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La ilusión de ser héroes

17 de junio de 2026 - 1:36 pm
Fervor religioso, patriotismo militante y una promesa de renovación nacional: así se articula la campaña de Abelardo de la Espriella. Bajo la apariencia de reconciliación colectiva, emerge una visión del país marcada por la guerra cultural, la construcción de enemigos y la movilización emocional de una nueva derecha. 
Fotograma del video «NUEVO HIMNO DE LOS TIGRES 🇨🇴 🇨🇴 DE COLOMBIA TE ERIZA LA PIEL 🇨🇴 🇨🇴», de la campaña presidencial de Abelardo de la Espriella.
Fotograma del video «NUEVO HIMNO DE LOS TIGRES 🇨🇴 🇨🇴 DE COLOMBIA TE ERIZA LA PIEL 🇨🇴 🇨🇴», de la campaña presidencial de Abelardo de la Espriella.

La ilusión de ser héroes

17 de junio de 2026
Fervor religioso, patriotismo militante y una promesa de renovación nacional: así se articula la campaña de Abelardo de la Espriella. Bajo la apariencia de reconciliación colectiva, emerge una visión del país marcada por la guerra cultural, la construcción de enemigos y la movilización emocional de una nueva derecha. 

Una guerra religiosa

«Se siente, se siente, la fuerza de la gente. Con Dios al frente, vamos a vencer». Es el coro de un himno alterno de la campaña presidencial de Abelardo de la Espriella, más largo que el que inicialmente se presentó como su himno oficial. Mientras el canto épico creado por el músico Nicolás Tovar, un barranquillero radicado en Miami, dura menos de dos minutos, el nuevo himno, que incluye imágenes del primero y se encuentra en distintas páginas al servicio de la campaña, supera los cinco. El primero —toda una pieza publicitaria de culto a la personalidad— es una presentación del candidato, sus «virtudes» y su conversión en tigre, con todo lo que simboliza ese devenir therian. El segundo funge como himno colectivo y utopía social. Hay, en este último, un agregado esencial: Dios y la religión.

Entre los varios videos que se han hecho para  «ilustrar» la letra del himno alterno, vehemente en su despliegue de religiosidad y nacionalismo, hay uno que empieza con la escena de un combate en alguna selva difícil de identificar. La descarga de fusil de un soldado es acompañada por su rostro desencajado y los gritos de exaltación y rabia que salen de su boca mientras dispara. Después entra al flujo de imágenes una flota de aviones que ataca por el aire y completa la escena del campo de batalla. En otra edición del video, esta primera escena es modificada y el inicio es con un avión que planea sobre la selva y del que se descuelga un soldado de la patria. La combinación de épica y pathos es, según cómo se mire, aterradora o llena de coraje.

Luego vienen imágenes más amables de personas que trabajan, hacen deporte, juegan o bailan. El despertar espiritual del candidato de la Espriella, a quien vemos recibiendo el mensaje divino, ocurre en paralelo al despertar de Colombia. «Fueron años de batalla, de no rendirse jamás», dice la canción, sin que se sepa exactamente de qué batalla se trata. El video y la letra dejan en evidencia la existencia de un trauma o de un denso pasado histórico. Y, sin embargo, se evitan imágenes de referencia que anclen ese relato a algún hecho particular de la historia de Colombia. La guerra es genérica, cinematográfica, hollywoodense. Se trata de una batalla épica que se produce en un tiempo ahistórico. Tal vez los milagros y la patria milagro— solo pueden ocurrir fuera de las leyes de la historia.

En el video, los momentos de convivencia y alegría están saturados de símbolos patrios como la bandera de Colombia o la camiseta de la Selección. Hay personas afro e indígenas, muchos niños felices y una cuidada escogencia de oficios para dar la idea de un pueblo en pie y trabajador, pero a la vez festivo. El video y la canción —es la propia campaña la que usa la palabra himno, quizá para enfatizar su tono patriotero y militarista— están cargados de fuerza viril y energía masculina, pero no hay solo eso. También hay mensajes tranquilizadores de unión y de esperanza. «Porque unidos como hermanos, hoy se escucha una sola voz» o «que suenen tambores, que viva el color, que baile mi gente, con fe y amor. Porque unidos somos más y Dios nos hizo triunfar».

