ETAPA 3 | Televisión

«Hasta mañana», el primer cuento de Piedad Bonnet

17 de enero de 2025 - 7:20 am
Antes de libros como Lo que no tiene nombre o La mujer incierta, de llevarse el XXXIII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana: la primera vez que Piedad Bonnet publicó un cuento fue en 1979, cuando tenía 28 años. Se llamó «Hasta mañana», e hizo parte del número 27 de GACETA.
Piedad Bonnet
Piedad Bonnet

«Hasta mañana», el primer cuento de Piedad Bonnet

17 de enero de 2025
Antes de libros como Lo que no tiene nombre o La mujer incierta, de llevarse el XXXIII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana: la primera vez que Piedad Bonnet publicó un cuento fue en 1979, cuando tenía 28 años. Se llamó «Hasta mañana», e hizo parte del número 27 de GACETA.

Se pararon en la esquina, como todas las noches, y ella se dejó besar sintiendo que la mareaba el olor a pielroja, adivinando en su cuerpo las manos amarillas, cortas, de uñas duras y astilladas, estremeciéndose como tantas otras veces, hasta que se zafó de pronto, con cierta violencia, respirando hondo, susurrando un hasta mañana, apretando con fuerza las manos del hombre, y se alejó presurosa, cabizbaja, haciendo sonar sus tacones en la calle solitaria.

Abrió la puerta lentamente, tratando de hacer el menor ruido posible, y se deslizó por el estrecho corredor, tanteando para no tropezar. En la completa oscuridad de la casa escuchó la pesada respiración de la madre, y justamente en el momento en que la presintió, oyó su voz:

—¡Amanda!
—Soy yo, mamá.
—Son las diez y media. ¿Qué pasó hoy?— La voz temblaba.
—Fue el bus, mamá. Tuve que quedarme en el archivo, y luego no pasaba ninguno.

Asomó la cabeza a la alcoba y vio a la anciana en la cama, recostada en varias almohadas, azulosa la cara alumbrada por la luz que se colaba por entre las persianas. Por la posición supo que la había estado esperando.

—Podías haber llamado. Me pegas unos sustos terribles.

Hubo un silencio como una cuchilla mientras Amanda se quitaba el abrigo.

—Estuve muy mal hoy, Amanda. Estoy acostada desde las cuatro. Creo que tengo la tensión alta.
—¿Tómo el remedio, mamá?
—No. Es amargo y me da náuseas.
—Por eso se siente mal. El médico dijo que había que tomarlo todos los días.

Amanda se acercó a la mesa de noche y encendió la lámpara. La luz se reflejó en sus ojos saltones, rodeados de ojeras, y dio cierto brillo al vello que cubría sus mejillas. Abrió un frasco, limpió la cuchara con un algodón, se sentó al borde de la cama y sostuvo con una mano la cabeza de la anciana y con la otra la cuchara rebosante.

—No, no —dijo la madre en un quejido, moviendo la cabeza.
—No sea terca, mamá, es por su bien —La voz trató de ser amable, pero encerraba una dureza inocultable.
—Dios mío —dijo la madre en un susurro, abriendo y cerrando sus hinchados ojitos de tortuga, y tratando de recostar su cabeza sobre la almohada.

Los dedos huesudos hicieron presión en el cuello de la madre, levantándolo, y la cuchara se abrió paso entre los labios pequeños, apretados, surcados de innumerables arrugas que desaparecieron de pronto, pero sólo por un instante, para reaparecer en un gesto desesperado, de náusea incontenible. La anciana alcanzó a incorporarse y un agua clara, transparente, se volcó de la boca pastosa, de la boca que ahora lanzaba un quejido leve, constante.

Amanda fue por un trapo y limpió el tapete con diligencia, sin alardes, con la misma vanidosa pulcritud con que atendía a su madre desde que podía acordarse. Impregnó un pañuelo de alcohol y lo pasó por la frente de la anciana que, con la cabeza ladeada, jadeaba ruidosamente. Apretó luego entre la suya una mano gemela, huesuda y pálida, y así permaneció un rato en silencio, esperando que la madre se recuperara.

En la oscuridad un perfil repetía exactamente al otro, como dos sombras de una misma imagen, y sólo en la vacilación del mentón, en cierto inevitable temblor de la papada, se distinguía a la madre. En diez años de rutinaria soledad se habían asimilado con la misma fuerza con que se repudiaban. Habían aprendido a soportar los duros silencios, a recibir las duras palabras, a representar cada una un papel aprendido desde siempre. La hija creó el propio ritual de sus cuidados: aprendió a madrugar y a desayunar con té, a tomar el sol de las diez, a comer sin grasa, a tejer carpetas de crochet, a ir a misa de nueve los domingos, a poner inyecciones, a consultar cualquier cambio, a aceptar que era culpable, a cerrar las ventanas a las cinco de la tarde y a llamar dos veces diarias desde su trabajo de medio tiempo en la biblioteca.

