Redacción al Desnudo es un programa atípico en los medios periodísticos tradicionales y no tradicionales de Colombia: cada semana, el director de El Espectador, Fidel Cano, y desde hace unos veinte años, según enumera él mismo, reporta fallas, errores, gazapos o descuidos ocurridos la última semana de trabajo en la redacción del diario. Es un espacio prácticamente inexistente en las sobrecargadas plataformas de periodismo, que permite señalar desde vocablos mal usados o errores de tipeo hasta plagios o el uso de fuentes fraudulentas. Es también una invitación a la reflexión, al comentario editorial o al «jalón de oreja», como llama Cano en sus videos a las críticas y reclamos que surgen de cada caso.
Algunos de los errores consignados son tan reveladores como confusos, y nombrarlos en público se percibe de modo ambivalente: un gesto de transparencia que ofrece alguna o ninguna claridad acerca de los «mecanismos» o «controles» que provocaron una determinada falla. En un entorno mediático tan expuesto a la opinión pública, pero tan falto de crítica o autocrítica, la mención de un error conlleva la posibilidad de ser acusado de no proporcionar todos los detalles, recibir reclamos por entregar información parcializada o aplausos por dar un ejemplo de honestidad y hacer mea culpa bajo el riesgo de ser devorado en internet.
Por otra parte, Redacción al Desnudo no tiene reparos en juntar, en un mismo reporte, errores nimios con «fallas monumentales». Así llamó Cano en un video del 19 de noviembre al uso de fuentes falsas, invenciones y desinformaciones que un «aprendiz de periodista» y «practicante» produjo durante una estancia imprecisa en el diario. El caso ha generado revuelo, y a raíz de la petición de más información sobre las falsedades publicadas y posteriormente eliminadas –no se ha dicho cuántas notas fueron–, El Espectador ha hecho una segunda publicación con aclaraciones por escrito sin responder del todo a las exigencias.
El video del 19 de noviembre se titula «Publicamos una cantidad de informaciones inventadas y ofrecemos disculpas» y es, en síntesis, todo lo que dice. Cano ya ha minimizado en el pasado casos de plagio en su periódico. Su estilo es amable, indulgente, condescendiente pero calculado. Al referirse a su audiencia, establece separaciones tajantes entre los que hacen críticas reflexivas y el «hate barato de los malquerientes de siempre». No es un tono debatible ni conversacional —es una mera exposición de casos—, aunque Cano usa a veces el programa como respuesta (o desquite) de los numerosos ataques verbales que a diario reciben los medios por parte de quienes se parapetan en el anonimato, en la barra de comentarios del sitio web o en la reactividad de las redes sociales.
«Un irresponsable aprendiz de periodista» es como llama Cano al, suponemos, joven periodista o redactor que le proporcionó «uno de los más graves y complejos» errores que ha reportado en su programa, y que le hizo fallar a El Espectador en su «promesa de rigor y de apego a la verdad». Al medio, a sus editores o controles les tomó «demasiado» darse cuenta de las mentiras «porque este muchacho, que llegó a hacer sus prácticas profesionales, convertía en entrecomillados la información que la inteligencia artificial le producía sobre diversos temas y se los atribuía a personas inventadas».
A veces no sabemos si Cano reporta sobre un practicante de los que llegan a todas las salas de redacción o sobre un genio del mal. A sus fuentes falsas, el practicante «tenía el descaro de presentarlas como profesores de universidades muy reconocidas o expertos profesionales en diferentes temas, pero estos expertos eran pura ficción, una creación de su mente perversa», dice. En consecuencia, decidieron eliminar «todos los contenidos que produjo este personajillo mientras estuvo acá, sin reparar en buscar solo los que tenían algún problema», ya que «si en varios se pudo detectar la mentira, no era confiable en ninguno de los artículos que había producido». Uno se pregunta si bajo ese mismo rasero los demás artículos de la marca El Espectador deberían eliminarse o perder fiabilidad. ¿O debemos suponer que esta mente perversa ha sido el único caso en el que los controles fallaron? También nos preguntamos por el número de artículos publicados. ¿Su no mención esconde una cifra extravagante? ¿Y qué arrojan los datos de visibilidad de esos artículos?
Los errores éticos del practicante son evidentes y difíciles de excusar, pero dudo que respondan a la práctica de un único medio. Por encima de las declaraciones de Cano, sobrevuelan preguntas y ausencias más alarmantes, que descartan que se trate tan solo de un problema de la IA generativa: ¿Hay editores en los medios de comunicación? Y si los hay, ¿cuál es su trabajo además de asignar notas, revisar titulares y presionar el botón de publicar? ¿Por qué el director de El Espectador habla de «controles», como si el medio fuera una nave especial y careciera de lo que deducimos que carece, a saber, de periodistas que editen, de reporteros que aprendan de esos editores?