Los comentarios en las redes sociales donde vi la canción estaban llenos de entusiasmo y admiración, incluso de estremecimiento. «Nuevo himno de los tigres te eriza la piel», es el título del video en un canal de YouTube donde ya tiene más de 400 mil visitas. «Todo lo del tigre me conmueve el corazón y me hace llorar, guardo esperanza de que Colombia resurja con Dios y con él», dice uno de los comentarios. Dios, familia y patria son las palabras recurrentes en ellos. 

Si hay algo cierto en la campaña de la ultraderecha es su capacidad de adaptación y camuflaje. Contrario a otras comunicaciones y publicidad, incluidas las poliédricas entrevistas de su líder, en el nuevo himno no hay un enemigo concreto. Ni narcoguerrilleros, ni comunistas, ni corruptos, ni la efigie de aquellos que la campaña ha llamado «los de siempre». La patria ya despertó y, libre de sus lacras gracias a la batalla librada y ganada, celebra con alborozo un nuevo tiempo por venir. «Ganó Colombia, ganó la libertad. Con la ayuda de Dios, llegó la victoria ya. (…) La manada está presente con fuerza y unión, porque todos somos una sola nación». 

A pesar de su esfuerzo por ser incluyentes y «amables» —con el ruido de fondo de una guerra siempre latente, que exige heroísmo y martirio—, estas imágenes y palabras que vi y escuché una y otra vez me despertaron una ansiedad indefinida. ¿Fue por esa mezcla —y dependencia mutua— de campo de batalla y orden cotidiano? ¿O por la repetida arenga «firme por la patria» en el tono ensayado y teatral del candidato? ¿O por las permanentes alusiones al tigre y la manada, con su fondo oscuro de espíritu miliciano y de voluntad de dominio?

Quizá me inquietó la habilidad de esta propaganda para desplazar las pulsiones de agresión y de violencia, que son notorias en otras apariciones del candidato y en lo que ha generado (vallas amenazantes, crispación, burla y odio a los «zurdos», entre otras), y entremezclarlas con una promesa de felicidad futura, presentada como un corte en el tiempo. Esas pulsiones, con su consecuente construcción del contradictor como enemigo, están por doquier, prestas a atacar como los tigres. También están en este himno, aunque se disuelvan en un sentimiento de comunidad. Una comunidad que, como vemos en el montaje de imágenes del video, nace de la violencia, y se respalda en ella.

Las campañas —lo hemos visto— no son unívocas, y un mismo candidato puede tener distintos discursos para distintos públicos. Dice el escritor Juan Sebastián Rojas: «Las pulsiones no desaparecen porque las neguemos. Regresan disfrazadas. Regresan como resentimiento. Regresan como crueldad. Regresan como voluntad de dominación. Regresan como fascinación por figuras que prometen restaurar una autoridad imaginaria mediante la degradación de los demás. Quizás por eso la candidatura de Abelardo de la Espriella me inquieta tanto. No porque anuncie una futura llegada del fascismo, sino porque expresa con extraordinaria claridad algo que ya existe. Una disposición pulsional que atraviesa amplios sectores de la sociedad colombiana y que encuentra en él una representación particularmente descarnada».

Rojas ve con claridad —es un texto publicado en Facebook y arrastra esa urgencia—que De la Espriella no promete una derecha republicana, ni tampoco la restauración de un orden conservador guiado por una élite letrada que nos devuelva a lo que el profesor Raymond Williams llamó la «Arcadia Heleno-Católica». Esta comunidad imaginaria tuvo su máxima condensación en la Constitución de 1886 y la subsiguiente hegemonía conservadora. Como lo ha mostrado el reciente libro El sueño europeo en América Latina, del historiador Alfonso Múnera, esta Constitución, ideada por Rafael Núñez, creyó que la Iglesia y el catolicismo podían ser elementos unificadores para un país que en el XIX se había desangrado en múltiples guerras civiles. Pero el siglo terminó con la Guerra de los Mil Días, pocos años después de promulgada la carta política que nos iba a unir.

La campaña de la ultraderecha no invoca ese pasado confesional, construye una versión adaptada a los tiempos actuales en los que la Iglesia católica, aunque es una institución respetada y con muchos fieles, ha perdido terreno ante la irrupción de iglesias evangélicas y de otras expresiones de la fe. Por otra parte, la alusión a partidos políticos históricos, como el Conservador, podría ser un lastre para una campaña que sostiene la ficción del outsider. Aunque cualquier persona informada sabe que, por poner un caso, Enrique Gómez, descendiente de Laureano Gómez, es un álfil de las filas abelardistas. Nada menos que quien, a través de Salvación Nacional, coavaló al candidato.

