entonces vino la explosión. 

Una sobreviviente cuenta:

«Sentimos un silbido muy fuerte, largo, intenso».

Y otra:

«Yo quedé aplastada por las cosas que me cayeron del techo, y cuando por fin pude salir de ahí estaba ese poco de gente que no podía caminar, porque todo lo que era tendío era muerto ahí en la iglesia».

La pipeta cayó junto al altar, 

donde se protegían las mujeres y los niños. 

Los que pudieron levantarse, 

los que pudieron moverse luego, 

huyeron hacia Vigía del Fuerte 

en medio de las balas, 

guiados por el padre Antún,

remando con las manos y con palos,

protegidos nomás por la certeza

de que eran personas inocentes,

que no tenían nada que ver con esta guerra.

El padre Antún 

ondeaba

una bandera blanca 

que había improvisado

con la cobija de alguna de las casas.

Y gritaba,

con sus feligreses:

«Somos población civil».

«No disparen».

«Somos población civil». 

Cuando iban a mitad del río, 

oyeron 

otra explosión.

Otra pipeta, 

La cuarta. 

Un sobreviviente 

tiene ese sonido grabado en la memoria:

«Y yo dije: 

¡Acabaron con mi pueblo! 

¡Ay, mamá, acabaron con el pueblo!».

En el hospital de Vigía del Fuerte 

intentaron atender a los heridos.

Pero los médicos no eran suficientes.

Las enfermeras no eran suficientes. 

La dotación del hospital no era suficiente. 

Y las balas no paraban.

Y nadie entraba a la zona 

sin permiso de las FARC.

Y todo rostro extraño era,

por lo tanto, 

sospechoso.

Toda acción imprevista

en ese contexto de acciones imprevistas,

de fin del mundo,

podía ser malinterpretada.

El ejército llegó finalmente el 6 de mayo,

cuatro días después de la masacre. 

Pero no solo llegó tarde

sino que probó que tampoco era confiable. 

Porque los habitantes de Vigía y de Bellavista

veían a los paramilitares camuflados, 

con total libertad, 

entre los sobrevivientes de la masacre. 

Los veían llegar en botes 

que antes eran de personas de Bojayá.

Y vestidos con ropa 

que reconocían de los cajones

de las casas

que habían abandonado

al otro lado del río.

Entonces huyeron.

Miles de personas huyeron al mismo tiempo.

Los de otros pueblos a orillas del Atrato 

veían pasar los botes sobrecargados 

con cientos de personas. 

Hacia Quibdó.

Hacia otra forma 

de la incertidumbre.

Y decían,

ante la imagen

de esos botes 

a punto del naufragio,

que era triste

y que dolía.

«Como que 

le estaban 

arrancando 

un pedazo

a uno», 

decían. 

Después de la masacre, los habitantes de Bojayá recibieron una promesa del gobierno, otra: la cabecera municipal, Bellavista, sería reubicada y reconstruida por completo. Aún era presidente Andrés Pastrana. Pero en agosto del mismo año sería problema de alguien más. El nuevo presidente, Álvaro Uribe Vélez, prometió en septiembre que el pueblo estaría listo en junio de 2003. Y luego en febrero de 2005. Y así, la fecha fue movida tantas veces, que en Bojayá, en toda la región, empezaron a llamar al proyecto de pueblo prometido no el nuevo Bellavista sino el Severá.

Que estará listo en un año. 

«Se verá».

Que esta vez sí, pero en seis meses.

«Se verá».

Que tendrá colegio y hospital. 

«Se verá». 

El nuevo Bellavista fue entregado en octubre de 2007.

Y como en Vigía del Fuerte, el día de la llegada de la luz, hubo una gran puesta en escena.

Y cámaras.

Y discursos optimistas en tarimas gigantescas traídas de otro lado. 

«Hemos cumplido», dijeron. 

Pero los habitantes de Bojayá empezaron a quejarse de inmediato. 

Y con razón. 

Buena parte de las casas construidas, decían, no tenían puertas ni ventanas, el centro de salud había sido levantado en un morro inaccesible y la escuela estuvo pronto llena de goteras y humedades.

En el fondo, sin embargo, latía una espera más dolorosa.

La espera de la mala muerte.

La espera del duelo no resuelto. 

Antes de huir, antes de desplazarse hacia Quibdó, los sobrevivientes tuvieron que enterrar de afán a sus seres queridos en una fosa común.

Sin velorio.

Sin novenario. 

Sin alabaos.

Sin gualíes para los niños muertos.

Sin una tumba digna. 

Los muertos flotaban en el aire.

Eran almas en pena para sus dolientes. 