Cano le resta importancia a los temas de las publicaciones de su villano en ciernes: «No eran muy complejos», eran «asuntos de bienestar personal», dice. Aquí casi suspiramos de alivio: ¿Quién lee esas notas de bienestar hechas con o sin IA? «Por fortuna, por la revisión que hicimos se trataba de citas más o menos obvias, no hacían recomendaciones de salud o cosas por el estilo, solo reforzaba ideas», dice Cano. Y enfatiza: «Pero el hecho es que publicamos información falsa y es imperdonable que pasara todos los filtros y que esos contenidos hayan llegado a ser publicados». De nuevo, no hay editores responsables: solo controles, filtros y un irresponsable aprendiz.
Es llamativo cómo una falla más bien grupal (el que Cano concentre a los redactores en una Redacción al Desnudo liderada por él no omite al colectivo) recae completamente sobre un trabajador, que suponemos que ya ha quedado sin empleo. En el video de la semana siguiente, el 26 de noviembre, Cano afirma haber recibido «las disculpas» del rector de la universidad de la que procedía el aprendiz o practicante. Otra vez, lo dice con un imperativo tono de condescendencia más adecuado para pontificar que para reflexionar. ¿No tendría, más bien, El Espectador que dar explicaciones a los practicantes y a los lectores por no poseer controles o filtros claros, y por no ahondar en su postura frente al uso de la IA y el trabajo de edición en la redacción? ¿Cuántas piezas más se han salido de los controles –no solo a El Espectador– en artículos con declaraciones puestas para «reforzar ideas» en secciones de poca importancia? Y si hay secciones sin importancia o que nos parecen tan poco complejas, ¿por qué seguir llenándolas de trabajos prescindibles? Estas preguntas nos llevan al artículo con las supuestas aclaraciones.
Se titula «Los artículos que despublicamos: así se detectó el uso indebido de IA y las fuentes falsas». De entrada, hay una imprecisión: «despublicar» no es lo mismo que borrar, como en efecto han sido borradas las falsedades para que nadie compruebe el tamaño del error. Esta forma de manipular el reconocimiento de un error y de saltarse el escrutinio público no se me antoja para nada valiente ni válida, en un campo laboral que no vacila en negarles prestaciones sociales a sus reporteros y despedirlos a la menor oportunidad mientras ponen las quejas al rector de la universidad de procedencia, que por cierto no tiene la potestad de llamar «periodista» o «aprendiz» a nadie. El mote de «escuela de periodismo» quedó muchas veces, y felizmente, relegado a las redacciones periodísticas, que no son ni oficinas ni entornos académicos; son, o eran, talleres y espacios de ejercicio y de aprendizaje. Maestros, expertos o profesionales confluían allí con los novatos que ahora le copian y pegan a la IA, porque es lo que permiten hoy esas redacciones sin editores, esas redacciones desnudas o desnudadas (en el artículo de El Espectador, la imagen que abre es una foto de una redacción vacía).
De los trabajos borrados se expone un listado de siete títulos. «Cuáles son los beneficios de escribir a mano» o «Cada cuánto se debe cambiar la toalla de baño» son algunos nombres que el medio nos entrega para sopesar su importancia. Al inicio, la nota dice que «la alerta» por las publicaciones falsas «surgió dentro del mismo equipo de redacción, cuando se notó que ciertos artículos escritos por este pasante presentaban patrones llamativos: estilos demasiado homogéneos entre sí, estructuras casi idénticas y un uso repetitivo de ciertos giros lingüísticos». Es curioso que estos «patrones llamativos» son desde hace años el sello de casi toda la escritura periodística de medios como El Espectador, con o sin IA.
El practicante, dice la nota, cometió su engaño «durante su paso por la sección de Bienestar en el equipo de Estilo de Vida». Uno se pregunta si cabe tener un equipo de Estilo de Vida —¿hay dinero para eso?— en medios sin editores. Y si sigue existiendo la figura del editor o colega que te comparte un contacto de una posible fuente para que uno acuda a ella y se cerciore; o si los reporteros de ciertos medios son llaneros solitarios que deben arreglárselas sin ninguna guía y no tienen ningún empacho en pedirles fuentes y citas a Chat GPT —¿su única editora?—, puesto que pueden hacerlo sin que los controles se den cuenta, y si se dan cuenta —si encuentran por error el error—, saldrá un director a dar la cara por el buen periodismo que han hecho siempre y por lo malo que son ciertos aprendices que enlodan el trabajo diario de todos.
Ningún practicante que use fuentes falsas es un periodista. El apelativo de aprendiz también le queda grande al que miente o engaña. ¿Pero puede un medio llamarse periodístico sin tener un editor, sin ese interlocutor atento que puede contribuir a que un individuo transite de comunicador o redactor corriente a reportero del día a día y observador de su mundo? Me acuerdo de los editores que he tenido y pienso en la importancia de su acompañamiento para escribir un titular, poner un pie de foto o enfocar un texto; para imaginar el trabajo de mañana. El ejercicio periodístico requiere más que un prompt. Un jalón de oreja no resuelve los entuertos de tantas redacciones en apuros.
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