Las letras y el video encarnan una recuperación y un orden nuevo basado en una cohesión social en la que el pasado traumático resulta tan indefinido como el futuro prometido. En ese porvenir, la conflictividad y polarización se han superado. ¿Cómo? Por la acción militar y por arte de magia.

 

Polarización y rompimiento del centro

El pasado 10 de junio, la periodista María Jimena Duzán entrevistó en su podcast A Fondo a dos jóvenes cercanos a las campañas políticas que se disputan la presidencia de Colombia este 21 de junio. Lucas Durán, estudiante de derecho y miembro de la campaña de Abelardo de la Espriella, afirmó que, con su llegada al poder en 2022, Gustavo Petro rompió el centro político en Colombia. Explicó que después de Petro, y de su triunfo en las elecciones de hace cuatro años, se había fracturado una tradición según la cual los partidos políticos del país tendían a identificarse con el centro. Un ejemplo sería el nombre de Centro Democrático, escogido por Álvaro Uribe, el principal líder de la derecha colombiana de las últimas décadas, por lo menos hasta la aparición de De la Espriella.

En el pódcast se habló, por supuesto, de polarización, una palabra que en los últimos años obsesiona a un aparte de la intelligentsia colombiana. Se trata de un diagnóstico demasiado consabido como para no ser sospechoso. Por supuesto, hay polarización, hasta el punto de que la imagen de un país partido en dos puede no resultar exagerada. Pero la polarización es el síntoma, no el problema. Andrea Camila Vargas de la Hoz, representante a la Cámara por el Atlántico e integrante del Pacto Histórico, desestimó en A Fondo la arraigada y quizá muy centralista —y centrista— idea de que la polarización es algo negativo. 

Según la representante, lo que hizo el gobierno de Gustavo Petro  —a quien se acusa de ser causante en gran medida de la crispación anímica en la que vivimos—fue poner en la discusión pública, y en un tono evidentemente confrontacional, asuntos complejos y que el país daba por sentados, o de los cuales prefería no discutir por nuestra tendencia a ese decoro en las formas tan propio de la ciudad letrada de nuestra «Arcadia Heleno-Católica».

Vargas de la Hoz invitó pues a desplazar la discusión, de las formas al fondo de la cuestión. La adhesión ideológica no es suficiente explicación de las profundas divergencias que los colombianos podemos tener en temas como la seguridad, los subsidios, la educación pública, las negociaciones de paz, la política criminal, el aborto, los derechos de las minorías, la percepción de los pueblos indígenas, entre otros. 

Estas profundas contradicciones y desacuerdos quizá se intensificaron durante los cuatro años del gobierno Petro, no porque no existieran antes, sino porque en este periodo se hicieron visibles. Al volver vigentes y, en algunos aspectos, gobernar con las reivindicaciones históricas de la izquierda, Petro demostró que no eran cosa del pasado. Petro no rompió al centro, redefinió el espacio de posibilidad de la derecha o, más bien, la obligó a reinventarse. Muchos analistas han coincidido —y el microanálisis de la estadística electoral parece confirmarlo— en que la nueva derecha abelardista le habla más a las clases medias urbanas y menos a los viejos terratenientes y clanes regionales que rodearon el proyecto del uribato. No es que los intereses del uribismo más rancio no estén representados en la campaña, pero no se los pone en escena. 

La campaña de De la Espriella, aunque con Dios en el centro, proyecta un ambiente y una sensación menos conventuales y mojigatos. De la Espriella está a años luz de Uribe, el otro embrujador de la derecha colombiana. El candidato, pese a su conversión express, no parece haber perdido, gracias a la ayuda de Dios, ninguno de sus antiguos «modales». No luce educado, ni de lejos, por la urbanidad de Carreño. Es una especie rara de dandy, seductor, petimetre, filipichín y santurrón, que no se deja encasillar en ninguna definición. Más que un tigre es un camaleón. El problema es que encanta al punto de hacer erizar la piel.

 

Las bases ideológicas de la No Ideología

La campaña de De la Espriella tiene claras coincidencias con las promesas y los discursos con los que Iván Duque ganó la presidencia en 2018. También el candidato del Centro Democrático prometía, ex nihilo, la reconciliación y la armonía. Declarar obsoleta a la derecha y la izquierda como lo hacía Duque, no era solamente una forma de autoengaño o de vergüenza de reconocer sus filiaciones ideológicas; era una estrategia para desactivar las reivindicaciones sociales y toda la historia de movilizaciones y luchas que las respaldan. Duque y De la Espriella coinciden en que estas son lastre y cosa del pasado, auténtico estorbo para el destino manifiesto de la patria milagro del porvenir.