Cuando pudieron regresar, 

reubicaron los restos en el viejo

y el nuevo cementerio de Bellavista. 

Pero nadie tenía certeza de a quién lloraba. 

«Tanta gente que quedó en la iglesia desbaratada…», 

dice Domingo Chalá, 

el sepulturero del pueblo. 

«Se les fueron los brazos, la cabeza… 

y apenas quedó fue el tronco 

para saber si era mujer o era hombre».

Como buena parte de los muertos

no pudieron ser identificados, 

las tumbas fueron marcadas

con números en lugar de nombres. 

Y así se quedaron durante años. 

Y las familias, 

que aquella duda

les parecía casi tan terrible 

como la masacre misma, 

no tuvieron algo de paz hasta 2019, 

hasta que el nuevo Bellavista 

llevaba doce años de fundado,

e hicieron el entierro colectivo, 

con los nombres completos 

de cada una de las víctimas

y alabaos 

y gualíes 

y una tumba digna para todos.

En un verso, 

Domingo, 

     que también es compositor, 

 dice:

«Verdad que cuando uno muere 

no tiene ningún valor».

***

Esperar es sobrevivir. 

El que aprende a esperar 

se adapta a la más implacable

 de las fuerzas naturales. 

Al tiempo. 

Se adapta al tiempo como al calor. 

Como a la corriente del río. 

Como a la lluvia. 

Cuando en el Atrato va a llover, 

es normal que alguien mire al cielo y diga:

«Se quiere venir el aguacero».

En pocos lugares del planeta 

llueve tanto como en las selvas del Atrato. 

Nadie 

en consecuencia 

espera a que la lluvia acabe 

para que la vida continúe. 

Porque la lluvia es parte de la vida. 

O acaso la lluvia es la vida misma 

y cubre totalmente las rutinas, 

las tareas 

no aplazables 

por meras tempestades.

En Beté, 

dos mujeres que han perdido su paraguas 

se cubren la cabeza 

con bolsas de plástico 

para que la lluvia no arruine su peinado. 

Un grupo de niños 

va a la escuela, 

sin afanes, 

sin paraguas 

y sin bolsa en la cabeza, 

con la certeza de que el uniforme mojado 

en algún momento del día 

tiene que secarse.

La vida sigue.  

En los arracachales cercanos al Golfo de Urabá 

incuban los bocachicos 

que esperan los pescadores cada año. 

Al dientón lo esperan 

cuando el río está más seco. 

Y a la boquiancha ya casi nadie la espera

porque hace rato que desapareció de todas partes.

Saben en la cuenca del Atrato 

que a la subienda del pescado 

la acompaña la subienda del dengue y la malaria. 

Así que han aprendido a prepararse, 

a esperarlos. 

Algo similar pasa con los animales migratorios.

A las mariposas amarillas las esperan en julio. 

Y entre septiembre y octubre, 

a los gavilanes y los halcones peregrinos. 

Más allá del río, 

en el Golfo de Urabá, 

incluso en pueblos a mar abierto, 

recogen los restos de madera 

que viajan cientos de kilómetros, 

desde las selvas, 

por el Atrato. 

Los esperan. 

Algunas personas los transforman. 

En muebles.

En joyas.

En utensilios para la cocina. 

Porque es madera buena.

Saben su origen:

Esto viene del Atrato. 

Es madera buena.

La mejor. 

 


La mayoría de la información sobre la tragedia de Bojayá fue tomada de los informes del Centro Nacional de Memoria Histórica, especialmente de Bojayá, la guerra sin límites, publicado el 24 de septiembre de 2010. También fueron importantes las publicaciones de Hacemos memoria, como la crónica “Donde Dios espera”, escrita por Patricia Nieto, y notas de prensa, como “Dos almas que sobrevivieron al horror de Bojayá”, escrita por Rocío Hurtado para El Tiempo.

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5 de mayo de 2026
La FILBo es una maratón de catorce días. En ese trajín ocurrieron escenas insólitas, hondas e involuntariamente reveladoras. Quisimos hacer algo en medio del apuro: detenernos, observar y contarlo. Una entrada por día: así fue nuestro diario de la FILBo 2026.

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3 de mayo de 2026
Alejandra Kamiya es escritora. Nació en Buenos Aires en 1966. Es hija de un padre japonés y de una madre argentina. Ha publicado tres libros de cuentos que pueden leerse como una obra: Los árboles caídos también son el bosque (2015), El sol mueve la sombra de las cosas quietas (2019) y La paciencia del agua sobre cada piedra (2023). Sobre esta obra, que dialoga con la lengua, la migración, la naturaleza, la muerte, los vínculos y el paso del tiempo, es esta conversación.