Amanda fue hasta la cocina y sacó su comida del horno. Mientras la servía pensó que hoy sería el momento de hablarle. Le pediría que lo recibiera, que le hablara; experimentó un sacudimiento involuntario: su madre nunca habría aceptado su pelo peinado con grasa, sus uñas encorvadas y sucias, la torpe aspereza de sus maneras. Pero, además, habría podido ser cualquiera: bien sabía ella que la madre se negaba a pasarla al teléfono, que ocultaba cuidadosamente las llamadas.

Con el plato en la mano se sentó al borde de la cama. El rostro de la anciana se perdía entre el blanco de la almohada. La hija sintió lástima.

—Amanda, está haciendo un calor insoportable…
—El agua está sobre la mesa. Además el postigo está abierto.
—Creo que hoy estoy muy mal, Amanda. ¿Tú qué crees?
—Puede ser la tensión, mamá, nada más. El médico volvió ayer y dijo que estaba bien.

Amanda comía despacio, en la penumbra, bajo el rayito pálido de la lámpara.

—Podríamos rezar el rosario.
—Ayer lo rezamos.
—Hace falta rezar. Siempre tenemos algo que pedir a Dios.
—Ajá.
—Anoche no podía dormir. Te llamé y no me oíste.
—Llego muy cansada, usted sabe.
—Tengo miedo a morirme estando sola. Con mi salud…
—No va a morirse, mamá… Además Blanca está siempre viniendo a verla.
—¿Es tan necesario que estés trabajando? Con lo que nos dejó Víctor podemos…
—Mamá, no empiece.
—O a lo mejor me demoro en morirme. Sé que podría llevar otra vida.
—No quiero hablar de eso.
—Sé que soy un estorbo para ti. Me cuidas por lástima. Pero en Navidad Héctor mandará por mí; me iré a los Estados Unidos y tú tendrás tu vida.
—Está mandando por usted todos los años. Van cinco navidades que promete lo mismo.
—Este año será distinto y tú podrás descansar.
—Recemos el rosario.
—Te mudarás a un apartamento más pequeño y…
—No empiece, mamá, no empiece…

Amanda se incorporó con el plato en la mano. Mientras iba a la cocina le temblaban los labios y sentía los ojos llenos de lágrimas. Mañana seria igual, todos los días serían iguales.

—Hasta mañana —asomó la cabeza al cuarto y vio que la anciana seguía en la misma posición.
—Recuerda que a las dos toca la inyección. Blanca me puso la otra a las ocho.

Mientras se desnudaba trató de recordar las caricias de esa noche, pero sólo pudo evocar el olor que impregnaba su vestido. Ya en la cama oyó a su madre que respiraba sordamente. De cuando en cuando se oía un quejido. De nuevo le venía a Amanda aquella idea. Apretó los ojos con fuerza para ahuyentarla, pero estaba allí, palpitante, dolorosa, aterradora, y sabía de antemano que era imposible acallarla. Encogió las piernas y se tapó la cabeza. Quiso recordar los besos, las caricias, pero le fue imposible ante la fuerza de aquella idea que, como todas aquellas noches, le taladraba en la cabeza.

¿Y, si por fin, aquella noche no se levantaba a la hora indicada, sí oprimía de nuevo el despertador y se daba vuelta? Entraría en coma, había dicho el médico. ¿Y si hoy no le pusiera la inyección? ¿Y si no se levantaba, y si no quería ponérsela, y si fuera libre de una vez por todas, y si no tuviera que aguantar más llantos, ni poner más emplastos, ni dar más cucharadas, ni rendir más razones? Empezó a llorar quedamente, mordiéndose los labios. ¿Y si mañana se le entregara a él, ya, definitivamente, como él le insinuara? ¿Lo quería? Porque si no, no soportaría sus rudas palabras, su aliento, la torpeza de sus manos. No. Hoy no se levantaría. Suficiente había soportado ya. Tenía bastante con su dureza, con su ironía, con su vocación de mártir. Tenía ya bastante con haber llegado hasta los treinta y ocho años sin conocer el amor, condenada y reducida al trayecto de su trabajo, frustrada en mil viajes soñados, arrugada en la espera de algo que desconocía, muerta en vida hasta que alguien se ocupara de ella, siempre juzgada por sus ojos endurecidos, dominada a fuerza de quejas, explotada a fuerza de acusaciones, violentada, interminablemente dominada. Llorando fue quedándose dormida mientras pensaba en lo que sentiría al ver su cara mustia, sus ojos fijos.

Despertó, alarmada. Vio la luz del día metiéndose entre las persianas, y pensó, con horror que no había puesto el despertador. No había puesto la inyección. Se puso en pie de un brinco. Temblaba. Entraría en coma, había dicho el médico. Ya hacía dos meses, cuando se había retrasado en ponérsela, había sufrido convulsiones. Corrió al pasillo, aterrada, esperando ver el rostro lívido, los ojos desorbitados, la boca muerta. Un ruido ensordecedor la aturdió por un momento. Abrió los ojos. Alargó maquinalmente la mano y el ruido, continuo, exasperante, cesó de pronto. Estaba en su cama.