De la Espriella ha perdido la vergüenza de ser de derecha; es parte de su performance de incorrección política. La fantasía de una fraternidad posideológica, tal como la que se manifiesta en el himno, esconde en realidad una auténtica batalla cultural alineada con poderosos intereses extranjeros o transnacionales. Se da a nombre de la libertad, pero se parece demasiado al fascismo en su intención de purificar a un cuerpo nacional y arrancar de raíz el mal que lo amenaza: solo que esta vez el mal es medio país. En sus principios y sus métodos, es la guerra declarada por las nuevas derechas del mundo: señalar a un grupo específico —los «zurdos» o los woke, por ejemplo— de socavar los valores tradicionales y amenazar al conjunto de la sociedad.  Con esa estrategia se neutraliza además cualquier reclamo de justicia y equidad. De la Espriella es el insider de esta ideología no por absurda menos efectiva.

Un proyecto político necesita ser encarnado en un líder, pero no sería viable sin el abrazo libidinal de sus militantes. Unas semanas atrás, el abogado y político Rodrigo Lara Restrepo empezó a respaldar la tesis de que detrás de De la Espriella había un movimiento popular, y fue de los que con más vehemencia vieron que era la única forma de derrotar al «campo popular» que rodea al petrismo. Mientras que los movimientos sociales que acompañan al candidato del progresismo Iván Cepeda son más o menos fáciles de identificar, las filas abelardistas son difusas. Su caracterización sociológica es mucho más incierta. 

Claro, el «sancocho nacional» que se alinea en defensa de la patria puede admitir terratenientes de vieja data, exmilitares iracundos, empresarios indolentes, políticos regionales «cuestionados» o miembros de clanes vampíricos, y fanáticos religiosos de ultraderecha. Pero también la clase media temerosa, personas mayores frustradas, o una juventud —especialmente los hombres— que empieza a sentir que una ultraderecha políticamente incorrecta y que exhibe con desfachatez su política de la crueldad, la representa mejor o que puede identificarse más fácilmente con ella. 

La ultraderecha recoge los frutos de su batalla cultural y del éxito que ha tenido en posicionar nuevos relatos y sentidos comunes. Todo consiste en que el ciudadano se concentre en crear enemigos cercanos y en creer en ellos contra toda evidencia; con esa obnubilación deja de ver los intereses y poderes lejanos pero reales que gobiernan su vida. Ni siquiera tiene que crear los enemigos. La IA, las falsas noticias y las estrategias de comunicación digital lo hacen por él. Ese ciudadano embrujado solo tiene que aportar su fe. Una fe que nace, tal vez, de experiencias de vida, pero que asciende desde un pozo de miedo, rabia y esperanza.

Se consolida así no un movimiento popular social y deliberante, por ahora, sino una masa compacta y entusiasta de votantes. Una manada que, ante llamados excepcionales, quizá pueda manifestarse también en la escena pública y asaltar la calle, como ya se ha visto o como lo sueña un enajenado columnista de cuyo nombre no me quiero acordar. En una reseña de 2018 sobre el libro La semilla del triunfo, de Everth Bustamante acerca de Iván Duque, reparé en las consecuencias de que el uribismo se apropiara en esos años de una idea: la de la resistencia civil. La nueva derecha continúa y renueva esa apropiación.

Hemos visto a De la Espriella prometiendo defender las instituciones y las libertades por la razón o por la fuerza. Las decisiones judiciales en su contra lo han convertido en víctima y perseguido, y él ha recogido el golpe con regocijo. Ha convertido algo tan concreto como no poder usar la camiseta de la selección Colombia en la prueba de un Estado que estorba y oprime, una creencia que es parte de la nuez ideológica de su proyecto. El último tramo de la campaña abelardista ha agregado a esa resistencia civil la cruzada religiosa. Dios y patria es una mezcla que, al parecer, nunca falla.

La clave del éxito de la ultraderecha, independientemente de que llegue o no a conquistar la presidencia, es que les dio a los votantes una causa, les ofreció la ilusión de ser héroes y parte de algo más grande que ellos mismos. Ese movimiento social subterráneo ocurría sin que apenas lo notáramos. ¡Fue un descuido fatal!

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