—Hora —pensó mirando el reloj —Hora de la inyección de mamá.

Gaceta No. 27, 1979

CONTENIDO RELACIONADO

Array

6 de julio de 2026
Algoritmos de ficción, subidas y bajadas en las cotizaciones de la bolsa de acciones y valores de Wall Street, cotizaciones de la bolsa de granos en Chicago, precios de las materias primas (commodities), derivados de esas cotizaciones que dependen de las fluctuaciones de la oferta y la demanda, confianza o desconfianza en el mercado, vaivenes de la economía china, más algoritmos en una pantalla que despiertan gritos, sonrisas y llantos: un circo de capital ficticio, el casino financiero que define la suerte y el destino de miles de millones de humanos que ignoran su existencia.

Array

5 de julio de 2026
En su nuevo álbum noquieroquemequieras, la cantautora bogotana Paula Pera y el fin de los Tiempos habla sobre el amor, el desamor y las emociones revueltas de toda una generación. El editor web de Gaceta, Santiago Cembrano, conversa con Paula sobre el repertorio sentimental de noquieroquemequieras, cómo narra los corazones rotos de sus amigas y la nostalgia como un lugar de encuentro.

Array

3 de julio de 2026
En el Caribe, el chisme es agua de vida. Bembeo, correveydile, radiobemba, cháchara, murmuración, cuento, bochinche, chismosería… dígasele como se le diga, hablar de la vida de los otros es una actividad apetecida que requiere información siempre fresca.

Array

2 de julio de 2026
En su primera encíclica, el papa León XIV contrapone dos formas de construcción en el mundo: por un lado, la torre de Babel, que, como la inteligencia artificial, aspira a superar lo humano; por el otro, la Jerusalén rehecha, donde los límites, la dignidad y la vocación del encuentro abren el camino de la magnificencia humana.

Array

1 de julio de 2026
El meme, esa prueba ácida y muestra del más elevado ingenio humano, analista de la actualidad en todos los niveles posibles, compañero inseparable, primer y último recurso ante el aburrimiento, subproducto bastardo de las tecnologías de la información, reclama su árbol genealógico.

Array

30 de junio de 2026
En esta vereda del Oriente de Antioquia no hay una sola tienda, ni una cantina, ni un restaurante, ni tampoco transporte público. La señal del celular es intermitente y el alumbrado llegó con más de cien años de retraso. ¿Es posible vivir sin la posibilidad de saber del mundo?

Array

26 de junio de 2026
Durante décadas, la historia cultural latinoamericana —y en particular la historia queer— se ha contado como una serie de ausencias o imitaciones: movimientos que parecen emular a los de Europa o Estados Unidos, tradiciones que no dejan rastro, archivos que reposan en lugares inaccesibles. Pero a veces basta reunir papeles dispersos para que ese relato cambie. Pedro Felipe Hinestrosa, uno de los responsables del Archivo Arkhé, que cumple diez años, reflexiona sobre la tarea de rescatar y organizar una tradición largamente dispersa.

Array

24 de junio de 2026
A mediados del siglo XIX, cuando el deseo entre hombres era castigado por la ley y condenado por la ciencia y la moral, un jurista alemán decidió intervenir en ese terreno hostil con una idea audaz: explicar esa diferencia no como crimen ni como vicio, sino como una forma legítima de la naturaleza humana. ¿Quién era ese abogado que se atrevió a desafiar las categorías jurídicas y morales de su tiempo, y qué lugar ocupa hoy en la historia de las luchas por la libertad sexual?

Array

22 de junio de 2026
La década del ochenta fue, para muchos, un tiempo marcado por el miedo y la incertidumbre. Pero para Camila Loboguerrero fue también —y casi en secreto— una época de esplendor. Mientras Colombia atravesaba uno de sus periodos más convulsos, ella encontraba el espacio para llevar adelante proyectos documentales largamente soñados y, por primera vez, para aventurarse en el territorio de la ficción. Este fragmento de sus Memorias de mi cine —que en breve publicará el Ministerio de las Culturas— vuelve a esos años en que, contra toda intuición, la creación se abrió paso entre el ruido del país y le dio a su obra un impulso decisivo.

Array

21 de junio de 2026
En el libro Memorias de mi cine, publicado por el sello MiCASa, del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, la cineasta bogotana Camila Loboguerrero, fallecida en 2025, repasa los hitos de una carrera compuesta de ilusiones y tropiezos que la llevó a ser la primera mujer en dirigir un largometraje de ficción en Colombia. Santiago Cembrano, editor web de Gaceta, conversa con su hijo Matías Maldonado Loboguerrero sobre el libro, la trayectoria y el legado de una directora que, por obras como Con su música a otra parte, María Cano o Nochebuena, pero, sobre todo, por su espíritu de lucha incansable, fue una de las figuras más importantes que ha tenido el cine de nuestro país.